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EDICION 146
FEBRERO DE 2002
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LOS INDÍGENAS EN EL PERIODO HISPÁNICO
Las "visitas de la tierra", una institución "proteccionista"
Por: Fernando Mayorga García
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Tomado de: Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 146
Febrero de 2002
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Alcalde indígena. Album del obispo
Martínez Compañón, ca. 1791.
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La tardía fundación de la
Audiencia de Santafé retardó, en el ámbito del Nuevo Reino de Granada, el objetivo de
la Corona de reducir a los indígenas: hacia fines del siglo XVI, y aun cuando buena parte
de los grupos originarios que habían tomado contacto con el español estaban sometidos al
régimen de encomienda, sus integrantes continuaban viviendo de acuerdo con sus patrones
tradicionales, es decir, "desparramados" en sus hábitats.
Tras su erección, la Audiencia se aplicó al cumplimiento de sus
tareas relacionadas con la población indígena: por una parte, organizar hombres y
territorios; por otra, garantizar la aplicación de las normas de protección consagradas
por las leyes vigentes por medio de las llamadas "visitas a la tierra". Cada
año, según disposiciones que se escalonan entre 1549 y 1604; cada tres, según otras de
1643 y 1663; y cuando concurriesen "causas urgentes" según un mandato de 1681,
el oidor encargado de la visita debía recorrer el territorio señalado provisto de
instrucciones precisas y de interrogatorios cuyas preguntas se orientaban --al menos hasta
mediados del siglo XVIII-- a conocer el estado de las parcialidades tanto en lo espiritual
como en lo temporal.
Para mostrar la aplicación de las medidas protectoras
tomaremos como base algunas visitas realizadas a la provincia de Tunja, en cuyos términos
los españoles tomaron contacto con algunas de las parcialidades tunebo-u'wa. La visita de
Luis Henríquez (1602-1603) devela mutatis mutandis el mecanismo de las visitas a
la tierra llevadas a cabo durante el siglo XVII. El oidor tomaba el primer contacto con
los naturales --reducidos o no-- a través de un Auto con el cual los instaba a reunirse a
fin de saber cómo habían sido tratados y doctrinados por sus encomenderos. En la
plática que a continuación les dirigía se advierte con claridad tanto la preocupación
por los avances en la conversión del grupo como por el bienestar material del que debía
gozar, compuesto de varios elementos que el oidor estaba obligado a garantizarles: tierras
suficientes, protección contra quienes intentaran invadirlas, defensa de sus personas y
bienes, castigos contra corregidores o encomenderos que los maltrataran, segregación
respecto de otros grupos étnicos que pudieran agraviarlos, moderación en los tributos
exigidos y garantía de pago por sus trabajos. Hecho esto, el funcionario se abocaba a la
tarea de describir las parcialidades que componían el repartimiento y asentaba
cuidadosamente el número de almas registradas, divididas en tributarios, reservados --por
enfermedad, edad o cargo--, ausentes y "chusma" (mujeres y menores de 18 años
de ambos sexos).
El cuestionario empleado para interrogar a naturales y
españoles apuntaba a recoger la información suficiente como para tomar las medidas
adecuadas. Respecto de la primera vertiente (espiritual), el visitador preguntaba sobre la
decencia del templo, la existencia de doctrinero "pasado por el patronazgo real"
que cumpliera puntualmente con sus obligaciones pastorales y se abstuviera de cobrar
dinero o servicios personales por la administración de sacramentos o por la enseñanza de
la doctrina, sobre la persistencia de idolatrías y sobre las molestias que pudieran haber
sufrido los naturales por el cobro de diezmos. Respecto de la segunda (temporal),
investigaba si el grupo estaba poblado en tierras suficientes, protección contra quienes
intentaran invalidarlas, defensa de sus personas y bienes, castigos contra corregidores,
encomenderos, calpistas (capataces de los encomenderos) o mayordomos que los maltrataran,
segregación respecto de otros grupos que pudieran agraviarlos, moderación de los
tributos exigidos y garantía de pago por sus trabajos, etc.
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Un visitador. Dibujo de Felipe
Guamán-Poma de Ayala. "Nueva crónica y buen gobierno", 1615. Biblioteca Real,
Copenhague.
