En el verso no quedó registrado el
nombre de Sámano, el último
de los virreyes, porque según pensamos,
el autor del verso murió antes de
1816, cuando aquél fue nombrado para
reconquistar el virreinato, o porque no
quiso mencionar a quien instauró
el “Régimen del Terror”
, con el que pretendía sofocar la
revolución de la Independencia.
De
todos modos es un hecho que de esos nombres
tan solo han quedado flotando en el imaginario
popular los de Solís y Caballero
y Góngora. El del primero envuelto
en la leyenda por sus presuntos amoríos
con “la Marichuela”, y el del
segundo por su doble condición de
mandatario religioso y civil, por lo que
se le conoce como “el Arzobispo-Virrey”,
pero también por haber sido el gestor
de la Expedición Botánica.
Don Antonio de la Pedrosa, nombrado para
preparar la instauración del régimen
del virreinato en la Nueva Granada , y que
gobernó como tal aunque sin el título,
en la consulta reservada que se le hizo
acerca de si convenía que se nombrara
un virrey o que se mantuviera un presidente,
afirmó categóricamente que
no era ni útil ni necesario el empleo
de virrey, apoyándose en la suma
pobreza de los habitantes que no podían
sostener los lujos de un virrey, que con
su compañía de guardia costaba
alrededor de 50.000 pesos al año,
en tanto que el sueldo de los gobernadores
apenas alcanzaba a los 8.000. Por esta y
otras muchas causas su opinión fue:
“que se extinga y suprima dicho virreinato
y que se rija aquel reino por Presidente,
Gobernador y Capitán General como
antes” (Ernesto Restrepo Tirado: Gobernantes
del Nuevo Reino de Granada).
El
primer Virrey: acusado de contrabandista
A pesar de la terminante opinión
de don Antonio de la Pedrosa, en 1718 fue
designado Don Jorge de Villalonga, Conde
de la Cueva, como su sucesor, quien se encontraba
en Lima sirviendo el cargo de Cabo principal
de Armas del virreinato del Perú.
Se embarcó en el Callao el 2 de mayo
de 1719 con “su familia”, término
que abarcaba a todos sus funcionarios y
que se componía de 40 personas: un
secretario con dos oficiales, un asesor,
un caballerizo mayor y su segundo, un capellán,
dos gentiles hombres, ocho pajes, dos ayudantes
de cámara, un médico, dos
reposteros, un despensero, dos cocineros,
criados para las caballerizas, cocheros,
lacayos, galopines y criadas, a quienes
hubo de vestir con costosas libreas, pues
según él mismo escribió
al rey: “toda la cual familia de escalera
arriba fue y es gente lúcida española
y de nobles obligaciones”. En Guayaquil
se detuvo un mes y dos días con su
costosa comitiva, pues decidido como estaba
a continuar el viaje por tierra, los fuertes
aguaceros y los caminos intransitables frenaron
sus deseos.
Su
propensión al lujo y a la ostentación
se echaron de ver apenas salió del
puerto de Callao. Después no le bastó
el recibimiento que le hizo don Antonio
de la Pedrosa para entregarle el bastón
de mando, ni los honores de los altos tribunales
que recibió en Fontibón donde
se detuvo dos días, ni el haberse
posesionado de sus empleos ante la Audiencia
de Santafé, sino que se empeñó
en hacer su entrada triunfal en Bogotá
después de su posesión, con
el mismo esplendor con el que se recibía
a los virreyes del Perú a su entrada
en Lima. A pesar de la oposición
de la Pedrosa a que usara de ese ritual,
Villalonga hizo su entrada bajo palio, llevando
el pendón con las armas reales, lo
que fue motivo de disgusto y “honda
enemistad” entre los dos personajes,
y conflicto en la corte, donde se improbó
el capricho de Villalonga. Pero su viaje
a Cartagena fue aun más sonado y
otro motivo de duras críticas y habladurías
muy fundadas, pues aunque iba urgido por
el mismo Consejo de Indias para la defensa
de ese puerto y para que pusiera coto a
los malos manejos de la real hacienda relacionados
con el contrabando, llevó para que
le asistieran y sirvieran en el viaje “con
toda la decencia que el empleo requería”,
un séquito de más de cincuenta
personas: “hubo menester de 100 mulas
para su persona y carruaje y solo para la
plata de su uso y decencia ocupó
seis mulas”. Antes de ponerse en marcha
Villalonga envió instrucciones al
gobernador de Cartagena sobre la forma solemne
como debería ser recibido, ceremonial
que se cumplió a la letra pues fue
recibido bajo palio en la catedral, se le
decretaron tres días de luminarias,
tres de comidas y cenas, y tres noches de
comedias y corridas de toros. Semejante
despilfarro y los desmedidos honores que
se hacía prodigar por las autoridades
locales, provocaron informes al Consejo
de Indias que le llamó seriamente
la atención para que rindiese cuenta
de tales procedimientos. Villalonga contestó
que “convenía en estos pueblos
rodear a los mandatarios del mayor esplendor
en sus actos públicos para sostener
la autoridad del monarca”. Regresó
a Santafé de su pomposo viaje después
de seis meses, con resultados muy pobres,
pero con la sospecha de que de allá
había traído, disimulados
entre las 300 cargas de ropa de sus pertenencias
y las de sus criados, géneros de
contrabando, por el mayor número
de canoas que ocupó en la subida
del Magdalena. Por el tren burocrático
de que quiso rodearse, por el “muy
poco fruto” y “ningún
remedio” a las necesidades del Nuevo
Reino de Granada, y por las acusaciones
serias que se le formularon ante la Corte,
que lo pintaron como magistrado inescrupuloso,
el virreinato fue suprimido con cédula
real de noviembre de 1723. Villalonga se
quedó todavía dos años
largos en Santafé, como simple particular,
en espera del Juicio de Residencia, pero
cansado de esperar se vio precisado a presentar
la fianza para responder de su manejo y
emprendió viaje a España en
1725 sin que se le hubiera rendido a su
salida de la capital los homenajes que él
mismo pidió que se le prodigaran
a su entrada y en su rumboso viaje a Cartagena.
