La
cautivante historia
de dos mujeres indígenas bautizadas
por los españoles con el nombre de
Beatriz nos ofrece nuevas luces sobre la
conquista del siglo XVI, pero particularmente
sobre la azarosa vida de las mujeres americanas.
La conquista de los indígenas fue
un fenómeno mucho más complejo
de lo que a veces conocemos. Opacadas por
las leyendas heroicas del triunfo de las
huestes españolas en nuestro territorio,
han quedado las importantes historias de
los indígenas que los acompañaron.
Todas las compañías de conquistadores
reclutaron indígenas para sus avanzadas,
los que fundamentalmente servían
como informantes y cargadores. Poco se ha
reparado en que en los tres grupos que conquistaron
nuestro altiplano, el de Jiménez
de Quesada, Belalcázar y Federmán,
venían cerca de dos mil hombres pero
ninguna mujer española. Aunque sí
venían muchas mujeres indígenas.
El
grupo de Belalcázar era el más
numeroso y preparado. Había partido
desde Quito y se desplazó sin mucho
apuro a la conquista de la frontera norte.
Antes de llegar al altiplano había
establecido dominio sobre la región
de los Pastos, Popayán y La Plata.
Jiménez de Quezada y sus hombres,
al verlos llegar, debieron sorprenderse
de sus buenos pertrechos, armas, caballos
y alimentos. Pero especialmente debieron
asombrarse de la cantidad y variedad de
indígenas que traían consigo.
Hoy sabemos que procedían de lugares
insospechados como México y el Cuzco,
pero también de Riobamba y Cuenca,
de Pasto y Popayán. Estos indígenas
fueron tomados por la fuerza de sus pueblos,
pero también fueron entregados a
los españoles por sus caciques, bien
como pago o como muestra de rendición.
Beatriz
fueron llamadas dos mujeres indígenas
que venían en el grupo de Belalcázar,
cuyas vidas revelan dimensiones desconocidas
de esta dramática historia. En el
primer caso se trata del primer matrimonio
católico que un español contrajo
con una indígena en nuestro territorio.
Según distintas fuentes, Lucas Bejarano,
un soldado pechero que conformaba el ejército
de Belalcázar cayó herido
por una flecha cerca de Ibagué. Sintiendo
que moriría, pidió los santos
óleos y una entrevista con su capitán.
Su ruego fue que se le permitiera casarse
con la indígena que lo acompañaba
y con la cual tenía varios hijos.
La sorpresa es que esa indígena no
era paez, ni yanacona, ni quechua, ni inca,
sino mexica. Bejarano había recorrido
México, luego pasó a Guatemala,
donde contactó a Pedro de Alvarado
y continuó a Quito. En este recorrido
anduvo con Beatriz, quien era, probablemente,
más que una posesión, una
compañera. Por lo que temeroso de
que si no se casaba con ella pudiera ser
tomada después por esclava, como
era la costumbre. Y fue ese matrimonio lo
que la salvó de haber sido puesta
en venta, pues el mismo Belalcázar
intervino para que se la excluyera del remate
de los bienes del difunto Lucas Bejarano.
De la vida anterior y posterior de Beatriz
de Bejarano no sabemos nada, sólo
que su hijo Lucas, que llevó el nombre
de su padre, en 1560 trabajaba como traductor
de la lengua muisca para la Real Audiencia.
El
caso de esta indígena es sumamente
interesante, en parte por su origen y el
largo recorrido que realizó junto
a su amo y patrón. Como era corriente
le sirvió de cocinera y amante. Pero,
ni él ni ella tenían linaje.
Como he dicho, él era un soldado
pobre, y ella debía ser una indígena
macehual, del pueblo. Cabe recordar que
entre nosotros ningún capitán
o jefe de la conquista se casó con
indígena, y en el resto de América
fue una excepción. En distintos casos,
como el de Cortés con la Malinche,
las tuvieron como amantes y después
las entregaron a sus soldados para que casaran
con ellas. Finalmente, Beatriz presenció,
probablemente sin comprender, el dominio
y sometimiento de otros pueblos, que como
el suyo tiempo atrás había
sucumbido. Por fortuna, la inesperada y
honesta decisión del soldado Lucas
Bejarano, su amo y compañero, la
salvó de la esclavitud y la convirtió
en la primera esposa de nuestras tierras.
En
el segundo caso la violencia y la esclavización
de las mujeres indígenas aparece
en toda su dimensión. Caso que además
enseña rasgos inquietantes de la
cultura de los conquistadores. Como he dicho,
Sebastián de Belalcázar arrastró
consigo a miles de indígenas de Quito
para la campaña del Nuevo Reino.
