Colombia ha sido desde
su nacimiento un país electorero por excelencia. Ha dejado de hacer elecciones sólo por
breves intervalos, de los cuales fue el último y más largo el receso impuesto por el
general Gustavo Rojas Pinilla en los años 50. El significado de los constantes
certámenes electorales, claro está, ha sido y es un tema controvertido. ¿Han sido las
elecciones una prueba más de la vocación nacional por la democracia o simplemente una
farsa oligárquica? ¿Han sido limpias y libres o más bien manipuladas? ¿Limpias o no,
las elecciones han dado al país mejores o peores gobernantes que los que habrían surgido
de otro proceso de selección (por ejemplo, golpes militares)? Estos no son interrogantes
que puedan recibir una respuesta definitiva en un breve artículo; pero sí se han
planteado desde los comienzos mismos de la vida nacional, ya en tiempos de la Gran
Colombia.
En la historia del
país se han sucedido varios modelos básicos de conducta electoral. El primero de ellos,
que adoptó el Congreso de Cúcuta para la Gran Colombia y siguió vigente hasta la
Constitución de 1853, fue el sistema de elecciones indirectas por sufragio limitado.
Gozaban del derecho de votar sólo los hombres que poseyeran una cantidad mínima de renta
o propiedad, o que en su defecto ejercieran algún oficio por su propia cuenta; además se
estipulaba el requisito de alfabetismo, pero de modo teórico, ya que se aplazaba su
implementación práctica. Por añadidura, el sufragante habilitado no votaba por su
candidato predilecto sino por unos «electores» que se reunirían en asamblea para hacer
la selección definitiva (voto indirecto).
Lamentablemente, sólo
existen datos aislados sobre el número de votantes primarios, pues sólo se registraba
sistemáticamente la votación de «electores». Sin embargo, la cantidad de varones
adultos con derecho al sufragio puede estimarse (de manera muy burda) alrededor del 10%.
No se trataba así, ni de lejos, de un sufragio democrático; pero resultaba bastante más
democrático que el existente por los mismos años en Inglaterra o Francia. Además, el
mecanismo de elecciones indirectas estaba muy difundido: a fin de cuentas, todavía se
emplea para elegir presidente de los Estados Unidos.
Una primera apertura
democrática, al menos para los varones, se dio por mandato de la Constitución de 1853,
que habilitó a todo hombre adulto para elegir y multiplicó los cargos oficiales que se
llenaban por elección popular (incluso las magistraturas de la Alta Corte y la
Procuraduría General) y estipuló que todas las elecciones se harían de manera directa,
sin la intermediación de asambleas electorales. Más notable todavía fue lo sucedido en
la provincia de Vélez, cuya Constitución provincial hasta otorgó en 1855 el voto a las
mujeres, antes que ello sucediera en cualquier otra parte del mundo. Desgraciadamente, al
parecer las mujeres no llegaron a ejercer el derecho, porque casi en seguida la
disposición fue anulada por la Corte Suprema en Bogotá, como reñida con la
Constitución Nacional.
El sufragio universal
de varones se conservó bajo la subsiguiente Constitución de 1858, de corte cuasifederal,
pero en la época del federalismo pleno (1863-85) hubo una descentralización total del
sistema electoral, que permitió a los Estados soberanos organizar las elecciones de la
manera que más les gustara; y mientras algunos reafirmaron el sufragio democrático, por
lo menos en lo que al hombre se refería, otros volvieron a restringirlo. Por la
Constitución de 1886, tal como la diseñaron en un principio Núñez y Caro, se
restableció a nivel nacional un sufragio indirecto y con requisitos económicos o de
alfabetismo, como en los primeros tiempos, aunque sólo para las elecciones de presidente
y congresistas. Así continuaron las cosas hasta ya entrado el siglo veinte, cuando se
acogió nuevamente desde 1910 el voto directo, y cuando el sufragio se universalizó
definitivamente en 1936 para los hombres, y en 1954 para las mujeres.
Hasta aquí,
obviamente, hemos hablado de la legislación electoral y no de las elecciones mismas.
Fueron éstas en primer lugar muy frecuentes, en especial desde la adopción de la
Constitución de 1853 hasta el fin de la época federal, tanto por la cantidad de puestos
oficiales electivos a nivel nacional, regional o municipal, como porque los comicios para
diferentes puestos se llevaban a cabo en fechas distintas. Bajo la Constitución de 1863,
hasta la reforma de 1876, incluso las elecciones para presidente de la Unión se
practicaban en fechas diferentes de un Estado a otro. No es exagerado, por lo tanto, decir
que durante varias décadas la Nación vivía una campaña electoral casi permanente.
