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Abril de 1939: El
presidente Alfonso López Pumarejo (en el círculo) y sus ministros
clausuran las sesiones del Congreso, después de nueve meses de
debate sobre las reformas.
Darío Echandía, Alberto Lleras y Gabriel Turbay, entre otros
estuvieron presentes.
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EL triunfo liberal de 1930, que llevó al poder un partido ávido de mundo
y de influencia, planteó en forma rápida la necesidad de una reforma
constitucional. El liberalismo se sentía identificado con las corrientes
renovadoras que habían triunfado en otras regiones del mundo, como la
revolución mexicana, la república española o incluso el New Deal de
Franklin D. Roosevelt. La Constitución de 1886 aparecía como una carta
teocrática, apta para una república rural, atrasada y tradicionalista.
La crisis económica de 1929 y los graves conflictos rurales y obreros de
la década del veinte parecían exigir nuevos instrumentos legales. El
liberalismo planteaba, como respuesta a los desafíos, un programa de
Estado intervencionista, capaz de orientar la vida económica y de
colocarse como árbitro en los conflictos entre las distintas clases
sociales.
El gobierno de Alfonso López, elegido en 1934 sin oposición
conservadora, asumió en forma inmediata el propósito de reformar la
Carta, y desde septiembre presentó al Congreso diversos proyectos en
esta dirección. Los primeros debates, sin embargo, se produjeron por el
desacuerdo sobre el modo de hacer la reforma y sobre sus alcances.
Algunos liberales preferían convocar una Asamblea Constituyente, y la
mayoría de ellos era partidaria de escribir una Carta completamente
nueva, que presentara en forma coherente una nueva visión del Estado, en
vez de hacer reformas concretas y limitadas a las normas de 1886.
El gobierno terminó imponiendo su criterio, de modo que finalmente se
decidió que sería el Congreso el que asumiría la tarea y que se trataría
de una reforma parcial. La tarea se inició en serio en la legislatura de
1935, conformada exclusivamente por miembros del partido liberal. En
efecto, el conservatismo había decretado la abstención electoral desde
1934 y practicaba una oposición radical.
Las propuestas presentadas por el gobierno incluían nuevas formulaciones
del derecho de propiedad, un replanteamiento de las relaciones entre el
Estado y la Iglesia, y una serie de medidas modernizadoras en el campo
social y político. El país se dividió alrededor de estos temas: un grupo
de izquierda dentro del liberalismo, encabezado por Gerardo Molina y
José Vicente Combariza (José Mar), propuso una Constitución que acogiera
las aspiraciones de sectores sindicales y amigos del socialismo; entre
tanto, los conservadores comenzaron a denunciar las propuestas como
parte de un proyecto liberal, masónico y socialista para destruir la
religión y las bases del orden político. El gobierno mantuvo una
posición moderada, tratando de subrayar la perspectiva liberal y no
socialista de su proyecto, y el carácter modernizador pero no
antireligioso de sus propuestas. Esto no fue fácil, y el joven ministro
de Gobierno Alberto Lleras Camargo, así como el ministro de Educación
Darío Echandía, tuvieron que enfrentar una situación muchas veces
explosiva.
La Iglesia estuvo entre los grupos más opuestos a algunas de las medidas
aprobadas en el Congreso. Cuando, a comienzos de 1936, la Cámara,
después de suprimir el artículo que daba reconocimiento explícito al
carácter mayoritario de la religión católica, decidió hablar de "orden
moral" en vez de "moral cristiana", la jerarquía expidió una declaración
desafiante contra "la obra demoledora" del régimen liberal, que
pretendía establecer la libertad de cultos y de conciencia, junto con
otras medidas igualmente inaceptables. La Iglesia anunciaba que si se
aprobaba la Constitución, "ni nosotros, ni nuestro clero, ni nuestro
fieles, permaneceremos inermes y pasivos". En forma simultánea el
Directorio Nacional Conservador invitó a sus seguidores a la
desobediencia contra una Constitución y unas leyes injustas.
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El presidente López se dirige al Congreso, abril de 1936.
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Alfonso López Pumarejo, gran promotor de la reforma constitucional
de 1936.
Oleo de Luis Felipe Uscátequi, 1939, Museo Nacional.
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A
pesar de todo, la Constitución fue aprobada, aunque después de modificar
muchas de las medidas que tropezaron con mayor oposición. Se dio gran
significación a la declaración de la propiedad como "una función social
que impone obligaciones", así como las modificaciones en el régimen de
expropiaciones. En la práctica, no fueron muchos los efectos de estas
normas, pues sus aspectos más novedosos nunca se desarrollaron. De mayor
significación fue el reconocimiento del papel del Estado en la
orientación y "racionalización" de la economía, así como los avances
sociales y políticos aprobados: el reconocimiento del derecho de huelga
y del derecho de las mujeres a ocupar empleos en la administración; el
establecimiento del sufragio universal, sin restricciones de riqueza o
alfabetismo y la incorporación de la libertad de conciencia en la
Constitución. No fue una revolución, pues no era esto lo que querían sus
principales promotores, Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras y Darío
Echandía: lo que buscaban era adecuar el liberalismo a un país en
desarrollo, y si no lo lograron del todo fue porque su mismo partido
resultó demasiado tímido.
Más de 30 años después otro presidente liberal, Carlos Lleras Restrepo,
promovió una reforma constitucional que en algunos aspectos era tan
ambiciosa como la de López. La Carta había sido ya alterada: en 1944 y
45 el mismo López había promovido algunas reformas más limitadas, y en
1957 el pueblo colombiano había creado, mediante plebiscito, un sistema
de gobierno compartido entre liberales y conservadores.
