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EDICION 163
JULIO DE 2003
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LAS
MUJERES AL FINAL DEL PERIODO COLONIAL
El
Discurso sobre la mujer en los periodicos de America del Sur
Por: MÓNICA P. MARTINI
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Tomado de:
Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 163
Julio de 2003
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Los periódicos constituyeron, junto con el teatro, los dos cauces de
divulgación preferidos por los ilustrados del siglo XVIII y también el medio para
definir una imagen modélica o antimódelica de las mujeres.
L
os
papeles españoles que a mediados del setecientos entraron en una época de
esplendor no sólo circularon en América, sino que influyeron en el surgimiento de
una prensa local que gozó de la simpatía de un público numéricamente significativo. El
Diario (DL) y el Mercurio Peruano (MP)
de Lima, el Papel
Periódico de Santafé de Bogotá (PPSB), el Telégrafo Mercantil (TM) y el Semanario
de Agricultura (SA) de Buenos Aires, brindaron a los más instruidos una nueva tribuna
de expresión y a los menos cultos la posibilidad de "educarse" a tono con la
época y de entretenerse a través de un medio que unió lo útil a lo agradable.
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Policarpa Salavarrieta,
Anónimo
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Partiendo de una despectiva valoración estampada en el Telégrafo Mercantil
de Buenos Aires, donde se afirma que los papeles públicos son la lectura de quienes, como
las mujeres, son incapaces de leer "un libro de volumen" (2-5-1801), sabemos que
las señoras letradas se interesaban en ellos. Resulta tentador, pues, preguntarse qué
fue lo que les llamó la atención de su contenido y si, acaso, una de las respuestas
posibles sea la presencia de artículos de signo positivo o negativo que en alguna medida
las involucraban.
Sobre la base de los
discursos aparecidos en los periódicos de la América Meridional intentaremos analizar el
papel de la mujer dentro de la sociedad finicolonial para demostrar que, por primera vez,
el bello sexo logra abrir las puertas de cierto protagonismo social sumamente restringido,
que irá en lento aumento en los siglos siguientes.
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LA CASADA MODÉLICA
Llegada a cierta edad,
la mujer debe, con el consenso de sus padres, afrontar la decisión de tomar estado con la
única opción para la que es educada: el matrimonio o el convento (PPSB, 23-12-1796). La
soltera se considera un ser fracasado y marginal destinado a una vejez amarga signada por
la falta de testigos de su existencia que lleven "su nombre a la posteridad".
Tanto más cuanto que, en general, su condición se supone producto de la vanidad de un
tiempo de juventud en el que, segura la niña de no merecer menos que un "Júpiter o
un Apolo", hubo de desdeñar altivamente a cuantos mozos la pretendieron por esposa.
Como consecuencia de esta conducta, cargada de años, llena de arrugas y cubierta de
oprobio, descenderá al sepulcro arrepintiéndose de no haber sabido apreciar la verdad
del adagio: "La niña que mucho espera / se hace vieja y desespera" (PPSB,
24-7-1795). Por ello, sin olvidar aquello de que "mujer discreta con marido tonto /
al despecho está expuesta muy de pronto (TM, 21-2-1802), no es bueno dejar pasar
demasiadas oportunidades a no ser que se prefiera optar por el camino del convento.
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La casada modélica debe, en primer lugar, tener bien grabadas las palabras del
Génesis que, como consecuencia del desliz de Eva, la someten irremediablemente al
"señorío" del varón y aceptar que cualquier intento por sacudirse el yugo no
se verá más que como una injusta usurpación de derechos adquiridos (MP, 19-4-1792).
Carácter dulce, actitud paciente y moderación inalterable son cualidades imprescindibles
para mantener el orden de un hogar en el seno del cual cumple la mujer con las
obligaciones que la naturaleza le confía: esposa, madre y administradora del fruto del
trabajo de su marido (TM, 28-3-1802). Cualquier labor doméstica debe ser aceptada con
agrado. No arrinconará la plancha o la escoba, ni hará ascos al tizne o al humo de las
cocinas. Las señoras de distinción aceptarán de buen grado colaborar con la economía
doméstica: hilos, agujas, husos o tijeras servirán para cortar y coser los propios
vestidos o los chalecos y calzones de sus esposos, para tejer medias o calcetas, para
fabricar mallas y encajes, o para emplear el tiempo libre en exquisitos bordados de telar
u otras manufacturas (TM, 18-10-1801). Las mujeres de menores recursos podrán, por su
parte, trabajar en la fabricación de "tejidos del país" (TM, 4-7-1802).
A fin de brindar a su
cónyuge el tiempo que necesita para ser útil a la sociedad, la mujer modélica ha de
aceptar corran a su cargo los años de crianza de la prole, no sin admitir cualquier
determinación racional que el marido árbitro de las decisiones domésticas
le imponga. Siendo el ser humano un compuesto indisoluble de cuerpo y alma, la madre se
ocupa tanto de los requerimientos físicos de sus hijos, como de impartirles las primeras
nociones de religión y de moral e, incluso, del cuidado intelectual de las niñas para
quienes, en general, la instrucción pública permanece vedada (SA, 24-9-1806).
