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Emma Herrán (madre María de
la Santa Cruz). Hermana de la
Caridad deñ Buen Pastor en Francia.
E.E. Vergeneau. Vida de la Madre
María de la Santa Cruz Herrán".
Barcelona, 1926
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E
n
1936, después de una visita oficial a Antioquia, uno de los inspectores de educación
nacional escribió: "No es por galantería sino por justicia que he de manifestarle
que a la mujer antioqueña corresponde la mayor parte de la campaña cívica que ha
llevado a cabo Antioquia a la elevada posición que hoy ocupa en el panorama de la
república".
Años después, Fabio
Botero escribió en su libro Cien años de la vida de Medellín (1994): "Una
de las cosas más importantes y novedosas en la sociedad medellinense de 1890 a 1920 es el
creciente papel activo de la mujer".
Entre mediados del XIX
y 1930, cientos de antioqueñas o de extranjeras establecidas en la región se
involucraron en una serie de actividades fuera del ámbito hogareño. Abundan los
episodios que ilustran la iniciativa, a veces incluso la osadía y la determinación, con
que ellas, a título individual o en forma anónima y colectiva, escogieron roles
novedosos en ese tiempo, algunos de los cuales desafiaron convencionalismos vigentes.
Al trazar los cambios
que trajo consigo el siglo XX en la vida de muchas antioqueñas, se menciona por lo
regular el rápido ascenso del empleo femenino en la industria que surgió en el valle de
Aburrá entre 1900 y 1930; la primera huelga de obreras en el país liderada por Betsabé
Espinosa en febrero de 1922 en la Fábrica de Hilados y Tejidos de Bello; y la
carismática figura de María Cano, joven escritora y dirigente obrera y socialista de los
años veinte. También se alude a miles de jòvenes antioqueñas que se ganaron la vida
como maestras rurales y urbanas, telefonistas, telegrafistas, oficinistas, secretarias,
mecanógrafas, o empleadas en el floreciente comercio o en oficinas y bancos de Medellín
y municipios vecinos, muchas egresadas del Instituto Giraldo en Marinilla o, en Medellín,
del Colegio Central de Señoritas (1913), la Escuela Normal de Institutoras (1914), la
Escuela Remington (1915), o en los años treinta, de la Escuela Doméstica. En 1922 Lola
González dijo en una conferencia dictada en el paraninfo de la Universidad de Antioquia
que las señoritas de clase media, "en los últimos doce años han llevado a cabo un
verdadero despertar más consciente y más lleno de deberes que cumplir. Era imposible
para la mujer resignarse a llevar solamente una vida de costurero y visitas, de ser una
muñeca preciosa en espera de marido, y cuando éste llegara, someterse incondicionalmente
a su voluntad..."
Sin embargo, hubo otros
cambios que precedieron o acompañaron a los ya mencionados, y otras facetas de dichos
cambios que suelen pasarse por alto, quizás porque se gestaron en medio de actividades
tradicionales o porque modificaron actitudes, costumbres y comportamientos femeninos en
forma paulatina, sutil, aunque no por ello menos persistente.
FUERA
DE ÁMBITO HOGAREÑO
La lista incluye cientos de
cofradías, confraternidades, ligas y toda suerte de asociaciones con fines devotos, unas
exclusivas para mujeres, otras mixtas para varones y mujeres, que aumentaron en número,
variedad e importancia durante el lapso en cuestión, en las que participaron activamente
varias generaciones de antioqueñas, sin distingo social, alentadas por el dinamismo que
llegó a tener la Iglesia católica en Antioquia. Así mismo, participaron en cientos de
instituciones y grupos con fines caritativos y cívicos empeñados en proteger, educar,
capacitar, curar y albergar a los enfermos y desvalidos y a ayudar a adaptar a los
trabajadores, sobre todo a las obreras, en su mayoría pueblerinas o campesinas, a una
sociedad cada vez más urbanizada. Las mujeres ayudaron a financiar las actividades
emprendidas por estas asociaciones e instituciones, a punta de bazares, rifas, donaciones,
testamentos y costuras.
Un tercio de las
entidades asistenciales estuvo en manos de religiosas, pues en ese tiempo se establecieron
en Medellín y en medio centenar de poblaciones del departamento 21 congregaciones
femeninas provenientes de Francia, España e Italia, tres de origen local, familiarizadas
con métodos pedagógicos, asistenciales y misioneros.
