El
4 de octubre de 1808, Doña Josefa Valdez, viuda
de Juan Santiago Ortega, vecina de Zipaquirá,
fue terriblemente insultada en la plaza,
en horas de mercado, por Doña Isabel
Lorión, y por su esposo Don Rafael
Calderón, Teniente Administrativo
de la Renta de Correos de dicha parroquia.1 Al otro día la viuda injuriada presentó
su demanda ante el alcalde, “por los
denigrativos dicterios con que me ofendieron
públicamente en esta plaza”
y pidió recibir información
de testigos que bajo juramento dijeran:
1ª…
si me conocen de vista, trato, y comunicación
ejercitada en el personal trabajo de mis
agencias, para la decencia, y manutención
mía, y de mi familia.
2ª… si vieron, y les consta que
andando yo ayer por el mercado de la plaza,
me encontré con los citados Don Rafael
Calderón y su mujer, y si esta comenzó
a insultarme con demostraciones chocantes,
de burla, diciéndome: que las mataduras
que yo tenia de cargar carbón, estaban
cubiertas con la ropa que llevaba encima;
a lo cual solo contesté que yo estaba
vestida porque trabajaba, y lo solicitaba
con mi industria.
3ª… Digan si a estas palabras
respondió la citada Da Isabel Lorión
diciendo: que el trabajo que yo hacia era
con el culo, pues con este lo había
ganado a fuerza de doblar el espinazo.
4ª… Digan si es cierto que me
trató de grandísima puta,
cochina, indigna: todo lo cual repitió
muchas veces en altas voces delante de todo
el publico.
5ª…Digan: si el expresado Calderón
me injurió en los mismos términos,
diciéndome que por la diferencia
que había de su mujer a mi, no era
yo digna de contestar con ella.
6ª…Digan si la referida Da Isabel
Lorión con nuevos insultos me amenazó
diciéndome: que a la puerta de su
tienda me hacia la centinela, para que al
tiempo de pasar cogerme, y lavarme el culo.
7ª… Finalmente digan si tanto
al Calderón como á su mujer
les oyeron otras palabras ofensivas contra
mi honor y reputación.
Doña
Josefa Valdez, presentó cinco testigos,
todos hombres, vecinos del lugar, dos de
ellos tenderos. Todos declararon que la
conocían de vista, trato y comunicación
y que ella vivía de ejercitarse en
“agencias domésticas como amasar
y revolver para mantenerse con decencia",
y confirmaron que había recibido
públicamente los insultos expresados
en las preguntas. Uno de los testigos agregó
que la Valdez contestó sobre las
injurias a su trabajo “que algún
arbitrio había de haber tomado para
comenzar a buscar, y que estaba vestida
porque trabajaba", y otro testigo,
el tendero donde la Valdez se refugió,
agregó que ya antes había
oído decir a Isabel Lorión
que Josefa Valdez: "es una carbonera,
que antes andaba con un trapo atrás,
y otro adelante".
Josefa Valdez entregó lo documentado
en Santafé a José de Vargas,
Procurador de Número de la real Audiencia,
a quien había dado un poder general
en 1803, con ocasión de otra disputa
con una mujer. Este abogado presentó
una petición de desagravio para la
ofendida y de castigo a sus ofensores. Consideró
que su defendida había sido "injuriada
atrozmente” (…) “Sin ningún
antecedente de aquellos que suelen dar ocasión
a tales venganzas: sin el menor trato ni
conocimiento mutuo experimentó mi
constituyente, sin pensarlo, los efectos
del odio de los individuos expresados...".
Manifestó su horror ante las palabras
con las que ambos la insultaron "añadiendo
la Lorión que las mataduras ocasionadas
por cargar carbón las encubría
la ropa adquirida con... yo diré
prostitución, pues me avergüenzo
de repetir las expresiones proferidas sobre
este punto, contenidas en el articulo tercero
de la información". Para saldar
tan grave daño y la “publicidad”
de tan graves ofensas al nombre de aquella
viuda, suplicó dictar providencia
que dejara en claro:
que
las injurias relacionadas en ningún
tiempo deben obstar al buen nombre y reputación
de mi parte mandándose que compareciendo
los injuriantes en el Juzgado del Corregidor
de Zipaquirá, convocando este a
las personas mas nobles del lugar, satisfagan
y honren a Doña Josefa Valdez a
estilo de sala, quedando seriamente apercibidos
para el futuro y pagando las costas según
Justicia.