El Virrey
Fraile
Don José Solís Folch de Cardona,
cuyas obras permiten considerarlo como uno
de los virreyes más progresistas
que tuvo el Nuevo Reino de Granada en los
ocho años de su mandato (1753-1761)
sin embargo no pasó a la historia
como el impulsor de grandes obras públicas,
sino como el protagonista de escandalosos
amoríos. Habiendo hecho entrega del
bastón de mando a su sucesor Messía
de la Cerda el 25 de febrero de 1761, el
28 en la noche ingresó al convento
de San Francisco de Bogotá como religioso
lego y pocos días después
desde su celda ratificaba su rectitud de
intención al autorizar a sus apoderados
para que “puedan pasar a la venta
de todos mis bienes, procurando particularmente
en la plata y alhajas de mejor calidad con
la mayor estimación que sea posible,
haciéndose cargo de que éste
es ya un caudal de los pobres…Fray
José de Jesús María”
(D.Samper Ortega, Don José Solís,
p.279). Y aunque puede ser que sus aventuras
amorosas no hubiesen sido ni graves ni prolongadas,
algo debió ser cierto cuando el secretario
del Consejo de Indias comunicó al
sucesor de Solís que “…Hallándose
el Rey enterado de los antecedentes ocurridos
en esa capital a los principios del gobierno
de su antecesor de vuestra excelencia con
María Lugarda Ospina, y que bien
reparados en el voluntario retiro de ésta
a un convento, y la posterior ejemplar determinación
del virrey, ha salido después de
esta la referida María Lugarda del
convento en que estaba, renovando con su
presencia a ese público la memoria
de lo pasado, no permita vuestra excelencia
a esta mujer que resida en esa capital,
a menos de no ser en la reclusión
de un convento, pues si no abraza este partido,
quiere su majestad la destierre vuestra
excelencia a la distancia que le parezca
suficiente” (Archivo General de la
Nación: Milicias y Marina 147, fol.277r).
Pero sea lo que fuere de aquellos desvaríos,
el hecho es que Solís vivió
el resto de su vida como ejemplar religioso,
habiendo recibido el sacerdocio y cantado
su primera misa el 19 de marzo de 1769,
viniendo a morir con reputación del
santo un año después mientras
servía el oficio de superior del
convento de San Francisco de Bogotá.
La noche desvelada
de un Virrey
Al Virrey Messía de la Cerda le causó
tal conmoción la noticia del ingreso
de su predecesor al convento, que no pudo
dormir después que leyó la
nota escueta en la que Solís le comunicaba
su decisión: “Este no previsto
acaecimiento me causó tal sobresalto
que hube algún espacio para recobrarme
de la consternación que me infirió,
y aunque lo primero que se me ocurrió
fue pasar a verle con el fin de persuadirlo
a que suspendiese la continuación
de lo que ya tenía ejecutado, no
lo puse en práctica, ni otros pensamientos
que medité, considerando que si se
negaba a ello, quedaría desairada
la representación de mi empleo…”,
escribió Messía al Rey. Pero
cuando el Rey dio su autorización
para que Solís pudiera profesar los
votos religiosos, al año siguiente,
el propio Messía actuó como
su padrino en la ceremonia. Y años
más tarde le correspondió
comunicarle al rey la noticia de la piadosa
muerte de su predecesor: “El 27 del
próximo pasado mes de abril fue Dios
servido llevar para sí al reverendísimo
padre Fray Joseph de Solís, mi antecesor
en este virreinato, después de un
tabardillo que sufrió 11 días
y a tiempo que estaba siendo Guardián
de este convento Máximo” (D.Samper
Ortega: Don José Solís, p.283).
