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Agosto de 1929. Edificio principal de la estación radiodifusora de la HJN en Puente
Aranda. Chapinero, 1929. Biblioteca Nacional de Colombia
Septiembre 5 de 1929. El Ministro de Correos y Telégrafos, José de Jesús García,
inaugura desde los estudios del Capítulo Nacional la potente emisora oficial HJN. Chapinero,
1929. Biblioteca Nacional de Colombia
Febrero 1 de 1940. El presidente Eduardo Santos pronuncia su discurso de
inauguración de la Radiodifusora Nacional desde los modernos estudios de la carrera 17
con calle 26. Cromos, 1940. Biblioteca Nacional de Colombia
Febrero 20 de 1940. Doña Helena Venegas Posada sigue por el radio de su residencia los
pormenores del vuelo a Lima de su hijo, el capitán Enrique Concha Venegas. Cromos,
1940. Biblioteca Nacional de Colombia
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Izquierda: La joven escritora Sofía Ospina de Navarro, cuyo escrito sobre Feminismo,
publicado en la revista Chapinero, fue difundido para el mundo por varias
emisoras internacionales. Chapinero, 1929. Biblioteca Nacional de Colombia. Derecha:
José Jesús García.
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Derecha: Daniel Samper Ortega
Febrero de 1940. Edificio de la Radio Nacional sobre la carrera 17 con calle 26. Banco
Fotográfico Colombiano.
Aspecto de los estudios de la Radiodifusora Nacional tras cumplir su primer año de
labores. Banco Fotográfico Colombiano.
1942. Eduardo Santos lee por la Radio Nacional su discurso de despedida al pueblo
colombiano.Banco Fotográfico Colombiano.
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Derecha: 1940. Rafael Guizado, primer director de la Radio Nacional.
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Izquierda: 1928. Julio F. Benetti, fundador del Club de Radio de Bogotá. Derecha:
1929. Alvaro Soto Del Corral, vicepresidente del Club de Radio de Bogotá. Chapinero,
1928. Biblioteca Nacional de Colombia
1941. Radio Cristal llegó a ser la emisora de más sintonía en el país a finales
de los 30's y primera mitad de los 40's. Cromos, 1941. Biblioteca Nacional de Colombia
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Izquierda: Abril de 1949. La cadena Ca-ra-col principia con tres emisoras.
Semana, 1949. Derecha: Marzo de 1956., El dibujo humorístico entra a formar parte de
la guerra por los oyentes.
Octubre de 1956. Los principales promotores de dos grandes cadenas, William Gil Sánchez,
de Caracol, y Enrique Ramírez Gaviria, de RCN. Dibujo de Maz Henriquez, Semana, 1956.
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L
a primera emisora radial en la historia de Colombia
comenzó a funcionar en Bogotá, (y no en Barranquilla, como erróneamente se ha dicho y
escrito en varias ocasiones), por iniciativa del Gobierno de Miguel Abadía Méndez,
último gobernante de la república conservadora.
Cuando en agosto de 1926 el nuevo Presidente organizó su gabinete ministerial, para
ocupar la cartera de Correos y Telégrafos nombró al arquitecto y periodista
santandereano José de Jesús García, quien recibió un ministerio sumamente activo y
pletórico de realizaciones. La Administración anterior, la del general Ospina la
misma que creó el Ministerio de Correos y Telégrafos le había dado al ramo de las
comunicaciones un singular impulso. Continuando con esa política, dieciocho meses
después el Ejecutivo dio los primeros pasos destinados a que el Estado colombiano contara
con una radiodifusora. Y, al mismo tiempo, elaboró y dio a conocer las normas exigidas
para que los particulares instalaran y pusieran en funcionamiento otras de carácter
comercial. Con ese propósito, el 18 de junio de 1928 emitió el Decreto Nº 1.182
primero de su género en el país cuyo encabezamiento así rezaba: «Por el
cual se establecen las condiciones en que el Gobierno puede conceder permisos para la
instalación de estaciones transmisoras de perifonía».