En estos años
Antioquia fue un terreno bastante fértil en vocaciones, al punto que envió religiosas a
otros departamentos e incluso a otros países. Algunas de las monjas antioqueñas ocuparon
cargos altos en sus congregaciones. La bella Emma Herrán, nieta de Tomás Cipriano de
Mosquera, se convirtió en la madre María de la Santa Cruz, hermana de la Caridad y del
Buen Pastor, comunidad dedicada al cuidado de reformatorios y centros de detención
femeninos. Entre 1905-1922 se desempeñó como secretaria general en la casa principal en
Angers, Francia. Matilde Velásquez Medina, después de profesar como hermanita de los
Pobres en 1934, fue enviada a Francia y luego a Estados Unidos. Ella sobresalió por su
habilidad y eficiencia al construir hogares de ancianos en varias ciudades. En Baltimore,
donde celebró sus bodas de oro como religiosa, un obispo dijo que "él nunca se
había imaginado que la formación de una hermanita de los Pobres incluyera estudios de
suelo, resistencia de materiales, decoración, contabilidad, etc." En 1948, el
prestigioso médico Gil J. Gil, ex rector y ex decano de la Facultad de Medicina de la
Universidad de Antioquia, escribió que todo elogio de la labor de las Hermanas de la
Caridad de la Presentación desde 1876 en el hospital San Juan de Dios y el Hospital de
San Vicente, "resulta opaco y pobre ante la magnitud de la obra realizada: la
organización de régimen interno; la administración de cocinas y la distribución de
alimentos; el esmerado cuidado de las roperías; la presentación de las enfermerías de
inmaculada limpieza [...] la severa disciplina de los quirófanos y el esmerado cuidado
del instrumental...".
Otro campo de notable
injerencia femenina en Antioquia fue la expansión misionera que se dio en Colombia entre
1914 y 1940, tardía manifestación de un resurgimiento similar vivido medio siglo antes
en varios países católicos y protestantes de Occidente.En estos años, Antioquia vio
surgir tres congregaciones misioneras, dos de ellas femeninas: la Congregación de
Hermanas Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, la primera comunidad
de misioneras creada en Colombia, fundada en 1914 por Laura Montoya, una maestra de
treinta años nacida en Jericó; y las Teresitas Misioneras, fundada en 1929 por el obispo
de Santa Rosa de Osos, Miguel Ángel Builes. Las Carmelitas Misioneras, congregación
española activa en la prefectura apostólica de Urabá, también cosechó abundantes
vocaciones locales.
Es curioso que a pesar
de los lazos familiares tan fuertes que había en Antioquia, tantas jovencitas decidieran
abandonar sus hogares para entrar a estas congregaciones y aventurarse en parajes
distantes, con frecuencia malsanos y peligrosos, para colonizar conciencias de indígenas
y gente negra.
Laura Montoya narra en
su diario cómo después de años de sortear toda clase de obstáculos en su empeño por
catequizar indios, el 5 de mayo de 1914 a las tres a.m. ya estaba en pie, ultimando los
detalles del viaje que esa mañana emprendía con diez mulas cargadas y dos arrieros, con
su madre viuda y cinco señoritas que logró convencer para acompañarla a Dabeiba, al
noroccidente de Antioquia, con miras a crear una nueva congregación que estaba tramitando
ante el Vaticano. Una "chusma de muchachos y gente curiosa" se agolpó en las
aceras y en puertas y ventanas para ver partir tan curiosa caravana. Cada una comunicó
como pudo la decisión a su familia. No fue fácil. Cuenta Laura que Ana Saldarriaga,
"No dijo sino esto: hay en Medellín una señorita Laura Montoya que piensa irse a
los montes a buscar los indios y a bautizarlos; va con otras compañeras; tiene la
protección de un obispo y se va pronto. Dejó que sus padres y hermanos, reunidos en la
mesa, comentaran la cosa". Al día siguiente, domingo, víspera del viaje, salió
como si fuera para misa, dejando una carta en la que informaba a sus padres que se unía a
la misión, "y adiós, no se supo más".
LA
INTRODUCCION FEMENINA
Antioquia atendía
"...con más celo la educación de la mujer, lo que promete mucho para el
futuro". Tal apreciación de Camilo Botero Guerra en el Anuario estadístico de
1888 se puede extender desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, cuando la mayor
valoración y expansión de la instrucción con marcado tinte práctico y religioso
colocó esta región a la delantera nacional. El salto en la instrucción femenina fue
impresionante: para 1888 había 124 planteles de varones y 132 de niñas, y un tercio de
las maestras eran mujeres. La Regeneración reforzó esta tendencia, en buena medida
gracias a la docena de congregaciones de religiosas que atendieron por lo menos 87
escuelas y colegios en Antioquia, y a la labor de asociaciones de beneficencia. En 1916,
el 42 % de las obreras de las trilladoras, el 89 % de las de textiles y el 95 % de las de
fábricas de cigarrillos en Medellín supieron leer y escribir.
