Ficha bibliográfica
Titulo:
Noche sangrienta en san Victorino. Asesinato de un cónsul norteamericano en bogota, 1826
Edición original: 2005-05-17
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-17
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Rodríguez Pablo

 

 

 

Revista Credencial Historia

EDICION 169
ENERO DE 2004

 

NOCHE SANGRIENTA EN SAN VICTORINO
ASESINATO DE UN CONSUL NORTEAMERICANO EN BOGOTA, 1826
Por: PABLO RODRIGUEZ

Tomado de:
Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
Edición 169

Enero de 2004

 

La noche del 13 de julio de 1826, cuando Bogotá buscaba la calma luego de años de guerra y devastación, ocurrió el macabro y nunca aclarado crimen del cónsul norteamericano para Santa Marta Harris E. Fudger. El primer y, tal vez, único diplomático americano de primer rango muerto violentamente en nuestro país. La siguiente es la descripción de la escena del homicidio y la posición del cadáver, hecha por el médico Dr. José Félix Merizalde, que por entonces iniciaba su brillante carrera y prestaba sus servicios profesionales al ejército.

 

Plaza de San
Victorino en Bogotá.

Acuarela de
François-Desiré
Roulin,
portada de su "Voyage pittoresque
en Colombie"',
terminado en Bogotá
el 26 de mayo de
1826.Colección Banco de la República, Bogotá.

"

En la ciudad de Bogotá a veinte de julio de mil ochocientos veinte y seis: Yo el alcalde parroquial por ante el presente escribano se le recibió juramento al Dr. José Félix Merizalde como profesor de Medicina y Cirugía, el que hizo en toda forma de derecho, bajo cuya gravedad prometió decir la verdad, y desempeñar las funciones de tal en cuanto al reconocimiento del cadáver del Sr. Cónsul Harris E. Fudger, y en su verdad dijo: Que antes de reconocer el cadáver del Sr. Harris E. Fudger, reconoció un sable que estaba cerca de su cama, el que estaba lleno de sangre desde la punta hasta la longitud de doce dedos transversos. La vaina estaba al pie del sable con una señal de sangre cerca del lugar en que estaban envueltos los tiros. En el taburete que tenía cerca de la cama estaba un librito abierto boca abajo cuyo título era Peores anécdotas, y una cajita encarriada con una píldora que tiene el escribano y que manifiesta ser de opio. Que deseando saber con qué objeto estaría esta píldora, preguntó al médico inglés Don Luis Daversen, que estaba presenciando el reconocimiento, quien dijo que se las había enviado para esa noche porque estaba enfermo, que sin duda sería de disentería, pues la vacenilla contenía una evacuación de un desinterio. Que deseando saber si el sable era del Sr.Harris, lo que preguntó a los ingleses que presenciaban el reconocimiento y le respondió el joven Lilán que sí era de Harris, quien le ponía siempre a la cabecera de su cama. Para investigar más si había otras armas registró todo el cuarto y halló sobre la mesa una pistolita que no tenía señal de haber hecho fuego con ella; y las navajas de barba que estaban en el estuche que se hallaba abierto, y ninguna de ellas tenía vestigio de sangre. Hecho esto, descubrió el cadáver que estaba cubierto con una capa azul y que tenía la cabeza tapada con el almohadón, estando su cama en un rincón. Las cobijas aparecieron con una cortadura que correspondieron a las que tenía en la camisa en el lado izquierdo del pecho, en que tenía una herida de latitud de cuatro dedos transversos y de