El término perifonía, (hoy totalmente olvidado) era por entonces el más popular para
designar la novedosa actividad. La perifonía nacional, pues, estaba en marcha en
Colombia, impulsada desde el Gobierno y en medio de las expectativas del gran público, ya
que solo un selecto y privilegiado sector de la población había podido hasta entonces
disfrutar de la sintonía de unas pocas estaciones extranjeras de onda corta mediante el
uso de los primeros y costosos receptores llegados al país.
Durante el primer semestre de 1928 el ministro García, con la asesoría de técnicos
extranjeros, comenzó a tomar las necesarias y sucesivas decisiones para instalar la
emisora denominada HJN. La compra del equipo de onda larga recayó en la empresa alemana
Telefunken, representada en Bogotá por la firma Sigilechner y Hugo. A su turno, en
terreno fiscal ubicado en las goteras de la capital, en sitio conocido como Puente Aranda,
se construyó una pequeña sede donde se instalaría el equipo transmisor y las
correspondientes antenas; tarea ésta ultima complicada para la época que
exigió la celebración el día 4 de abril de un contrato con otro extranjero, el señor
E. Altmann, «sobre construcción de los cimientos para las torres de la estación
radiofónica de Bogotá».
Recién 114 días después, exactamente el 27 de julio, el Consejo de Ministros emitió
«dictamen favorable acerca del contrato» con aquel señor. Pero para dar el siguiente
paso lentitud oficial y dudas técnicas mediante, fue necesario que
transcurrieran doce meses.
Así las cosas, el 3 de julio de 1929 el ministro García suscribió con otro extranjero
(el señor A. Tawse Smith, en representación de la Sucesión de F.C.L. Pirkis), el
«Contrato sobre arreglo de un salón en el Capitolio Nacional para transmisiones de la
estación radiodifusora de Bogotá». Sitio insólito, por cierto, para la instalación
del primer estudio radiofónico en el país. El contratista se comprometía a entregar
finalizada la construcción, con un costo de 1.300 pesos, el 15 de julio. La fecha
establecida respondía al deseo del Ejecutivo de inaugurar la emisora el siguiente día
20, y el ministro así lo había anunciado en varias ocasiones. Pero la promesa no se pudo
cumplir. Las críticas arreciaron.
Para informar «acerca de la verdad de este asunto», un reportero de El Espectador habló
con el técnico contratado por el Ministerio para instalar y poner en funcionamiento la
emisora, el alemán Carlos Klemp (figura clave en los siguientes meses de vida del
novedosísimo medio). Mediante su enredado español, Klemp informó que todavía faltaban
«algunos enseres» para completar la instalación, los cuales debían ser entregados por
el Departamento de Provisiones del Ministerio; que su intención había sido salir al aire
el pasado 7 de agosto, fecha ideal que tampoco pudo cumplirse. Creía, entonces, que en
diez días todo estaría listo...
La
HJN finalmente en el éter
El jueves 5 de septiembre
de 1929, en la primera plana de El Espectador un pequeño anuncio informaba sobre un
singular hecho: «Teatro Caldas, Chapinero. Inauguración de la estación radiodifusora de
Bogotá. Los concurrentes de esta noche al Teatro Caldas podrán oír los discursos del
señor ministro de las comunicaciones y del R.P. Sarazola. Además, cantos de los señores
Umaña y Posada».
Los dueños del teatro, pensando acertadamente en que el acontecimiento radial no podría
ser escuchado por la inmensa mayoría de bogotanos carentes de receptores, en la
cinematográfica sala habían instalado uno de estos aparatos conectado a dos
altoparlantes, y de esta forma «sacarle jugo» a la transmisión con la correspondiente
venta de boletas.
Pero además de la comercial invitación, en la última página del periódico una nota
informaba lo siguiente: «Hoy, a las seis de la tarde, se verificará el primer concierto
de la estación radiodifusora instalada por el Gobierno Nacional cerca del sitio
denominado Puente Aranda. La inauguración oficial de esta estación se efectuó a las 11
de la mañana y al acto asistieron, entre otras personas, el ministro de Correos y
Telégrafos, el técnico señor Klemp, varios miembros del Congreso y numerosos invitados.
