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Alexander
von Humboldt.
Oleo de Friedrich Georg Weitsch, 1806.
Galería Nacional, Berlín .
Alejandro de Humboldt en
Quito.
Copia de Siegmund von Sallwürck (1944)
sobre el óleo original de José Cortés de Madariaga.
Instituto Iberoamericano, Berlín.
Nivelación barométrica
del terreno desde Cartagena a Santafé.
Dibujo de Alexander von Humboldt, 1801.
Servicio Geográfico del Ejército, Madrid.
Alexander von Humboldt.
Dibujo de Fraçois Gérard, 1795.
Termómetro con medidas
barométricas
publicado en "Memoria sobre un nuevo método
de medir las montañas", de Caldas.
Portada de "Ensayo de
una memoria sobre un nuevo método de medir las montañas", de Francisco José de
Caldas,
Edición póstuma, Burdeos: Lawalle, 1819.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
Francisco José de Caldas.
Grabado de autor no identificado del siglo XIX.
31.5 x 21.5 cm.
Casa Museo del 20 de Julio, Bogotá.
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Es frecuente
escuchar y leer lo que la cultura del lugar común dice y escribe: Humboldt se apropió
del descubrimiento de Caldas. No hubo tal descubrimiento, ya que la fórmula era conocida
en Europa. Humboldt elogió en forma superlativa a Caldas, pero por pacato el americano
fue dejado a un lado para continuar el viaje con un amiguito.
No entrando en detalles de
la relación de Caldas y Humboldt en lo que respecta a la confrontación de sus trabajos
referentes a la astronomía geográfica, actividad en la que ambos eran hábiles
practicantes y en la que ninguno estaba innovando y por lo tanto no había lugar a
rivalidad, y dejando también a un lado su trabajo simultáneo y sus ideas coincidentes
referentes a la distribución de las plantas en las diferentes altitudes de los Andes, en
el que sí hubo rivalidad, voy a concentrar estas páginas en la confrontación entre
ambos personajes en lo referente a la medida de la altitud de las montañas por medio de
la medida de la temperatura de ebullición del agua en las cumbres andinas. La
reconstrucción de un diálogo entre ellos es ilustrativo en grado sumo de lo que ocurrió
realmente entre ambos personajes.
Caldas rompió un
termómetro durante una excursión al volcán Puracé, cerca de Popayán. A su regreso a
la ciudad intentó reconstruirlo. Para la graduación del cero disponía del hielo del
volcán, de que los indígenas llevaban a la ciudad. Al hervir el agua cayó en cuenta de
que la temperatura de ebullición del agua a la altitud de la ciudad no le llevaría la
columna de mercurio hasta el extremo superior de la escala. La temperatura de ebullición
depende de la presión barométrica del lugar, y la altura de la columna de mercurio es
una medida de esa presión; así, la temperatura de ebullición podrá servir para
remplazar el barómetro en la medida de la altitud de las montañas. Este fue su
raciocinio.
Inicio excursiones a las
montañas vecinas para medir en sus cimas tanto la altura de la columna del barómetro
como la temperatura de ebullición en ellas. Buscó en los libros. Sólo encontró en
Sigaud de la Fond una fórmula que ligaba las dos cantidades y que no le gustó; no
encontró enunciado ningún método para medir montañas. Sintió la pobreza del americano
cuando no encuentra en sus libros lo que busca. ¡Feliz el americano cuando eso le ocurre!
Puede comenzar a usar su cabeza y a lo mejor, dejar la escolástica.
Con los datos obtenidos en
los cerros vecinos y en Popayán calculó el coeficiente numérico de su fórmula lineal,
la que comprobó con otras medidas en ese entorno. ¡Tiene ya un método! Ya por esos
días el barón de Humboldt se acercaba a Santafé. Caldas le pide a su corresponsal de
confianza en Santafé que repita las experiencias de calibración del termómetro, que use
granizo, que Santafé no tiene hielo, que no diga nada del "pequeño
descubrimiento" y, días más tarde, con los viajeros que ya estaban en Santafé, que
los vigile y lo mantenga informado de todo lo que hagan. Nada de eso le dijo, es seguro,
el amigo Santiago Arroyo a Humboldt, pero algo pudo captar el viajero sobre un extraño
interés en Santafé por el agua hirviendo, pues allí redactó una pequeña memoria en
francés sobre el tema e inicio en esa capital, en las cumbres de Guadalupe y Monserrate,
una serie de medias de la temperatura de ebullición del agua en las montañas, práctica
que no había hecho antes, con excepción de Cumaná, al nivel del mar, y a lo mejor una
en el ascenso al pico de Teide. Al continuar el viaje las hizo en Contreras, Pueblo de
Puracé, Quito. Algo notó el barón en Santafé, de la que además dijo que "nunca
había visto una ciudad con tantos barómetros". Cuando pasó por Popayán, los
amigos de Caldas poco sabían de ese secreto, así que Humboldt no se enteró allí de
nada al respecto.
