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Al mencionar hoy la palabra villancico,
es inevitable evocar inmediatamente la música de las festividades navideñas. Algo
similar ocurre en España, en toda América Latina y en las comunidades hispánicas de
otros países del mundo, notablemente la de Estados Unidos. Sin embargo, los villancicos
durante el período anterior al siglo XIX no estaban exclusivamente asociados a la
Navidad. Desde el siglo XIV la palabra villancico se refiere a una canción o composición
poética con música inspirada en los cantos y bailes de los campesinos y labradores,
llamados en ese entonces villanos, por ser quienes vivían en las villas y aldeas, en
oposición a los más refinados habitantes de los centros urbanos.
El Diccionario de autoridades e 1739 trae esta
definición, y distingue al villano del «hidalgo o noble»; ya añade que «se tome a sí
mismo por rústico» y descortés, y «significa también ruin, indigno o indecoroso».
Estas nociones, al igual que el notorio paternalismo español con respecto a la tradición
popular, explica el uso de la palabra villancico (con el diminutivo) que ya desde la
definición de Sebastián de Covarrubias de 1611, indica que se hacían en «imitación»
de las canciones que «suele cantar la gente del campo».
Estos cantos se decían en castellano o
en los dialectos regionales haspánicos y están documentados desde los siglos XI y XII,
ejemplificados por las jarchas, o pequeñas estrofas que sirven de estribillos y que
figuran al final de ciertos poemas hebreos o árabes españoles, que si bien están
escritos en la grafía de estos idiomas, al leerse se oyen en castellano. La tradición de
usar fragmentos de los cantos populares en la poesía culta se continuó en los siglos
siguientes y de éstos son evidentes ejemplos las serranillas y villancicos poéticos de
autores como el Arcipreste de Hita (ca.1270 - ca.1350) y el marqués de Santillana
)1398-1458).
La estructura de este género está
constituida por un estribillo y una o varias estrofas que con el tiempo se vinieron a
conocer con el nombre de coplas. A pesar de que son comunes todos los esquemas de
versificación, predominan sin duda las cuartetas de seis y ocho sílabas. La
interpretación tradicional de estas piezas es la alternación del estribillo con cada una
de las estrofas o coplas, tal como parece estar sugerido en la estructura de las ya
mencionadas jarchas. El procedimiento seguido por la mayoría de los poetas para
incorporar los elementos populares en la poesía culta fue la llamada glosa, es decir, la
composición de varias estrofas sobre un estribillo tomado de la tradición oral. Algunos
géneros asociados al villancico, especialmente desde los siglos XVI y XVII, son el
romance y la seguidilla. El primero es una serie de versos con rime asonante en los versos
pares y que generalmente es de tipo narrativo, y las segundas son estrofas que combinan
versos de seis, siete u ocho sílabas con otros de cinco . Ambos fueron muy usados en
formas con acompañamiento musical con estribillos, siguiendo el patrón formal de los
villancicos.
Este tipo de composición en el contexto
religioso estuvo sujeto a censura y prohibición por parte de las autoridades
eclesiásticas desde los primeros tiempos de la Iglesia católica hasta aproximadamente
finales del siglo XV. Dichas prohibiciones mencionan el uso de cantos y bailes que, según
algunas tradiciones, se hacían en los atrios y aun dentro de las iglesias y que en muchas
ocasiones estaban asociados a representaciones o dramas de asunto religioso, que en el
período medieval fueron importantes instrumentos para el acercamiento de las clases
subalternas al dogma y a la práctica religiosa. Estas manifestaciones eran consideradas
«paganas» y existe evidencia de uso durante los siglos XIII y XIV, pero aparentemente la
introducción de canciones en lenguaje vernáculo durante el oficio religioso es atribuida
al primer arzobispo de Granada, Hernando de Talavera.