Semejante electoralismo
acaparó inevitablemente mucha parte del tiempo de la clase política, además de servirle
de entretenimiento. Para el ciudadano raso, habría significado más zozobra que
diversión, pero en todo caso era cada vez más difícil asumir una actitud de mera
indiferencia frente al fenómeno. Incluso antes de la ampliación del sufragio, los
líderes nacionales y los gamonales locales tenían motivos suficientes para tratar de
multiplicar el número de sus adeptos, porque una buena clientela servía no solamente
para votar, sino para otros menesteres en las luchas políticas (por ejemplo, para
intimidar a los contrarios). La propaganda electoral hablada y escrita, los mitines y la
agitación se remontaron realmente a la época de la Gran Colombia: el mismo
vicepresidente Santander, querellado con Bolívar, adoptaba el vestido y el lenguaje
populares mientras asistía a reuniones en favor de su propia lista de candidatos para la
Convención de Ocaña de 1828. Ya hacia mediados del siglo, los tragos y los asados, el
patrocinio de peleas de gallos u otras diversiones y la oferta de toda clase de «auxilios
regionales» se habían convertido en rasgos tan folclóricos como funcionales de la vida
electoral colombiana.
Otros rasgos eran el
fraude y la violencia. Es de presumir que el soborno y la intimidación de votantes eran
más fácilmente practicables hasta los años 1840 por cuanto la gente votaba de viva voz.
Pero la introducción posterior del voto secreto mediante papeleta doblada no fue ninguna
panacea. Las modalidades del fraude abarcaban desde irregularidades en el registro
electoral (inscripción de personas no aptas para votar o rechazo arbitrario de quienes
sí reunían las condiciones) hasta el depósito de boletas falsas y abusos de escrutinio.
Estos últimos podían practicarse por el jurado electoral municipal o por una de las
instancias superiores, desde la Asamblea Provincial hasta el Congreso Nacional, a los que
competía la aprobación de lo hecho a nivel subalterno. (Como quien decía «el que
escruta elige»). La violencia en sentido estricto consistía principalmente en el uso de
medidas de fuerza para que los opositores no concurriesen a las urnas. Por lo menos en el
siglo pasado, no se asesinaba a candidatos presidenciales, aunque no faltaban agresiones
entre fogosos partidarios. Y como era natural, la misma posibilidad de fraude o violencia
oficiales servía a veces como elemento disuasivo para los grupos opositores, que se
abstenían de participar, fuera para no perder el tiempo o para no exponerse a peligros
graves.
En la literatura
costumbrista, además de la propiamente política, abundan ejemplos concretos de las
prácticas incorrectas en materia electoral; a medida que pasaban los años, más
arraigado resultaba el cinismo popular a este respecto.
Igual que en épocas
más recientes, sin embargo, el comportamiento de los políticos y politiqueros en general
no era tan vicioso como solía creerse, y no debemos exagerar la importancia real de los
abusos electorales que sí hubo. Llama la atención, por ejemplo, el hecho mismo de que
antes de mediados de siglo sólo dos candidatos presidenciales. Simón Bolívar (1825) y
Francisco de Paula Santander (1832), lograran reunir una mayoría absoluta de los votos,
de lo que se desprende obviamente la ausencia de una imposición oficial masiva y
sistemática. En los demás casos tuvo el Congreso que hacer la selección final entre los
candidatos más votados, y llama nuevamente la atención el hecho de que en dos ocasiones
(José Ignacio de Márquez en 1837 y José Hilario López en 1849) el escogido no fue
precisamente el que favorecía el presidente saliente.
Otra mayoría absoluta
y hasta abrumadora se apuntó en 1852 el general José María Obando, gracias a la
abstención del recién establecido partido conservador. Habiéndose lanzando a una guerra
civil que acababa de perder, el conservatismo prefirió no arriesgarse a una segura
derrota electoral y más bien dejar que los liberales peleasen entre sí, como
efectivamente sucedió. Cuatro años más tarde, participaron no sólo liberales y
conservadores (ahora como partido de gobierno), sino el improvisado partido nacional de
Tomás Cipriano de Mosquera, quien a la sazón se encontraba a medio camino en su
peregrinaje de un partido a otro. Se trata de la primera elección específicamente
presidencial bajo el sistema de sufragio universal de varones -también la última hasta
la reforma de 1936- y por esto ha sido estudiada de manera bastante detallada. Ganó
Mariano Ospina Rodríguez, el candidato conservador, pero su margen de ventaja - una
simple mayoría de votos -no tiene nada de sospechoso. Esto no quiere decir que no hubiera
irregularidades: ciertos pueblos boyacenses emitieron más votos a favor de Ospina de lo
que tenían en habitantes habilitados, y al otro extremo, en la provincia de Sabanilla,
actual departamento del Atlántico, desde siempre baluarte liberal, al pobre de Ospina le
escrutaron sólo dos votos. Así, pues, los fraudes conservadores tendían a anular el
efecto de los fraudes liberales y al fin y al cabo se dio expresión adecuada a la
soberana voluntad popular. La elección de Ospina es notable también por la tasa de
participación aparente del electorado, de alrededor del 40% de los varones adultos.