El señor ministro de Correos pronunció un corto discurso alusivo al acto, que fue muy
aplaudido
«En el Ministerio de Correos y Telégrafos se nos informó que la estación tiene una
onda de 425 metros, que es más bien larga. Las personas que quieran oír los conciertos
necesitan un aparato capaz de recibir ondas de 425 metros. El precio de estos aparatos es
de $10 a $500, según la clase y se venden en el comercio de Bogotá.
«El Ministerio no tiene aparatos para vender a los particulares
La potencia de la
onda es muy grande y puede oírse en toda la República. Durante los ensayos de la
estación, verificados en días pasados, los conciertos fueron oídos en ciudades tan
distantes como Barranquilla, Cereté y Santa Marta, según telegramas que han llegado al
Ministerio
Los conciertos fueron oídos como en los mejores aparatos de Europa y
Estados Unidos.
«La estación radiodifusora de Puente Aranda funcionará con los siguientes empleados: Un
jefe electricista, un ayudante, un maquinista y su ayudante y dos mecánicos. La hora
fijada por el Ministerio para que se lleven a cabo los conciertos es la de las nueve de la
noche. Solamente el de hoy se verificará a las seis».
Gracias a la instalación de una serie de altoparlantes en el corazón histórico de la
ciudad, esa primera transmisión vespertina de la HJN se convirtió en un verdadero
acontecimiento popular, que al día siguiente El Espectador así registró: «Un público
numeroso y entusiasta escuchó anoche en la plaza de Bolívar el primer concierto de radio
dado por la estación radiodifusora oficial de Puente Aranda que tuvo el más completo
éxito. También se oyó con absoluta nitidez el discurso inaugural del nuevo servicio
pronunciado por el señor ministro del ramo y una interesantísima exposición del
director del Observatorio Nacional, R.P. Sarazola, en la cual explicó el desarrollo del
nuevo medio de comunicación y las enormes ventajas que tiene como vehículo de cultura y
adelanto espiritual y material.
«El ministro de las comunicaciones aprovechó la oportunidad para hacer un elogio
desmesurado del Gobierno actual, llegando a decir que el doctor Abadía había sido el
más eficaz de los propulsores del progreso y engrandecimiento de la República. Al oír
esta estupenda declaración del doctor García, la multitud estalló en una unánime y
homérica carcajada que resonó en los muros del Capitolio».
Ecos de la política ¡cuando no! metida en la vida cotidiana de los
colombianos.
Poco a poco, la programación de la emisora fue tomando forma. Ya para el 17 de septiembre
utilizaba un formato más o menos básico, fecha en la que justamente El Espectador
anunciaba la publicación diaria en sus páginas de la programación de la HJN e incluía
la siguiente:
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Apogeo y muerte
Año tras año, la HJN continuó afinando la calidad de su programación, mientras que al
mismo tiempo, aunque con lentitud, ampliaba sus horarios de transmisión. Tras un breve
período de producción de programas por parte de concesionarios particulares, ya en
nombre del Estado fue dirigida sucesivamente por varios personajes nacionales, entre los
que con singular brillo se destacó el escritor Daniel Samper Ortega entre 1932 y 1933. Y
cinco años más tarde, merced a la indolencia burocrática y unas repetidamente mentadas
«deficiencias técnicas», la voz de la primera radiodifusora colombiana terminó por
enmudecer.
José Joaquín Castro Martínez, último ministro de Educación de la Administración
López Pumarejo (segundo Gobierno de la República Liberal), en el Mensaje al Congreso de
1938, a manera de «partida de defunción» hizo la que tal vez fue la última mención de
la HJN en un documento oficial, con estas pocas palabras: «
Pero como nuestro pueblo
analfabeto es la parte más necesitada, y justamente aquella donde el libro, si llegare,
no tiene acción alguna, desde mucho tiempo he venido sosteniendo la necesidad de
suministrar a la Biblioteca Nacional para su campaña de cultura popular las muletas de la
radio y de la cinematografía educativa. En años anteriores ensayamos con éxito
sorprendente la radiodifusora HJN; pero tuve que abandonarla por deficiencias de la
maquinaria
».
El
turno de la Radiodifusora Nacional
Durante los dos últimos años del Gobierno
de López Pumarejo las inquietudes relacionadas con la instalación de una nueva emisora
estatal fueron creciendo. Estudiado con atención un proyecto elaborado al respecto, con
un costo estimado en 300.000 pesos, su financiación resultaba en ese momento imposible.
