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R E V I S T A
Credencial
Historia
EDICIÓN 86 - FEBRERO 1997
LA IMAGEN DE LA IGLESIA
Y DEL ESTADO EN LA
ARQUITECTURA REPUBLICANA
Gótico, Clasicismo y Eclecticismo fueron los estilos definitorios

        Alberto Saldarriaga Roa


Colocación de la primera piedra del Capitolio Nacional en 1847,
por el presidente Tomás Cipriano de Mosquera y por su hermano
el arzobispo Manuel José Mosquera.
Presenta los planos el arquitecto Thomas Reed.
Relieve en bronce de F.M. Miller, de Munich, 1881.
Capitolio Nacional.

Uno de los problemas planteados en el interior de la cultura colombiana luego de la constitución de la nueva república fue el de elaborar discursos e imágenes acordes con el nuevo estado de cosas. El pasado colonial con sus raís españolas no era el más recuperable, luego de las cruentas guerras de independencia. El país había ingresado al mundo y podía apropiarse de muchas de sus expresiones; al menos eso se creía. El Estado republicano recién constituido necesitaría tarde o temprano plantar su presencia en las regiones y ciudades colombianas. La Iglesia, frente a ese nuevo competidor en el reparto del poder, debería también, tarde o temprano, cambiar su imagen tradicional y destacarse como presencia dominante en el paisaje nacional. La nueva arquitectura debía ser la responsable de proponer a uno y otra la imagen deseable. Para ello habría de tener en cuenta algo de lo mucho que al respecto se discutía en los recintos académicos y en el medio cultural de Europa, especialmente en Francia e Inglaterra, los dos países más influyentes en el curso de los cambios culturales sucedidos en Colombia a lo largo del siglo XIX.

La imagen del Estado

Capitolio Nacional Grabado de Erhard.
"Atlas geográfico e histórico de la
República de Colombia", de Agustín Codazzi,
París, A. Lahure,1889. Biblioteca Nacional, Bogotá.

El Capitolio Nacional fue la primera edificación en la que se planteó explícitamente este problema. Su construcción se inició el 20 de julio de 1847 y tardó casi ochenta años en terminarse. En el informe presentado al Congreso de la República por su arquitecto, el danés-antillano Thomas Reed, se encuentran varias referencias a la necesidad de imagen de la gran edificación, la primera de importancia realizada en Colombia en la era republicana. Decía Reed: "Me piden un capitolio, un palacio republicano que proporcione decente alojamiento a todos los altos poderes nacionales: al Congreso con sus dos Cámaras, a la Corte Suprema, más el Tribunal del Distrito de Cundinamarca, el Registrador y los Escribanos, al Presidente de la República y su familia, y a los cuatro departamentos o Secretarías del Poder Ejecutivo con sus dependencias. No cuento sino con un cuadro de 108 metros de lado, que, con sus atrios o andenes y con el desahogo que exigen tres calles bastante estrechas, tendré que reducir a unos 96. El compromiso es fuerte, y habrá que apurar la economía en la distribución y ordenación".

A nteproyecto para cúpula (metálica) del Capitolio Nacional,
de Gaston Lelarge, 1913.
Dibujo de Rafael LelargeQuintero.
Colección Rafael Lelarge Mesa. Bogotá.

A renglón seguido añade Reed lo siguiente: "Tampoco hay recursos fiscales para hacer un Louvre, y sería censurable y aun ridículo que una república modesta consumiese sus tesoros, como la Francia de Luis XIV, en construir una obra de ostentación y regalo que se quedaría empezada, y que, ni concluida, podría competir en lujo de ornamento con las europeas. Ni ella representaría bien a un pueblo sobrio y viril, a los hijos de la estoica Colombia, libertadora de un mundo; ni conviene cebarlos en lo superfluo cuando todavía carecen de mucho de lo necesario. La sobriedad, la severidad republicana, la entereza de carácter de que tanto ha menester un pueblo reducido y modesto para luchar con los poderosos, estas cualidades determinarán el estilo de la obra, y por fortuna se alían estrechamente con la dignidad y majestad que debe respirar el primer templo civil de la nación". En un tercer párrafo propone Reed su idea acerca de la imagen del nuevo edificio: "El palacio del total Gobierno de una República es, en lo civil, la casa de todos; esta debe ser la expresión de mi obra. Nada pues de aislada cárcel, ni de hosca fortificación, ni de alegre teatro; nada tampoco de iglesia, toda vez que no tratamos de fábrica religiosa. Queda abierto ese atrio o ese patio, como una inmensa puerta por donde entre, con derecho de amo de casa, toda la República".