El
25 de noviembre del mismo año de
1808, la Real Audiencia comisionó
al Corregidor de Zipaquirá para que
de nuevo oyera las partes en juicio verbal
y dictara la providencia que estimara de
justicia.
Desde
el último cuarto del siglo XVIII
-cuando se pusieron en marcha las reglas
que don Francisco Antonio Moreno y Escandón
propuso al Rey y este sancionó en
1769 sobre la administración de las
salinas de Nemocón y Tausa- Zipaquirá
era centro de “un agitado comercio
de varias Provincias, como Tunja, Vélez,
y aún de otras más remotas”
de las que “se conducen a esta capital,
dulces, lienzos y otros efectos, cuyos dueños
cuentan con la ganancia de retornar sus
bestias cargadas de la sal…”2 Es en su bulliciosa plaza el día
de mercado que encontramos esta riña
de mujeres. Una viuda con familia que se
dedicó a trabajar, primero vendiendo
carbón, y luego haciendo comidas
en su casa para la venta, logrando lo suficiente
para vestirse y mantener su decencia, se
vio insultada por otra mujer, tendera, esposa
de un hombre con un empleo público
modesto, quien se unió a sus denuestos.
Y fue para una mujer que se movía
en ese ambiente, que su apoderado solicitó
un desagravio público, al estilo
de sala, que le restituyera su honra.
La decencia,
el vestido y el trabajo: Tal como lo recogen los Diccionarios
de Autoridades del XVIII, la decencia tenía
principalmente dos acepciones, como decoro
y como recato. En el de 1780 dice:
Decencia:
Adorno, lucimiento y porte correspondiente
al nacimiento o dignidad de alguna persona,
que se funda en galas, familia y otras
cosas. Ornatos, decorum.
Decencia: Recato, honestidad y modestia.
Decentia
Mientras
la de recato se refiere a la virtud en sí,
la de decoro y ornato remite al ser social,
a las jerarquías sociales, a la mirada
de los demás. El vestido era por
excelencia el signo externo de la decencia.
En la representación social del orden
colonial, en el lenguaje corriente, las
dos nociones de decencia debían estar
unidas. En la sociedad colonial se suponía
que a la jerarquía racial, social
y económica correspondía una
jerarquía moral y que a mayor jerarquía,
mayor decencia, y, como ha sido dicho para
varias sociedades coloniales hispanoamericanas,
a mayor jerarquía mayor control de
la conducta sexual de las mujeres, porque
de ellas dependía en buena parte
la limpieza del linaje. Ello llevó
a muchas a intentar esconder con decoración
y ornato una falta de recato, y conservar
su honor, es decir su nombre a los ojos
de los demás. No obstante, a las
mujeres de todas las clases se les exigía
cierto grado de decencia visible en el vestido,
lo que llevó a muchas a sacrificar
su virtud para conseguir el vestido que
aludiera a su decencia. Posiblemente algunas
se vieron en una disyuntiva moral, otras
creyeron que era más importante parecer,
y otras más, quizás lo vieron
como doña Josefa Valdez: “algún
arbitrio había de haber tomado para
comenzar a buscar” o el recato podía
dejarlo para cuando ya hubiera ganado con
qué vestirse con decencia.
La
valoración de las personas por el
vestido es una constante de las sociedades
estamentales. Referencias como "es
una carbonera, que antes andaba con un trapo
atrás, y otro adelante" y “que
las mataduras que yo tenia de cargar carbón,
estaban cubiertas con la ropa que llevaba
enzima” y “yo estaba vestida
porque trabajaba”; remiten a una misma
concepción del vestido como muestra
de la calidad de la persona pero a distintas
valoraciones del trabajo. El oficio de carbonera
estaba acompañado de dudosa reputación
debido a que las mujeres que llevaban el
carbón a las casas entraban a éstas
a descargarlo dando ocasión a insinuaciones
de parte de los hombres que habitaban en
ellas. Esta situación aparece setenta
años más tarde, vivamente
narrada por Eugenio Díaz Castro,
en la novela de folletín Bruna, la
carbonera.3
La
economía del honor: Este caso, que es uno entre muchos, nos
sirve como muestra de la economía
del honor en la sociedad colonial. El honor
es un bien, el principal bien. Si a uno
se lo arrebatan tiene que luchar para que
se lo restituyan. Es un bien simbólico,
un capital que se tiene, se hereda, se aumenta
o se disminuye, se intercambia, se presta
para avalar a otros y se puede perder. La
posesión de este bien debía
ser confirmada siempre en el trato entre
unos y otros. El uso de los apelativos de
don y doña era un signo de honor,
entendido como privilegio y virtud al mismo
tiempo.