La reconquista de Granada de manos de los
musulmanes en 1492 fue junto con la llegada de los españoles a América el comienzo de un
cambio fundamental en el catolicismo español, que en pocos años abonaría el terreno que
permitiría el surgimiento de figuras como Vicente Ferrer, Bartolomé de Las Casas e
Ignacio de Loyola, autores de doctrinas que afectaron profundamente la relación entre la
religión y la sociedad española del momento. El establecimiento del tribunal de la
Inquisición con la aceptación de la intolerancia religiosa, el proyecto de una Iglesia
humanitaria y cercana a los desposeídos y el uso de la religión y de sus aspectos
externos por parte del poder son aspectos que emanan del pensamiento de los autores
mencionados y que son características fundamentales de la sociedad española del Siglo de
Oro.
Muchos autores coinciden en que los
esfuerzos que la Iglesia hizo para lograr la incorporación de la gran población morisca
del reino de Granada fue un taller de experimentación muy importante para la tarea de
cristianización y acultuación de los indígenas americanos. De esta forma, el uso de
canciones en castellano en la liturgia católica, especialmente como reemplazo de los
responsorios del oficio de maitines por los villancicos apropiados a las diferentes
ocasiones litúrgicas, se vincula en esencia a un uso político de la música, la poesía
y los aspectos visuales del culto pare la consolidación de la unidad en la sociedad
peninsular y la incorporación de la población indígena americana al vasto imperio
ultramarino español.
La tradición más popular del villancico
español era la profana, que continúa aquella música plasmada en las colecciones de
poesía lírica o cancioneros, producto de intelectuales o poetas cortesanos que en
algunos casos también eran compositores, como es el caso de Juan del Encina (1469- 1529),
quien es autor de varios ejemplos de este género alusivos a la conquista de Granada. De
él es el romance ¿Qué es de tí, desconsolado?, que pone en boca de Boabdil, el último
rey nazarí de Granada, un sentido poema de la más castiza tradición hispánica, en que
el destronado monarca musulmán tiene que admitir que Dios estaba de parte de Fernando e
Isabel y se le llama con claro ánimo propagandístico a abrazar la fe católica:
Torna, tórnate buen rey
a nuestra ley consagrada,
porque si perdiste el reino
tengas el alma cobrada.
Según Dios trace sus hechos
la defensa era excusada,
que donde El pone su mano
lo imposible es casi nada.
De corte popular y dentro de la
tradición que sería las más común, Encina es autor de otro villancico en el que dos
sencillos pastores, Pascual y Carrillo, comentan en los alrededores de Granada la reciente
victoria de sus reyes; Carrillo, usando el habla de los pastores montañeses, incita a
Pascual a bajar a la ciudad:
¡Levanta, Pascual, levanta
aballemos a Granada
que se cuenta que es tomada!
Sin embargo, el proceso de introducción
del villancico sería lento y al comienzo las festividades de Navidad Epifanía, Corpus
Christi y en menor grado Semana Santa eran las ocasiones privilegiadas para su
interpretación. Los años de consolidación de la Contrarreforma fueron definitivos para
la popularización de este género, como parte de la propaganda religiosa dirigida a
contrarrestar a calvinistas y luteranos, quienes precisamente mantenían que los cantos
sencillos, en lengua vernácula y cantados por toda la colectividad, eran la vía
verdadera de la devoción popular, en oposición al boato y la exhuberancia del fasto
religioso católico. Los villancicos eran la contraparte católica de los sencillos himnos
protestantes y fueron usados por el clero contrarreformista, especialmente por los
jesuitas, con similar intención proselitista.
Como se ha mencionado, durante el siglo
XVI en España el villancico de tema amoroso y cortesano, al igual que el de orientación
popular, se convertiría en el equivalente del madrigal italiano o de la chanson francesa,
géneros que se pueden considerar los mejores exponentes de la refinada tradición
poético-musical europea. Esto ocurría durante el reinado de Carlos V y en ciertas cortes
italizanizantes como la de Valencia, pero con la llegada al trono de Felipe II en 1556 se
consolidó la composición de vi-llancicos religiosos, conocidos también como villanescas
o chan-zonetas, o lo que fue más común, la composición de textos «a lo divino» para
obras profanes, con textos conocidos como «humanos». Los cancioneros de este período,
entre los que sobresale la antología conocida como Cancionero de Medinaceli, contienen
este tipo de obras; pero la primera colec-ción integral de ellas es la del compositor
sevillano Francisco Guerrero (1528--1599), denominada Canciones y villanescas
espirituales, publicada en Vene-cia en 1589 por Giacomo Vincenti, uno de los más
prestigiosos impresores musicales del momento. Esta importante colección se convirtió en
un modelo imitado por los compositores de la siguiente generación, y en ella predominaban
los villancicos para la fiesta de Navidad, pues desde ese momento fue la principal
ocasión para su uso. Uno de los más atractivos lo constituye un diálogo, o mejor, una
dispute entre dos pastores, Gil y Pascual, sobre quién describe mejor los atributos del
recién nacido en Belén :
Apuestan zagales dos
por el zagal soberano,
dice Gil que es hombre humano
v Pascual dice que ¡es Dios!
