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En todos los
países del mundo suelen discurrir acontecimientos que la historia pasa por alto o que
habiendo tenido alguna importancia en un momento dado terminan por olvidarse
definitivamente. Tal acontece, por ejemplo, en nuestro país, con el cable aéreo que
unió durante cinco décadas a la próspera ciudad de Manizales con la villa colonial de
Mariquita, en el departamento del Tolima. De este cable, que fue tan famoso en su época,
ya casi nadie se acuerda, ni siquiera los historiadores y los cronistas que
periódicamente hacen incursiones en los campos propios de nuestra historia regional. Fue
una empresa tenaz, admirable, esta de unir el oriente con el occidente colombiano, como
quien dice, lo que hoy llamamos el "eje cafetero" con el puerto fluvial más
importante que tenía nuestro país hasta los años cuarenta del siglo pasado, y que no
era otro que la ciudad de Honda, dos veces puerto sobre el alto y el bajo Magdalena, con
sus grandes bodegas en los embarcaderos de Caracolí y Arrancaplumas.
Ese cable aéreo, digno de la pujanza y de la tenacidad de los
capitalistas de Manizales, que lo idearon y lo financiaron, y que necesitaban una vía
expedita económica y rápida al Magdalena para exportar su café y llevar al occidente
del país las mercancías que llegaban de Europa y de los Estados Unidos, fue en su
época, ni más ni menos, el cable aéreo más largo del mundo, con una longitud de 72
kilómetros y más de cuatrocientos torres, sobre profundos abismos y parajes solitarios y
escarpados, con cerca de 800 vagonetas en sus mejores épocas de funcionamiento.
Construido por la Compañía Ropeway Branch, con técnicos suizos y británicos, se
iniciaron los trabajos en 1913, pero solo pudo darse al servicio diez años después, es
decir, en 1923. La primera Guerra Mundial (1914-1918) fue un factor que indudablemente
entorpeció su rápida construcción, por las naturales dificultades de importación de
casi todos los elementos materiales necesarios para la misma.
El cable prestó sus servicios permanentes e ininterrumpidos durante cerca de medio
siglo, es decir, hasta 1973, en que definitivamente fue suspendida su explotación y, casi
de inmediato, derruidas sus torres, recogidas sus centenares de vagonetas y su extensa red
de acero, todo ello para ser convertido en chatarra y reciclado con otros fines
industriales. Hoy apenas queda rastro ni vestigio de lo que fue ese coloso que ayer fue
objeto de la admiración popular. Pero el cable cumplió a cabalidad sus objetivos, pues
durante todo ese lapso de tiempo que prestó sus servicios, transportó, según cálculos
simplemente estimativos, muchos millones de sacos de café, desde Manizales a Mariquita,
para luego ser transportados en camiones hasta el puerto de Honda, donde iniciaban su
viaje definitivo a los grandes puertos europeos y norteamericanos. ¿Cuántos millones de
sacos de café se transportaban anualmente en sus vagonetas? Quizás no se haya hecho
todavía un estudio cuantitativo sobre el particular, para medir la extraordinaria
importancia que el cable tuvo para nuestra economía nacional. ¿Cuál fue el volumen de
las mercancías que llegaban de Europa y de los Estados Unidos, que se movilizaron en sus
vagonetas, para ser distribuidas en todo el occidente colombiano? Difícil nos resultaría
este cálculo estimado, pero a simple vista se puede tener una idea de lo que ese
extinguido y desueto medio de transporte significó para la industria y el comercio
colombiano. Quizás ese capítulo tan importante de nuestra historia económica puede
escribirse algún día, para llenar uno de tantos vacíos de los que adolecen los estudios
sociales en nuestro país.
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Estación del cable de Mariquita
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Habitantes de los llanos de Mariquita. Vista
de los Nevados Tolima, Ruiz y Mesa de Herveo. Acuarela de la Comisión Corográfica, circa
1850.