Fue entonces cuando Gustavo Santos, director nacional de Bellas Artes, (inquieto y
creativo intelectual, hermano de Eduardo Santos, encumbrado dirigente liberal y
propietario de El Tiempo) le dijo un día al Presidente López, quien no había dejado de
pensar en el proyecto: «Yo le hago la radiodifusora con la plata que haya». Y la hizo.
Con su admirable actividad y el entusiasmo que don Gustavo ponía en su actividad oficial,
tomó el proyecto en sus manos, mandó hacer nuevos cálculos de acuerdo con las
circunstancias, movió obstáculos, estudió detenidamente los aspectos técnicos, y
contando en todo momento con el apoyo del Ejecutivo, dio los primeros y fundamentales
pasos para el montaje de la estación.
Estación que le tocó inaugurar justamente al doctor Eduardo Santos (tercer Presidente de
la República Liberal, 1938-1942), el jueves 1º de febrero de 1940, a las ocho de la
noche, acompañado por el ministro de Gobierno, Alfonso Araújo, en concurrida y elegante
ceremonia que tuvo lugar en el flamante edificio de la emisora, construido especialmente,
y localizado sobre la avenida Caracas.
En el discurso de rigor, el Presidente Santos expresó con evidente satisfacción:
«Esta radiodifusora pertenece a la nación colombiana, y ha de estar siempre a su
exclusivo servicio. Estarán excluidas de ella las polémicas personales, las voces de
discordia, las propagandas interesadas. Sus únicos propósitos son trabajar por la
cultura nacional en todos los órdenes, colaborar con universidades, colegios y escuelas
en intensas labores de enseñanza, contribuir a la formación del gusto artístico
con programas cuidadosamente preparados y dar una información absolutamente
serena y desapasionada, totalmente objetiva, que lleve a todos el reflejo fiel de los
hechos que pasan».
Y más adelante, agregó: «Esta estación quiere ser un elemento de optimismo, de fe en
la acción, de alegre confianza en los destinos de la patria. Quiere ser algo como un
reflejo de la energía colombiana, que no desconoce las grandes dificultades que a nuestro
progreso se oponen, que sabe los peligros que puedan amenazarla en el presente y en el
futuro, que aprecia con claros ojos lo muchísimo que aún nos falta, pero a la cual no
arredran las dificultades del futuro por que para vencerlas le da fuerza sobrada el examen
de lo que ha realizado en el pasado. El sol que en otros lugares declina, apenas comienza
a alumbrar nuestras tierras, y empieza su vida. Así lo siento yo, y por eso creo que esta
Radiodifusora Nacional ha de representar el criterio y la voz de esta juvenil patria
nuestra, sana, fuerte y sensata».
A continuación, el ministro Araújo, entre otros conceptos, manifestó: «En primer
término debo mencionar al señor Gustavo Santos, quien como director de Extensión
Cultural y Bellas Artes, inició con grande entusiasmo y actividad el desarrollo de los
proyectos del Gobierno; y a Arcadio Dulcey, quien le sucedió en dicho cargo y ha llevado
inteligentemente este empeño hasta su real culminación. No deben olvidarse tampoco los
nombres del doctor Rafael Guizado, dinámico y talentoso jefe de la estación; el doctor
José M. Ospina, arquitecto que construyó los edificios de la misma, ni los de los
señores Mario Camargo, gerente la casa con la cual se contrató el suministro y montaje
de estos magníficos equipos, y Erick Ross, ingeniero jefe de la misma».
Primer
positivo balance
Al cumplirse el primer año de actividades, el escritor y director de la Radiodifusora
Nacional, Rafael Guizado, podía sentirse orgulloso del recuento de su labor y la de sus
más inmediatos colaboradores (entre los cuales se destacaba Bernardo Romero Lozano): Diez
horas diarias de transmisión, para un total de 3.200 dedicadas a «programas selectos,
variados, atrayentes, serios y divertidos», preparados por un selecto equipo de
colaboradores; intelectuales de gran prestigio, como por ejemplo Rafael Maya (curso de
literatura colombiana), León de Greiff y Otto de Greiff (crónicas musicales), Jorge
Zalamea (curso de literatura universal), Arturo Camacho Ramírez (crónica poética),
Carlos Martín, (actualidad literaria), Gerardo Valencia, (crónica cinematográfica),
Jaramillo Giraldo (crónica histórica), Víctor Mallarino (reportajes), Oswaldo Díaz
(crónica teatral).
