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Saca y beneficio de la brea
mineral. Album del Obispo Martínez Compañón, ca. 1791.
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Es innegable
que el petróleo constituye hoy en día el motor de la economía colombiana, por ser el
principal generador de renta externa por encima incluso del café, nuestro producto
tradicional de exportación, y por ser la fuente principal de rentas para las regiones,
bien a título de regalías por su explotación o por contribuciones fiscales en las
distintas fases de su proceso.
La industria petrolera, sin embargo, sufrió a lo largo del siglo XX
una serie de dificultades, las unas propias del arduo trabajo para encontrar petróleo y
otras muchas de carácter jurídico, político, económico e incluso de orden público: no
puede olvidarse que desde 1985 a la fecha la industria de hidrocarburos en su fase de
transporte ha sufrido numerosos ataques, los que sin embargo no han desanimado a los
buscadores de ese precioso elemento, cuyos más remotos registros históricos nos llevan
al siglo XVI, momento durante el cual la hueste comandada por Gonzalo Jiménez de Quesada
llegó al lugar conocido con el nombre de La Tora, sobre el río Magdalena, donde habitaba
la comunidad de los Yariguíes. En este sitio, en donde se encuentran hoy Barrancabermeja
y las instalaciones industriales más importantes de Ecopetrol, la expedición española
encontró un líquido negruzco que brotaba de la tierra y que los indígenas usaban a
manera de ungüento corporal, con propósitos medicinales.
Del petróleo hubo también vestigios en otros sitios de nuestro
territorio, como en la Guajira, en Orito, la región del Catatumbo y las cercanías de
Lorica, regiones éstas, muy especialmente la última, que se vinculan a los orígenes de
la industria petrolera gracias a la extraordinaria visión de personajes como Manuel
Armella, Diego Martínez, Juan de Dios Pasos, Carlos Vellojín y Prisciliano Cabrales,
quienes realizaron los primeros trabajos de la industria petrolera en Colombia en
territorios que habían pertenecido a comunidades indígenas, de los actuales
departamentos de Córdoba, Bolivar y Atlántico (ver "Especial Petróleo y
Cusiana", Credencial Historia Nš 49, enero 1994).
Por los años en que empezó a desarrollarse lo que ha dado en llamarse
la fase costeña de la industria, concretamente en 1905, se expidió el decreto Nš 34,
por el cual se confería al Ejecutivo autorización para otorgar privilegios en la
construcción de canales, explotación del lecho de los ríos y canteras, depósitos de
asfalto y aceites minerales. Este decreto fue ratificado por la ley 6 del mismo año, bajo
cuya vigencia el gobierno otorgó a Roberto de Mares una concesión para explotación de
yacimientos de petróleo en las áreas de Carare y Opón, justamente donde Jiménez de
Quesada había visto manaderos de crudo. También en 1905, el gobierno concedió permiso
para explotar fuentes de petróleo en el actual departamento de Norte de Santander a
Virgilio Barco. Andando el tiempo, en la primera de estas dos concesiones se descubrió lo
que se conoce en la industria petrolera con el nombre de un gigante, el campo
Cira-Infantas, que tras sucesivos traspasos quedó finalmente en manos de la Tropical Oil
Company, cuyas acciones pertenecían a la Standard Oil de New Jersey. Finalmente, luego de
numerosas disputas legales que involucraron tanto a magistrados de la Corte Suprema de
Justicia como a ex presidentes de la República, esta concesión revirtió al estado en
agosto de 1951, siendo manejada por la compañía petrolera creada por el gobierno en 1948
con ese propósito. Es así como Ecopetrol acaba de cumplir cincuenta años, siendo hoy el
eje de la industria en nuestro país.
Luego de la firma de las concesiones de 1905, el país se preocupó por encontrar un
marco legal adecuado para el desarrollo de la industria. No fue fácil, pues la disputa
con Estados Unidos con motivo de la pérdida de Panamá generó numerosas controversias
sobre la presencia de compañías petroleras de ese país en el nuestro, con la dificultad
consecuente para adoptar normas que resolvieran el tema del marco de la contratación
petrolera. En la década del 20, y tras la expedición de la ley 120 de 1919, se
expidieron dos o tres regulaciones más, ninguna de las cuales puso punto final al
problema. En 1928 empezó a discutirse lo que con el tiempo llegaría a ser la ley 37 de
1931, una de las más debatidas en la historia del Parlamento colombiano, con la cual
empezó a definirse el marco del desarrollo de la industria petrolera. No se acogió
entonces la fórmula propuesta de que el recurso fuera explotado por el Estado; se llegó
a la figura de la concesión, como la más adecuada para la estructura económica
del país en ese momento. Esta ley y sus decretos reglamentarios se recogieron en 1953 en
lo que se conoce con el nombre impropio de Código de Petróleos. La figura de la
concesión así definida implicó que llegaran al país algunas de las compañías mas
reconocidas a nivel mundial, que se hicieran titulares de contratos, la mayoría de los
cuales ya revirtieron a Ecopetrol.
