Una
de las mayores catástrofes en la
salud pública de Bogotá y
la sabana durante la colonia fue la llamada
“epidemia de tabardillo” o “peste
de Santos Gil”, que se desató
entre los años de 1630 y 1633 abarcando
una extensa región y llegando incluso
a Tunja, Pamplona y Cartagena. Se trataba
del tifo y la fiebre tifoidea, enfermedades
que se calcula causaron la muerte de cuatro
quintas partes de la población indígena,
cerca de 20.000 personas, además
de muchísimos muertos en Bogotá.
El nombre de “tabardillo” se
originó en un “casacón
ancho y largo llamado tabardo, que se ponían
a los que llevaban a ajusticiar, y que esmaltado
de puntas moradas se usó en algunas
provincias de España” (José
Félix Merizalde, 1865). Esas puntas
moradas del casacón se asimilaron
a las supuraciones de los enfermos que padecían
el tabardillo. En cuanto a Santos Gil, era
el nombre del “escribano real público”
que protocolizó el creciente número
de testamentos que desató la epidemia,
muchos de los cuales lo beneficiaron.
El
lector Ernesto Parra Lleras envía
la siguiente descripción de lo que
se padeció en Bogotá durante
los años de la peste, según
el conmovedor y espeluznante testimonio
que en la época escribió un
sacerdote de apellido Hazañero:
“El
principio era lo común de fríos
y calenturas, y en dos días la enfermedad
hacía rapto a la cabeza, privando
totalmente del juicio a las personas. Dejo
el postrarse de suerte que hacían
ineptos para ayudarse, las desganas de comer,
ciertos hastíos, horribles vómitos
y ansias, el cuerpo estropeado, la cabeza
condolida, sin poderse ni aún volver
en la cama, decaecimiento del corazón,
molidos los huesos, la garganta llagada,
y los dientes y las muelas danzando, y todo
el hombre ardiendo con la fiebre y loqueando
con notables frenesíes; estando las
cosas con tantos locos como había
enfermos, de curar el alma, inútiles
para admitir la medicina del cuerpo... si
alguno escapaba de estos rigores, quedaba
por mucho tiempo lisiado de los sentidos
sin poder hallar convalescencia; algunos
tullidos, otros contrahechos, muchos sordos,
y los más sin memoria alguna de las
cosas de la vida, olvidándose hasta
de las oraciones más comunes, del
padre nuestro y el ave María. No
había contagio como éste.
Pegaba de solo llegar al enfermo, tocarle,
de respirar el aire de la sala y aún
de la cuadra en la que estaba. Los vestidos,
las camisas, las camas, la ropa y platos
de su comida, todo quedaba infectado...
Nadie escapaba de su rigor, ni el pobre
ni el rico... Entraba en las familias y
luego de llevarse la mayor parte, la demás
la dejaba tal que ni estaba para servirse,
sino para llorarse, unos caían, otros
convalescientes, y todos impedidos para
socorrerse unos a otros... Era ver a los
padres en una cama y a los hijos en otra,
y la gente de servicio tendidos en las salas...
Dudo que haya quien pueda declarar el número
de muertos, porque eran tantos que no había
lugar en las parroquias para sepultados,
amontonando a muchos en los sepulcros y
confundiendo los entierros de las casas.
Llegó a tanto la falta de los vivos,
que por no poder acompañar al funeral,
echaban de noche los difuntos a la calle,
exponiéndolos a la misericordia de
los piadosos. No amanecía día
en que no se hallasen a las puertas de las
iglesias, parroquias y conventos y monasterios,
de cinco a seis amortajados. Y a veces sucedió
hallar a todos los de la familia difuntos,
y todos los cuerpos de ella llenos de corrupción
sin haber en toda la casa quien sembrase
ni quien diese aviso de la mortandad...
Acrecentó esta gran calamidad una
gran hambre y falta de lo necesario... no
había quien sembrase ni quien cogiese.
Los hombres flacos, macilentos, descoloridos,
hechos una estampa de la muerte, que no
parecía sino que se sentían
ya las vecindades del día último
de los tiempos”.
Andrés Soriano Lleras.
La medicina en el Nuevo Reino de Granada,
durante la Conquista y la Colonia. Imprenta
Nacional, Bogotá, 1966, páginas
68-71.