Ya en Quito y en las
primeras conversaciones, Caldas le trató sobre la materia en forma abierta. El barón fue
sorprendido y colocado fuera de base; aturdido, le dijo: "Saussure imaginó medir las
montañas por medio del termómetro sumergido en el agua hirviendo --¡bello principio!--
y halló que 640 pies correspondían a un grado de Reaumur; siendo así que la ley de las
densidades del aire es en progresión logarítmica o geométrica... se ha abandonado del
todo el método de este físico por su inexactitud". Habiendo hecho esta declaración
equivocada, hay dos opciones: o el barón estaba desinformado o estaba desinformando. Por
el tono de autoridad, esas palabras desilusionaron a Caldas. Pronto Humboldt se
arrepintió de haber dicho eso; luego de consultar sus libros y sus papeles y de hacer un
poco de aritmética, le manifestó: "Saussure no ha pensado como usted en agua
hirviendo; sus trabajos se han limitado al temple de la atmósfera; asigna 640 pies de
altura por un grado en el termómetro y yo he observado en el pico de Teide que da muy
bien este coeficiente cuando el día es sereno y no se obra en lugares elevados".
Menos mal que enmendó sus
palabras, pues él, que había medido la altura de ese pico y la temperatura del aire de
la cima no podía ignorar que lo que había hecho Saussure no tenía nada que ver con el
bello principio de Caldas. Por su medición trigonométrica de la altitud del pico Teide,
por su medida de temperatura ambiente en esa altura y por el dato de la temperatura al
nivel del mar tomado por otro viajero anterior en esas vecindades, obtuvo 94 toesas por
grado Reaumur, valor algo menor que los 640 pies mencionados por el barón en ambas
ocasiones. Pero en las dos ocasiones Humboldt mencionó el coeficiente de Saussure; desde
el primer momento sabía de qué hablaba, ¡luego sí lo desinformó! Y el cálculo de
Humboldt de la aplicación del método de Saussure que implicaba el uso de un dato ajeno,
que haberlo tomado no le hubiera significado problema alguno, indica que cualquier
interés de Humboldt por la relación entre altitudes y alguna medida de temperatura se
inició en él con el encuentro con Caldas. No queda tampoco duda de que para Humboldt el
bello principio era el de Caldas; con ello el americano se entusiasmó. Su método no lo
practican en Europa. Entra en posesión de su pequeño descubrimiento; asume una posición
firme y clara frente a Humboldt y al asunto, y declara: "Mi método, absolutamente
diferente al de Saussure, es tan exacto, que las mayores diferencias en los resultados de
cálculo no dan más de 1½ líneas... He dado un grado de perfección al método no
conseguido en Europa". Critica al de Saussure y defiende con claridad y lógica el
que ha ideado. Humboldt le manifestó dudas de que a iguales presiones el agua hierve a
igual temperatura: "Creyó que mi coeficiente tenía los mismos defectos que el de
Saussure; pero meditando el caso convino en esta propiedad de mi coeficiente, que lo
distingue de todos [...] Yo habría suscrito con el mayor gusto a una autoridad tan
respetable, si hubiera autoridad contra la experiencia", dice Caldas.
Los papeles de centro y
periferia están invertidos: Humboldt comienza a entender, a alejarse de Caldas y hacerlo
a un lado. ¡No había viajado a la América a toparse con rivales, y menos en la física
del globo! Lo que ni Caldas ni Humboldt y los europeos sabían, no tenían por qué saber,
es que por esas latitudes de Europa es imposible que puedan llegar a usar un método como
el de Caldas. En la zona tórrida la presión atmosférica tiene una estabilidad que no la
tiene la de Europa, en donde los fenómenos de tipo ciclónico producen variaciones
locales súbitas de presión que hacen que el barómetro sea útil para predecir esas
alteraciones meteorológicas. Podrán tener fórmulas, un caos de fórmulas, de pulgadas,
de escalas termométricas y de maneras de graduarlas, pero no un método para medir las
montañas a partir de la presión barométrica. Esto lo aprendieron Humboldt y Europa de
la América tropical: el saber local potencial de una realidad concreta diferente se pone
de presente cuando es estudiado y trabajado. Resultó de ello una transferencia de saberes
y prácticas en el sentido no esperado.
Estas páginas esperan
haber profundizado algo en el interesante encuentro de Humboldt y Caldas, que las
beaterías tanto caldasianas como humboldtianas en sus delirios suelen deformar:
"Humboldt, el verdadero descubridor de América. Humboldt, que trajo a América la
ciencia europea". Dándole la vuelta al asunto, se puede llamar al viaje de Humboldt
un viaje de aprendizaje. Si no fue así, ¿para qué se gastó la herencia materna en
visitar lo que ya sabía? El trabajo del español americano, realizado en un entorno
concreto diferente de aquel de donde venía el europeo, queda resaltado al no desprenderlo
de la realidad concreta del virreinato español en donde actuó.
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