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Complejo petrolero de Barrancabermeja. Fotografía
de Leo Matíz, ca. 1940. Museo de Arte Moderno, Bogotá.
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El contrato
de concesión, que implicaba para el estado una participación en las regalías, en el
producto bruto y en lo que se conoce con el nombre de cánones superficiarios, implicaba
una serie de trámites gubernativos excesivamente lentos y dispendiosos, y la posibilidad
de congelamiento de áreas sin la obligación que hoy tienen las compañías de ejecutar
en ellas trabajos exploratorios; esta circunstancia, unida a una serie de fenómenos
mundiales (Cfr. artículo de Rodolfo Segovia Salas en: "El Petróleo en
Colombia". Bogotá: Ecopetrol, 2001) hizo que el gobierno del presidente Lleras
Restrepo presentara un proyecto de ley que se convirtió en la ley 20 de 1969, cuyo
artículo 12 autorizó al gobierno para declarar reserva nacional cualquier área
petrolífera del país y aportarla, sin sujeción al régimen ordinario de contratación y
licitación, a Ecopetrol. El propósito de reservar la administración de los
hidrocarburos nacionales a Ecopetrol era el que esta empresa los explotara directamente o
en asociación con el capital nacional o extranjero. Nació así el sistema contractual de
asociación, vigente casi con exclusividad hasta nuestros días, y que tuvo su
primera manifestación poco después al suscribirse el contrato con la Texas Petroleum
Company, de donde resultaron los descubrimientos gasíferos de Chuchupa y Ballenas en la
Guajira.
En 1974, y durante la vigencia del estado de emergencia económica
instaurado ese año, se expidió el decreto legislativo 2310 cuyos dos primeros artículos
modificaron el sistema vigente hasta entonces para la exploración y explotación de
hidrocarburos, reemplazando el sistema de concesión por el de explotación directa
a cargo de Ecopetrol, o por el de "contratos de asociación, operación, de servicio
o de cualquier otra naturaleza, distintos de los de concesión celebrados por dicha
empresa, con personas naturales o jurídicas, nacionales o extranjeras".
Gobiernos posteriores han ajustado la política de asociación entre
Estado y capital privado, lo cual ha permitido el incremento del número de contratos
firmados, el consecuente incremento de pozos exploratorios y, como corolario necesario, el
descubrimiento de otros dos campos gigantes, el de Caño Limón en 1983, y el de Cusiana
Cupiagua en 1991.
La novedad fundamental que implica el contrato de asociación frente al
de concesión es la ninguna injerencia por parte de los organismos estatales en la
programación y ejecución de las operaciones industriales que adelanta el titular de la
concesión, especialmente en la etapa de explotación; en el contrato de asociación, por
el contrario, el asociado particular y Ecopetrol preparan los planes concretos de
operación, los presupuestos respectivos y todas las actividades necesarias para el
aprovechamiento de los recursos petrolíferos, siempre que se esté en la fase de
explotación, ya que en la de exploración la tarea es llevada a cabo por cuenta y riesgo
de la asociada, participando Ecopetrol únicamente cuando se haya descubierto un campo
comercialmente explotable.
En los últimos tiempos, pareciera que el modelo del contrato de asociación hubiera
entrado en crisis, y algunas voces muy autorizadas han planteado la necesidad de volver al
esquema de concesión, sobre todo por el escaso éxito que Ecopetrol ha tenido en su
gestión directa y por las inmensas cargas laborales de la empresa, las cuales incluso
amenazan la estabilidad futura de la economía colombiana. El debate está abierto, y para
encontrar la solución más adecuada habrá que mirar, como siempre, hacia el pasado, en
el cual sin duda habrán de encontrarse las fórmulas para un mejor desarrollo del recurso
en el futuro próximo. Los debates del proyecto que se convirtió en la ley 37 de 1931
presentan elementos aún hoy utilizables para encontrar las respuestas que el país
requiere.
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