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Celebración de indígenas de la montaña. Album
del Obispo Martínez Compañon, ca. 1791.
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En el actual territorio
colombiano, al igual que en el resto de América, la variedad de culturas y, por ende, de
instituciones económicas, políticas y sociales indígenas al tiempo de la conquista,
coparía tratados enteros, aún con lo parcas que, en este sentido, resultan las fuentes.
A pesar de esa diversidad, etnólogos y arqueólogos han encontrado estructuras y
elementos en común, antes y después de la invasión europea del siglo XVI, que los
llevan a hablar del panamericanismo de ciertos mitos y prácticas culturales. Esas
prácticas en común, que si bien presentan infinidad de variantes, poseen una estructura
básica similar, se aprecian también en el campo de las instituciones u organismos que
desempeñaban una función de interés para la colectividad. Entre ellas las celebraciones
rituales agrupadas todas bajo el denigrante denominador común de borracheras
fueron objeto de las más agudas diatribas por parte de los europeos, posiblemente por la
importancia que tenían para la cohesión interna de las comunidades. Su estudio lleva a
considerar la lógica de las estructuras organizativas indígenas, que operaba en lo
económico, lo político y lo ideológico. También invita a considerar cómo el
funcionamiento que se establecía en estos niveles se articulaba con una institución
básica dentro del ordenamiento social indígena: la denominada uta entre los
Muiscas, ayllo en Quechua y que se podría traducir como parentela.
La parentela tenía su base en la familia, usualmente poligámica,
en la que, con frecuencia, era el hombre el que se casaba con varias mujeres. Dado que
también incorporaba a miembros de todas las generaciones vivas, tendía a agrupar a un
alto número de individuos, dando lugar a la formación de extensas comunidades. Mediante
la aplicación de complejas normas que establecían quiénes eran o no parientes, estas
comunidades se unían con otras a través de matrimonios, con los que se ampliaban los
nexos comunitarios. Entre los indígenas de Cartagena, por ejemplo, el padre y la hija no
se consideraban parientes, por lo que podían contraer matrimonio, mientras que en Urabá
era frecuente que el hombre se casara con hijas de sus hermanos. La importancia de la
parentela era tal que, con frecuencia, la riqueza de un individuo no dependía de los
bienes con que contara, sino de qué tan numerosa era su parentela. Entre los Laches, en
términos de Tunja, los Guanes de Vélez, los naturales de Pamplona, Mérida, San
Cristóbal y Santiago de los Llanos, los personajes principales eran los más valientes,
los más ricos o los más emparentados. En el siglo XVI el cacique de Turmequé, Diego de
Torres, señalaba que la mita que se exigía a los indígenas era más dura para los que
eran pobres y no emparentados.
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Baile de indios mapuyes. "Historia
natural, civil y geográfica de las misiones situadas en las riveras del río
Orinoco", de Joseph Gumilla. Barcelona: Carlos Gispert i Tutó, 1791. Biblioteca
Nacional de Colombia, Bogotá.
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NARRATIVA DE SITUACIONES
Entre los Pantagoras, asentados al norte de Mariquita, en
las borracheras que tenían por objeto rebelarse frente a los españoles,
"cantan y representan los indios los trabajos que en servir a los españoles tienen,
la libertad y excesión (sic) que antes tenían, la opresión en que se ven, las
muertes que sus padres, hermanos, amigos y parientes recibieron en la conquista, el
despojarles de hijas e hijos para minas y otros servicios de que los españoles tienen
necesidad, y el verse despojados de sus santuarios y simulacros, y no tener la libertad de
antes para idolatrar; y allí fingen que sus dioses están por ello grandemente enojados,
que deben aplacarles con tomar venganza en los españoles, echarlos de la tierra y
matarlos".
PEDRO AGUADO, Recopilación historial, parte 1ª,
Libro 10, capítulo 11.