Tantos que el Cabildo de Quito le requirió
sobre este saqueo. Llega a decirse que cada
conquistador traía hasta ciento cincuenta
indígenas para su servicio. Entre
los indígenas de Pedro de Mesa, un
soldado sin mayor mérito, venía
una indiecita que haría fama. Su
nombre era “Yumbo”, que en lengua
quechua quiere decir danzante, alegre, encantadora.
Mesa en algún momento vendió
esta india a Juan de Arévalo, un
español depravado, acusado de torturar
y asesinar los indígenas de Sutatausa,
y quien más tarde moriría
a manos de los naturales de Micay. Pero
Arévalo era astuto y ambicioso, y
pronto observo cómo todos reparaban
en la belleza de Yumbo, su esclava y amante.
Eran los días en los que muchos conquistadores
exhibían el botín ganado a
los muiscas. Arévalo, que no esperaba
quedarse en Santafé, bautizó
a Yumbo con el nombre de Beatriz y la puso
en venta; y como en una subasta, el que
más ofreció fue nada menos
que Hernán Pérez de Quesada.
Distintos testigos afirmaron que Pérez
de Quesada consiguió hacerse de la
deseada mujer porque ofreció darle
a Arévalo la esmeralda más
grande hallada en todo el Reino, y que habían
dado en llamar “Espejo Grande”.
La
belleza de Beatriz hizo perder el juicio
al codicioso conquistador. Pronto sus soldados
empezaron a quejarse de que por andar entregado
a sus amores abandonaba la empresa. El fiel
Francisco Céspedes, aguerrido capitán,
llegó a vociferar que Hernán
Pérez “más quiere el
rabo de la dicha india que la conversación
de sus amigos”. Algunos decían
que Beatriz era la causa de que su capitán
favoreciera a Arévalo con nombramientos.
Y algunos fueron más allá,
al señalar que haber dado a Yumbo
y a otras indígenas a sus jefes había
sido una estrategia de los peruleros (los
que llegaron del Perú con Belalcázar).
El hecho fue muy sonado e hizo parte del
expediente que levantaron las autoridades
contra Arévalo y Hernán Pérez
de Quesada. También fue recordado
por Juan de Castellanos en sus Elegías
de Varones Ilustres con picantes y sazonados
versos. De Beatriz del Perú, nombre
como se la conoce, nada se volvió
a saber. Tal vez, como ya había ocurrido
antes, su amo la vendió nuevamente,
antes de partir a la fracasada búsqueda
de El Dorado.
El
extraño destino de estas dos mujeres
las había llevado a vivir entre españoles
una experiencia dispar. Aunque las dos observaron
un mundo en caos, violento y azaroso. De
alguna manera habían sido un botín
de guerra, intercambiable entre los hombres
de la conquista. Pasadas las batallas y
ganados los botines los hombres se marcharon,
mas esta vez no llevaron esas mujeres consigo.
Éstas quedaron aquí, sobrellevando
el desarraigo e intentando construir un
porvenir. En sus brazos cargaban los pequeños
que las unirían a esta tierra. Hijas
e hijos mestizos, que al igual que sus madres
vivirían una experiencia sin igual.
Los
mestizos no conformaron un grupo homogéneo.
La mayoría sumaron los contingentes
de ilegítimos y pobres, de los campos
y las ciudades, cuya vida se dio entre sus
parientes indígenas. Pero hubo un
grupo de mestizos, hijos de padre español
y madre indígena que reviste cierta
significación. Bien porque fueron
reconocidos o porque recibieron algún
beneficio de sus padres. De ellos, tal vez
las más beneficiadas fueron las mujeres,
pues fue con ellas que se casaron los españoles.
Es decir, si los españoles se casaron
con mujeres americanas fue con mujeres mestizas,
hijas de sus compadres y amigos españoles.
Ellas fueron parte de las señoras
principales, que junto a las pocas españolas
que llegaban dieron origen a las familias
nobles de la época. Una nobleza de
la tierra deberíamos entender. Historia
peculiar, pues dado que sus maridos eran
hombres ya envejecidos, pronto enviudaron
y quedaron con afortunadas encomiendas en
sus manos.
Pero
volvamos a nuestra historia inicial, un
efecto de la conquista sobre los pueblos
indígenas poco tomado en cuenta fue
el de su migración forzada. En ocasiones,
de distancias impensables, como en los dos
casos estudiados. Más frecuente y
masivo fue su traslado a las ciudades. Las
ciudades absorbieron la población
indígena de los pueblos vecinos,
especialmente de su componente femenino.
No sería errado afirmar que las ciudades
de la época eran “ciudades
de mujeres”, y, esto especialmente
por el elevado número de mujeres
indígenas que en ellas residía.