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El cable en
sus primeros diez años tuvo un movimiento extraordinario, pues con él se estaba
remplazando el transporte del principal producto agrícola de exportación, que hasta el
momento de su inauguración se hacía a lomo de mula por abruptos y difíciles caminos de
herradura, en jornadas que duraban a veces varias semanas, trasmontando la cordillera
central de los Andes, vadeando ríos torrentosos, al sol y al agua y en condiciones muy
penosas y agotadoras. Pero con el incremento en la construcción de carreteras y
ferrocarriles, su utilidad fue decreciendo paulatinamente hasta que, ya entrada la segunda
mitad del siglo veinte, terminó por extinguirse. El formidable cable aéreo fue derrotado
definitivamente por la moderna tecnología del transporte. Pero también contribuyeron a
ese lánguido declinar los frecuentes asaltos de que fue objeto por parte de un famoso
bandido y su temible cuadrilla, tal como lo registraron algunos periódicos de la época y
la memoria de los pocos sobrevivientes que todavía quedan de aquellos lejanos tiempos en
que el país empezaba a transformarse, a dejar de ser la inmensa provincia amable y
acogedora, para convertirse en este país pujante de hoy, agobiado de problemas y sacudido
por la violencia, el narcotráfico y la corrupción de su clase política, pero todavía
con la vitalidad suficiente para esperar mejores horizontes de prosperidad y desarrollo
comunitario.
Reinaldo Aguirre Palomo era el nombre del temible bandido. Asaltaba las
grandes haciendas del Norte del Tolima, las recuas de mulas donde se llevaban mercancías
valiosas, los automóviles donde se transportaba el correo regional y las bolsas de dinero
para los bancos, donde los había, o para pagar las nóminas de los maestros y demás
empleados públicos de las pequeñas poblaciones que no contaban todavía con servicios
bancarios. Pero su especialidad fue el asalto al cable aéreo. No había semana en que la
prensa regional no diera informaciones sobre su más reciente asalto. Sabía con exactitud
la hora y el lugar en que el cable paralizaba sus actividades, especialmente por las
noches, cuando se suspendía la electricidad que lo impulsaba, y allí aparecía
puntualmente montado en su caballo alazán y acompañado de sus cuatro o cinco pistoleros,
tan buenos jinetes y tiradores como su propio jefe, y en cuestión de pocos minutos se
apoderaba del ansiado botín, para desaparecer luego entre los rastrojales y las montañas
que rodeaban la región. No valía que la empresa cambiara horarios en la suspensión del
fluido eléctrico. Porque todo lo sabía este bandido a quien el pueblo terminó por
llamar simplemente el "Palomo Aguirre", tomando como apodo su segundo apellido.
Esas capacidades "adivinatorias" le fueron dando fama de brujo, de tener pacto
con el diablo. Lo que sucedía en realidad era que tenía muchos informantes anónimos. El
Palomo Aguirre repartía su botín con las gentes menesterosas de la región. Era una
especie de Robin Hood criollo. La gente del pueblo lo quería, lo admiraba, lo escondía
en sus casas y, sobre todo, lo tenía permanentemente informado sobre la persecución de
la policía y del ejército.