Después de una colorida y culterana
controversia, por cierto bastante impropia de personajes rústicos, un tercer personaje
interviene:
Y el juez que es Juan Lozano
dice que aciertan los dos
y así el cave queda llano
y el zagal por hombre y Dios.
Otro ejemplo de la colección tiene un
inteligente texto, aplicable a la festividad navideña al igual que a la del Santísimo
Sacramento. El texto se refiere al día de la fiesta y sintetiza el evento así:
Todo cuanto pudo dar
este día nos ha dado
¡Dios y hombre en un bocado!
La colección de manuscritos musicales
pertenecientes al Archivo Capitular de la Catedral de Bogotá constituyen, junto con las
de Puebla, México, Oaxaca, Sucre y Guatemala, una de las más ricas muestras del
villancico de América. El grueso de esta colección está constituido por música
compuesta entre 1650 y 1770 y contiene villancicos para Navidad, Corpus, las diferentes
fiestas marianas y una amplia lista de santos, entre los que se destacan aquellos
relacionados con las principales órdenes religiosas del período colonial, como los
dominicos, franciscanos, agustinos y jesuitas, al igual que las santas relacionadas con
los monasterios femeninos: clarisas, carmelitas descalzas, de la Concepción y Santa
Inés.
Eran frecuentes también los villancicos
compuestos para las profesiones re-ligiosas, especialmente de monjas, al igual que para
los festejos de los nacimientos y coronaciones reales, tal como uno que se halla en el
archivo local y que fue compuesto con ocasión de la coronación en 1724 de Luis I, hijo
de Felipe V y quien llegó a ser rey después de la abdicación de su padre, pero que
murió pocos meses después, obligando a su padre a retornar al bono. El anónimo autor
del texto sintetiza en forma magistral la situación:
Sin perder al gran Filipo
es fortuna que corone,
nuevo rey al Nuevo Reino
y que dé uno y otro goce.
Si en el ejemplo anterior se pone de
manifiesto que uno de los dos aspectos más importantes y vitales de la tradición de
versificación española, es decir, el de la improvisación sobre temas actuales o
repentismo, en otros casos se hace gala de un gran conservadurismo y apego estricto a la
tradición. En uno de los villancicos más interesantes del maestro de capilla José
Cascante, quien dirigió los destinos de la música en la Catedral de Bogotá por más de
cincuenta años, se reproduce la disputa de la obra de Guerrero, de más de un siglo de
vida, en la que se trata de describir mejor las virtudes del recién nacido. Los dos
contrincantes indican:
Que no hay cosa en el mundo
de más sazón,
que escuchar a dos necios
con presunción.
Después de una larga serie de adjetivos,
uno más exagerado que el anterior, y haciendo gala del conocimiento de muchos temas
profanos y eclesiásticos, ellos mismos --esta vez sin necesidad de un juez-- concluyen:
Y los dos, Niño mío,
tenemos razón
que hombre y Dios amante,
cordero y león,
todo lo sois vos.