No
sabemos, sin embargo, si doña Josefa
recibía tratamiento de doña
antes de enviudar. Al respecto podría
alegarse que el primero de los testigos
que ella presentó, Don Melchor Uscátegui,
era un conocido vecino de Santafé.4 Ser considerada doña y contar con
esa relación remitiría a una
cierta notoriedad social que no se compadecería
con la opción por un oficio como
el de carbonera, más en el caso de
una viuda que por la mayor autonomía
de que gozaba, era objeto de recelo y suspicacia
por vivir fuera de la tutela masculina.
Pero la mayor posibilidad es que ese apelativo
lo haya logrado en los papeles de este juicio,
pues parece que, precisamente en Zipaquirá,
muchos podían usar el don:5
En
este juzgado es ya cosa común de
que tanto en los escritos que forman y
firman los abogados, como en los que vienen
sin esta suscripción, se les da
tratamiento de Don a casi todos los interesados
en ellos, aunque sean de la clase que
fueren.
Jaime
Jaramillo Uribe señaló cómo,
en el siglo XVIII, el don “va sufriendo
un proceso de deterioro que indica los progresos
de las fuerzas niveladoras y el debilitamiento
del linaje como elemento básico del
status social”.6
El
hecho de ocuparse de insultar públicamente
a una vendedora de panes, de arrebatarle
su honor, no nos habla de una gran distancia
social entre la injuriada y la injuriante.
Es posible que la Lorión en su tienda
también vendiera panes y estuviera
molesta con la aparición de la Valdez
entre las de su oficio. A esta impresión
se une que la señora Lorión
haya utilizado para insultar a la Valdez
palabra consideradas groseras, que el abogado
se abstiene de repetir. Las señoras
debían estar social y económicamente
bastante cerca una de otra, y de alguna
manera figuraban, al menos en los documentos,
como doñas. Quizás, detrás
del evento había intereses de competencia
económica que se ocultan y se desplazan
a la competencia por el honor. El día
de mercado en la plaza era el momento preciso
para estas otras transacciones, tan despiadadas
como las que se dan por bienes escasos y
limitados. A balancear de nuevo esa economía
del honor apunta el castigo solicitado por
el apoderado: la representación frente
a los notables del lugar, de una escena
de cortesía para restituir a doña
Josefa su honor arrebatado por las palabras
de doña Isabel.
Referencias
1)Archivo General de la Nación, Sección
Colonia, Fondo Criminales, TOMO VII, folios
589 a 597
2)Francisco
Antonio Moreno y Escandón, Informe
sobre Zipaquirá rendido al Virrey
Messia de la Cerda en abril 12 de 1777.
Transcrito y publicado por Germán
Colmenares y Alonso Valencia (1985), Indios
y mestizos de la Nueva Granada a finales
del siglo XVIII, Bogotá: Banco Popular,
cita 273.
3)Eugenio
Díaz Castro, Novelas y cuadros de
costumbres, (1985), Bogotá: Procultura,
216- 355, con prólogo de Elisa Mujica.
La novela salió por entregas semanales
inicialmente con el título de Las
aventuras de un geólogo, en el folletín
del periódico El bien social, en
25 números desde 21 de noviembre
de 1879 hasta 7 de mayo de 1880.
4)Melchor
Uscátegui, (aunque sin don) aparece
en primer plano en los sucesos del 22 de
julio de 1810 en José María
Caballero, Diario de la Independencia, Bogotá:
Banco Popular, 1974, 70.
5)AGN,
Sección Colonia, Juicios Criminales,
tomo 5, fo.305-449, cita 437v. Queja de
don Miguel Rivas, alcalde ordinario de segundo
voto de Zipaquirá en 1802, en medio
de un pleito.
6)Jaime
Jaramillo Uribe (1972), Ensayos de Historia
Social y de la Cultura, Bogotá: Universidad
Nacional de Colombia, 196.