El Palomo Aguirre se convirtió en una verdadera leyenda. Tenía una movilidad
desconcertante. Aparecía y desaparecía, como por encanto. Tan pronto estaba en Honda,
como en Mariquita, Lérida, Ambalema, Armero, Venadillo o Líbano. El autor de estas
líneas recuerda haberlo conocido en esta última población, cuando contaba diez o doce
años. Era de mediana estatura, ligeramente moreno, de nariz aguileña, delgado y ágil,
usaba siempre su sombrero de fieltro, zapatos de calidad, vestido de dril, pañuelo rojo
anudado al cuello y otro de seda, también rojo, en el bolsillo superior del saco. Estaba
en el parque principal del pueblo, confundido con la multitud que escuchaba una retreta
nocturna. Alguien logró identificarlo, corrió el rumor saturado de miedo y de
curiosidad, pero de un momento a otro el famoso bandido desapareció como por arte de
magia, entre las sombras de la noche y las notas de aquella banda parroquial. Fue el
ídolo de los pobres y el terror de los ricos. Hasta que aquel 24 de febrero de 1940 fue
rodeado por la policía en una casa rural, muy cercana a la población de Mariquita. A
pesar de que eran más de cincuenta sus atacantes, resistió hasta el final. Cuando solo
le quedaba su último proyectil lo disparó sobre sus sienes. Así terminó su vida el
bandolero que asaltaba el cable más largo del mundo. Terminó por caer derribado, desde
el sitial de su fama, lo mismo que el cable. Pero sus hazañas aún perduran, al menos
entre los pocos que vivieron su época y que hoy lo recuerdan con algo de nostalgia, como
puede recordarse el romántico y desueto medio de transporte que ha inspirado esta nota,
escrita para evocar la memoria de dos colosos que aunque fueron admirados por sus
contemporáneos hoy descansan para siempre en los meandros del olvido.
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Estaciones del cable Manizales-Mariquita. Archivo
General de la Nación, Bogotá.
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La Ultima Torre
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LA ULTIMA TORRE
El primero en construirse fue el llamado Cable de Mariquita que
principió a funcionar en el año de 1921 y fue inaugurado en mayo de 1922 y que unía
esta población del Tolima con la capital de Caldas, tratando de comunicar ésta con el
Ferrocarril de La Dorada. Fue una concesión hecha a los ingleses y por ellos fue
construido. Con una longitud de 72 kilómetros, tuvo este Cable gran importancia en esa
época, pues comunicó a Manizales con el río Magdalena, arteria fluvial importantísima
en su tiempo, por la que se transportaba, por vapores especiales, toda la mercancía que
del exterior llegaba a Puerto Colombia (Barranquilla) para ser distribuida mucha parte de
ella, desde Manizales al occidente colombiano.
Recuerdo de ese Cable, cuya concesión duró hasta el año de 1962, nos
restan el edificio de la Estación, en donde funciona la Facultad de Arquitectura de la
Universidad Nacional (Seccional de Manizales), edificio meritorio por su construcción en
madera, en auténtico estilo regional a pesar del uso de tornillos impuestos probablemente
por la técnica inglesa. Una airosa y bella torre, construida en madera y colocada hoy en
parque próximo a la Estación, la "Torre de Herveo", es otro de los vestigios
del Cable de Mariquita, con una historia tan original que vale la pena de relatarse. Todos
los materiales y entre ellos las torres de aquel cable venían de la tierra de sus
concesionarios, la Gran Bretaña. El jefe de la construcción y gerente de la empresa
comercial era un ingeniero inglés que, dicho sea de paso, se granjeó la amistad y el
aprecio de la gente de Manizales por sus relievantes dotes personales. Faltaba poco para
terminar los trabajos del Cable: apenas una torre de hierro que debía ser colocada cerca
de Herveo. Aquella torre era transportada en aquel tiempo de la primera guerra europea, en
un barco inglés que fue hundido por los submarinos alemanes en su viaje a las costas
colombianas. No había tiempo que perder y Mr. James Lindsay, así se llamaba el ingeniero
jefe inglés, diseñó la torre para ser construida en madera y con él colaboraron el
inglés Frank Koppel y los ingenieros colombianos Jorge Robayo y Francisco Fajardo. Fue
así como esa torre remplazó a la original inglesa por muchos años hasta que hace poco
tiempo, quizá tres años, fue traída desde Herveo y armada como elemento histórico y
decorativo en nuestra ciudad.
ERNESTO GUTIÉRREZ ARANGO
Manizales de ayer
Bogotá: Fondo Cultural Cafetero, 1987
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Sistema de rodamiento y canastilla, utilizados
en el cable de Mariquita. Ropeways Ltd., Londres. Archivo General de la Nación, Bogotá.
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