Coronación para el Capitolio Nacional,
de Alberto Manrique Martín, 1923.
Archivo Ministerio de Obras Públicas, Bogotá.

Reed era consciente de la responsabilidad de dar al Estado colombiano una imagen apropiada. Otras referencias que se encuentran en su informe explican claramente su escogencia del modelo del templo griego como fuente de referencias estilísticas para su "templo civil" o "palacio republicano". Tiene claro que no se trata de una construcción religiosa, para lo cual ese modelo sería posiblemente inapropiado. Este tipo de raciocinio basado en analogías fue común en la actitud académica decimonónica. Reed, al expresarse, demostró conocimiento de esos problemas y también de la retórica acompañante, como se puede apreciar en la elaborada construcción de sus frases. Reed asumió la visión neoclásica de la "sobriedad y de la severidad republicana" que se había instalado como un paradigma luego de la Revolución Francesa. La imagen de un templo griego --pagano, por supuesto-- debió agradar al general Tomás Cipriano de Mosquera, reconocido anticlerical, quien comisionó a Reed el proyecto del capitolio y fue una muestra evidente de la libertad cultural propia de la nueva república.

Proyecto para fachada del Capitolio Nacional,
de Alberto Manrique Martín, 1926.
Archivo Ministerio de Obras Públicas, Bogotá.

La imagen de la Iglesia

Proyecto de fachada para la iglesia del Carmen.
Gaston Lelarge, Bogotá, 1892.
Archivo Ministerio de Obras Públicas, Bogotá.

En las Crónicas de Bogotá, de Pedro María Ibáñez, se encuentra una referencia a la construcción de la iglesia de Lourdes en Chapinero, el primer suburbio importante en la expansión de la capital de la República. Dice Ibáñez: "El Ilustrísimo Arzobispo don Vicente Arbeláez fundó y puso la primera piedra del templo gótico morisco de Nuestra Señora de Lourdes en Chapinero, el día 8 de diciembre de 1875, y encargó de la dirección de la obra, aún inconclusa [en 1919], al arquitecto don Julián Lombana, artista tan modesto como hábil, hijo de esta ciudad. La basílica es de vastas proporciones; 60 metros de longitud, 30 de latitud y 25 de altura, y terminada será muy semejante a la de Lourdes de Francia". La cita de Ibáñez señala otra fecha y otros datos de interés en esta indagación acerca de la imagen estatal y religiosa en la arquitectura colombiana. La iglesia de Lourdes fue una de las primeras construcciones religiosas de importancia emprendidas en Colombia en la era republicana. El año de su iniciación coincide con el de la catedral de Villanueva en Medellín. La frase de Ibáñez que habla del encargo de la "dirección de la obra" ha sido, tal vez, la fuente de atribución del proyecto de la iglesia bogotana a Julián Lombana, aun cuando hoy existen ciertas dudas al respecto. Se sabe, eso sí, que el arquitecto Arturo Jaramillo fue llamado a concluirla, luego de ser parcialmente afectada por un temblor de tierra en 1917. La iglesia finalmente se consagró en 1937. Un dibujo de su fachada, lo único que se ha divulgado de su proyecto arquitectónico, muestra claramente la intención de hacer una gran catedral gótica, imponente en su escala para la ciudad de entonces. Ibáñez es prolijo en la descripción de la obra, que inicia con las siguientes frases: "La fachada del templo tiene un peristilo saliente, base de una torre central; cinco puertas ojivales, de las cuales dos son de las naves laterales, adornadas con fases de columnas que rematan en capiteles, en los que descansan festones, dan entrada a la basílica. Esta parte del templo está edificada hoy, y sobre ella irá otro cuerpo con ventanas ojivales ornamentadas como las puertas..." Ibáñez termina su descripción con la siguiente afirmación: "Una cornisa, de la cual se desprenden estalactitas, rodea el edificio, con excepción de la fachada, y contribuye a dar armonía a este templo, único en su estilo en Bogotá, que recuerda las viejas catedrales de la edad media, que hacen el orgullo de las ciudades europeas".

