|
|
|
|
|
EDICION
180
DICIEMBRE DE 2004
|
|
|
|
|
|
|
TESTIMONIOS
|
Tomado
de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
Edición 180
Diciembre de 2004
|
|
|
-
Sentado, el general Salomón Correal; a su
derecha, el general Melesio Gómez; y a su izquierda el general Guillermo Gamba
|
La declaración de
Lubín Bonilla
Si me siguen fregando, los delato
Jefe de Investigadores de
la Policía, el general Lubín Bonilla fue encargado por el Director de la Policía,
general Salomón Correal, para instruir el sumario del asesinato del jefe del liberalismo,
general Rafael Uribe Uribe. Dos días después de haber iniciado su tarea, Lubín Bonilla
fue destituido bajo la acusación de propalar por lo bajo especies insidiosas contra
el gobierno. Bonilla, por su parte, afirmó: Cuando empezaba a brillar luz,
quitáronme investigación, y declaró que el general Correal lo había destituido
por la sospecha que Bonilla tenía sobre la participación de su Superior en el crimen que
se investigaba. Interrogado para que expresara en que fundaba esas sospechas contra
Correal, expuso:
indicaré los hechos que han hecho nacer en mí sospechas respecto del señor
Correal: el día en que se cometió el delito que se investiga, el señor Correal, sin que
tuviera ningún asunto pendiente en la oficina, se hizo llevar allí el almuerzo, y esto
pueden declararlo Eustorgio Gutiérrez, que fue quien me hizo caer en la cuenta de eso;
los testigos que este cita, tal vez Pantaleón Garzón, ambos agentes de policía
entonces; en la cuadra en donde se cometió el delito, y a la hora en que este tuvo lugar,
no se encontraban agentes de vigilancia, ni en las inmediaciones tampoco, pues aun cuando
el señor Correal dijo por la prensa, respaldando su dicho por el de uno de sus
subalternos, que sí había vigilancia ese día y a esa hora en esos sitios, es lo cierto
que ninguno apareció por allí, que fueron particulares los que capturaron
|
a Galarza y Carvajal, y que el policía
más próximo al lugar del delito fue el que prestaba servicio entre la carrera 8a y la
calle 9a; respecto a la ausencia de agentes de policía en ese día y a esa hora en esos
sitios, me refiero a lo que dijeron los testigos del sumario y a lo que sobre el
particular afirmó la prensa. Casi en los momentos en que el delito se consumaba, estaban
a poca distancia de allí, en la esquina, cruzamiento de la carrera 7a con la calle 10,
los señores Francisco Quijano y Ángel María Ángel, agentes de policía secreta,
ordenanzas, guardaespaldas del señor Correal, observando lo que ocurría, cuando llegaron
al mismo sitio los señores Eustorgio Gutiérrez y Uriel Díaz, si mal no recuerdo,
quienes bajaban por la Plaza de Bolívar, por la calle 10, y viendo el tumulto que
empezaba a formarse, interrogaron a Ángel y a Quijano sobre lo que allí ocurría, mas
estos se negaron a informar, por lo que Gutiérrez y su compañero se acercaron al lugar
del delito, lo que dio ocasión a Gutiérrez para ayudar a colocar en el coche al general
Uribe, pues cuando Gutiérrez me informó de lo ocurrido, me mostró manchado de sangre
uno de los puños de la camisa; además, y para completar la relación de estos hechos,
debe tenerse en cuenta que cuando Gutiérrez bajó a la Policía para informar lo que
acababa de ocurrir, ya Ángel y Quijano estaba conversando con el señor Correal. Los
señores Víctor y Julio Hernández Santamaría eran amigos inseparables de Galarza y
Carvajal; uno de ellos estuvo en el teatro de los acontecimientos y se apersonó de su
amigo Chucho (así llamaba a Jesús Carvajal), para conducirlo a la policía. Estos
señores Hernández fueron agraciados por el señor Correal a raíz del delito que se
está investigando, con puestos bien remunerados en el cuerpo de policía, pues al uno lo
mandaron para Cartagena y al otro para Santa Rosa de Viterbo
En las primeras declaraciones se dijo, por testigos vecinos a la carpintería de Galarza,
que allí concurrían cachacos embozados, y que en alguna o algunas de las últimas
reuniones hacía servicio un agente de policía uniformado, en la puerta de la
carpintería, y que era este quien daba el pase a las personas que podían entrar. Yo
juzgué de vital importancia averiguar quien era el agente que había servido de portero,
y gasté el mayor interés en ello, y al efecto, le exigí al señor Correal que
autorizara al Inspector General para que hiciera concurrir a mi despacho a los agentes que
hubieran prestado el servicio de vigilancia en la cuadra de la carpintería en las noches
indicadas por los testigos, para averiguar el nombre de ese policía portero, pero no
solamente no pude conseguir el dato, sino que atribuyo a esa exigencia mi separación del
conocimiento del sumario, porque cuando el Juez me comisionó para que personal y
directamente hiciera la investigación adelantada por el señor Correal, volví a exigir
verbalmente lo relacionado con el agente portero de la carpintería de Galarza, y esa
exigencia que hice por la tarde dio por resultado la remoción brusca que, al día
