“El cuartelazo del 10 de julio
inició sombríamente la cadena
de desgracias en que estamos sumidos”.
Eduardo Santos
El
secuestro de que fue víctima
el presidente Alfonso López Pumarejo
en la madrugada del 10 de julio de 1944,
en Pasto, no significó sino la culminación
de un proceso subversivo iniciado el 15
de septiembre de 1940 cuando el jefe de
la oposición, Laureano Gómez,
en apasionada diatriba en el Senado, invocando
revenidos argumentos de teólogos
escolásticos, amenazó con
la guerra civil y el atentado personal si
el Partido Liberal optaba por la reelección
de Alfonso López.
El guante
recoguido
Ante tal amenaza, Alberto Lleras, uno de
los promotores de la candidatura lopista,
reaccionó con vehemencia en el programa
radial Crítica dos días
más tarde: “… Hay un
régimen moral implantado en la República
recientemente, que debe ser vencido y destruido
si no queremos que el liberalismo perezca,
no con grandeza, sino con una irritante
entrega cotidiana. Es el régimen
de la amenaza… Guerra civil si el
candidato elegido no es satisfactorio para
el conservatismo. Guerra civil si no se
deroga la constitución de 1936. Guerra
civil si no se acaban las garantías
a los trabajadores de Colombia. Guerra civil
si no se deja, al fin, que el Partido Conservador
gobierne la República a su antojo,
directamente o por medio de un régimen
intervenido, como el de Petain en Francia…
Bajo la sombra del miedo el Partido Liberal
no podrá seguir gobernando y el miedo
habrá ganado, señores liberales,
las primeras batallas…
“La guerra civil no la van a ganar
los conservadores sin hacerla. No entregamos
nada a una amenaza. No por jactancia, ni
por ferocidad, ni por terquedad, sino porque
una República se hace invivible cuando
los extorsionadores se convierten en amos”.
El guante había sido lanzado y el
guante había sido recogido. Como
tantas veces en la historia política
de Colombia, volvían a enfrentarse
las fuerzas del “Bien” y del
“Mal”, de la “Luz”
y de las “Sombras”; de la “Verdad”
y del “Error”, y de este enfrentamiento
maniqueo, tan propio de la idiosincrasia
colombiana siempre proclive a las simplificaciones,
sólo desgracias traería el
futuro.
Rumores de
golpe
La segunda administración de López
comenzó con una invitación
del presidente a los colombianos, aún
a quienes se opusieron a su reelección,
a formar un gobierno de concordia, a unirse
para conjurar las amenazas internas provenientes
de quienes no aceptaban la legitimidad de
su investidura, alegando un supuesto fraude
electoral, como para prevenir los peligros
que nacían de la situación
internacional, pero fue en vano. Los “antílopes”,
dirigidos por Juan Lozano en alianza con
el laureanismo, persistieron en el tan cacareado
fraude electoral y continuaron pregonándolo
hasta que echó raíces en la
conciencia política de la nación,
lo que erosionó la confianza del
partido de gobierno en la honorabilidad
de sus jefes.
Desde el primer día de su segundo
mandato López hubo de soportar la
oposición laureanista que, al negar
la validez de su título, concluyó
con la imposibilidad moral de obedecer a
un gobernante en entredicho. De ahí
el laureanismo derivó a la lucha
por cuestiones religiosas, habida la necesidad
de salvar al “país del Sagrado
Corazón” de las garras de la
masonería que –decía
Laureano—había arrebatado a
los jesuitas el Colegio de San Bartolomé,
servía de quinta columna al comunismo
internacional para apoderarse de Colombia
y había “engañado”
(sic) al Papa para suscribir la reforma
del Concordato, tachando la autoridad del
Nuncio Apostólico, Monseñor
Carlo Serena, y del arzobispo Primado de
Colombia, Ismael Perdomo.
En estas circunstancias, en marzo de 1943,
comenzaron a circular rumores de que había
un clima de rebelión en el Ejército
y planes para realizar un golpe de Estado.
El Siglo reprodujo tales consejas
y afirmó que López había
hecho detener a varios oficiales conspiradores,
entre ellos el general Eduardo Bonitto,
comprometidos en el frustrado golpe. El
Gobierno replicó con un comunicado
en el que rechaza lo escrito en El Siglo,
y aclara que el arresto de Bonitto obedeció
a faltas contra la disciplina castrense.
Pero algo había.
El asunto
Mamatoco
Las fricciones entre el presidente López
