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Torres del
Parque, Bogotá.
Dibujo: Oficina Salmona, ca. 1967.
Rogelio Salmona,
fotografía de Germán Montes,
Revista Diners, 1998.
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Aunque
el conjunto de las Torres del Parque es hoy reconocido como una de las mejores obras
arquitectónicas latinoamericanas del siglo XX, su construcción a comienzos de los años
setenta estuvo rodeada de fuertes polémicas. No era fácil entender porqué unos
edificios de apartamentos no eran juiciosamente rectangulares, como lo eran todos, sino
que se torcían en curvas ascendentes que parecían caprichosamente escultóricas.
Llegar a esas formas
generadas por espirales, le había llevado al arquitecto Rogelio Salmona cerca de cinco
años de arduo trabajo en el que había sondeado distintas alternativas hasta encontrar
una dirección cierta. En las torres se recogía la experiencia de la arquitectura
colombiana en la década de los sesenta y culminaba un proceso sistemático de
experimentación personal. Salmona necesitó desarrollar un riguroso procedimiento para
encontrar materiales y sistemas constructivos que permitieran subir treinta pisos,
localizar cerca de 300 apartamentos de distintos tamaños y mantenerse dentro de un
presupuesto restringido. Pero sobre todo necesitaba algo que no se lo pedía el contrato
sino él mismo: expresar, con formas, la íntima convicción de que la arquitectura está
enraizada en un lugar intransferible. Un lugar que no sólo se constituye en condiciones
geográficas y ambientales --las montañas de Bogotá, la luz de Bogotá, el Parque de la
Independencia, la Plaza de Toros-- sino también de condiciones sociales: un uso del
espacio exterior, una manera de habitar, una concepción de la familia.
Las Torres del Parque no
están hechas sólo para sus habitantes particulares, sino para todos los bogotanos. Los
espacios exteriores públicos y privados se entremezclan en una lección de convivencia
urbana. Contemplar sus fachadas nos permite a todos entender que el ocaso bogotano posee
una luz dramática e intensa que denota un secreto sentido de pertenencia a la ciudad. Sus
formas sorpresivas nos acercan a nuevos descubrimientos diarios de nosotros mismos. El
espectáculo majestuoso de las montañas entre los edificios no nos deja olvidar que
Bogotá está construida sobre una sabana verde y húmeda.
Por la alegría que produce
la presencia de las Torres del Parque, entiende uno porqué la arquitectura puede llegar a
ser un hecho de cultura, un arte que, como ninguno, tiene la capacidad de mejorar y
dignificar la vida. Gracias, Salmona.
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