Cuando
[López] llegó al poder había
en Bogotá una llamada Escuela de
Medicina, otra denominada Escuela de Derecho
y una tercera con el nombre de Escuela de
Ingeniería, sin vínculos de
ninguna clase entre sí.
Cada una de esas Escuelas tenía su
Rector propio.
Es muy probable que en una sociedad tan
reducida como era la de Bogotá entonces,
esos tres caballeros se encontraran con
más o menos frecuencia en reuniones
sociales. De lo que sí estoy cierto
es de que jamás cambiaron ideas sobre
la tarea que les estaba encomendada. Cada
cual estaba establecido por su cuenta.
El concepto de Universidad no existía
sino de manera puramente nominal. La única
cosa para la cual servían las palabras
“Universidad Nacional” era para
adornar los diplomas de grado que cada una
de las Escuelas repartía a su amaño.
López, que nunca fue universitario,
se dio cuenta, sin embargo, de que eso no
podía continuar así y de que
era menester crear la Universidad Colombiana.
Asesorado por personas muy bien seleccionadas
se dio primero a la tarea de hacerle comprender
al país que se necesitaba una verdadera
Universidad Nacional, realmente orgánica,
y que para ello era menester coordinar,
ampliar y mejorar las actividades docentes
en ese ramo.
Animando aquí, acosando allá,
indagando, discutiendo, llevándole
muchas veces la contraria al interlocutor
para poner a prueba los puntos de vista
de éste, logró López
que se expidiera la ley 68 de Diciembre
7 de 1935.
Sepultado el sistema de las tres Escuelas
independientes, comenzó a integrarse
la Universidad Nacional con un Consejo Directivo
al cual llegaban todos los problemas administrativos,
un Consejo Académico que se ocupaba
de los problemas docentes y los Consejos
particulares de cada facultad.
A la cabeza de la Universidad un Rector
y a la de cada facultad un Decano.
Por primera vez los estudiantes tuvieron
injerencia en el manejo de la Universidad,
pero una injerencia limitada, discreta,
bien balanceada, que no dejaba al arbitrio
y capricho de ellos la suerte de la Institución.
Pero para que la Universidad correspondiera
a la idea que López se formó
de ella no bastaban la ley y el decreto.
Era menester algo más: La Ciudad
Universitaria.
Contra viento y marea; venciendo toda clase
de resistencias, desafiando ataques, sobreponiéndose
a la incomprensión de muchos de los
profesores y de los alumnos, adquirió
una extensa zona de terreno situada exactamente
en el centro de la herradura que configuraba
la Bogotá de entonces.
--Bogotá –explicaba él—ha
ido adquiriendo esta absurda configuración
de herradura porque los terrenos que quedan
en el centro pertenecen a ricos propietarios
que no los han querido vender ni urbanizar
y que están esperando que se valoricen
con el esfuerzo de los demás. Hay
que adquirirlos a toda costa, agregaba.
Cuando alguien le decía que era un
absurdo emplazar los edificios de la Ciudad
Universitaria en unos potreros que quedaban
lejos de todo, sacaba el mapa de Bogotá
y mostraba cómo esos terrenos iban
a ser el centro de la ciudad.
A los que no se convencían con el
mapa los llevaba en avión a volar
sobre Bogotá para que se dieran cuenta
de que no había mejor ubicación
que esa.
Quizás en ninguna otra empresa encontró
López mayores resistencias que en
su plan de la Ciudad Universitaria.
Fue agredido, calumniado, vejado por el
hecho de haber pensado en prestarle al país
ese inmenso servicio.
Sólo viendo un plano de Bogotá
de hace treinta años [el autor
escribe en 1965] resulta posible darse
cuenta de la cantidad de prejuicios que
López tuvo que vencer para imponer
su idea de la Ciudad Universitaria. Quienes
no lo atacaban agresivamente por esa que
parecía una audacia incalificable,
le hacían, en una u otra forma, consideraciones
de diverso orden para que desistiera de
su propósito.
En una de las innumerables reuniones que
hubo en Palacio con ese motivo, un afamado
educador, naturalmente deseoso de que el
Presidente lo dejara hablar con todo detenimiento,
creyó que el mejor modo de aplacar
el espíritu de contradicción
de López era el de comenzar diciéndole
--Partiendo de la base de que en muchas
cosas estoy en completo acuerdo con su Excelencia…
--¿Está de acuerdo conmigo?—replicó
López—Entonces es que no me
ha entendido.
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(Del libro López,
una biografía sobre el Presidente
Alfonso López Pumarejo, el caudillo
de “La Revolución en Marcha”,
que modificó las estructuras de Colombia
en los años 30, por Eduardo Zuleta
Ángel. Segunda Edición, Ediciones
Gamma, Bogotá, 1986. Coordinación
de Consuelo Mendoza de Riaño y Pilar
Lozano)