profundidad de doce dedos, situada entre la tercera y cuarta costilla de las superiores verdaderas, la que le dividió el lóbulo izquierdo del pulmón, y el siniestro ventrículo del corazón, por lo que fue mortal en el acto. Para medir la profundidad introduje el sable de que he hablado, el que entró hasta el sitio en que estaba manchado de sangre. Procedí a investigar la herida que manifestaba tener en la garganta, la que hallé dividida como la de un cordero degollado, y la igualdad de la herida acreditada que el instrumento que le causó fue muy cortante. La postura en que estaba el cadáver es la misma de un hombre que duerme, pues sus miembros estaban moderadamente doblados, teniendo las manos muy poco separadas del pecho. La sangre derramada en la cama fue muy poca, y la cama estaba teñida en la parte que correspondía al pecho, sin estar ni salpicada la parte que correspondía a la cara, ni al sitio donde se coloca la almohada para dormir, ni al lugar del suelo y pared a cuyo lado estaba recostado.Dijo que de las diligencias y observaciones medico legales que practicó resulta que él no se asesinó, que se le mató en la situación en que lo cogió durmiendo, que murió en el acto en que se le dio la puñalada en el pecho, que fue la primera por las razones que va a exponer, que la herida del pecho corresponde en su profundidad con el sable que había al lado de su cama, pero en su latitud era más ancha, lo que acredita que el arma era más ancha, y que luego el asesino le introdujo su sable , pues la vaina ensangrentada anuncia que el agresor desembainó el sable estando ya con la mano llena de sangre, y que la colocó sobre la sábana que tenía una mancha igual a dicho sable, que con este no se degolló, ya por que su filo no corresponde a la naturaleza de la herida, ya por que para hacerla debía habérsele dado un gran golpe con la mitad del sable que no aparece untado de sangre, y ya finalmente por que estando acostado de medio lado había aparecido el degüello por ese lado, y no por delante, pues quedó igual espacio sin dividirse entre el lado derecho y el izquierdo. Que fue degollado después de la primera herida lo comprueban lo que se acaba de exponer, y el que si se hubiera degollado vivo las manos aparecerían dirigidas hacia arriba, y las plumas de sangre de las arterias carótidas y yugulares se habrían levantado hasta manchar la cabecera, la cama, la cabeza y hasta el pecho, pues así lo exige la inclinación de la sangre, y así lo comprueban los escritos médicos y mis propias observaciones en un soldado llamado Ardila que se degolló estando de guardia en el hospital San Juan de Dios, y un negro cochero del Sr. José María Lozano, a quien una mujer le degolló estando dormido, en quienes se vio que la sangre manchó no sólo todo el sitio en que estaban, sino las paredes y el techo. Finalmente expuso que habiendo practicado el reconocimiento delante del médico inglés Dr. Luis Daversen y siendo el caso muy arduo debe él exponer por separado su concepto para la más segura investigación de la verdad para mejor seguimiento del proceso y para satisfacción de los extranjeros que deben naturalmente adherirse a la exposición de un médico de la nación a quien pertenecía el Sr. Harris. Que esta es la verdad en fuerza del juramento que tiene prestado, le fue leída su declaración y en ella se afirma y ratifica. Dijo ser mayor de veinte y cinco años".

