|
UN
CALEÑO, REY DE HONOLULÚ
EL AVENTURERO QUE SE CONVIRTIO EN JEFE DE
LA GUARDIA DE PALACIO
Por: ALONSO VALENCIA LLANO
La ciudad de Cali, como
tantas otras ciudades y pueblos de nuestro país, ha tenido habitantes curiosos, cuyas
vidas, envueltas a menudo en un halo de leyenda, ha llegado a nosotros por diversos
medios. Este es el caso del "Rey de Honolulú", un curioso personaje que nació
en la parroquia de San Nicolás de Cali en 1862 y cuya fragmentada historia fue contada
por Andrés J. Lenis, sin duda el más importante cronista caleño.
|
Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
Edición 169
Enero de 2004
|
|
l rey de Honolulú no fue un caleño de aquellas familias
raizales de la ciudad que pregonaban su limpieza de sangre; tampoco un político de los
que se destacaron en ésta época tan llena de héroes populares y, desde luego, nunca fue
rey en parte alguna. Fue un personaje más bien anodino, si se tiene en cuenta que no se
conocen otros registros de su trayectoria que los que cuenta don Andrés en sus Crónicas
del Cali Viejo, quien lo retrata como un estudiante indisciplinado que no respondía a
los esfuerzos hechos por su padre -un humilde labriego- que aspiraba a que su hijo no se
dedicara a los ingratos oficios de la tierra.
Pues bien. Andrés
Avelino Montaño, como se llamaba el díscolo estudiante, era un muchacho que asistía a
la escuela de niños de Cali a comienzos de la década de 1870. Sus profesores le
reconocieron inteligencia, pero también una falta de aplicación al estudio que lo
llevaban a abandonar frecuentemente las aulas y a incursionar, con otros alumnos de igual
condición, por los montes cercanos a la ciudad, donde los muchachos cazaban y pescaban,
las más habituales actividades juveniles de la época. Sus frecuentes escapadas llevaron
a que su padre le propinara uno de los castigos de moda en aquellos tiempos, consistente
en algunos azotes, los que fueron considerados excesivos por Andrés Avelino, quien tomó
la decisión de huir de la casa paterna.
|
|
|
En efecto, en 1872, tomó
el camino de Buenaventura donde, haciéndose pasar por huérfano y con nombre supuesto,
logró embarcarse como ayudante de cocinero en uno de los barcos que con cierta frecuencia
llegaban al puerto atraídos por el auge de las exportaciones quineras, tabacaleras y
añileras. Esto lo llevó en un viaje por las repúblicas de Suramérica, para
desembarcar, tiempo después, en la isla de Cuba, entonces colonia española, donde
trabajó como dependiente de un español en una casa distribuidora de vinos radicada en La
Habana, que fue liquidada a la muerte del propietario. Ante la dificultad para encontrar
nuevo empleo, decidió embarcarse como "polizón" en un barco mercante que
viajaba hacia los Estados Unidos; descubierto y amarrado a la baranda del buque, fue
beneficiado con la caridad de algún viajero, quien le cubrió el costo del pasaje hasta
Nueva York. Allí escuchó hablar de las maravillosas islas Hawai, con sus inmensas
riquezas y la facilidad para encontrar empleo. Esto lo llevó a trasladarse a Oahu, en
cuya capital, Honolulú, se ocupó en diversos oficios.
|
|
|
Por esta época Hawai avanzaba en un proceso de
modernización acelerado por la pesca de ballenas, el comercio de licor y la producción
de azúcar, que llevaron a que muchos ingleses y norteamericanos se radicaran en
Honolulú. El poder político estaba en manos del rey David Kalakaua, quien reinó entre
1874 a 1891 en medio de la inestabilidad que producía el permanente enfrentamiento con
los señores del azúcar, quienes formaron una liga hawaiana en 1887 y habían preparado
sus propios ejércitos para derrocarlo y tomar el poder.