Fachada de la iglesia de Lourdes, en Chapinero.
Grabado de Manuel José Archila.
"Colombia Ilustrada", octubre 15 de 1889.

La última frase es particularmente diciente respecto al asunto de la imagen. La catedral gótica era un modelo de construcción religiosa cristiana, su inspiración era perfectamente acorde con la necesidad de dar a la Iglesia una nueva imagen. Pero no era necesariamente la única. Para la catedral de Villanueva en Medellín, su segundo arquitecto, el francés Charles Carré optó por otro modelo menos difundido, el de la gran iglesia románica (Poco se conoce del proyecto inicial del arquitecto italiano Felipe Crosti, quien lo había comenzado en el año ya mencionado de 1875). Carré, "alumno lúcido de la Escuela de Bellas Artes de París", llegó a Medellín en 1889, asumió la tarea de hacer unos nuevos planos y de dirigir la construcción de la gran basílica, obra maestra de la arquitectura religiosa republicana, que se concluyó en 1930.

I glesia de Lourdes en construcción.
Album de José Vicente Ortega Ricaurte.
Sociedad de Mejoras y Ornato, Bogotá.

Dos iglesias de inspiración medievalista marcaron entonces el surgimiento de la nueva imagen de la arquitectura religiosa colombiana. Ese medievalismo no fue gratuito. Ante la fuerza del modelo clásico, preferido en la arquitectura de los edificios del Estado, la Edad Media era una fuente más que propicia para suministrar ideas aplicables en la arquitectura religiosa, especialmente en el culto católico. Desde los comienzos mismos del siglo pasado se habían establecido esos dos paradigmas que facilitaron que tanto el Estado como la Iglesia contaran con imágenes públicas diferentes y que no se prestaran a ninguna confusión. Pero el asunto no fue ni tan claro ni tan exacto. El espíritu ecléctico, dentro del cual se inscribían dichos paradigmas, disponía de un repertorio mucho más amplio que fue aprovechado al máximo.

El dualismo establecido entre el Clásico y el Gótico fue un tema de interés en la estética, en la arquitectura, en las artes y en la política europea del siglo XIX. Hegel en sus Lecciones sobre estética postuló el templo griego como el paradigma de la arquitectura clásica, y la catedral gótica como su equivalente en la arquitectura romántica, sinónimo de cristianismo (mas no de catolicismo). John Ruskin, en la línea de otros pensadores ingleses, afirmó el valor de la arquitectura gótica y su superioridad sobre la clásica, y reiteró su espíritu cristiano, previas observaciones críticas al catolicismo. Poca gracia debieron hacerle a la Santa Sede esas críticas a su Iglesia provenientes de tan ilustres protestantes. A pesar de tales críticas, el gótico fue acogido como uno de los estilos más prestantes disponibles para construcciones religiosas en el amplio repertorio historicista.

¿Como se definió el eclecticismo en la arquitectura? Según Peter Collins, el eclecticismo fue una corriente que intentó mediar entre polaridades tales como la ya mencionada de Clasicismo contra Gótico. En términos generales, consistió en saber escoger, del inmenso repertorio de la arquitectura del pasado, el estilo adecuado para cada obra particular, dentro, claro está, de unos códigos básicos preestablecidos. Era esta en el fondo una postura racional frente a la avalancha de posibilidades historicistas abiertas a los arquitectos decimonónicos. Formulada a medias, más implícita que explícitamente, la idea del eclecticismo se originó en Inglaterra y tuvo luego su principal asiento en la Escuela de Bellas Artes de París, centro mundial de las modas arquitectónicas del XIX. Quienes estudiaron allí, o se familiarizaron con sus planteamientos académicos, fueron influidos por ese espíritu, perfectamente legítimo en su contexto. El eclecticismo permitió "dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César".

Catedral de Villanueva, Medellín, obra de Charles Carré. Fotografía de autor no identificado, ca. 1930.
Centro de Estudios de Arquitectura y Medio Ambiente, Bogotá.