y los altos mandos del Ejército venían
desde su primera administración cuando
su primo Alberto Pumarejo, entonces ministro
de Guerra, intentó algunos cambios
en la cúpula militar y estudió
la posibilidad de encargar a la milicia
trabajos de colonización, de alfabetización
y otras tareas productivas que le ayudaran
a reinsertar en la vida civil.
A mediados de 1943 se murmuraba sobre un
levantamiento en el seno de la Policía
que mereció una investigación
interna sobre su alcance y la identidad
de los comprometidos. En la pesquisa resultó
implicado Francisco A. Pérez (a.
Mamatoco), boxeador costeño
que en el momento era periodista del semanario
La Voz del Pueblo desde donde atacaba
al gobierno, que había sido entrenador
deportivo de la Policía y que era
conocido perdonavidas. El 15 de julio de
1943 apareció apuñalado el
cadáver de Mamatoco y el
rumor popular relacionó la muerte
del buscapleitos con la institución
policial. La versiones más aviesas
afirmaron la existencia de un crimen de
Estado. Laureano Gómez no desperdició
la ocasión y, desde El Siglo,
hizo eco de las habladurías callejeras
más escandalosas y ordenó
que diariamente apareciera en la manchette
de su periódico la pregunta “¿Por
qué mataron a Mamatoco?
El escándalo
Handel
Los debates en el Congreso y la ferocidad
de la campaña de prensa adquirieron
tales características que en la opinión
pública comenzó a aceptarse
la complicidad del alto gobierno con la
muerte del camorrista, a pesar de que la
Comisión del Congreso que investigó
el caso excluyó al Ejecutivo de toda
responsabilidad.
El 13 de septiembre de 1943 estalló
un nuevo escándalo en la Cámara
cuando Silvio Villegas acusó a Alfonso
López Michelsen de enriquecerse con
la transacción de las acciones de
la compañía holandesa Handel
(mayor accionista de la cervecería
Bavaria), que habían sido
congeladas a raíz de la ocupación
de Holanda por el Ejército alemán.
Reunido con los congresistas de su partido,
el 21 de septiembre, el presidente explica
que su hijo Alfonso, como abogado de los
accionistas desde antes de 1938 y en lícito
ejercicio de su profesión, había
asumido la responsabilidad de vender las
acciones para resguardar a los inversionistas
colombianos. También informa que,
al ser descongeladas, varios de sus familiares
han adquirido acciones como podía
hacerlo válidamente cualquier colombiano.
Un mes más tarde Carlos Lleras, nuevamente
Ministro de Hacienda, inicia en el Senado
su aclaración de la conducta del
Gobierno en el caso de la Handel y refuta
las acusaciones de la oposición laureanista.
Laureano el
provocador
La conmoción política originada
en los debates en el Congreso y en los artículos
venenosos de la prensa de oposición
llevaron al presidente López a pedir
una licencia de seis meses, el 16 de noviembre
de 1943, para viajar a Nueva York y acompañar
a su señora esposa en un tratamiento
médico, debiendo reasumir su mandato
en mayo de 1944. Se esperaba que en ese
término amainarían los vientos
borrascosos y que Darío Echandía,
cuyo prestigio personal y político
estaba intacto, lograría atemperar
el encono de los enemigos de López.
Vana esperanza. Los malquerientes del Gobierno
enderezaron su artillería contra
los segundos de a bordo: el 2 de febrero
de 1944 El Siglo acusa al ministro
de Gobierno, Alberto Lleras, de trasladar
arbitrariamente el sumario de Mamatoco
a un juez afecto al régimen. Al día
siguiente Lleras denuncia por calumnia a
Laureano Gómez y a José de
la Vega por la publicación en su
periódico. Por orden del Juez 4º.
Del Circuito en lo Penal, José Ignacio
Caicedo, es detenido Laureano Gómez.
El juez también dispone que se le
suspenda en el cargo que ejerce en la Comisión
de Relaciones Exteriores y deja en pie el
auto por notificar.
Los conservadores, indignados y ofendidos,
se levantaron en manifestación en
varias ciudades y armados de piedras, garrotes
e inclusive armas de fuego apedrearon los
periódicos liberales y provocaron
disturbios con el acostumbrado saldo de
contusos, detenidos y vitrinas rotas. El
Siglo publicó una declaración
del Directorio Nacional Conservador afirmando
que “…existen razones suficientes
para declarar una guerra civil”.
Guerra al
Eje
La situación internacional también