Uno de los temas más comunes en los
villancicos navideños, tanto de España como en América, fue el de la alusión a las
características y al tipo de lenguaje de minorías étnicas y grupos marginales. En el
caso de la península ibérica, los gallegos, asturianos, vascos y portugueses eran
protagonistas de graciosos villancicos en los que las palabras en dialecto y la
deformación del castellano propia de su peculiar pronunciación fueron imitados y crearon
estereotipos seguidos durante décadas. En el caso de los grupos marginales, tal vez los
más rele-vantes para nuestro caso son los de esclavos africanos y los indígenas
americanos, aunque en el medio peninsular se seguía incluyendo a labradores y pastores
desde una perspectiva paternalista, reflejada en el ingenuo lenguaje y los simples
conceptos a ellos atribuidos. Por su parte, igual ocurría con los gitanos, a los que
dentro de la consolidación de los estereotipos ya mencionados no se les dispensaba de la
alusión a su tradición de comerciantes deshonestos y ladrones, y la mayoría de los
textos contienen además elementos onomatopéyicos referidos a los panderos y sonajas
usados en sus bailes.
El «habla de negro» hispánica, con sus
típicos giros como el cambio de la «r» por la «1» y la confusión en el uso de los
artículos, es el lenguaje más usado en los villancicos de negros, que a menudo incluían
también algunas palabras extraídas de los lenguajes africanos u otros que simplemente
sonaban africanos y reforzaban el estereotipo, que también les asignaba un papel ingenuo
y de seres humanos en «estado natural». Generalmente dichas palabras, como «zulum-ba»,
«gurumbe», «zanzé» o «zambacate», cumplen un papel rítmico en la pieza musical y
es posible que en realidad estén relacionadas con términos musicales en los lenguajes
africanos, aunque por ahora no contemos con elementos suficientes para confirmar o negar
esta hipótesis.
Con frecuencia también los puntos de
origen del embarque de esclavos eran incluidos en los textos; de esa forma Guinea, Angola
y Santo Tomé son comunes en dichos textos, y es importante anotar que el estereotipo
conformado a finales del siglo XVI y durante el siglo XVII se mantuvo, y no se modificó
cuando la trata esclavista de los portugueses cedió el paso a los holandeses, franceses e
ingleses y a nuevos puntos de embarque como el castillo de Elmina o la Costa de Oro,
Dahomey o la Costa de los Esclavos, sitios que nunca aparecen mencionados en estas obras.
El estilo musical del villancico seguía
siendo el mismo, esto es, un estribillo y unas coplas y estrofas que contaban una
historia. Muchos de ellos en su interpretación incluían instrumentos como el arpa, las
cornetas y el bajón, y eran cantados por grupos de hombres debido a la prohibición de
las mujeres en la música religiosa, con excepción de los conventos femeninos, donde las
cantantes e instrumentistas eran las monjas mismas. En los años finales del siglo XVIII,
el villancico incorporaba elementos nuevos tomados de la música profane e instrumental,
entre los que vale la pena destacar la estructura del aria da capo, que se había
convertido en la espina dorsal de la ópera italiana. Más tarde la tonadilla escénica
también prestaría muchos de sus elementos estilísticos a la interpretación del
villancico, antes de que éste fuera definitivamente proscrito de la liturgia a finales
del siglo XVIII.
Sin embargo, la tradición se mantuvo en
la periferia cultural española y en América, donde entre campesinos e indígenas se
siguió practicando durante el siglo XIX cuando, como lo muestra el escritor costumbrista
Eugenio Díaz, constituía uno de los aspectos más tradicionales y pintorescos de la
cultura popular de los nuevos países. La celebración de la Navidad en Chapinero, con el
traslado de las familias santafereñas, incluía como uno de los aspectos más esperados
el canto de los villancicos navideños, que al ser retomados por quienes desde una
perspectiva de anticuarios los popularizaron en la cultura urbana, se fueron renovando con
repertorio recién llegado de España y de otros países americanos en donde se presentaba
el mismo fenómeno.
Este proceso se fortaleció a comienzos
de este siglo, especialmente en los años 20 y 3O, cuando dentro del nacionalismo español
se llevó a cabo un trabajo de recuperación de las tradiciones culturales campesinas y se
las incorporó a la cultura urbana, tradiciones que fueron rápidamente absorbidas por
ciertos medios culturales latinoamericanos que abrazaban un nuevo hispanismo de forma
entusiasta, especialmente con motivo de la Exposición de Sevilla. Ya para este momento,
villancico significaba solamente una canción de Navidad, manteniendo en realidad muy poco
del estilo producto de su larga historia en España y América, presencia que fue
determinante en la formación de la cultura musical española.
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