Aunque la cifra se corrija para eliminar a unos cuantos boyacenses imaginarios y hacer
otros pequeños ajustes, la cifra es sorprendentemente alta no sólo para Colombia -un
país de índole básicamente rural y de pésimas comunicaciones- sino para el mundo
entero en aquellos años, y refleja bien a las claras la capacidad de movilización de los
gamonales colombianos. Los resultados dejan ver también la tendencia muy colombiana de
homogeneización partidista de pueblos y veredas, ya que en las columnas se ven
circunscripciones electorales de votación unánime o casi unánime liberal y
conservadora, las cuales cien años más tarde seguirían dando pruebas del mismo
comportamiento electoral.
Una etapa igualmente
activa pero quizás menos seria de historia electoral se abre con el regreso de los
liberales al poder nacional por la revolución de 1859-62. Durante la vida de la
Constitución de 1863 que aquellos implantaron, todos los presidentes de la Unión fueron
liberales, a pesar de que el conservatismo, apoyado por el clero, se había constituido
sin lugar a dudas en la fuerza mayoritaria del país. Por los métodos consabidos de
fraude y violencia les era prohibido a los conservadores el acceso al poder ejecutivo
nacional, de modo que tuvieron que contentarse con el control de su propio baluarte
estatal de Antioquia (y durante algunos años Tolima), más una cantidad variable de
puestos menores. Bastante diciente es el hecho de que ningún candidato conservador a la
presidencia durante el lapso de 1863 a 1883 obtuvo más del 5% de los votos de Boyacá,
donde muchas veces ni siquiera los conservadores hacían el intento de cosechar votos. Mas
no eran los godos víctimas exclusivas de la manipulación electoral, ya que los bandos
enfrentados de liberales no dejaban de hacerse trampas entre sí. Uno de los casos más
notorios fue la votación para presidente nacional en el Estado de Bolívar, en 1875,
cuando se computaron más de 44.000 votos - cifra que sobrepasaba holgadamente la
población adulta varonil- a favor de Rafael Núñez y sólo 7 a favor de Aquileo Parra,
quien al final ganó la presidencia, porque bajo la Constitución vigente lo que importaba
no era la votación popular (fraudulenta o no) sino el número de Estados soberanos que
daban su apoyo a un candidato. Aun teniendo en cuenta que Núñez era de origen
bolivarense, es difícil creer que no hubiera en todo el Estado más de siete partidarios
del candidato ungido por la administración nacional saliente.
A partir de 1886,
disminuyó un poco la manipulación electoral, ya que los conservadores, actuando bajo
lema propio o en asocio con liberales nuñistas en otro partido llamado nacional, no
tenían necesidad de tantos trucos para ganar. Así y todo, no resultaron satisfechos con
los puestos que les garantizaban sus mayorías naturales y sometieron al liberalismo a una
exclusión del poder aun más extrema que la que habían sufrido ellos durante la etapa
anterior: hasta finales de siglo, sólo dos liberales pudieron llegar al Congreso Nacional
(Rafael Uribe Uribe y Luis A. Robles). Tampoco faltaron trampas de los conservadores entre
sí, exactamente como antes entre los liberales. La maniobra más escandalosa fue la del
cacique electoral de Guajira, en la elección presidencial de 1904, quien hizo que los
miembros de la asamblea electoral de su distrito firmaran boletas en blanco para poder
negociarlas después a favor del mejor postor. Al final, él puso el nombre de Rafael
Reyes, quien obtuvo de esta manera el estrecho margen de su victoria. Se trata, por
supuesto, de otro fraude benéfico y aun democrático, ya que Reyes realmente era el
candidato más popular.
