El
1 de Junio de 1824 una avalancha inesperada bajó
por el río Patía con rumbo
a Barbacoas. Se trataba de la desesperada
tropa que, bajo el comando del indio pastuso
Agustín Agualongo, esperaba tomar
la ciudad y apoderarse del oro almacenado
allí con destino al Ejército
del Sur comandado por Bolívar. Al
mando de la plaza se encontraba un aristócrata
payanés, el coronel Tomás
Cipriano Mosquera. Sería la primera
y última vez que los dos coroneles,
el uno realista y el otro republicano, se
enfrentarían en un campo de batalla,
pero para ambos, este fugaz pero feroz encuentro
tendría consecuencias irreparables.
1. La dilatada y meritoria
carrera militar del indio Agualongo
Agustín Agualongo nació en
el pueblo de indios de Anganoy, cerca de
Pasto, en 1780. Según sus escasos
e imaginativos biógrafos, en su infancia
y juventud desempeñó diversos
oficios propios de su clase y raza, tales
como aguatero o pintor de brocha gorda,
aunque no falta quien haya intentado “blanquearlo”
y mejorar su estatus social: de este modo
se ha pretendido metamorfosear al “indio
bruto” que describen los generales
patriotas, en un gallardo mestizo, dedicado
a la pintura artística.
En todo caso, su carrera militar se inició
tardíamente y desde abajo: después
de los 30 años, en 1811, se vinculó
a las milicias realistas para combatir a
los revolucionarios quiteños. Desde
entonces formó parte de todos los
ejércitos realistas que desde el
sur de la Nueva Granada se opusieron a la
independencia. En 1812 combatió al
lado de los negros patianos que recuperaron
la ciudad de Pasto de manos de los republicanos
y que terminó con el fusilamiento
de Joaquín de Caicedo y Cuero y Alejandro
Macaulay. En 1813 ya era sargento, y como
tal participó en la toma realista
de Popayán en 1815. Al año
siguiente fue ascendido a teniente, y en
1820, después de la batalla de Guachi
pasó a ser capitán. A fines
del mismo año le fue confiada la
jefatura civil y militar de la ciudad ecuatoriana
de Cuenca, cargo que desempeñó
cerca de un año. En 1822 participó
en la batalla de Pichincha, y luego de la
derrota de los realistas, fue licenciado
por efecto de la capitulación general
decretada por el general Sucre. Volvió
a Pasto, que a mediados del mismo año
fue tomada por las tropas republicanas al
mando de Bolívar, acontecimiento
que dio lugar a dos violentas rebeliones
populares. En ambas tuvo una participación
muy destacada Agualongo, quien a raíz
de ello fue ascendido a coronel del Ejército
Real.
La primera rebelión antirrepublicana
se inició en septiembre de 1822,
y fue dirigida por el coronel español
Benito Boves. Su resultado fue desastroso
para los pastusos, pues fue reprimida a
sangre y fuego por las tropas del propio
general Sucre en diciembre del mismo año.
La forma inclemente en que fueron tratados
la ciudad y sus pobladores solo condujo
a una paz efímera, pues a mediados
de 1823 se inició otro levantamiento,
esta vez comandado por el indio Agualongo
y Estanislao Merchancano, quienes, contra
toda previsión razonable, derrotaron
al general Juan José Flores y se
tomaron la ciudad y restablecieron el gobierno
realista. Y como si fuera poco, juntaron
un ejército que inició una
inesperada marcha triunfal sobre Quito,
donde esperaban encontrar un importante
respaldo político y militar.
La
experimentada y exasperada tropa republicana
cercó la ciudad, acorraló
a los rebeldes, y desató una inicua
carnicería que, según los
testigos, dejó en el campo más
de 800 pastusos muertos.
Bolívar, quien se encontraba en Guayaquil,
impaciente por partir hacia Lima, no pudo
soportar tanta insolencia, y él mismo
se puso al frente del ejército que
se encargó de contener a los insurrectos
en la ciudad ecuatoriana de Ibarra, que
estos se habían tomado sin mayor
esfuerzo. La experimentada y exasperada
tropa republicana cercó la ciudad,
acorraló a los rebeldes, y desató
una inicua carnicería que, según
los testigos, dejó en el campo más
de 800 pastusos muertos, procurando dar
cumplimiento al deseo del Libertador de
“exterminar a la raza infame de los
pastusos”.
Unos pocos rebeldes lograron escapar, y
entre ellos Agualongo. Contra toda esperanza,
este logró reorganizar los restos
del ejército derrotado y, de regreso
a Pasto, pudo reclutar algunos refuerzos.