Y, además, la actuación semanal del grupo de radioteatro dirigido por Hernando Vega
Escobar, con la puesta en el aire de obras de autores colombianos y extranjeros; y por
supuesto, la transmisión de variados programas musicales, tales como conciertos de la
Orquesta Sinfónica Nacional en el Teatro Colón, especiales de música de cámara bajo la
dirección del maestro Espinosa, conciertos del cuarteto clásico de cuerdas, o de la
Banda Nacional dirigida por el maestro Rozo Contreras; y también de música típica
nacional, a cargo del conjunto de cuerdas dirigido por el maestro Wills.
Ondas que se evaporan
Tras la exitosa gestión de Guizado, por la Dirección de la emisora pasaron entre
otros Fernando Plata Uricoechea, «rosado, juvenil, emprendedor, lector apasionado
de los periódicos americanos, comentador de los hechos económicos»; luego Fernando
Charry Lara, «poeta del pospiedracielismo, intelectual de muchas disciplinas, introductor
a Colombia de los bellos versos de Vincent Aleixandre»; más tarde Carlos López
Narváez. «loco, poeta, traductor, músico y abogado»; en 1951, durante el Gobierno de
Laureano Gómez, el periodista bogotano Arturo Abella, doctorado en filosofía y letras,
que llevó a la emisora muchas caras nuevas, azules en su mayoría, y otras del clero; con
la Administración del general Rojas Pinilla, entró en escena el más joven de los
directores, Fernando Gómez Agudelo, de 22 años, secundado por la experiencia de Romero
Lozano; durante el Gobierno de Ernesto Samper, se destacó el eximio y experimentado
hombre de radio Jimmy García
Con la sucesión de estos cambios directivos, otros de índole institucional fueron
también afectando para bien o para mal, la vida de la emisora: entre 1940 y
1950 fue dependencia del Ministerio de Educación y luego pasó al de Gobierno; en 1952 se
acercó un poco más a la Presidencia de la República, como filial de la Oficina de
Información; a partir de 1957 formaba parte del Departamento Nacional de
Radiotelevisión, dependiente en forma directa de la Presidencia; y años después formaba
parte del llamado Instituto Nacional de Radio y Televisión (Inravisión).
A principios de los años noventa, los equipos de onda corta de la estatal emisora
comenzaron a descomponerse con demasiada frecuencia y terminaron por dejar de funcionar.
La voz internacional de Colombia desapareció del éter, simultáneamente con la
reducción del número de sus repetidoras nacionales, la desidia gubernamental y la
intemperancia de los trabajadores de Inravisión. Y ya a finales del agitado siglo pasado
los augurios sobre el futuro de la enferma Radiodifusora Nacional de Colombia eran,
sencilla y tristemente, de pronóstico reservado
De
pasajeras cadenas publicitarias a estructuradas cadenas empresariales
Tras la promulgación del decreto del Gobierno de Abadía Méndez, determinante de las
condiciones para la instalación de «estaciones de perifonía», muy pronto comenzó a
aparecer en Colombia una nueva clase de empresarios dedicados al prometedor negocio de la
radiodifusión.
En la capital de la República por ejemplo la primera emisora de ese tipo
inició actividades el 14 de enero de 1930, gerenciada por don Alfredo Carreño bajo el
extranjerizante nombre de Universal Radio Corporation, e identificada por las letras HKC;
y ya para 1938 habían llegado a la media docena: Alford, HKF, La Voz de la Victor,
Colombia Broadcasting, La Voz de Colombia y Ecos del Tequendama.