coadyuvó a propiciar los hechos que
se darían el 10 de julio en Pasto.
Al comenzar la Segunda Guerra Mundial en
1939, el presidente Santos proclamó
una política de neutralidad compatible
con un vigoroso acercamiento a los Estados
Unidos, que también anunciaron su
neutralidad formal. En desarrollo de tal
política Santos inició los
sondeos que culminarían con la presencia
de las primeras misiones militares de Estados
Unidos en Colombia y puso a su disposición
el uso del territorio nacional para tareas
de defensa hemisférica. Simultáneamente
se iniciaban negociaciones para el suministro
de armamento a Colombia, a precios rebajados
o con préstamos blandos. Lo que era
urgente y necesario: un observador militar
yanqui estimó que los efectivos de
tierra tenían municiones para una
hora de combate pleno.
Al producirse el ataque japonés contra
la flota americana en Pearl Harbor, en diciembre
de 1941, y las subsiguientes declaraciones
de guerra entre Estados Unidos y las potencias
del Eje, Colombia se limitó a romper
relaciones diplomáticas con los gobiernos
del Eje, pero no les declaró automáticamente
la guerra. Sólo fue en 1943, bajo
el segundo mandato de López, cuando
a raíz del hundimiento de las goletas
Resolute, Roamar y Ruby (este último
ocurrido el 17 de noviembre de 1943), el
Gobierno colombiano decidió declarar
el “estado de beligerancia”
frente a Alemania, acto que contó
con la enconada oposición de Laureano
Gómez.
Conspiraciones
y conspiraciones
Para entonces las conspiraciones tejidas
contra los gobiernos de Santos y de López
por los seguidores de las ideologías
totalitarias abundaban como mala hierba.
La Organización Nacional, la Acción
Nacional Militar Católica, la Legión
Colombiana y la Legión Cóndor
–que tales eran los nombres sonoros
de las agrupaciones subversivas—no
dieron respiro a los servicios de inteligencia
y contrainteligencia de Colombia y de los
Estados Unidos, concentrados en la defensa
del hemisferio. Aquellos grupos se inspiraban
en los principios de la religión
católica, el antisemitismo, el nacionalismo,
la lucha contra la corrupción política
y a favor del resurgimiento militar de la
Gran Colombia.
Una vez comprometidos los Estados Unidos
en la guerra, las posiciones políticas
de Laureano se radicalizaron y los Estados
Unidos le siguieron el paso: en diciembre
de 1943 la Junta de Seguridad Económica
de Washington rechazó su solicitud
de importación de 350 toneladas de
papel para alimentar las rotativas de El
Siglo. La condición del Departamento
de Estado para admitir a Laureano en el
rebaño de los buenos demócratas
era que cesara en sus ataques contra Estados
Unidos y dejara de proteger los intereses
del Eje. Ante la posibilidad de cerrar su
diario por falta de materia prima, Laureano
prometió cambiar su orientación
política.
Pero el embajador estadounidense era terco
y alertó al Departamento de Estado
sobre el oportunismo de Gómez: “no
confío en la sinceridad de ese hombre”.
Los recelos del embajador Braden eran explicables,
pues los rumores de golpe de Estado constituían
comidilla diaria, y aludiendo a la ayuda
militar a Colombia convenida en dinero y
armas, alertaba a Washington: “Si
es cierto que se produce un golpe de Estado,
los aviones y los equipos caerían
en manos enemigas. Hay que medir los riesgos
antes de hacer los envíos”.
Lo que se justificaba por la posible introducción
de ideas totalitarias en las fuerzas armadas
colombianas.
El 10 de julio
Eduardo Zuleta, en su biografía de
López, asegura que cuando el presidente
resolvió ir a Pasto a presenciar
las maniobras militares tenía información
de que sería víctima de un
golpe armado. ¡Y no se acobardó!
Quería definir la situación
política para saber si la oposición,
invitando a la revuelta y al magnicidio,
prevalecería, o sí, al contrario,
la opinión pública respaldaría
al régimen elegido democráticamente,
impidiendo que la soldadesca rebelde sirviera
de instrumento a los enemigos de la “mudable
tiranía de las mayorías ocasionales”,
como calificaba el senador Gómez
a los gobiernos escogidos por el pueblo.
En la noche del 9 de julio, estando el presidente
y su comitiva alojados en el Hotel Niza,
en Pasto, escucharon a unos reclutas que
