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"La
marquesa de Yolombó".
de Tomás
Carrasquilla. 2-Edición,
Medellín: Librería de A.J. Cano. 1928
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El
proyecto de escribir una novela acerca de Bárbara Caballero y el Yolombó colonial dio
muchas vueltas en la cabeza de Tomás Carrasquilla casi medio siglo, y pasaron por lo
menos treinta años antes de poder cumplir la promesa de escribirla; y aun cuando ya en
1916 había runrunes de que el escritor estaba empeñado en su composición, sólo vino a
redactarla entre mediados de 1925 y el principio de 1926. Según afirmaba el propio
novelista, los materiales para el relato los venía acopiando desde la infancia, gracias a
los relatos de testigos presenciales de aquella edad de oro yolombera, como su bisabuelo
Martín Moreno, o testigos indirectos como su abuelo Juan Bautista Naranjo, entre los
parientes de Carrasquilla, entre sus allegados --los Ospina, los Olano, los Caballeros,
Morenos, Rendones y Ceballos-- las historias y consejas acerca de Doña Bárbara se
evocaban con sumo cariño, y a esas memorias tuvo que apelar el novelista, dada la casi
total destrucción de archivos y registros que --corroboran historiadores como Joaquín G.
Ramírez y Eduardo Zuleta-- para reconstruir, si no una "historia seria y
auténtica", sí una leyenda más que verosímil sobre aquella muy notable mujer y su
época.
Fruto de una investigación
de muchos años, La marquesa de Yolombó es ante todo una espléndida novela histórica,
un vasto retablo de la vida cotidiana colonial, apenas comparable por su venero de
información acerca de esa época con las Tradiciones peruanas y con La gloria de Don
Ramiro. Un pueblo entero surge a la vida y se hace imaginable merced a esa novela de
ochenta personajes; el territorio y la geografía (paisajes y climas, montes y cuencas,
vías y asentamientos, flora y fauna), las razas, grupos y familias, la religión y la
política, el lenguaje coloquial --especie de "paisa-andaluz-afro-castellano"--,
las mentalidades; y luego las modas y los usos, los alimentos y hábitos, las tradiciones
y leyendas, los oficios y diversiones, los cantos y bailes; las arquitecturas, viviendas y
amoblamientos, los oficios y artes; y en resumen, la historia y el devenir colectivo de
Yolombó a finales del siglo XVIII, en los últimos días de la Colonia, quedan
reconstruidos con una riqueza descriptiva, con una minucia y un amor por los detalles, con
una vivacidad y una elocuencia sencillamente incomparables. Y a diferencia de las
Tradiciones peruanas, que son una suma de historias, La marquesa de Yolombó es una sola
gran historia bien contada, lo que le permite transmitirnos una impresión unitaria y
sintética de aquella época. La propia Bárbara Caballero --cuya existencia testimonian
hasta los registros de minas, dicho sea de paso-- ha sido considerada por un crítico
eminente el símbolo de aquel tiempo de transición entre el servicio al rey y la
obediencia a la república. Su vida encarna en cierto modo el devenir colectivo de
América en los albores de la Independencia.
Como lección de
sociología acerca de la esclavitud en Antioquia, que tuvo rasgos suigeneris; como estudio
de la minería colonial, de la mezcla y luchas raciales que nos han constituido como
"latino-indígenas con pringues de sangre africana", esta novela de Carrasquilla
resulta sobresaliente, y su lectura nos parece insustituible para el interesado en esa
historia de nuestra cultura. Para los folclorólogos se trata de una fuente primaria, así
como para el estudioso de las mentalidades, sea historiador o psicólogo. El personaje
principal, fuera o no realmente Bárbara una marquesa, se considera uno de los más
convincentes de toda la literatura castellana, pero con igual tino estético y
penetración psicológica se construyen los otros personajes. La tensión dramática del
relato se sostiene hábilmente. La belleza dimana de cada descripción, y una suave
ironía permite adivinar el esperpento en lo trágico, lo irrisorio en lo sublime. Al
momento de aparecer la obra, Eduardo Zalamea la consideró la mejor novela escrita en toda
la literatura colombiana. Tenía razón, y quizá la tenga todavía. Salvo Macondo, no
hallaríamos un pueblo tan bien pintado como Yolombó.
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