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Dario
Echandía Olaya.
Oleo de Delio Ramírez Beltrán.
1953.
Museo Nacional de Colombia, Bogotá.
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Al hablar de los
estadistas y políticos del siglo XX, nos preguntamos por aquellos colombianos que han
tenido un papel dominante en el manejo del Estado y de las instituciones políticas
principales. Su mayor ambición es ejercer la presidencia del país, y el político que
triunfa es el que lo logra o está cerca de lograrlo. Por ello, si uno toma los políticos
mencionados en los volúmenes biográficos de la Gran Enciclopedia de Colombia (Círculo
de Lectores, 1994) encuentra que casi todos fueron presidentes, titulares o encargados, o
al menos candidatos a la presidencia. Las únicas excepciones merecen señalarse: los
personajes de la izquierda (Gerardo Molina, Diego Montaña Cuellar, María Cano, Ignacio
Torres Giraldo o Camilo Torres Restrepo), y algunas dirigentes feministas (Ofelia Uribe de
Acosta o Esmeralda Arboleda), por una parte. Por la otra, Estebán Jaramillo o Luis López
de Mesa, que parecen haber tenido vocación de ministros, y personajes como Joaquín
Vallejo, también ministro, que fue ante todo un empresario.
Credencial Historia ha seleccionado,
entre los estadistas del siglo, a seis presidentes (Restrepo, López Pumarejo, Eduardo
Santos, Laureano Gómez, Alberto y Carlos Lleras), a dos que habrían sido presidentes si
no hubieran sido asesinados (Gaitán y Galán) y a alguien que estuvo a punto de serlo
(Alzate Avendaño). Sólo Rafael Uribe Uribe no se acercó a la presidencia: vivió cuando
era casi imposible elegir un presidente liberal.
Entre los otros presidentes del siglo,
algunos dejaron imagen de constructores, de hombres pragmáticos preocupados por el
progreso, los caminos y las hidroeléctricas: Rafael Reyes y los ingenieros Pedro Nel
Ospina y Virgilio Barco, memorable además por haber reconocido la propiedad de casi la
quinta parte del territorio a los grupos indígenas. El juicio sobre otros está dividido:
a Belisario Betancur se le recuerda por los procesos de negociación con la guerrilla; a
César Gaviria por una Constitución descentralista y llena de instancias de defensa de
los derechos civiles y por la apertura económica; Misael Pastrana Borrero vive ante todo
en el UPAC y en el fin de los planes de reforma agraria, mientras que Guillermo León
Valencia, José Vicente Concha, Marco Fidel Suárez o Miguel Abadía Méndez se ven más
como administradores grises y sin grandes resultados. Más debate hay sobre Turbay, por la
tolerancia a los excesos militares y al desgreño y la corrupción de muchas entidades del
Estado; sobre Laureano Gómez, quien casi no ejerció el mando, y por supuesto sobre
Ernesto Samper, de quien se admira ante todo su talento para la maniobra política, pero
bajo cuya dirección el Estado perdió coherencia y eficacia.
Fuera de presidentes e izquierdistas, la Enciclopedia incluye a candidatos frustrados como
Benjamín Herrera, Guillermo Valencia y Gabriel Turbay, a designados como Echandía (quien
quizás tampoco tenía vocación de presidente), Liévano Aguirre (cuya obra principal fue
como historiador), Carlos Lozano y Lozano, Rafael Azuero o Jorge Holguín. A ellos habría
que añadir otro candidato presidencial, Gómez Hurtado. Y figuran Camilo C. Restrepo, un
empresario que fue gobernador de Antioquia, José Antonio Montalvo, ministro y
parlamentario, y Alejandro López, ideólogo del liberalismo y gerente de los cafeteros.
Estas casi cincuenta personas
(presidentes a cualquier título, candidatos, dos o tres ministros y dirigentes de
izquierda) tienen algunos rasgos visibles. Casi todos son abogados: los primeros
ingenieros son antioqueños (Pedro Nel, Mariano, Alejandro López). El primer graduado en
economía que figura en la lista es Barco, también ingeniero, y fuera de él sólo
Gaviria. Dos médicos: Gabriel Turbay y Luis López de Mesa.
Hay algunos grupos generacionales: el de
Carlosé, Abadía y Concha, que nacen en el mismo año, y son un poco mayores que
Guillermo León Valencia y Esteban Jaramillo. Llegan a la vida adulta con la
Regeneración, tienen experiencia militar y se inclinan por el civilismo. No son
agitadores de masas ni quieren cambiar el país: ordenarlo, más bien. La generación del
Centenario la marcan los liberales que llegan al poder en 1930: Olaya, López y Santos, y
los dos dirigentes del conservatismo: Gómez y Ospina. Aprenden a manejar opinión y
masas, aunque no impulsan la movilización popular. Escriben editoriales, tienen
periódicos, y manejan el país por más de treinta años. Sus contemporáneos
izquierdistas inventan los terceros partidos.
Los Nuevos tienen más formación
ideológica, lecturas más universales. Es una generación de grandes figuras liberales
(Echandía, Gaitán, Lleras Camargo, el creador del Frente Nacional, y Gabriel Turbay),
pero hay izquiedistas notables: Gerardo Molina el más consistente de los socialistas, y
Diego Montaña Cuellar. Un poco menores son los que administran el Frente Nacional: Lleras
Restrepo, López Michelsen y Julio César Turbay. El siguiente grupo incluye tres
presidentes coetáneos: Barco, Pastrana y Belisario. Y tras ellos, después de un gran
vacío, los tres últimos presidentes, todos nacidos después del 9 de abril.
A primera vista, estos dirigentes han
sido más civilistas, de mayor nivel técnico y cultural, de mejor capacidad retórica y
literaria que los dirigentes de los otros países hispanoamericanos. ¿Pero, han guiado
mejor el país? ¿Qué tan exitosos han sido los grandes políticos colombianos?
Por sus obras hay que conocerlos, y los
resultados son confusos: Colombia se modernizó como las otras naciones hispanoamericanas,
y creció y mejoró sus indicadores sociales básicos a un ritmo levemente superior al
promedio. Pero la democracia, que se ha mantenido más que en casi cualquier otro país,
no ha sido muy real; nos hemos contentado con aproximaciones vacilantes. Y esto se ha
pagado, como la desatención a obvios problemas sociales, el desinterés periódico por la
inversión en la educación, el rechazo a toda reforma agraria real, con los niveles más
altos de violencia de América, y los más prolongados quizás del mundo; no menos de
medio millón de colombianos han muerto violentamente en este siglo. El país que
construyeron no funciona bien, y ante sus problemas los estadistas colombianos se fueron
acostumbrando a adoptar soluciones retóricas, verbales y engañosas: frentes nacionales,
pactos y acuerdos de paz, reformas legales o constitucionales que conceden en las palabras
la democracia o la paz que la realidad desmentirá.
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