gritaban “mueras” y “abajos”
al gobierno. En la madrugada del día
siguiente, lunes 10 de julio, el coronel
Luis Agudelo despertó a López
y a su hijo Fernando con estrepitosos golpes
en la puerta, para informarles que el Ejército
se había rebelado. López quedó
a merced de la sedición.
Superadas ciertas dudas sobre a dónde
llevarlo, finalmente lo condujeron a la
hacienda de los hermanos Bucheli, en Consacá,
quienes lo recibieron con las debidas consideraciones.
“Todo parecía sonreírnos;
menos los soldados que se agrupaban en el
patio de la casa, mirándonos con
ojos de pocos amigos. No me saludaban, ni
hacían ademán alguno de reconocerme.
Según me contaron en las horas de
la noche, les habían asegurado que
yo los tenía vendidos a los Estados
Unidos, unos a $5 y otros a $10 por cabeza,
y que había ido a Tumaco precisamente
a visitar los buques en que deberían
ser trasladados a pelear contra el Japón”.
Entretanto en Bogotá el Primer Designado,
Darío Echandía, trabajaba
febrilmente con el Ministro de Gobierno,
Alberto Lleras, para controlar la situación.
Echandía tomó posesión
de la Presidencia y a las 7 y 30 de la noche
Alberto Lleras, con el poder de su talento
y la autoridad de su voz, se dirigió
al país por la Radio Nacional
para informarlo sobre el fracaso del golpe.
Dijo que un oficial de segundo nivel, el
coronel Diógenes Gil, se había
rebelado, desconociendo la constitución
y la jerarquía militar, pretendiendo
usurpar la dignidad de la Presidencia. Con
lo que logró incitar rivalidades
entre los oficiales de más alta graduación:
aunque algunos simpatizaron con el levantamiento,
no toleraron que un subordinado, violando
el escalafón, osara aspirar a una
posición superior y condenaron el
cuartelazo.
Mientras tanto, en Nariño, la conjura
adquiría visos de astracanada. No
sabiendo qué hacer con el tigre que
tenían agarrado por la cola, el vacilante
coronel Gil, pretendiendo mantener la iniciativa
dispuso el traslado de López a Popayán
y encargó de esa tarea al capitán
Rafael Navas Pardo. Adelante de Yacuanquer,
López y su comitiva se encontraron
con una caravana militar, en la que venía
el coronel Gil, quien ofreció solucionar
el problema si se absolvía a los
oficiales comprometidos, y a él ¡se
le nombraba Ministro de Guerra por un mes!
Gil estaba destruido anímicamente.
Para el presidente López el peor
momento había pasado. A continuación
se trasladaron a Yacuanquer y desde su oficina
telegráfica intentaron comunicarse
con Pasto o Túquerres. En esas estaban
cuando el capitán Navas Pardo informó
que el coronel Gil se había entregado
prisionero. Otra conspiración, que
esta vez había llegado hasta el cuartelazo,
fracasaba.
Pero eso no era todo. No se había
tratado de un hecho aislado del coronel
Gil; el movimiento tenía ramificaciones
y era evidente que el sector laureanista
del conservatismo lo había mirado
con simpatía, si es que no tuvo participación
directa en él. En Ibagué y
Bucaramanga hubo conatos armados, que incluyeron
el asesinato del coronel Julio Guarín,
comandante de la plaza de Bucaramanga, y
el apresamiento de Alejandro Bernate, gobernador
del Tolima.
Laureano Gómez, que había
aplaudido la revuelta armada y desde su
periódico alentado a los sublevados,
solicitó asilo en la embajada del
Brasil, el 12 de julio, y viajó a
Quito como asilado político, el 28
de julio.
En su libro Los segundos de a bordo,
el historiador Oscar Alarcón transcribe
la siguiente carta, enviada por el expresidente
Rafael Navas Pardo al expresidente Alfonso
López Michelsen con motivo del centenario
del nacimiento de Alfonso López Pumarejo:
“Bogotá, febrero 12 de 1986
…me siento obligado, no sólo
por mi admiración y respeto a la
memoria de su ilustre padre sino, además,
por la gratitud que me merece, dejar constancia
para la historia, de la valerosa dignidad
asumida por él en nuestro sorpresivo
encuentro con el coronel Gil, y la forma
como el doctor López le respondió
a la solicitud del coronel de ser nombrado
Ministro de Guerra, cuando cogiéndolo
de las solapas, le dijo en voz alta: “usted
no me proponga inmoralidades”.
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Alberto Lleras, Ministro de Gobierno.
Laureano Gómez, jefe del conservatismo.