Ahora bien ¿qué
preparación debe tener la mujer para asumir tamaña responsabilidad? Para mantener la
salud de sus vástagos las señoras deben tomar ciertos recaudos desde el momento del
embarazo: abundante aire puro y templado, ejercicios físicos moderados,
frugalidad en los alimentos aunque sin privarse de tal o cual antojo, agua
fresca en cantidad necesaria, equilibrio entre sueño y vigilia, cautela para evitar
graves pasiones de ánimo como la ira o el terror, son las precauciones básicas para
prevenir el aborto y favorecer un parto natural (DL, 20 y 21-11-1791; TM, 4 y 28.3.1802).
El cuidado de las
criaturas recién nacidas exige el conocimiento de algunas reglas básicas dictadas por un
amor que aborrezca tanto la excesiva dureza como la indulgencia enfermiza, origen de la
indolencia y de la desaplicación. Han de saber las señoras que deben darles de mamar,
destetarlos paulatinamente acomodándose al estado general del niño, no fajar a los
pequeños a fin de dejar en libertad su natural inclinación al movimiento y evitar
futuras deformaciones corporales, cubrirlos con ropa liviana que no aumenten su natural
calor vital, instarlos a ejercicios físicos que fortifiquen su temperamento, suprimir el
uso de andadores, obligarlos a manejar indistintamente manos y pies, someterlos a una
dieta sobria y de horarios fijos que destierre comidas y bebidas excesivas y continuadas,
evitar purgas, bañarlos todos los días y mantenerlos aseados (TM, 6-5-1801; 24-6-1801 y
11-7-1801; SA, 14-8 y 4-12-1805). Las enfermedades más comunes no deben tomarlas
desprevenidas: conocerán al menos sus primeros síntomas y tendrán en cuenta algunos
útiles consejos para tratarlas (DL, 15 y 16-10-1790).
En tanto nada vale un
cuerpo sano sin un espíritu justo, racional y sensato, las madres, educadas en la virtud,
sabrán aprovechar una naturaleza "blanda y sensible" para infundir las primeras
lecciones de moral que han de reglar acciones y sentimientos. Por último, comenzarán a
cultivar la razón en sus pequeños con orden y método. Les propondrán el conocimiento
exacto de los objetos para cuya inteligencia están capacitados y, evitando celebrar sus
despropósitos, rectificarán sus razonamientos viciosos o sus juicios errados (DL,
15-10-1790).
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Convertida, pues, en la cabeza del gobierno
económico y doméstico de la casa, la mujer casada debe como el niño
permanecer al margen de algunas funciones ya que, como se sabe,
"Quedan niño y
mujer nunca admitidos
de los civiles cargos
excluidos.
Para las armas es aún
más llano
que ni ésta tiene
aliento ni aquél mano"
(DL, 16-12-1791).
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Como de la
guerra, tarea inherente a la índole del varón, la mujer está excluida aquellas
funciones públicas, como la magistratura o los cargos de gobierno, que le exigirían un
absoluto desprendimiento de los cuidados hogareños. "No es posible se lee en
el Telégrafo que las buenas madres de familia asistan todos los días a
Tribunales sin que su casa esté en desorden" (28-3-1802). Además, le está vedado
el sacerdocio, aunque, en este caso, la prohibición no proviene de reglas humanas sino de
precauciones divinas, originadas en la urgencia de evitar al varón una tentación
permanente que lo expondría a repartir su homenaje entre Dios y los atractivos del bello
sexo (TM, 28-3-1802).
Subsidiariamente, y
sólo como complemento de una educación básicamente virtuosa, la mujer puede adquirir
cierta preparación intelectual no exenta de diferenciaciones sociales, en tanto no es
posible que todas las mujeres se embarquen "por el camino de la ilustración y del
buen gusto, porque el tiempo necesario para cultivar su razón lo necesitan las gentes
pobres para ocuparlo en la labor y para reconcentrarse del todo en el cuidado de las cosas
domésticas" (TM, 18-10-1801).
Las mujeres de clases
inferiores han de limitarse a saber lo indispensable como para afrontar con solvencia sus
tareas hogareñas: leer, escribir y contar. Las más acomodadas sabrán, además, hablar
el idioma patrio con pureza y precisión, conocerán algo de historia, de geografía y de
botánica, repetirán con soltura los pasajes más destacados de ambos Testamentos,
discurrirán sobre la "fundación, progresos y estado actual de nuestra
religión", sabrán algo sobre las leyes y el carácter de algunas naciones europeas
y hasta estarán impuestas en las lenguas francesa e inglesa que traducirán medianamente
bien (TM, 18-10-1801; SA, 30-6-1804). Lejos se está de "pretender" que las
mujeres "sacrifiquen las obligaciones de su estado" por dedicarse al cultivo de
las ciencias o las artes: por el contrario, tal abandono las haría dignas del mayor de
los desprecios (TM, 14-4-1802).
Por último, si la
fatalidad decidiese su viudez, es mejor vista en el imaginario colectivo la dama que,
según la "filosofía de la tórtola", vive llorando a su marido en eterno
celibato (DL, 16-7-1791), que aquella otra que logra reponerse de su pena segura de que
"la pérdida de un
esposo
no se sufre sin
suspiros,
pero al fin llega el
consuelo
después de haber hecho
el ruido"
(DL, 13-10-1791).
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