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Firma del Acto
Legislativo reformatorio de la Constitución, el 6 de agosto de 1936,
en el Palacio
de la Carrera: Carlos M. Pérez, presidente de la Cámara, Eduardo
Santos, presidente del Senado,
Alfonso López Pumarejo, Pedro Alejo Rodríguez, presidente de la
Corte Suprema de Justicia.
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A
diferencia del 36, cuando se partió de la idea de que lo urgente era
adecuar la Constitución a la realidad social del país, ahora el eje
estuvo en la necesidad de fortalecer el Estado para convertirlo en un
organismo más eficiente y moderno, menos sujeto a los intereses casi
profesionales de los políticos y más atento a las demandas de los
sectores productivos del país. El contexto político era, en muchos
aspectos, distinto. En vez de un partido de gobierno hegemónico, el
presidente contaba con un apoyo mixto de liberales y conservadores, pero
una parte importante del Congreso pertenecía a la oposición. En el
liberalismo, Alfonso López Michelsen acaudillaba el Movimiento
Revolucionario Liberal; en el conservatismo el grupo laureanista se
oponía al gobierno y, para acabar de ajustar, se había formado un grupo
partidario del general Gustavo Rojas Pinilla.
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Carlos Lleras Restrepo al asumir el mundo, agosto 7 de 1966.
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El escaso apoyo del Congreso marcó desde el comienzo el ritmo de avance
de los proyectos de reforma. Lleras había propuesto en varias ocasiones
su realización, pero prácticamente en forma simultánea con la
presentación de las propuestas del gobierno, el MRL presentó un
detallado proyecto, elaborado en buena parte por López y por Indalecio
Liévano Aguirre. A la larga, el gobierno, bloqueado por la oposición del
Congreso, solo pudo lograr la aprobación de la reforma en 1968,
acogiendo buena parte de las propuestas del MRL y haciendo toda clase de
concesiones a los parlamentarios, fuera de las presiones de toda índole
que tuvo que ejercer el presidente.
El problema surgía ante todo de que Lleras pretendía fortalecer el
ejecutivo, para darle mayor control de la inversión pública y hacer más
eficiente su actuación. Esto debilitaba en muchos aspectos el papel del
Congreso, cuyo tamaño quería además reducir. Para la aprobación en
primer debate, en 1967, el presidente renunció en forma espectacular, y
luego tuvo que conceder a los congresistas un alza de dietas para que
votaran favorablemente. La aprobación definitiva se hizo luego de que el
gobierno estableciera los auxilios parlamentarios, y aceptara que varias
de sus ideas no se realizaran. El número de parlamentarios no disminuyó,
ni se logró avanzar en el proceso de desmonte del Frente Nacional. Para
lograr el apoyo de los conservadores orientados por Mariano Ospina Pérez
se prolongó el Frente Nacional hasta 1978 y se estableció la obligación
de dar al segundo partido una participación "equitativa y adecuada" en
el gobierno. El acercamiento con el MRL culminó con la unión liberal y
el ingreso de López al gobierno, primero como gobernador del Cesar y
luego como ministro de Relaciones Exteriores.
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Firma (le la reforma en el Salón Bolívar del Palacio de San Carlos,
el 12 de diciembre de 1968.
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Manifestación de
respaldo a Lleras Restrepo, el martes 11 de junio de 1968, luego que
el presidente renunciara para presionar la aprobación de su reforma
constitucional por parte del Congreso.
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La
reforma que finalmente fue aprobada cumplía, a pesar de todo, con las
intenciones del presidente: el Congreso perdió la iniciativa en el gasto
público, los institutos descentralizados quedaron bajo un control del
ejecutivo, y se extendió el período de los representantes a cuatro años.
López logró crear la figura de la "emergencia económica" y una
declaración de principios en relación con la intervención del Estado, al
vincularla a una política de ingresos y salarios y de pleno empleo, y al
determinar que el objetivo principal del desarrollo económico es la
justicia social y el mejoramiento armónico e integrado de la comunidad y
"de las clases proletarias en particular". Las doctrinas económicas de
Keynes alcanzaban así un rango constitucional.
Tampoco esta reforma logró sus objetivos. La modernización del Estado se
hizo a costa de consolidar los vicios del clientelismo y de un proceso
de creciente corrupción y pérdida de importancia del Congreso y de los
políticos profesionales. La prolongación del Frente Nacional condujo a
acentuar el congelamiento político que se había producido en el país y
que López Michelsen tanto había denunciado. Colombia empezó a generar
esa paradoja de un Estado eficiente y capaz en muchos aspectos
económicos y administrativos, pero impotente en los temas que
tradicionalmente se han asignado al Estado: garantizar los derechos
básicos de los ciudadanos mediante un sistema adecuado de justicia y un
orden político que tenga la aceptación de la mayoría de los ciudadanos.
Las dos reformas comentadas, realizadas mediante el procedimiento de la
aprobación por el Congreso en dos legislaturas distintas, fueron
impulsadas por dos presidentes decididos y con una amplia visión. La
primera contó con el apoyo de un partido liberal lleno de energía; la de
1968 se hizo contra un Congreso que no se preocupó sino por conservar
sus prebendas. Por ello la primera, aunque más audaz, logró una
coherencia que contribuyó a su aceptación por la sociedad. La segunda
tuvo mucho de colcha de retazos, a pesar de sus logros indiscutibles, y
pronto condujo a la sensación de que la Constitución había dejado de
servirle a Colombia.
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