Para entender el eclecticismo en la arquitectura es necesario comprender la noción de "estilo", que se usó (y todavía se usa) como una manera de traer al presente los rasgos propios de la arquitectura del pasado. Collins cita a Jean-Francois Blondel, quien en su escuela de arquitectura en París, en la segunda mitad del siglo XVIII, se refería al estilo en la arquitectura como "el carácter auténtico que debería escogerse de acuerdo con el propósito de una edificio" y lo calificaba como la "poesía de la arquitectura". En el sentido dado por Blondel, el carácter de un edificio se debía encontrar en sus formas y ornamentos. Fue así como, según Collins, se definieron algunos caracteres para la arquitectura, siguiendo de cerca los lineamientos dados por los estilos literarios: el sublime, el familiar y el popular, o elaborando unos propios como el sagrado, el heroico y el pastoral. Los diversos momentos de historia de la arquitectura fueron así reducidos a estilos, para convertirlos en instrumentos operativos del proyecto arquitectónico. Para la arquitectura religiosa debería buscarse aquello que le diera un carácter sagrado, el "estilo" gótico era excelente para alcanzar ese fin

¿Cómo llegaron esas ideas a Colombia en el siglo XIX, donde no abundaban los arquitectos profesionales y donde no existió enseñanza formal de la arquitectura hasta bien entrado el siglo XX? Los arquitectos extranjeros, formados en las escuelas europeas, fueron indudablemente portadores y transmisores de esas ideas, como se comprobó ya en el caso de Thomas Reed, quien encabeza la lista de profesionales extranjeros llegados a Colombia en el siglo XIX y en los comienzos del presente siglo. Se conoce que Gaston Lelarge y Charles Carré estudiaron en la Escuela de Bellas Artes de París. El italiano Pietro Cantini estudió en la de Florencia. El belga Agustín Goovaerts estudió dibujo en la Academia de Artes de Bruselas y arquitectura e ingeniería en la Universidad de Lovaina. Mariano Santamaría, usualmente reconocido como el primer colombiano que tuvo verdadero título de arquitecto, estudió en Alemania. No se sabe mucho acerca de la formación de otros profesionales colombianos como Julián Lombana y Arturo Jaramillo, este último con una importante presencia en el gremio de los ingenieros. Menos aún se conoce acerca de la formación de "teguas" destacados como el italiano Giovanni Buscaglione, coadjutor salesiano y autor de infinidad de iglesias, o de su colega Constantino de Castro. Jorge Price, músico y arquitecto autodidacta, repartió sus conocimientos y su cristiandad en ambas disciplinas y dejó un interesante libro titulado Principios esenciales en la arquitectura, en el que dedica una sección entera a la arquitectura eclesiástica. Todos ellos practicaron su eclecticismo abiertamente y sin el menor reparo.

El asunto es divertido, además de interesante. Despojadas de discursos académicos y sustentadas más en el gusto de sus arquitectos que en densas teorizaciones, las edificaciones públicas y religiosas del período republicano desplegaron esos estilos construidos con los escasos recursos técnicos disponibles en la Colombia del fin de siglo. La competencia por la imagen entre el Estado y la Iglesia se hizo presente en la escogencia de los estilos adecuados, y en ello el sentido común y los conocimientos de cada arquitecto definieron buena parte de las soluciones posibles. Gaston Lelarge impuso en Bogotá sus ideas neoclásicas en edificios públicos y en residencias (v.g. edificio Liévano y palacio Echeverri), y reservó el gótico para algunas obras de carácter religioso como la capilla del Colegio de las Hermanas de la Presentación en Sanfason (1894-1919), la segunda iglesia de ese estilo construida en la capital. Arturo Jaramillo recorrió una amplia gama de estilos en sus iglesias bogotanas: bizantino en Las Nieves (1090-1930), gótico en Lourdes, en la remodelación de la iglesia de Monserrate y en la fachada de la iglesia de Santa Teresita; y un estilo indeterminado en las dos iglesias de Las Cruces. En los edificios institucionales y educativos, Jaramillo prefirió los senderos del neoclasicismo, como se aprecia en sus edificios para la Universidad Nacional en Bogotá (hoy Centro de Restauración de Colcultura y Museo Militar) y en el trabajo realizado conjuntamente con Gaston Lelarge en la Gobernación de Cundinamarca. Pero donde su eclecticismo afloró plenamente fue en los pabellones proyectados por él para la gran Exposición del Centenario, celebrada en Bogotá en 1910.