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Un tipo de organización social
como el descrito, establece estrechos lazos de dependencia entre los integrantes de la
comunidad, y si bien tiene la ventaja de ser altamente eficiente en términos de la
supervivencia individual y del grupo, su organización puede verse seriamente afectada por
el desacuerdo y el conflicto. Es a partir de los requerimientos de cohesión social de
comunidades así organizadas, que sobresale la importancia de rituales como las
denominadas borracheras en la documentación y en las crónicas coloniales. Bajo
este nombre quedaron agrupadas una gran variedad de celebraciones, que se realizaban con
distintos fines y que se registraron prácticamente en todas las comunidades. Entre los
indígenas Malebúes que ocupaban las riberas del bajo río Magdalena, en épocas de
cosecha, con maíz y yuca se preparaba una bebida fermentada que llamaban macu. Los
primeros en coger la cosecha celebraban una fiesta o entai, durante la cual se
consumía el macu, que se seguía realizando por turnos a lo largo del período de
recolección de los frutos. También se celebraban las entai cuando los indígenas
requerían ayuda para hacer sus rozas y bohíos, o cuando trabajaban conjuntamente en las
rozas del Malebú o señor principal, caso este último en que el malebú era quien
ofrecía la entai. En otras oportunidades, cuando el sacerdote o moan
consideraba que los dioses estaban enojados, se hacía la celebración en el templo o
bohío que se había construido especialmente para la deidad. Se aprecia en cada una de
estas descripciones que el objetivo de la celebración variaba significativamente: en unas
se socializaba o se intercambiaba trabajo, en otras se cumplían funciones políticas y en
otras religiosas. Dependiendo del motivo de la celebración, los preparativos podían ser
mayores. Se ponía especial atención al adorno y engalanamiento en las que organizaba el
malebú, mientras que las que tenían un fin religioso se revestían de un
carácter solemne. La interpretación de obras musicales, que en las entai estaba a
cargo de gaiteros que tañían flautas muy largas y de músicos que tocaban instrumentos
de percusión o "sonaxeros", tenía entre los Malebúes, al igual que en la
mayoría de grupos indígenas, un lugar destacado dentro de la celebración.
Algunas descripciones enfatizan la importancia de los cantos, las
danzas y otros variados aspectos de estos rituales. Según Aguado, entre los indígenas
del Nuevo Reino, cuando se buscaba realizar alguna acción conjunta, se hacían grandes
"juntas y concursos" en los lugares donde residían los más principales, y
durante varios días y noches bailaban, cantaban y bebían. Estas reuniones eran
consideradas como las más adecuadas para tratar los temas más arduos. En los cantos o
endechas, algunos de los cuales eran entonados por los dirigentes, se narraba la
situación que se vivía y sobre la cual se quería ejercer una acción que comprometía a
la comunidad como conjunto. Se aprecia en este caso que la celebración podía operar como
un espacio para la toma de decisiones de la comunidad, en las que los cantos eran
utilizados por los dirigentes y por otros miembros para formular su posición frente a los
hechos y plantear posibles soluciones a los problemas que se afrontaban. En otras
oportunidades lo que sobresale en la celebración es la narración de los hechos del
presente y el pasado. Se observa entonces el papel que desempeñaban en el mantenimiento y
elaboración de la memoria colectiva o, en otras palabras, la historia de comunidad, con
todas las implicaciones que la percepción del pasado tiene sobre la acción en el
presente.
Fue posiblemente por el importante papel que ocupaban
estas celebraciones dentro de la organización comunitaria, que se las vituperó a tal
punto que lo que sobresale de ellas, por el mismo nombre que se les dio, borrachera,
es la embriaguez. Miradas en forma desprejuiciada, se aprecia que estas celebraciones
cumplían una función particularmente importante en términos de la cohesión de las
comunidades, tanto en el plano de lo económico, como de lo político, lo social y lo
sagrado. Su importancia se aprecia en sociedades como la Muisca, en las que había una
significativa centralización del poder, que se encarnaba en figuras como el zipa y el
zaque, es decir, de grandes señores o caciques. De igual forma sobresale en las que los
españoles denominaron behetrías, donde el liderazgo de la comunidad no tenía un
carácter hereditario, sino temporal, que se establecía en situaciones especiales, como
por ejemplo, la guerra. Su carácter articulador en el plano de lo económico, lo social,
lo político y religioso, al tiempo que su panamericanismo y el que se celebren en
culturas tan variadas, indica la necesidad de replantear la percepción que
tradicionalmente se ha tenido de ellas y darles la importancia que les corresponde dentro
mundo social indígena de América.
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