siguiente, por la mañana, me hizo el señor Correal, del empleo que desempeñaba
Cuando la investigación estaba a mi cargo por primera vez, el señor Correal entraba a mi
despacho y presenciaba las indagatorias que yo recibía a Galarza y Carvajal; en la de
éste exigió que se hiciera constar su presencia, no obstante haberle indicado que eso no
era correcto, porque en el sumario no debe intervenir sino el funcionario instructor y su
secretario; pero el insistió y recuerdo que firmó la diligencia. Cuando recibía, como
dije, la indagatoria de Carvajal, observé que él miraba mucho al señor Correal, antes
de contestar la pregunta que se le hacía, y en alguna vez que miré al señor Correal vi
que tenía un dedo sobre los labios, en la forma que ordinariamente se hace para imponer
silencio. Esa misma noche, suspendida la indagatoria de Carvajal, y cuando se le conducía
al calabozo, oí que en el momento en que salía de la oficina, dijo Carvajal, más o
menos, estas palabras: Si me siguen fregando, los delato; me supuse también
que quería referirse a otras personas que no pude suponer ni calcular quiénes fueran.
Tan pronto como el señor Correal me quitó la investigación, sacó a Galarza y a
Carvajal de los calabozos en donde yo los tenía a distancia, y los colocó en otros
distintos, con un tabique delgado de por medio, y en donde podían comunicarse con
facilidad. Alguno de los agentes me informó que para los sumariados Galarza y Carvajal
hubo en esos días muy buena alimentación, cerveza, cigarrillos, etc., por orden del
señor Correal. (Fragmentos)
|
-
Ficha antropométrica de los sicarios Leovigildo Galarza (izquierda) y Jesús Carvajal
|
|
La
declaración de Adela Garavito
No vayas a decir nada porque pueden hasta
envenenarnos
Sobre los hechos que se
me preguntan, y como cuenta que tengo que dar a Dios de mis actos, garantizo haber
presenciado los hechos siguientes: Como a las nueve de la mañana del quince de octubre de
1914, fecha en que por ser la consagrada a Santa Teresa de Jesús fui a misa a la capilla
del Sagrario de esta ciudad, y al regresar para mi casa donde vivía con mi familia, en
ese entonces, o sea a la vuelta de la casa que habitaba el general Uribe Uribe, vi que un
poquito más abajo del zaguán de la casa de este, estaba el general Salomón Correal,
director de la Policía nacional, a quien conocía de antemano, acompañado de un oficial
de la Policía nacional, que vestía pantalón con franja, chaqueta y espada, y a quien el
general Correal hizo entrar al zaguán de la casa contigua a la del general Uribe Uribe; y
en ese momento vi claramente que el señor Correal mirando a dos hombres, vestidos de
artesanos, que se encontraban en la esquina de la propia casa del general Uribe, les hizo
una seña con la mano, como para que entraran al zaguán de la casa del general Uribe,
seña que por lo significativa me hizo reflexionar y demorar un momento fijándome por
esta razón. En las fisonomías de los dos hombres a quienes Correal llamaba la atención,
había verdadera preocupación y un sello que denotaba lo anormal de la situación en que
se encontraban, cosa que pude precisar porque un instante después pasé por junto de
ellos, notando entonces que ocultaban algo debajo de las ruanas. Crucé la esquina y al
seguir para mi casa, preocupada con lo que acababa de ver, pensé en la coincidencia de
que cuando pasaba yo por enfrente del lugar donde estaba Correal, pasó cerca de mí, muy
afanada y en dirección a Correal, con quien se detuvo a conversar, una señora llamada
Etelvina de Posse, casada con un señor Posse, y a quien conozco porque precisamente en
ese tiempo vivíamos en la misma casa y por alguna circunstancia alguna persona me había
significado que dicha señora era policía secreto. Al llegar a mi casa le conté a mi
padre, el señor general Elías Garavito, en estos términos: ¿Qué le parece,
padrecito, lo que acabo de ver?, y le referí lo que dejo dicho. Por la tarde,
cuando supe la noticia del asesinato del general Uribe, le recordé a mi padre lo que le
había contado por la mañana, y el me dijo más o menos estas palabras: No vayas a
decir nada porque pueden hasta envenenarnos, y recuerdo que a él, emocionado, se le
saltaron las lágrimas, porque él lo quería muchísimo. En uno de los días siguientes
llegó la señora Etelvina de Posse trayendo un periódico con los retratos de los
asesinos del general Uribe, periódico que me mostró, y reconocí en el acto a los mismos
individuos a quienes había visto en la esquina de la casa del general Uribe Uribe el día
del crimen, y a quienes hacía señas el general Correal. Mas como tenía al antecedente
de que la señora de Posse se decía que era policía de seguridad, me limité simplemente
a decirle que se fijara que esos retratos eran los de los hombres que el día del crimen
habíamos visto en la esquina de la casa del General Uribe Uribe cuando ella bajaba y yo
subía. Ella se quedó callada, me entregó el periódico y se retiró.