Seis años después, mediados de los cuarenta, a nivel nacional el Ministerio de Correos y
Telégrafos registraba un total de 71 estaciones funcionando en 27 centros urbanos (ver
recuadro). Tal proliferación produjo entonces un novedoso fenómeno: la transmisión de
ciertos programas organizados generalmente por agencias de publicidad o
departamentos de mercadeo de grandes compañías, a través de cadenas
circunstanciales y pasajeras formadas por emisoras de diferentes ciudades y propietarios,
según el interés regional o nacional de tal o cual producto, entidad o empresa.
De los numerosos casos que de esa modalidad tuvieron lugar, veamos solo tres ejemplos:
19 de febrero de 1941. Programa ofrecido por la Federación Nacional de Cafeteros,
«para iniciar una intensa campaña en pro del mayor y mejor consumo del café dentro del
territorio de la República, con la colaboración de la orquesta Emilio Murillo de La
Nueva Granada, bajo la dirección del maestro Francisco Cristancho. Por la Radiodifusora
Nacional en cadena con las estaciones La Nueva Granada, La Voz de Colombia, La Voz de
Bogotá y Emisores Unidas de Barranquilla».
28 de febrero de 1945. «Esta noche a las 8:30 p.m. La Cadena de la Suerte, novedad
radial que presenta al país la Lotería Extraordinaria de Girardot. Atracciones,
concursos, premios. Emisoras: La Voz de Colombia, La Voz de Bogotá, Radio Girardot.
Animador: Tocayo Ceballos. El programa se origina en el Radio-Teatro de La Voz de Bogotá,
carrera 6ª Nº 14.88».
6 de mayo de 1945. «Los Profesores del Aire, el más ingenioso programa radial de
Colombia. Valiosos premios en efectivo para el público oyente de todo el país. Hoy
domingo 9:00 a 9:30 p.m. Ofrecido al público de Colombia por las principales emisoras y
por Propaganda Época Ltda., la gran agencia de avisos de Bogotá y Medellín, para
demostrar el alto grado de entretenimiento y cultura a que ha llegado el país».
Programa que demostraba también la cobertura nacional alcanzada por estas efímeras
cadenas a través de once emisoras localizadas en otras tantas ciudades del país
(Bogotá, Medellín, Barranquilla, Cali, Pereira, Cartagena, Manizales, Bucaramanga,
Tunja, Neiva e Ibagué).
Estas exitosas experiencias condujeron inevitablemente a varios empresarios a pensar en
uniones permanentes. Dos de ellos William Gil Sánchez y Enrique Ramírez
Gaviria inquietos promotores de las que, en corto tiempo, se convertirían en las
dos grandes cadenas de la radiodifusión privada en Colombia. Nacidas casi
simultáneamente, pocos meses después del destructor estallido popular del 9 de abril de
1948. Trágico suceso que motivó al Gobierno Nacional a «meter en cintura», mediante
severa reglamentación, a las emisoras radiales acusadas de haber contribuido en ese
nefasto día a «echar leña al fuego» con comentarios subidos de tono e incitaciones
irresponsables.
Contrapunteo de eslabones microfónicos
La Cadena Radial Colombiana (Caracol), creada inicialmente por la fusión de las emisoras
Voz de Antioquia y la bogotana Nuevo Mundo, comenzó a funcionar desde 1948 por iniciativa
de William Gil Sánchez. Y el 18 de marzo de 1950 quedó formalmente constituida como
sociedad comercial, con la integración de otras dos estaciones. Los firmantes de la
histórica escritura fueron Gil Sánchez (Voz de Antioquia), Fernando Londoño Henao
(Nuevo Mundo, de Bogotá), Rafael Roncallo (Emisoras Unidas, de Barranquilla) y H. S.
Simmons (Radiodifusora de Occidente, RCO, de Cali).
Como dato curioso, vale la pena recordar que Nuevo Mundo había nacido a finales de los
años treinta con el nombre de Radio El Liberal por iniciativa de los ex presidentes de la
Republica Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras Camargo, con el claro propósito de
«competir» ideológicamente con la godísima Voz de Colombia.
En 1956 las emisoras afiliadas a Caracol llegaban a 16, entre las que, además de las
cuatro fundadoras, figuraban Ecos del Combeima (Ibagué), Ondas del Gualí (Honda), Radio
Bucaramanga, La Voz de Cúcuta, La Voz Amiga (Pereira), Emisoras Fuentes (Cartagena),
Ondas del Puerto (Girardot), La Voz de Armenia, Ecos de Pasto, Radio Neiva, Radio
Manizales y La Voz de Santa Marta.
