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El Salto,
cerca de Bocanema (Venezuela). Grabado de Ackermann sobre dibujo de Charles Empson.
"Narratives of South America", 1836.
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Honda.
Grabado de Rudolph Ackermann. Charles Empson, "Narratives of South America",
Londres: W. Edward, 1836.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
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Cuando en 1801
Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland salieron del territorio de la Nueva Granada para
continuar con su recorrido por la América equinoccial habían dejado en manos del virrey
Pedro Mendinueta y Muzquiz la primera carta del río Magdalena (nunca antes dibujado en su
totalidad), mapas que corregían la ruta del Orinoco y planos de Cartagena a Santafé.
Eran ocho pliegos de cartografía que, dadas las circunstancias políticas, representaban
un objeto de porte imperial. No obstante, el regalo era sólo una formalidad hacia quien
les había permitido viajar sin restricciones por los territorios de Venezuela y Colombia.
El verdadero legado que dejaba Humboldt quedaba en manos de sus amigos independentistas:
un vasto conocimiento geográfico que ayudaría a alimentar la causa patriótica. La
producción geográfica de la expedición de Humboldt y Bonpland tuvo repercusiones
concretas en la formación de las nuevas repúblicas.
En su conocido documento de
la Carta de Jamaica, fechada en Kingston el 6 de septiembre de 1815, Bolívar hace un
balance de la situación de toda la América del Sur ofreciendo datos de los censos y
situación de diferentes poblaciones y citando a Humboldt como fuente. La cartografía
hecha durante su viaje es la primera visión total del territorio por el que se
desplazarían los ejércitos indipendistas y realistas en su lucha por el dominio
político. Los mapas le ayudan a Bolívar a realizar el recorrido de reconquista de la
Nueva Granada. Es justamente el río Orinoco el primer territorio que Bolívar declara
libre para el comercio, desde las páginas de El Correo del Orinoco, periódico que fundó
con Francisco Antonio Zea.
Por otro lado, el proyecto
de Humboldt era de ambiciones planetarias: la representación geográfica del cosmos, para
lo que le era indispensable hacer un viaje a las regiones ecuatoriales del globo. Ese
viaje sin precedentes quedó recogido en Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau
Continent, fait en 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 et 1804 par Alexandre de Humboldt et Aimé
Bonpland, rédigé par A. de Humboldt avec un Atlas Géographique et Physique. Esta
representación geográfica de América Equinoccial, reconocida y aceptada en Europa y
América, logró insertar al Nuevo Continente en la "gramática" geográfica
universal.
La influencia que tuvo el
geógrafo en la formación de la imagen de América para sí misma y para el mundo es
indiscutible. No obstante, al leer la correspondencia personal de Humboldt surge la
pregunta en el sentido inverso: ¿Qué influencia tuvo América en el celebrado geógrafo
alemán? Sus cartas nos llevan a descubrir cómo la experiencia americana le permitió un
redescubrimiento de sus deseos y de su ideología. En una carta que escribe a su amigo A.
Freiesleben, durante su viaje de regreso a Europa, le dice: "He regresado felizmente
a Europa después de una ausencia de cinco años [...] mi expedición de 9.000 millas en
los dos hemisferios ha sido de una felicidad incomparable [...] Regreso con treinta y
cinco cajones, cargados de tesoros botánicos, astronómicos y geológicos. Me harán
falta muchos años para publicar mi gran obra [...] Tengo miedo del primer invierno, todo
es tan nuevo para mí, trataré de reencotrarme".
El reencuentro consigo
mismo al parecer jamás fue posible. El viaje a América lo había transformado y su
epidermis se había contagiado de trópico. El contacto con la realidad americana generó
una división en el viajero, y aunque logró reconstruirla textualmente en la escritura de
su viaje, quedó desterrado al limbo de la nostalgia por el resto de sus días. Humboldt
soñaba con reunirse para siempre con sus amigos americanos. Se sabe que pasó gran parte
de su vida intentando regresar a vivir a México para dirigir una escuela de naturalistas.
En carta del 22 de agosto de 1822 a Boussingault, continuador de su obra en la Nueva
Granada, le escribe: "Sólo la muerte podría cambiar mis proyectos. Tengo cincuenta
y dos años y el espíritu muy joven todavía. Sigo empeñado en mi resolución de dejar
Europa y vivir bajo los trópicos de la América española, un sitio donde he dejado
tantos recuerdos y cuyas instituciones están en armonía con mis deseos".
A Bonpland le escribe desde
Verona en 1822: "Tengo un gran proyecto de un establecimiento central de ciencias en
México para toda la América libre [...] Es una manera de no morir sin gloria, de reunir
a mi alrededor muchas personas instruidas y de gozar de esta independencia de opiniones y
de sentimientos que es tan necesaria a mi felicidad [...] tú te reirás de la pasión que
pongo a este proyecto americano, pero cuando no se tiene familia, ni hijos, hay que pensar
en embellecer la vejez". La ironía está en que fue Bonpland el que logró morir en
América cuidando un jardín de rosas en Paraguay. Humboldt jamás regresó, ya que su rey
lo retuvo en Prusia donde vivió como chambelán hasta su muerte. Acosado de nostalgias se
quedó siempre quejándose de su situación y rodeado de la disecada naturaleza americana,
tal como lo muestra la famosa ilustración de su estudio en Alemania.