Darío Echandía, Presidente encargado.
Foto El Tiempo

General Domingo Espinel, Ministro
de Guerra
Foto El Tiempo

Foto Cromos

Manifestación de apoyo al Gobierno
Nacional. Cerca de cien mil bogotanos
desfilaron frente al palacio de La Carrera.
Foto Cromos

Capitán Rafael Navas Pardo,
rescató al presidente López,
que estaba secuestrado en Consacá.
Foto Cromos
Izquierda.Coronel Julio Guarín,
sacrificado en defensa de la legalidad. Foto
Espectador.
Derecha. Coronel
Julio Londoño, aplastó la rebelión
en Pasto. Foto Espectador.

Carroza fúnebre que conduce
por las calles de Bogotá los restos
del general (póstumo) Julio Guarín,
muerto en Bucaramanga en defensa del orden
constitucional. La madre del general Guarín
encabeza el cortejo fúnebre.
Foto Espectador.

Coronel Diógenes Gil, jefe
del cuartelazo.
Foto Espectador.

El Presidente López
se dirige al país momentos después
de regresar de Pasto a Bogotá.
Foto Cromos

Alfonso López, al llegar a
techo, saluda a su esposa, doña María
Michelsen, a su hija María López
de Escobar, y su nieto.
Foto Cromos

El Presidente Alfonso López,
desde el balcón principal del palacio
de La Carrera, saluda a la multitud que lo
aclama.
Foto Cromos
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