Se conocen distintas quejas sobre la costumbre
de los españoles de mantener veinte
y treinta sirvientes en sus casas. Una servidumbre
doméstica que daba confort y status
a la élite. Tal vez una de las críticas
más fuertes a los abusos de los encomenderos
de aquel entonces la realizó Don
Diego de Torres, el “Cacique de Turmequé”.
En uno de los ítems del memorial
de agravios que entregó personalmente
al rey Felipe II expuso la forma como las
mujeres indígenas que daban a luz
eran llevadas a la ciudad para que amamantaran
los hijos de los peninsulares.
LAS
INDIAS DE LOS CONQUISTADORES.
‘"Y el pobre Fernán
Pérez era vano,
no poco sensual y derramado,
y aquellos del Perú, porque les diese
lo más aventajado de la tierra,
usaban de lisonjas y del cebo
que tienen los lenones de costumbre
cuando buscan con mozas su ganancia,
de que venían todos proveídos,
pues había soldado que traía
ciento y cincuenta piezas de servicio
entre machos y hembras amorosas,
las cuales regalaban a sus amos
en cama y en los otros ministerios;
y de las más lustrosas le enviaban
so color de llevar algún mensaje,
o con alguna buena golosina
de buñuelos, hojuelas o pasteles,
de que ellas eran grandes oficiales.
Y aun hubo portugués que cuando iba
una criada suya, dicha Nusta,
a los de su cuartel dixo fisgando:
"Allá va miña Nusta;
praza a Deus
aproveite a seu amo su traballo"’.
Juan
de Castellanos (Alanís, Sevilla1522-
Tunja,1606) Elegías de Varones Ilustres
de Indias
Pero
las grandes casas de los peninsulares no
fueron los únicos lugares de asentamiento
de los indígenas. En Santafé
muy pronto se fueron conformando los arrabales
de Las Nieves, Santa Bárbara y San
Victorino. Los barrios de los indígenas
y los mestizos. Al observar con algún
detalle las personas y la vida de los que
allí vivían nos llevamos buenas
sorpresas. De nuevo encontramos un vecindario
en el que sobresalen las mujeres indígenas.
¿Quiénes eran ellas? Muchas
eran originarias de pueblos vecinos como
Cajicá o Subachoque, traídas
a la ciudad por sus amos para servir en
sus casas. Fueron sus domésticas
y bajo su dominio abusadas, aunque finalmente
recompensadas con algún solar y algún
otro bien. Fue en esos solares, donde construyeron
sus casas en forma de bohíos, donde
criaron sus hijos mestizos ilegítimos.
Aunque fue allí donde algunas finalmente
pudieron establecer una unión con
un compañero indígena y tener
una prole propia. Las labores realizadas
en la ciudad por las mujeres indígenas
fueron muchas. Sobresalen, claro está,
los servicios domésticos. Que algunas
realizaban a domicilio y por días.
Pero otras abrieron mesones, especies de
restaurantes, donde atendían una
clientela variada. Incluso de españoles.
Otras atendían sus pequeños
puestos en el mercado, donde vendían
productos de la tierra y raciones de chicha.
Y otras más se ocuparon de vender
mantas y ruanas en las zonas mineras. Incluso
algunas, que hicieron ahorros, prestaban
pequeñas sumas a interés.
No
cabe duda que las mujeres indígenas
jugaron un papel decisivo en la formación
del nuevo orden. Fueron agentes de aculturación
y mestizaje, pero también factor
de estabilidad para sus familias en los
momentos más precarios. Con sorprendente
habilidad supieron asegurar un techo para
sus hijos, criaron su prole y a los abandonados
en su puerta, y hasta socorrieron a los
alcoholizados por la desesperanza. Su movilidad
en los espacios de la sociedad colonial,
limitados para los varones indígenas
sujetos a tributo, les permitió tender
un puente entre el mundo indígena
y el mundo hispánico. Con todo, no
debe olvidarse, como nos lo recordarían
las dos Beatriz de la conquista, que esta
función ocurrió al precio
de un altísimo costo vital, de desarraigo,
sometimiento y explotación.
-
José Ignacio Avellaneda, La expedición
de Sebastián de Belalcázar
al mar del norte y su llegada al Nuevo
Reino de Granada. Bogotá: Banco
de la República, 1992.
-
José
Ignacio Avellaneda, La expedición
de Gonzalo Jiménez de Quesada al
mar del sur y la creación del Nuevo
Reino de Granada. Bogotá: Banco
de la República, 1993.
-
Testamentos
Indígenas de Santafé de
Bogotá, siglos XVI – XVII.
Pablo Rodríguez (editor y prólogo).
Bogotá: IDCT, 2003.