De este atroz crimen fueron inculpados el capitán, con grado 1º de Comandante de Caballería, Pedro Grant, de nacionalidad escocesa, de 33 años y con residencia en el país desde 1817; y el sargento 2º del Escuadrón Albión, Rey Luis, natural de Londres y de 28 años. El primero, según información del London Chronicle, había sido condecorado ocho años atrás por acciones audaces contra los españoles bajo el mando del general Páez. De acuerdo con el expediente, ambos arribaron al país con la Legión Extrajera y permanecieron en él en condición de militares. Poco o nada se conocían antes de la indicada noche del 13 de julio, aun así, para inquietud de los jueces, terminaron durmiendo juntos en la misma habitación. Aunque nunca se encontraron evidencias contundentes que permitieran condenarlos, expresiones temerarias del capitán Grant, ciertas amenazas y algunas incoherencias en las declaraciones hicieron que los jueces los mantuvieran en prisión bajo sospecha de homicidio. Los siguientes apartados de las declaraciones brindadas por ellos en el proceso judicial nos ilustran del contexto de los sucesos.

 

Preguntado el capitán Grant sobre qué pasó la noche del trece al catorce de julio, respondió: "que aquella noche estuvo desde las siete poco más o menos en la fonda de San Victorino y que estuvo allí hasta las diez y media poco más o menos y que los sujetos que estuvieron allí fueron el teniente coronel Godoy, teniente coronel Hand, el ciudadano Antoni Serna y otros sujetos que ahora no se acuerda; que habiendo salido de dicha fonda a la hora que tiene referida se fue con el sargento Rey Luis a dormir a su casa; que habiendo llegado a la puerta tocó muy fuerte para que abrieran, que bajó a abrirles el muchacho del mayor Solis cuyo muchacho después de haber cerrado la puerta se llevó las llaves a su cuarto; que el exponente se acostó a dormir y no volvió a saber más hasta el otro día a las siete y media que despertó [...] Preguntado si alguna vez el cónsul le dijo podía tener sospecha de que lo acechasen dijo que el único que se recelaba el cónsul era de un fraile mozo de la Pachita, y que esto se lo indicó al exponente delante de los tenientes coroneles Ancleto Clemente y Godoy. Preguntado a qué horas despertó el día catorce pasado y quién lo despertó, dijo que ese día por la mañana aclarando oyó golpear la puerta, se levantó en camisa y salió al balcón sin zapatos ni medias y preguntó al hombre que qué quería y le contestó: Sr. Coronel vengo a avisarle que han matado al Cónsul, entonces le contestó el exponente que se fuese a su hora mala y volvió a entrarse y se acostó hasta que lo despertó Rey Luis a las siete y media, a cuya hora se levantó y salió para donde el comisario, y que en la esquina de Capuchina se encontró Rey Luis con el carpintero Clark, cuyo individuo no conocía el exponente, que el declarante iba un poco adelante y Rey Luis como treinta pies atrás el que se quedó conversando con dicho Clark y llamó al exponente diciéndole que habían matado al cónsul a lo que se volvió el exponente y le dijo, no hay tal cosa, esas son chispas, a mí también me lo han ido a decir esta mañana y yo no he hecho alto. Preguntado por qué miró con tanta impavidez la muerte del cónsul siendo su amigo dijo que como era conocido andaban las chispas que querían matar a los extranjeros y mandaba no hacer caso porque eran mentiras".

 

El indicio decisivo que llevó a los jueces a dirigir su atención hacia el capitán Grant fue la pregunta pública que hizo en la misma fonda esa noche: ¿quiénes son dos hombres de valor que me acompañen a una empresa?. Aunque en sus declaraciones explicó que se trataba de escoltar un envío de oro, nunca logró despejar la inquietud sobre su extraña pretensión. El capitán Grant era una de las personas de reconocidas y frecuentes visitas al cónsul en su habitación de la Posada Boyacá, como también lo eran su médico inglés, el coronel Tam y una señora llamada Pachita y su madre. Éstas últimas, según se sabía, pasaban hasta altas horas de la noche. Era evidente que en el asesinato no hubo intenciones de robo, pues se sabía que el cónsul era de gastos modestos. Sin embargo, quien o quienes realizaron el homicidio sí conocían bien su habitación. También se dijo que el capitán Grant y el cónsul tenían mucha familiaridad, mas que a causa de la pérdida de distintos objetos, el cónsul dejó de hablarle, e incluso, que cuando el capitán pasaba frente a su cuarto el cónsul cerraba la puerta. Otra razón para implicar al capitán Grant fue el mensaje que, según Felipe Griffith, envió al dueño de la fonda: "Diga ud. que estuvimos hasta las ocho y media de la noche, si no, es hombre perdido". Esta tenaz aseveración no fue confirmada ni desvirtuada, aun por el mismo propietario de la fonda.