La síntesis de las dos
fuentes de deseo del viajero Humboldt: el conocimiento estructurado bajo los preceptos de
la ilustración europea, y esa América libre en armonía con sus deseos, sólo fue
posible en su monumental cartogrfía, en la que articuló los hemisferios que lo dividían
y en la que éstos entraron a formar parte de la "gramática" universal del
cosmos. En la formación de ese texto geográfico intervinieron el enorme legado que trajo
en su equipaje de viajero ilustrado, y el contacto con un gran grupo de americanos que
supieron ser sus interlocutores ideales. Si el viajero "redescubrió" a América
desde el punto de vista geográfico, no cabe duda que América le posibilitó un
redescubrimiento de sus propias ideas y deseos. Nos recuerda Benedict Anderson en su
Imagined Communities que el espíritu rebelde de las nacientes repúblicas americanas tuvo
una amplia recepción en la mentalidad de los liberales europeos de principios del XIX,
que asistían a la reestruturación monárquica tendiente a socavar los movimientos
generados por la Revolución Francesa. El geógrafo encontró al otro lado del Atlántico
las ideas realmente "afines" a su espíritu. Algunos de los interlocutores que
encontró los vino a buscar directamente, como a José Celestino Mutis, a quien le dedicó
el primer texto publicado después de su retorno: Tratado de la geografía de las plantas.
A nivel de líderes políticos, Humboldt mantuvo relaciones con los gobernantes de las
nuevas repúblicas hasta su muerte. Tuvo correspondencia con Lucas Alamán, varias veces
ministro de la República Mexicana. En 1824, en carta al general mexicano Guadalupe
Victoria, le pide clemencia para un francés expulsado de México. No obstante, la
relación más elocuente seguirá siendo la que tuvo con Bolívar y que comenzó en Europa
cuando éste tenía 21 años y apenas se preparaba para su destino de libertador. El 28 de
noviembre de 1825 le escribe: "Excelentísimo señor Libertador Simón Bolívar:
¿Cómo no adornar con vuestro nombre algunas páginas de mi libro? En el volumen del
Viajes que acaba de salir, tomo III, pag 541, he hablado de la emancipación de los
negros. Es la República de Colombia la que ha dado ejemplo, y esta medida humanitaria y
prudente a un tiempo se debe el desinterés del general Bolívar".
Hay otro nivel en la
lectura del eterno deseo de Humboldt por regresar a América. Algunos jóvenes
latinoamericanos le robaron el corazón, como el joven Carlos de Aguirre y Montúfar,
quien lo acompaño desde Quito hasta Cuba y se embarcó con él en su regreso a Europa. Al
volver a América, Montúfar se hizo insurgente e ingresó en el ejército de Bolívar.
Preso por los españoles, fue fusilado el 3 de septiembre de 1813.
Cuando el astrónomo
Francisco José de Caldas conoció a Humboldt en 1801 en Santafé, quiso unirse a su grupo
de exploradores y cifró en ellos su proyecto de mediciones atmosféricas. Después de
haberlo aceptado en su grupo, Humboldt cambió de idea y en su lugar se llevó a
Montúfar, a quien acababa de conocer en Quito. Caldas le escribe dos cartas a Mutis en
las que se queja airado de la negativa y le atribuye el cambio de planes a una pasión
amorosa entre Montúfar y Humboldt, la que condena, herido en su amor propio. El 21 de
abril de 1802 escribe Caldas: "¡Qué diferente es la conducta que el señor barón
ha llevado en Santafé y Popayán de la que lleva en Quito! [...] El aire de Quito está
envenenado, no se respiran sino placeres [...] Entra el barón en esta Babilonia, contrae
por su desgracia amistad con unos jóvenes obscenos disolutos, le arrastran a las casas
donde reina el amor impuro, se apodera esta pasión vergonzosa de su corazón y ciega a
este joven sabio hasta un punto que no se puede creer". En junio 21 le escribe de
nuevo a Mutis. "El señor barón de Humboldt partió de aquí el ocho del corriente
con Mr. Bonpland y su Adonis, que no le estorba para viajar como Caldas [...] Yo le amo,
pero he sentido este desaire, que no curará con nada este sabio". Por la biografía
L'explorateur, de Pierre Gascar, sabemos de las dificultades sociales que enfrentó
Humboldt para vivir su homosexualidad. Las alianzas espirituales que encontró al escapar
del rigor social del matrimonio convirtiéndose en explorador de geografías lejanas,
rodeado de científicos de su propio sexo, se hizo posible gracias a la empresa
geográfica que emprendió en el Nuevo Mundo.
La imagen del científico
en su estudio recordando con nostalgia la experiencia americana y cartografiándola en el
mapa del cosmos es un símbolo de cómo resolvió el reencuentro consigo mismo. América
fue el territorio de la posibilidad para el alemán coartado por la nobleza prusiana a la
que pertenecía, y los jóvenes americanos le ofrecieron las alianzas científicas,
intelectuales y humanas necesarias para completar el mapa posible de su deseo.
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