|
ELECCIONES PRESIDENCIALES DE 1856 PARA EL PERIODO 1857-61
|
|
PROVINCIA
|
OSPINA
|
MURILLO
|
MOSQUERA
|
OTROS
|
VOTOS
|
|
ANTIOQUIA
|
12.709
|
4.356
|
915
|
2
|
17.982
|
|
BOGOTA
|
16.508
|
6.674
|
2.108
|
7
|
25.297
|
|
BUENAVENTURA
|
1.889
|
1.938
|
445
|
1
|
4.273
|
|
CARTAGENA
|
4.053
|
4.503
|
5.300
|
2
|
13.858
|
|
CASANARE
|
28
|
2.644
|
263
|
-
|
2.935
|
|
CAUCA
|
5.211
|
4.429
|
283
|
7
|
9.930
|
|
CHOCO
|
722
|
489
|
255
|
-
|
1.466
|
|
MARIQUITA
|
5.035
|
4.555
|
98
|
4
|
9.692
|
|
MOMPOS
|
508
|
371
|
2.631
|
-
|
3.510
|
|
NEIVA
|
4.420
|
4.701
|
59
|
-
|
9.180
|
|
OCAÑA
|
680
|
758
|
325
|
-
|
1.763
|
|
PAMPLONA
|
3.196
|
9.238
|
592
|
4
|
13.030
|
|
PANAMA
|
1.675
|
1.385
|
3.945
|
6
|
7.011
|
|
PASTO
|
4.427
|
2.587
|
3.919 !
|
2
|
10.935
|
|
POPAYAN
|
273
|
2.424
|
5.047
|
7
|
7.751
|
|
RIOHACHA
|
414
|
1.024
|
210
|
8
|
1.656
|
|
SABANILLA
|
2
|
1.521
|
2.833
|
4
|
4.360
|
|
SANTA MARTA
|
220
|
4.433
|
971
|
-
|
5.624
|
|
SOCORRO
|
5.909
|
6.488
|
270
|
9
|
12.676
|
|
TUNDAMA
|
8.924
|
5.381
|
358
|
7
|
14.670
|
|
TUNJA
|
18.310
|
3.303
|
1.078
|
4
|
22.695
|
|
VALLEDUPAR
|
40
|
383
|
1.005
|
-
|
1.428
|
|
VELEZ
|
2.254
|
6.585
|
128
|
1
|
8.968
|
|
TOTAL ESCRUTINIO**
|
97.407 96.651
|
80.170 79.411
|
33.038 32.713
|
75
|
210.690
|
|
*Votación según acta
oficial de escrutinio efectuado en la capital de provincial. ** Escrutinio efectuado por
el congreso FUENTE: David Brushnell. Elecciones Presidenciales Colombianas.
|
Con todas sus fallas
evidentes, las elecciones desempeñaron un papel fundamental en Colombia a lo largo del
siglo pasado. Un solo presidente -el general Mosquera en 1861- llegó al solio de Bolívar
por una verdadera guerra civil, y muy pocos por alguna especie de golpe cívico-militar
-como el general Santos Acosta al ser depuesto Mosquera en 1867-, así que la manera
normal de acceder al poder nacional siempre fue por un proceso electoral. Más o menos lo
mismo puede decirse de los gobernadores de provincia o presidentes de Estados soberanos
mientras sus puestos fueron legalmente de elección popular, aunque algo más numerosas
resultaron en efecto las caídas violentas de presidentes estatales bajo la Constitución
de 1863. Es verdad que los cambios de partido gobernante por medio de las elecciones
fueron casi tan infrecuentes como las revoluciones exitosas y que nunca tuvieron lugar sin
alguna división previa dentro del oficialismo, siendo el caso más nítido la transición
de 1849, de un régimen conservador que había lanzado a dos candidatos rivales al
gobierno liberal de José Hilario López. Mas incluso cuando no había sino rotación de
gobernantes pertenecientes a un mismo partido, se efectuaba mediante elecciones que eran
muchas veces reñidas y con verdaderos cambios de política oficial por resultado. El
ejemplo más claro de esto último fue el ascenso al poder de Rafael Núñez, en lucha
electoral de liberales independientes contra radicales, aun antes de que la Revolución de
1885 le diera el pretexto para anular la Constitución del 63 y llevar a cabo su
"Regeneración" plena.
En los procesos
electorales del siglo pasado, como en los del siglo actual, no podría decirse que los
sufragantes comunes y comentes hayan tenido una conciencia clara de por qué votaban, ni
que las decisiones políticas que dependían del veredicto de las urnas siempre tuvieran
que ver con las necesidades inmediatas del pueblo. Así y todo, la experiencia colombiana
se distingue en el panorama latinoamericano y mundial, no por sus vicios y limitaciones,
que no eran de ningún modo excepcionales, sino por la cantidad misma de elecciones
habidas, que se convirtieron para bien o para mal en un rasgo característico de la
nacionalidad. Aun más característico, históricamente, que la famosa violencia de que
tanto se habla.
|