Entre los ejemplos de
iniciativas femeninas novedosas en educación, cabe mencionar el primer kindergarten del
país abierto en Yarumal en 1911 por María Rojas Tejada, directora del Colegio de María,
de Yarumal (1906), con la revolucionaria pedagogía del alemán Froebel basada en el
juego. Ocho años después, el médico antioqueño Juan B. Londoño, al conocer el jardín
infantil abierto por sor Honorina Lanfranco en el Colegio de María Auxiliadora con el
método Montessori, divulgó el programa en la Revista Departamental de Instrucción
Pública, después de lidiar con el arzobispo de Medellín, Manuel J. Caycedo, quien
no autorizó publicar la versión original porque citaba "autores inficionados (sic)
por el naturalismo modernista".
"Libertad de
espíritu, amplitud de miras, confianza en la lucha y altivez de carácter". Esto fue
lo que opinó Tomás Carrasquilla de las "señoras antioqueñas" en la crónica
para El Espectador sobre la amplia acogida 52 concursantes, muchas de ellas
casadas del primer concurso de literatura femenina convocado en 1919 por la Sociedad
de Mejoras Públicas, a sugerencia de Lucila Londoño, evento que escandalizó algunas
mentes pacatas. En 1921 la Sociedad de Mejoras y la revista Sábado abrieron el
segundo concurso, y después, con la Asociación de Cronistas, el tercero.
El ingreso a la
universidad fue otra instancia en la que las antioqueñas fueron pioneras en Colombia. En
1932, antes que la reforma constitucional de 1936 estableciera este derecho, cinco
jovencitas antioqueñas se matricularon en la recién creada Escuela Dental de la
Universidad de Antioquia. En contraste con otros lugares del país, no hubo reacciones
significativas en contra.
La posibilidad de
entrar a la universidad creó la necesidad de ofrecerle a las mujeres el título de
bachillerato. Para ello, en 1936 surgió en Medellín el Instituto Central Femenino,
plantel oficial célebre por su orientación laica y moderna. Como proyecto de un grupo
liberal, las desavenencias no tardaron: que obscenas las revistas gimnásticas, que
inmoral el que los varones enseñaran allí sin permiso de la curia y sin traje negro. La
gota que llenó la copa llegó después de nombrada la tercera directora, la señorita
Séculi, pedagoga catalana exilada en París. El director de educación departamental
pasando por encima de ella destituyó a la tesorera del colegio. Ante la protesta de la
rectora, no se le renovó el contrato y fue acusada de comunista y feminista. Las alumnas
entraron en huelga con respaldo de sus padres, bachilleres, universitarios, la Federación
de Trabajadores de Antioquia y otros sindicatos. Ante el fracaso de las gestiones,
nombraron tres delegadas para viajar a Bogotá a hablar con el presidente López Pumarejo
y el ministro de Educación. El debate alcanzó tal proporción, que el director de
educación fue llamado a Bogotá, el gobernador renunció y el ministro viajó a
Medellín.
Independientemente de
lo tradicional de los fines de las asociaciones devotas y filantrópicas y de las
congregaciones religiosas mencionadas, éstas demandaron tiempo y energía de miles de
señoras y señoritas, sobre todo entre pueblerinas y citadinas, dedicación que les
procuró una valiosa experiencia. Ser socias de las entidades devotas o filantrópicas las
familiarizó con tareas ligadas a los formalismos de fundar, redactar estatutos y actas,
elegir juntas directivas y otros dignatarios, programar reuniones periódicas, trabajar
por comisiones, elaborar informes, gestionar y conseguir fondos y recursos privados y
oficiales. La vida religiosa le abrió a muchas jovencitas la ocasión de viajar,
eventualmente de aprender otro idioma, de satisfacer necesidades espirituales,
intelectuales o de trabajo social en una época que brindaba pocas otras alternativas. Las
oportunidades de trabajo actuaron en el mismo sentido. Todos estos cambios vinieron de la
mano con la temprana cobertura y la persistencia en las mejoras en la educación recibida
por un número creciente de antioqueñas, algo sin precedentes en la región. Todas estas
trayectorias abonaron el terreno para otras emancipaciones propias del siglo XX.
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