El general Elías Garavito, padre de la señorita Adela Garavito, advierte en su
declaración de junio 27 de 1917: Es así mismo evidente que las razones dadas por
mi hija para no haber dado a conocer tales hechos, ni del público ni de las autoridades,
son las mismas que me obligaron a mí a guardar el secreto de ello, pues debo recordar, y
hacerlo constar aquí, que cuando se instruía el proceso Uribe Uribe, toda
persona que se decía sabedora de algo relacionado con ese crimen era conducida a la
cárcel o ultrajada por los funcionarios de instrucción cuando menos.
|
-
Mercedes Grau presencia el ataque al general Uribe. A su lado, el doctor Jorge Vélez,
Ministro de Obras. En la esquina Pedro León Acosta. Arriba, desde una ventana del Colegio
San Bartolomé, un padre jesuita observa el atentado
|
La
declaración de Mercedes Grau
¿Qué hubo, lo mataste?
Sí, lo maté
En el dibujo que
publicamos en la portada del número anterior de Credencial Historia, se ve a una mujer
que presencia horrorizada el ataque a Rafael Uribe Uribe. Esa mujer es la señorita
Mercedes Grau, quien aportó al sumario la siguiente declaración: Que [el 15 de
octubre de 1914 a la una de la tarde] salió por la cuadra de la calle 9a hasta la esquina
de La Torre de Londres, y ahí se detuvo a esperar un tranvía. En el mismo andén en que
ella estaba de pie vio a un hombre que vestía ruana gris clara, pantalón de fantasía
negro con listas blancas, botines de charol, sombrero jipa nuevo, y de regular estatura,
de bigote, recién afeitado, por lo cual se veía blanco, de frente ancha, de buena
presencia, a quien después la misma declarante ha visto de cubilete y saco-levita entre
el cortejo que acompañaba el cadáver del general Uribe; que recuerda haber visto a esa
misma persona en la Iglesia de Santo Domingo a la hora de misa; en el Salón Olympia y en
la calle 13, punto en donde él pretendió hablarle de algo importante; y, por último, en
el lugar del crimen el día en que colocaron la placa conmemorativa.