Con su menguada tropa sitió nuevamente
la ciudad y, aunque finalmente fue derrotado,
su tenacidad, su astucia y capacidad militar,
llevaron a que el general Santander, encargado
del gobierno republicano, enviara a Agualongo
y Merchancano una carta conciliadora, ofreciéndoles
una paz decorosa. Pero la propuesta fue
desestimada y la desigual confrontación
continuó hasta mediados de 1824,
cuando Agualongo se vio forzado a intentar
la toma de Barbacoas, en procura del tesoro
allí acopiado para las tropas de
Bolívar, y buscando la salida hacia
el puerto de Tumaco, con la esperanza de
hacer allí contacto con los corsarios
realistas, españoles o peruanos.
2.
La fulgurante y veloz carrera militar del
coronel Mosquera
A diferencia de Agualongo, Tomás
Cipriano Mosquera Arboleda nació
en Popayán en 1798, en cuna de oro,
y como miembro de la más opulenta
y linajuda familia de la ciudad. Hijo de
José María Mosquera Figueroa
y María Manuela Arboleda Arrechea,
primos y miembros ambos de linajes con pretensiones
de ascendencia real. Tuvo por ello Tomás
Cipriano una esmerada educación y
la permanente protección y respaldo
de su extensa y poderosa parentela. Al parecer
hizo sus primeras armas, contra el querer
de su familia, en el ejército de
Nariño, en 1814. Pero, pese a las
veleidades políticas de algunos de
sus hijos, la prestancia social y el abultado
patrimonio de José María Mosquera,
hicieron que tanto los comandantes realistas
como los patriotas, quisieran contar con
su respaldo. Bolívar no fue la excepción,
y cuando llegó por primera vez a
Popayán, en 1822, procuró
ganarse su amistad haciendo del joven Tomás
primero su edecán, poco después
su secretario privado, y dos años
después, cuando este apenas contaba
con 26 años, le confió el
gobierno civil y militar de la provincia
de Buenaventura. Para ello tuvo que hacerlo
teniente coronel a las volandas, pero su
apellido lo hacía merecedor de eso
y más. Fue en el ejercicio de ese
importante cargo que debió ocuparse
de recoger el oro acopiado en Barbacoas
para el Ejército del Sur. Y fue por
eso que, sin estar suficientemente preparado
para ello, debió enfrentarse a los
desesperados restos del ejército
de Agualongo.
3.
El fatal encuentro
El 31 de mayo de 1824 se presentó
en el puerto de Barbacoas la primera avanzada
realista, pero la barcaza en que se trasportaban
fue volada de un cañonazo. Al día
siguiente el grueso de la tropa insurgente
intentó tomar por asalto la ciudad,
la cual fue intensamente asediada y finalmente
incendiada. No obstante, Agualongo y sus
hombres fueron derrotados, y los pocos sobrevivientes
debieron contramarchar hacia el Patía.
Entre ellos, herido en una pierna, iba Agualongo.
Por su parte, el coronel Mosquera recibió
también una grave y dolorosa herida
en la mandíbula, que lo obligó
a una larga convalecencia y dejó
una marca indeleble en su altiva y bien
cuidada figura de dandi criollo.
4.
El triste epílogo
La diosa Fortuna y la musa Clío suelen
darle a cada uno “lo que se merece”,
generalmente en puntual concordancia con
el lugar que se ocupa en la escala social.
Ello quizás nos ayude a entender
por qué, mientras el sufrido coronel
Agualongo fue fusilado en Popayán,
sin mayores consideraciones, el señorito
Mosquera fue ascendido en el escalafón
militar y burocrático, pues de jefe
civil de Buenaventura, pasó a ser
Intendente de Guayaquil. Pero ni así
pudo olvidar nunca su encuentro con Agualongo,
pues pese a los esfuerzos de los más
connotados cirujanos de la época,
la fractura de la quijada y el agujero en
la lengua que sufrió en Barbacoas,
lo convirtieron para siempre en “El
Gran General Mascachochas”.
CASTRILLÓN ARBOLEDA, Diego. Tomás
Cipriano de Mosquera, Bogotá: Planeta,
1994.
DÍAZ
DEL CASTILLO, Emiliano. El caudillo. Semblanza
de Agualongo, Pasto: Biblioteca Nariñense
de Bolsillo, 1983.
HAMILTON,
John Potter. Viajes por el interior de las
provincias de Colombia, Bogotá: Colcultura,
1993.
MONTEZUMA
HURTADO, Alberto. Banderas solitarias. Vida
de Agualongo, Bogotá: Banco de la
República, 1981.
ORTIZ,
Sergio Elías.
Agustin Agualongo y su tiempo, Bogotá:
Cámara de Representantes 1987.
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Retrato imaginario de Agualongo, de autor
desconocido, reproducida en la carátula
del libro “Agustín Agualongo
y su tiempo”, de Sergio Elías
Ortiz (Pasto: La Otra Memoria, s. f.
Tipos de ejército del cauca. Dibujo
de A. de Neuville en Geografia Pintoresca
de Colombia.
El joven Tomás Cipriano de Mosquera
y Arboleda.
General Tomás Cipriano de Mosquera
y Arboleda.
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