Virrey por cuatro días
Don Juan de Torrezar Díaz Pimienta,
de quien el citado verso de los virreyes
dice que “tan solo un instante en
Granada brilló”, se hallaba
sirviendo como Brigadier de los reales ejércitos
en Cartagena, donde había desempeñado
el oficio de gobernador por ocho años
con general beneplácito., cuando
le cayó de sorpresa el nombramiento
de Virrey por renuncia de don Manuel Antonio
Flórez quien se hallaba en esa ciudad.
Posesionado allí mismo del cargo,
se embarcó sin el boato con que lo
hiciera el primer virrey don Jorge de Villalonga
cuando visitó Cartagena en 1721,
pues utilizando un solo champán en
él venía con su consorte la
cartagenera doña María Ignacia
de Salas, su hijo de dos años y una
corta comitiva. Antes de su partida fueron
objeto de diversos homenajes y luminarias,
expresión del cariño que se
había ganado como gobernador de esa
plaza. Treinta días gastaron en llegar
al puerto de Honda, tras múltiples
paradas en donde recibieron toda clase de
comidas y homenajes, pero cuando ya llevaban
más de la mitad del viaje, sufrieron
una de las mayores desventuras en la playa
de Quiebra Cinta, donde la virreina que
venía en estado de gravidez, sin
ayuda de nadie dio a luz un niño
que nació muerto. Superando toda
clase de sufrimientos, continuaron la navegación
llegando dos días después
al puerto de Honda donde lo esperaban el
arzobispo don Antonio Caballero y Góngora,
funcionarios y militares para escoltarlo.
Nueve días permanecieron en Honda,
esperando que se repusiera la virreina,
después de los cuales continuaron
la subida hacia la capital: la virreina
iba en silla de manos, lo mismo que su hijo
de dos años, para cuya conducción
se proporcionaron más de 100 cargueros
que se iban turnando. A la entrada a Facatativá
se les hizo una gran recepción, pero
a partir de ese momento, el virrey comenzó
a sentirse mal y por la noche no sosegó
un instante: “pensó morirse
según la opresión y fatiga
que tuvo”. Aligeraron el viaje pasando
de largo por Fontibón, donde se le
esperaba para la ceremonia de entrada a
la capital, a donde finalmente llegó
el virrey tan desfigurado que llamado el
médico don José Celestino
Mutis mandó que le administraran
la extremaunción. La noche la pasó
fatigosa, pero amaneció con algún
alivio; a las diez de la mañana mandó
llamar a su esposa, dictó sus disposiciones
acerca de cómo debía ser sepultado,
ni por un momento perdió el conocimiento
orando y auxiliándose él mismo,
pero el once de junio entregó su
alma a Dios. Su viuda y su hijo regresaron
a Cartagena y de allí emprendieron
viaje a España, pero a su paso por
la Habana el niño murió, víctima
de la epidemia de viruelas allí reinante.
Cuando a este puerto le llegó la
merced de Su Majestad concediendo a la viuda
la mitad del salario que ganaba su esposo,
ya ésta también había
muerto (Ernesto Restrepo Tirado: Gobernantes
del Nuevo Reino de Granada, p.105).
Un virrey
en casa arrendada
Por haberse incendiado el Palacio de los
Virreyes en 1786, en tiempos del Arzobispo-Virrey
y en su ausencia de la capital, don Francisco
Gil y Lemos que fue nombrado como su sucesor,
no tuvo casa propia a dónde llegar,
pues aunque el rey mandó a la Audiencia
que desocupara la casa y aposentos en donde
habían estado sus oficinas y dependencias,
no habiendo sido esto posible por alguna
razón, los funcionarios de la misma
Audiencia dispusieron: “que se elegía
la casa que tiene en esta capital la familia
de don Francisco Santamaría para
palacio y habitación de dicho señor
don Francisco Gil de Lemos por ser de la
mayor comodidad y situada en la plaza mayor
y hallarse más inmediata a la real
Audiencia y catedral” (Archivo General
de la Nación: Virreyes 11, caja 2,
carpeta 1, fol.541r a 558r). Pero gracias
a que el Virrey Gil y Lemos aun antes de
haber llegado a la capital, y cuando se
dirigía hacia ésta supo de
su nombramiento como Virrey del Perú,
no tuvo que vivir de arriendo sino por 15
días que fue el tiempo en que demoró
su sucesor en llegar a la capital para recibirle
el mando.