La fonda de San Victorino adquirió relevancia en este histórico suceso. Era lugar donde cenaban y departían ginebra los muchos militares de la Legión Inglesa que quedaron en la capital. Tanto el capitán Grant, el sargento Rey Luis y otros muchos militares que estaban allí aquella noche se comunicaban en inglés. De tal forma, es comprensible que la explicación del capitán, de que aun sin conocer al teniente lo hubiera invitado a' dormir a su habitación por el temor a los rumores que había contra los extranjeros tenía algún sentido. Lamentable y extrañamente el expediente en que nos apoyamos no incluye el Consejo de Guerra contra el capitán Grant, mas sabemos que fue condenado a diez años de prisión. El expediente se concentra en la inculpación de cómplice contra el sargento Rey Luis. Observemos algunos apartados de sus declaraciones: "Que la citada noche habiendo tenido incomodidad en su casa se propuso ir a dormir al cuartel, pero que antes de verificarlo se dirigió a la fonda de San Victorino, a donde llegó como a las nueve, poco más o menos, y habiendo entrado encontró al teniente Ross quien le brindó un vaso de ginebra, la que tomaron enseguida. Que habiendo entrado el sargento Infante con un soldado, el confesante le brindó las noches, que también tomaron. Que también estaba el capitán Pedro Grant conversando con el comandante Godoy. Que luego que se fueron Godoy, Infante y el soldado, el comandante Grant lo convidó a que fuese a dormir a su cuarto, diciendo que no le gustaba quedarse solo. Que en seguida se fueron juntos, habiendo accedido el confesante a la suplica del comandante por no irse solo al cuartel, pues aunque había convidado al teniente Ross, éste estaba en estado de no poder caminar por el mucho licor que había tomado, por lo que se quedó allí dormido".

No contento con las respuestas del sargento, el juez le insistió: "¿Durmió en una misma cama con Grant, o lo hicieron separados?". A lo que respondió: "Grant durmió en su cuja y yo dormí abajo". "¿Qué hicieron después de que llegaron a la casa?" Y dijo: "No hicimos otra cosa que acostarnos". "¿Qué conversación tuvo esa noche con Grant y si le dijo alguna cosa respecto al cónsul?". Y respondió: "No tuve conversación esa noche con Grant, ni me dijo cosa alguna respecto al cónsul". Luego le preguntó cómo vestían los dos esa noche, a lo que comentó: "Que el traje con el que andaba el Sr. Grant la noche del suceso fue el de cachucha y levita larga, y que él llevaba una casaca de uniforme de su cuerpo y viriví".

El funeral del cónsul Fudger contó con la presencia de todos los cuerpos militares, especialmente los de la Legión Británica. El cortejo partió, a las doce del día del 15 de julio, desde el Nº 5 de la Calle de San Juan de Dios. La ciudad entró en un sensible estado de pesar, mientras el capitán Grant y el teniente Rey Luis fueron detenidos y encarcelados. Este último pasó dos años en prisión antes de que se efectuara su Consejo de Guerra. En estos meses Rey Luis escribió cartas en las que se dolía del triste final de alguien que había ofrecido su vida por la libertad. En ellas denunciaba la miseria de los calabozos donde se lo había confinado; también que había sido golpeado por sus carceleros; incluso, que cambiaba su ración de alimentos por papel y tinta para escribir sus reclamos. Uno de los pocos defensores que aceptó asistirlo argumentó que debía ser procesado por la justicia civil, toda vez que el sargento ya no estaba formalmente afiliado a un cuerpo. Sin embargo, el fiscal señaló que desde su llegada al país había actuado y vivido como militar. El cual era el caso de muchos ingleses, escoceses, irlandeses y norteamericanos que habían arribado con la Legión Británica, habían prestado sus servicios en las confrontaciones, y una vez establecida la República continuaron viviendo en el país en condición de militares. Tal vez este fue un triste episodio final del decisivo y heroico papel jugado por los miles de combatientes anglosajones en la lucha por la Independencia. El Consejo de Guerra llevado a cabo contra el sargento Rey Luis lo encontró culpable de complicidad en el homicidio y lo condenó a dos años de prisión. Pero, tanto el juez como todo el Tribunal eran conscientes, y así lo dejaron constar en el expediente, de que no había pruebas suficientes para condenarlo. Aunque, como lo expresó el fiscal, "un crimen horroroso como este bien convenía que no quedara impune, así las pruebas fueran tan dudosas".

FUENTE

Este escrito se basa fielmente en el expediente: "Causa seguida contra el Sargento 2º. Rey Luis, por complicidad en el homicidio del Cónsul de los Estados Unidos en Santa Marta, señor Harris E. Fudger". Sección República, Fondo Criminales, Legajo 86, 2879, 1826-1828, fols. 120-240. El autor agradece a los funcionarios de la sala de consulta del Archivo General de la Nación por su generosa colaboración para el estudio de este documento. También, al señor Jacky Paul Benksinger, quien me informó de la nota periodística del London Chronicle.