Giovanni Buscaglione fue sin duda uno de los autores que más iglesias proyectaron y construyeron en Colombia en la primera mitad del presente siglo. Nacido en Biella, Italia, en 1874, se vinculó a la comunidad de los salesianos en Turín desde 1892 y fue trasladado a Bogotá en los primeros años del presente siglo, con el fin de instalar un motor a gas para suministrar energía y alumbrado al colegio establecido en el antiguo convento del Carmen en Bogotá. Su trabajo en arquitectura se inició en 1920 en Mosquera, donde realizó algunas obras en la sede del Noviciado salesiano. En 1922 regresó a Bogotá, con el encargo de terminar el edificio del Colegio León XIII, y allí proyectó e inició en 1925 la construcción de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, su obra maestra y una de las principales iglesias neogóticas del período republicano.

Iglesia del Carmen, Bogotá,
obra de Giovanni Buscaglione, 1925.
Fotografía de Julio Sánchez, 1938.
Centro de Estudios de Arquitectura y Medio Ambiente, Bogotá .
 

No se ha sabido a ciencia cierta cuántas iglesias proyectó Buscaglione, quien contó con la ayuda de otro coadjutor salesiano, Constantino de Castro. Intervino en la conclusión de la catedral de Villanueva en Medellín y allí proyectó el edificio del Seminario, convertido hoy en centro comercial. Luis del Real, en su biografía sobre Buscaglione, menciona también que proyectó las iglesias de Belín de Cerinza y Corrales en Boyacá, la de la antigua Guatavita, las de Nocaima y Sesquilé, la iglesia nueva de Tenjo y la de Agua de Dios en Cundinamarca y la iglesia de Puerto Berrío en Antioquia. Se le atribuye también la magnífica iglesia de Ubaté, que en realidad fue obra de Constantino de Castro. En total, se le atribuyen cerca de cincuenta proyectos de iglesias, colegios y conventos. En toda su obra se respira un eclecticismo sano, con toques pintorescos, que denotan no sólo su habilidad como arquitecto sino su imaginación y su sentido del detalle.

Agustín Goovaerts, nacido en Bruselas en 1885, llegó a Colombia en 1920. En las veinticinco iglesias en que intervino, Goovaerts mostró su preferencia por la arquitectura gótica, con obras tan importantes como las iglesias de Betania y Don Matías y las del Sagrado Corazón y Nuestra Señora del Carmen en Medellín. Goovaerts fue otro importante ecléctico, con preferencia especial por el gótico para sus construcciones religiosas y con toques de art nouveau en construcciones civiles y en residencias. Por la cantidad de edificaciones religiosas en las que trabajó, puede situarse junto a Buscaglione en un honroso primer lugar.

Muchos otros ejemplos importantes de iglesias neogóticas podrían citarse, entre ellas, la catedral de Manizales, proyectada por Auguste Polty en 1925 y construida totalmente en concreto reforzado; la iglesia de La Porciúncula en Bogotá, obra del hermano cristiano Jean-Baptiste Arnaud, autor también del edificio gótico del antiguo Seminario; la audaz construcción de la iglesia de Las Lajas, en Nariño, obra del ingeniero Gualberto Pérez, y la conocida Ermita de Cali. Pero, como ya se dijo, el gótico no fue la única referencia estilística. Se formó algo que puede llamarse apresuradamente un "estilo iglesia", mezcla de clásico, gótico, barroco y algo de imaginación popular, difundido por ciudades y pueblos en la primera mitad del presente siglo. Abundan en Colombia esas iglesias de "padre" desconocido, proyectadas por sacerdotes y hermanos legos, muchas de ellas magníficas en su concepción y en su ornamentación, a veces calificadas erróneamente como "Kitsch".

Con su nueva imagen, la Iglesia colombiana llenó el paisaje urbano y rural colombiano a la par que el Estado lo llenó con su imagen en edificios públicos, ambas adaptadas a los recursos y posibilidades técnicas de cada lugar. Ese repertorio republicano, severamente castigado durante décadas, es hoy parte significativa del patrimonio urbano y arquitectónico colombiano.

 

 


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