También vio la señorita Grau a Jesús Carvajal cuya filiación exacta
dioparado en la esquina diagonal a la en que ella estaba, o sea, en la que forma el
edificio de San Bartolomé, y allí pudo escuchar que dirigiéndose el de botines de
charol a Carvajal, le dijo: Allá viene el general Uribe. Entonces ambos
miraron hacia arriba y no apartaron la vista del general hasta que este pasó por cerca de
Carvajal, quien le dio la acera. La señorita Grau siguió por la misma vía del general
Uribe, éste atravesó la calle tomando la acera oriental del Capitolio, y ella vio que
Carvajal siguió en la misma dirección por la acera de enfrente o sea la del edificio de
San Bartolomé. De pronto notó que un hombre de ruana que estaba tras de la pared que
formaba rincón con el antiguo muro del capitolio salió al andén y siguió detrás del
general Uribe. Luego relata que uno de quienes lo atacaron se volvió hacia donde estaba
ella, la cual se detuvo sorprendida de lo que había visto. Da las señas de Galarza y
afirma que al pasar éste, ella exclamó: ¡Ay, cómo matan a la gente en
Bogotá, y que Galarza le respondió: Así se hace. Y como el asesino se
dirigiera a donde estaba el señor de ruana clara y botín de charol, el cual se
encontraba todavía en el mismo sitio, la declarante se regresó y estando cerca de ellos
oyó que aquel le preguntaba a Galarza: ¿Qué hubo, lo mataste? y Galarza le
respondió: Sí, lo maté, e inmediatamente siguió por la calle novena abajo
y el señor de ruana clara y botón de charol atravesó la carrera y siguió por la misma
calle 9a arriba, y a pocos pasos se encontró con otro señor de regular cuerpo, más bajo
que él, de sombrero de fieltro, vestido de negro, y ambos subieron. La señorita
Mercedes Grau identificó al general Pedro León Acosta como el hombre que le preguntó a
Galarza ¿Qué hubo, lo mataste, pero no le recibieron la declaración en el
sumario por haber demostrado el general Acosta, con una cortada muy
inconsistente, que el Fiscal aceptó como óptima, que ese día del 15 de octubre de 1914
no estaba en Bogotá.
|
Relato de un testigo
Ese individuo que está leyendo avisos acaba
de asesinar al general Uribe
El doctor Santiago Uribe fue testigo presencial
del ataque contra el general Rafael Uribe Uribe y lo consignó en el siguiente relato:
El jueves
último estaba yo en la esquina de San Bartolomé, frente a la del Capitolio, en el
cruzamiento de la carrera 7a. con la calle 10, esperando un tranvía. Vi venir al General
Uribe, en dirección a la Plaza de Bolívar, por la acera oriental del Capitolio. Entre a
El Oso Blanco, situado a pocos pasos de la esquina, a comprar una cajetilla. Cuando salí,
liando un cigarrillo, oí un grito. Volví a mirar y vi a un hombre que huía lentamente.
Por mi cerebro cruzó, rápida, la imagen del General Uribe, que en ese instante había
desaparecido para mí, pero cuyo cuerpo vi un segundo después en el suelo. Llamé en mi
auxilio al senador Jorge Vélez, a quien dije: Han matado a Uribe. Cuando
traté de correr hacia el General, caído y mancornado, otro hombre se precipitó sobre
él, como diciéndome con terrible mirada: Si usted se interpone, lo mato. El
asesino descargó dos golpes sobre la víctima. Le grité entonces con toda la fuerza mis
pulmones: ¡cobarde, bandido!.
La gente comenzó a agruparse y lo capturaron allí mismo. Entonces yo, en vertiginosa
reflexión, me dije: Ya hay quien le preste auxilio al General Uribe, voy a seguir
al asesino que primero le descargó el golpe.
Era un hombre moreno, de baja estatura. Iba tranquilo, a paso mesurado, sin correr, como
han dicho varias personas. El asesino llegó a la esquina de la Torre de Londres y con
pasmosa tranquilidad volvió a mirar hacia el sitio del crimen. Dobló la esquina de la
calle 9a. hacia su derecha. A pocos pasos se detuvo en la puerta ancha por donde entran
los trabajadores de la obra del capitolio. Habló breves momentos con un individuo que
debe ser obrero del mismo Capitolio. Después siguió bajando la cuadra, lentamente,
seguido por mí a regular distancia. La calle estaba sola. El asesino llegó a la esquina
de la calle de Santa Clara y se detuvo a leer los avisos fijados en el muro, situado
frente a la Iglesia.
Mi desesperación por capturarlo llegó al colmo. Sólo, sin policía, sin nadie en mi
auxilio, llegué a pensar que el asesino entraría al templo a esconder el arma. En ese
momento pasaron el capitán Agustín Mercado y el señor Leonidas Posada Gaviria. Los
llamé y les dije: Me encuentro en un conflicto. Ese individuo que está leyendo
avisos acaba de asesinar al general Uribe. Ayúdenme a capturarlo. Cuando yo decía
estas palabras se presentó un agente de policía, a quien se le puso en autos, y le
intimó prisión al prófugo. El asesino no opuso resistencia alguna, pero sí me dijo a
mí estas palabras: Presente usted una prueba de lo que acaba de decirle al policía
de que yo maté al general Uribe. Yo le respondí en el acto: En el bolsillo
izquierdo del pantalón lleva usted el arma con que yo vi que usted mató al General
Uribe. El policía lo registró y efectivamente le encontró una hachuela tinta en
sangre.