Estos acontecimientos
habrían de afectar la vida de Andrés Avelino, quien logró ocuparse como palafrenero del
Palacio Real de Kalakaua en momentos en que sobrevino una insurrección de soldados del
ejército contra el mandatario. Lo que sigue bordea lo fantástico: Andrés Avelino, en
lugar de amilanarse ante el ataque de los insurrectos los enfrentó armado de un garrote,
desarmó a algunos de los oficiales y encabezó la resistencia, con tan buena fortuna que
los conspiradores fueron vencidos dejando un gran número de bajas mientras que muchos
otros se daban a la huida. Esto convirtió a Andrés Avelino en un hombre de confianza del
gobierno y en el jefe de las tropas de Palacio, cargo de gran importancia que le permitió
ópoco tiempo despuésó contraer matrimonio con una distinguida señorita de la nobleza
local, lo que consolidó su posición.
Esto ocurría en medio
de una gran inestabilidad política en el archipiélago, pues en enero de 1893, la hermana
y sucesora de Kalakaua, la reina Liliuokalani, se preparó para proclamar una nueva
Constitución consolidando el trono, cuando un grupo de negociantes norteamericanos
armados ocupó el Tribunal Supremo y declaró abolida la monarquía, mientras imponía un
gobierno provisional en manos Sanford Dole (hijo de un misionero pionero) y solicitaba la
anexión a Washington, que fue rechazada por el presidente Grover Cleveland. De esta
manera, la reina conservó su trono hasta 1900, cuando el archipiélago fue anexado por la
potencia norteamericana. Todos estos conflictos consolidaron aún más la posición de
Andrés Avelino, pero también llevaron a que perdiera su mano izquierda por una herida
con arma de fuego. Durante todos estos años, su familia en Cali ignoró su existencia,
hasta el día en que recibieron un retrato en el que Andrés Avelino aparecía de pie
luciendo un vistoso uniforme militar que incluía alamares, casco y espada, imagen que
sirvió para que algún sobrino suyo, en una pelea de colegiales, demostrara que tenía un
tío que era el "rey de Honolulú".
De él no se supo más,
hasta cerca de treinta y cinco años después, cuando llegó al Hotel América de la
ciudad de Cali un extraño personaje, el señor Monteno: "Era un hombre alto,
fornido; de anchas espaldas, bastante moreno, chato; los cabellos negros y lacios; los
ojos oscuros, de mirada dura y tenaz. La barba y el bigote un poco ralos, pero cuidados
con esmero y recortados muy correctamente. El vestido era elegante de pies a cabeza, y
lucía un hongo gris, finísimo, del mismo color de las ropas. En síntesis, podría
presumirse que se trataba de un malayo de pura raza, quizás muy barajado con las
costumbres norteamericanas". No solo llamaba la atención su aspecto así descrito,
sino también el hecho de que poseía una mano postiza que movía mediante finos resortes.
Cierto día estaba el
forastero en el hotel conversando con el ciudadano norteamericano Mr. Enrique Shearer,
cuando se presentó delante de ellos una viejecita quien increpó a Monteno: "Te he
reconocido Andrés Avelino. Te fuites cuando apenas contabas diez años; pero allí
está la mesma cara de tu taita; sos idéntico. Pobre tu madrecita. No te suponés
cómo sufrió por tu escapatoria. Pobres viejos, que anhelaban tanto volver a verte; y se
murieron sin saber nada de vos en los últimos años, después de que mandastes ese
retrato lleno de perifollos... øNo me conocés?... No, imposible... Yo cuando te fuites
estaba mocita y vos eras un mocito saltón... øPor qué ponés esa cara de
herrero mal pagado?... Ya ves, soy una miserable mujer, nada tengo; en cambio, vos estás
rico y feliz. Pero no importa que no me reconozcás. Yo estoy dichosa con haberte visto...
Adiós".
Monteno negó conocer a
la anciana, pero Shearer contó después que, en un arrebato de sincera confianza,
admitió que todo lo dicho por la anciana era cierto y que él era Andrés Avelino quien,
dada su alta posición social, se avergonzaba de su humilde familia y que sólo había
regresado a visitar las ruinas del hogar de sus padres.
Después de esto se
marchó y jamás regresó a Cali, el sitio donde alguna vez se le tuvo por "Rey de
Honolulú".
|