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En función de las respuestas y
de sus propias observaciones, el oidor dictaba las disposiciones que consideraba
convenientes dirigidas a garantizar sea el inicio, sea la persistencia del pueblo con las
modificaciones que creyese necesarias. Henríquez en su visita al repartimiento de
Panqueba, consideró que el número de indios no resultaba suficiente para formar pueblo
aparte y que la falta de cuidado espiritual que había notado entre los naturales derivaba
del hecho de compartir cura con el pueblo de El Cocuy. Por tanto, ordenó "hacer de
ambos pueblos uno grande" que se ubicaría en un llano de tierras fértiles ubicado
en la junta de los ríos Panqueba y Cocuy, cuyas tierras, contaban con la aprobación de
la mayor parte de los naturales.
Las preguntas que
componían el interrogatorio utilizado en 1635 por Juan de Valcárcel continuaron dentro
de la misma línea y las medidas adoptadas por el visitador apuntaron hacia el
cumplimiento de los mismos objetivos. Valcárcel adopta dos medidas fundamentales: la
agregación a la población de los tunebos de parcialidad güicana asentados en el sitio
denominado Güican, a legua y media de distancia y la delimitación precisa de tierras
propias, términos y resguardos, potrero para los ganados y labranza de comunidad cuyo
porducto debía aplicarse a las necesidades comunes: gastos de mantenimiento de hospital,
socorro de pobres, viudas y huérfanos, sostén del culto divino.
La visita de Verdugo y Oquendo de 1755 respondió a la
solicitud de la Corona de conocer con exactitud la situación de las tierras de los
pueblos de indios a fin de hacer libre uso de las que no estuviesen siendo aprovechadas
para el sostenimiento de los grupos. El visitador fue prudente a la hora de tomar
decisiones: agrupó algunos pueblos, mantuvo otros e, incluso, formó nuevos núcleos en
los que mantuvo la política protectora y segregacionista. A los tunebos güicanes que,
desoyendo las órdenes de Valcárcel, seguían asentados en las tierras de Güicán, les
amonestó a que se redujeran en el sitio que "les pareciera para sus labores" y,
a tal efecto, fijó los límites de los resguardos y del potrero, aunque no tuvo por
conveniente asignarles, por el momento, sementera de comunidad.
Hacia el último cuarto del siglo XVIII, el binomio
formado por Francisco Antonio Moreno y Escandón y José María Campuzano y Lanz marcará
un hito en la aplicación, en los diversos campos, de las ideas ilustradas que comenzaban
a influir sobre algunos representantes de las élites locales. Según Moreno, protector
general de naturales, el desarrollo económico del Nuevo Reino se aseguraría en tanto se
modificara sustancialmente la estructura vigente: la existencia de pueblos de indios tan
disminuidos en población sólo ocasionaba gravámenes inútiles al Real Erario. De querer
mantener la Corona su política segregacionista, los pueblos deberían reducirse al
mínimo a fin de dar lugar a la erección de parroquias de vecinos "no indios"
que, de hecho, ya ocupaban las tierras como arrendatarios. Basado en una interpretación sui
generis de la real cédula de 3 de agosto de 1774 que ordenaba la numeración de
indios tributarios y la agregación de "corregimientos tenues", Moreno alienta y
avala la actuación del corregidor de Tunja, que, como visitador de la Provincia inicia,
ahora sí, un proceso sistemático de demoliciones y agregaciones de pueblos de indios y
el remate de sus tierras comunales a favor de los vecinos no indios.
Los tunebos no lograron escapar de tal política. Es muy
probable que, a estas alturas, se temiera que el pueblo fronterizo del Güicán, habitado
por una parcialidad poco amiga de la sujeción, llegara a constituir un peligroso foco de
revueltas. No en vano Campuzano llevó a cabo un interrogatorio orientado a mostrar la
inviabilidad de la conversión y por ende, la inutilidad del mantenimiento de la
población. La rebelión del Güicán era ya un hecho que hacía peligrar la estabilidad
de los pueblos comarcanos, y dio lugar a que Campuzano justificara sobre esa base la
demolición del poblado y el traslado de sus 336 habitantes a El Cocuy, donde deberían
agregarse junto con los de Chiscas, Boavita y Guacamayas. Las tierras comunales del
Güicán fueron reclamadas como propias por don Antonio de Herrera Calderón.
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