Radio Cadena Nacional (RCN) fue formada por iniciativa de los hermanos Enrique y Roberto
Ramírez Gaviria y Rudesindo Echavarría (presidente de Fabricato) mediante la unión de
las emisoras Nueva Granada, de Bogotá, y la Voz de Medellín. Más tarde vincularon a sus
objetivos a un grupo de importantes empresas industriales y a varias otras radiodifusoras.
A mediados de los años cincuenta, además de las dos emisoras fundadoras, RCN era
propietaria de Radio Pacífico (Cali), La Voz de Pereira y Radio Santander (Bucaramanga),
y contaba con otras 15 con el carácter de afiliadas instaladas en las ciudades de
Bogotá, Medellín, Girardot, Ibagué, Barranquilla, Cartagena, Santa Marta, Armenia,
Manizales, Cartago, Buga, Palmira, Neiva, Popayán y Pasto.
Los años dorados
Los cincuenta y sesenta, y parte de los setenta, del pasado siglo XX pueden considerarse
como los años dorados de las grandes cadenas, por la variedad y calidad de su
programación y los adelantos técnicos de sus emisoras. Años que marcaron, por ejemplo,
el apogeo de los grandes programas en vivo musicales, teatrales, de concurso, de
variedades, irradiados para todo el país desde confortables y concurridos
radioteatros. Años que fueron, también, testigos del inicio de la conformación de
verdaderos equipos noticiosos, integrados por voces y especialistas de gran
profesionalismo que lograron colocar al periodismo radial colombiano entre los mejores de
Hispanoamérica.
Durante los años setenta, obligadas ya por la competencia de la televisión (que había
hecho su aparición en junio 1954), las grandes cadenas (y la radiodifusión en general)
comenzaron inevitablemente a variar su programación. Poco a poco, los populares programas
en vivo fueron desapareciendo, y entrando en los años ochenta, la mediocridad y la falta
de creatividad iniciaron la invasión de las ondas radiales. Con excepción de algunos
grandes noticieros, que sí mantuvieron y aumentaron su profesionalismo (aunque
«estirados» artificialmente en sus horarios para atender la creciente y abultada pauta
publicitaria), el resto de la programación se contrajo, en general, a la transmisión de
grabaciones musicales (aparecieron las emisoras especialistas en tal o cual tipo de ritmo
al servicio del consumismo fonográfico, eficientes promotoras de la destrucción del buen
gusto entre sus oyentes). En uno u otro caso, alternadas o intercaladas, juntas o
separadas con equipos de parlanchines que, en medio de un desorden general, de voces
disonantes que se interrumpen una y otra vez, durante horas se ocupan de una enorme
variedad de temas, de concursos o de llamadas de oyentes absolutamente intrascendentes e
inútiles, de boberías sin fin, en ocasiones utilizando un lenguaje chabacano,
acompañados por la transmisión de cuñas publicitarias, directas o indirectas,
subliminales o descaradas, de pócimas milagrosas, medicamentos de dudosa eficacia,
tratamientos de belleza o variados servicios de charlatanes, especialistas en vivir del
cuento.
Epílogo
En marzo de 1932, al ser nombrado el
escritor Daniel Samper Ortega director de la HJN, un editorial del periódico El
Espectador, entre otros conceptos, con ilusión patriótica expresaba: «Orientadas con un
criterio razonable que alternen el sentido práctico y el buen gusto, las estaciones
radiodifusoras pueden desempeñar en el desarrollo de la cultura del país un papel tan
importante como el de los colegios y universidades; y acaso más ameno que el de éstos,
especialmente en las clases trabajadoras que no disponen de dinero ni de tiempo para
asistir a los establecimientos de educación, oficiales o particulares, el radio llena una
misión didáctica cuyo alcance benéfico difícilmente podríamos meditar. Esto
precisamente es lo que hace imperiosa la necesidad de que en su empleo se proceda
atendiendo no sólo a sus cualidades amenas, sino ante todo, a su influjo educador».
Evidentemente, soñar no cuesta nada.
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