Uno de los primeros pasajeros de la Scadta fue el educador colombiano
Agustín Nieto Caballero. Los siguientes son apartes de
una carta íntima que escribió sobre su emocionante
experiencia en un viaje aéreo a Barranquilla en julio de
1921.
Voy a copiarte textualmente las notas ingenuas que escribí
mientras volaba. Así tendrás alguna idea del itinerario
de mis emociones. Comienza a 300 metros sobre el nivel de Girardot
y dicen así:
¡No! ¡No era posible imaginar lo que sería
este vuelo! Una nueva y sublime emotividad se ha adueñado
de mi alma toda. Un ser nuevo se ha sobrepuesto a mi ser. Ante
mis ojos atónitos han ido desfilando lentamente maravillosos
tapetes de verde, rojo y oro. Las colinas se han confundido con
los valles; las más altas montañas se han ido hundiendo
a nuestro paso, como atemorizadas. Ahora es enorme, es gigante
la nave que me lleva. Extiende soberbiamente sus alas protectoras
por sobre la inmensidad que domina.
Una niebla densa ha cubierto ahora la tierra. Vamos por sobre
un mar de nubes. Se diría que hemos dejado la atmósfera
celeste y que viajamos como un cometa, sin rumbo determinado,
camino del infinito. La nave y mi espíritu son ahora una
misma y única cosa. ¡Vuela, vuela espíritu
mío, hacia la suprema serenidad!
Ya hace un momento que el lápiz ha caído de mi mano.
Esto que ahora sopla en mi alma es una sensación de dioses.
Los mortales no parecemos hechos para definirla.
El avión describe en este instante un inmenso círculo.
Adivino que desciende en busca de la línea del río,
que por un momento hemos perdido. ¿Pero qué es esa
enorme campana que flota sobre el mar de nubes que nos envuelve?
Es la cresta de una monte. Parece una nueva arca de Noé,
y el ave nuestra es ahora un pez enorme que se consume al pie
de ella.
Por entre gasas que se rasgan a nuestro paso, diviso nuevamente
en la profundidad la ancha faja argentada, que es a un mismo tiempo
nuestra guía y nuestra seguridad. La tierra aparece como
una carta geográfica de greda. Los afluentes del río
son reptiles de escama centelleante que vienen a beber. Los plantíos
son manchas de decoración futurista. Las casas son insectos
que duermen sobre el mapa.
¡Ambalema! Que lindo juguete para uno de mis hijos. Hemos
descendido más, y ya los ranchos son diminutas construcciones
de cartón. ¡Y Beltrán! Las bodegas son vagoncitos
de un tren. ¡Un buque llega! La cara de dicha que haría
mi hijo menor si se lo dieran de cuelga.
Vamos a ciento cincuenta kilómetros por hora, pero a no
haber sido por ocurrírseme sacar un brazo, no lo creería.
Contra el brazo, el empuje del viento es potente y rabioso. Se
diría que una mano invisible estrecha la nuestra y la rechaza
con violencia. Me distraigo en hacer ejercicios de pulso y logro
vencer a mi contendor desconocido.
Otro bello juguete. Más grande, más variado, más
completo que los anteriores. Este tiene puentecitos pintados de
rojo y un inmenso surtido de construcciones en greda y en cartón.
Al punto he reconocido a Honda. Hace precisamente una hora que
salimos de Girardot.
Ahora el viento sopla con violencia. Las nubes cercanas se esponjan,
se alargan, se hacen fibras, y pasan veloces como millares de
dardos amenazantes. El cielo se ha ensombrecido y el avión
vacila ahora como un barco en un mar alborotado. Trepidan las
alas y ruge el motor con un acento de misterio. Se diría
que el ave ha sido herida y que hace un supremo esfuerzo por seguir.
Ha perdido la majestad de su vuelo. Ahora parece que lucha, impotente,
contra los elementos ciegos que impiden su marcha. Ahora es una
frágil pluma que gira en la inmensidad del espacio.
Una ráfaga de incertidumbre y de temor ha penetrado en
mi espíritu. Una oleada fría ha recorrido mi cuerpo.
Si en este momento… ¡Oh, qué puerilidad la
mía! Ya el momento de vacilación ha pasado. El aviador
ha esquivado el huracán y se ha burlado de él. Ya
estamos en otro plano de la atmósfera, y la serenidad es
de nuevo con nosotros.
¡Puerto Berrío está a la vista! Dos horas
quince minutos de viaje. ¿Ha sido un sueño fantástico
este vuelo? El motor se ha apagado y el avión, como un
águila gigante que cae, certera, sobre una presa, se lanza
al río. Todo se ha hecho grande, como por encanto, y ya
nuestra águila fantástica no es sino un pequeño
vehículo que avanza suavemente sobre el agua.
Escucha esta aventura. El motor se ha apagado, y el avión
planea lúgubremente en la oscuridad de la noche. Cae al
fin al agua, dando bruscos saltos sobre los flotadores. El aviador
entonces me grita sobre la ventanilla: “¡Salte usted
al ala!” Yo intento abrir la puerta pero el viento me la
cierra dos veces con violencia. Por fin logro salir. “Tome
este cable” me dice el aviador “y corra hasta la punta
del ala. Si la hélice pega contra la ribera estamos en
peligro. Corra, salte donde pueda y amarre el avión”.
El viento era horrible, y por un instante vacilé sobre
el ala, que en aquel momento era para nosotros el puente de la
salvación. Salté en la oscuridad. Nuestra Señora
la Suerte estaba con nosotros. Si me falta un palmo, caigo al
río, y allí era profundo.
Amarro rápidamente el cable a un tronco, y me vuelvo hacia
el aviador, que me da voces. ¿Qué más ocurre?
Algo tan original que no puedo dejar de contártelo. El
aviador me busca en la oscuridad para estrecharme la mano. “Venga,
venga, que quiero felicitarlo. Ha hecho usted una cosa peligrosa
y la ha hecho bien” Y me explica brevemente lo que ha ocurrido.
El ya no veía nada desde su lugar de dirección.
El motor se había parado minutos después de haber
salido del Banco. Ya no era fácil seguir.
De pronto sentimos un ruido en la hierba. “Subamos”,
le dije a mi compañero de aventura, “debe haber culebras
aquí”. Subimos y… lo que sigue parece como
un cuento. Una sombra enorme avanza sobre la hierba y cae pesadamente
al agua. “¡Un caimán!” exclama el aviador.
Y ambos quedamos estupefactos. Hemos estado al pie del reptil
espantoso, estrechándonos la mano como dos insensatos.
(El Espectador, agosto 29, 1921)