El General Carlos Soto Ortega llegó en ese momento y me dijo: ¿Es contigo la cosa,
Santiago? No, Carlos, le contesté, es que este hombre acaba de asesinar al
general Uribe.
El General Soto Ortega, que, como es sabido, tiene por el General Uribe el más acendrado
cariño, no pudo contenerse y le tiró una bofetada al asesino. Este trató de
enfrentársele, pero el capitán Mercado sacó el sable para impedirlo.
El policía y varios otros particulares lo llevaron preso a la Central.
Recuerdo la mirada que [tras el ataque] lanzó sobre el cuerpo caído del general Uribe el
asesino que hice capturar en Santa Clara, y que fue el primero que lo atacó: lo miró de
soslayo y al convencerse de que lo había asegurado, siguió despacio su camino.
Falta un cuarto para las doce del día, concluyó el doctor Uribe, mirando el reloj, y
hasta hoy no se me ha tomado declaración ninguna, a pesar de que van corridos cuatro
días de cometido el crimen. (Gil Blas).
|
-
Enrique Olaya Herrera, dibujo de Rendón
|
El asesinato del general Uribe
Por
Enrique Olaya Herrera
Hasta ahora habíamos
guardado silencio acerca de las impresiones generales que nos han causado las audiencias
públicas en que se indagan las responsabilidades provenientes del asesinato del general
Uribe Uribe. También habíamos callado lo que serenamente pensamos en relación con la
actitud inicial de diarios muy respetables de la prensa bogotana. Mas en vista de la
gravedad excepcional del proceso, del interés creciente que surge de los debates
judiciales, parécenos oportuno y justo romper aquel mutismo
El señor Anzola Samper, según parece, apoyado por un grupo de admiradores del general, y
sostenido en sus deducciones por parientes de éste, publicó un libro bastante conocido,
con el cual quiere comprobar que la responsabilidad proveniente de la trágica y brutal
ultimación perpetrada al pie del Capitolio, va más allá, mucho más allá de Galarza y
Carvajal. Tal libro, bueno o malo, acertado o no, justo o injusto, contiene trabajos de
investigaciones pacientes, datos que pueden servir en lo que valgan a la administración
de justicia. Luego era preciso no desautorizarlo previamente y de manera absoluta; luego
convenía no considerarlo según parecer de algunos escritores bogotanoscomo
mera novela criminalista, hecha por un detective desorbitado, digno de que la opinión
pública y los tribunales le volviesen la espalda. En materias penales nada puede
rechazarse a priori, aun cuando a primera vista tenga la apariencia de insignificante o
absurdo. Del hallazgo de un simple detalle bien puede resultar el descubrimiento de un
delito o de un delincuente.
|
Probablemente aquellos conceptos
tendientes a desautorizar al autor y al libro en referencia, produjeron una situación
bastante anómala en las primeras audiencias. El señor Anzola Samper fue recibido en
ellas con marcada hostilidad, cual si compareciese ante el Pretorio, no un testigo
denunciante, sino un adversario de la administración de justicia, un enemigo personal de
la verdad y de los hechos; y de ahí resultó que quienes por la naturaleza de las cosas y
por la misión que en el proceso desempeñan debían considerar a Anzola Samper como un
aliado de facto, más o menos autorizado, más o menos imparcial, pero a quien era
conveniente escuchar a todo trance sin hacerle mala cara, asumieron contra él una actitud
de injustificable agresividad. Esta oposición coartaba la libertad de Anzola Samper,
producía un ambiente cargado de prejuicios, cosa incompatible con los elevados intereses
de la administración de justicia.
Esta causa criminal, levantada sobre la tumba ensangrentada del general Uribe Uribe, cada
día aparece más complicada, más extensa, más digna de meditación. Si las cosas siguen
como van, no sería raro que la responsabilidad criminal salve los límites vulgares donde
sombríamente se yerguen las figuras de Galarza y Carvajal; no sería imposible que el
proceso sea algo más que un sainete sin trascendencia.
Si a los hechos que han ido poniéndose de presente en el curso de las audiencias se
agrega la presión que se quiere hacer en la Policía Nacional sobre algún testigo, es
más que natural el sentimiento de inquietud y de alarma que está dominando a la sociedad
entera. (El Diario Nacional, mayo 23, 1918. Fragmentos columna editorial)
|
-
|
|
|
|
|