Revista Credencial Historia


EDICIÓN 24 - DICIEMBRE 1991



50 AÑOS DE "EL CIUDADANO KANE"
DE ORSON WELLES
Una obra maestra del cine mundial
Por: Luis Alberto Alvarez

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 24
Diciembre de 1991

 

 

La obra de Orson Welles (como la de Erich von Stroheim y la de Abel Gance), se vio condenada, con pocas excepciones, a convertirse en un museo de torsos inacabados o intervenidos. El ciudadano Kane, sin duda la más grande de esas excepciones, es una pieza completa, perfecta, creada en absoluta e irrepetible libertad, marcada en cada uno de sus aspectos por la mano de un demiurgo genial. El Orson Welles que llegó a Hollywood iba ya precedido de fama "Cosmopolitan". El talento precoz que desde la infancia montaba a Shakespeare en escenarios colegiales, que hacía poesía y pintura, que tocaba el piano y encantaba con magia y que, apenas salido de la adolescencia, le hizo entender al mundo el impacto de los nuevos medios de comunicación con legendarias dramatizaciones radiales, era un personaje envidiado y admirado en todos los círculos sociales. Las Big Companies no podían querer otra cosa que aprovechar para el cine todo este talento y, más todavía, toda esta publicidad.
 


Orson Wellesw (Kenosha, Wisconsin, 1915 - Los Angeles, 1985). Con su primera película,
"El ciudadano Kane" se convirtió en uno de los directores consagrados del cine moderno norteamericano.


Welles llevó a California su propia compañía teatral, el Mercury Theatre. Sometió a Hollywood a la insólita prueba de una película sin ningún tipo de controles burocráticos, sin estrellas conocidas, en la cual, a los veintiséis años, el director era guionista e intérprete de un personaje que pasaba de los veinte a los setenta a través de todos los períodos intermedios. Un argumento original, basado claramente en personajes y hechos de candente actualidad social y política, sería su entrada al mundo del cine, un argumento que se constituyó en tema de escándalo y habladurías ya desde el comienzo mismo de la producción y que, a pesar de su duro calvario e incluso su parcial fracaso económico, sería entendido desde el principio como un momento cimero de la historia de la cinematografía. Tal vez ninguna otra primera película de un director ha causado tanto impacto y sacudido tantas situaciones como el debut de Welles, tal vez ninguna otra película haya influido tanto ni despertado tantas vocaciones para el cine.
 


Fotogramas de diferentes secuencias de "El ciudadano Kane" (1941), sátira política contra
William Randolph Hearst, poderoso magnate de la prensa y la radio en Estados Unidos.


A pesar de que su grandeza no necesitaba ayudas publicitarias, Welles buscó siempre atribuirse el mérito total de sus películas. Su tendencia a la mitomanía y a los grandes gestos teatrales lo movió con frecuencia a desdeñar olímpicamente los aportes de sus colaboradores. Pero por personal y grande que sea una obra como El ciudadano Kane, es imposible llevarla a cabo sin un potente equipo de técnicos y artistas de gran calibre. El papel de Charles Foster Kane domina toda la cinta, pero la película tiene otros excelentes personajes, creados con brillantez por miembros de su juvenil grupo de teatro, quienes a partir de esta película se convirtieron en nombres de valor permanente: Joseph Cotten, Agnes Moorehead, Dorothy Comingore, Ruth Warrick, Everett Sloane. Por otra parte, Hollywood mismo no estuvo en la cinta como convidado de piedra, dejando que el genio hiciera las cosas como él quisiera y que jugara sin entrenamiento con los costosos juguetes puestos a su disposición. Las potentes ideas de Welles acerca de puesta en escena, iluminación, montaje, dirección de diálogos, hubieran sido sólo quimeras si alguien no se hubiera puesto a diseñar una realización técnica.
 

Hollywood aportó, por ejemplo, el arte y la seguridad absoluta en sus medios del fotógrafo Gregg Toland. Toland había hecho cosas maravillosas para directores clásicos del medio como John Ford (Las uvas de la ira y El largo camino a casa) y William Wyler (Cumbres borrascosas). El espléndido guión, por mucho que Welles se haya negado a reconocerlo, debe gran parte de su impacto al talento y agudeza de Hermann J. Mankiewicz. La música absolutamente efectiva e inteligente es obra del gran compositor de Hollywood Bernard Herrmann. El preciso montaje de Robert Wise, los bellísimos decorados de Van Nest Polglase y el asombroso maquillaje de Maurice Seiderman fueron también contribuciones indispensables a la obra.
Sin embargo, tampoco se puede caer en el extremo contrario, el de minimizar la fuerza unificadora, el toque inconfundible, el alma de una película que son, sin duda, los de Orson Welles. En su afán por devolverle a Mankiewicz lo que era suyo, la escritora Pauline Kael casi terminó diciendo que El ciudadano Kane había sido sólo un brillante ejemplar más de un género hollywoodiano, definido ante todo por la brillantez del guión. Este celo casi termina dejando a Welles sólo en el papel de un inteligente bluff: Sin embargo, cualquiera que tenga la oportunidad de comparar El ciudadano Kane con otras películas escritas por Mankiewicz o similares en su temática, podrá darse cuenta sin esfuerzo de que es la creación directorial lo que verdaderamente la hace grande e incomparable.
El ciudadano Kane es innovadora estructuralmente y en el uso avasallador de fotografía y sonido. Un nuevo realismo e integralidad de la puesta en escena, obtenido por medio del uso del objetivo gran-angular, de la profundidad decampo nítida y de las insólitas angulaciones de cámara, la compleja banda sonora de ruidos, música y diálogos veloces que se entrecruzan, son los elementos narrativos que, no sólo en su momento, deslumbraron en la película. La compleja estructura cronológica y las diversas perspectivas narrativas hicieron que esta sinfonía audiovisual se convirtiera, más allá de lo anecdótico de actualidad, en la depuración del medio cinematográfico para tareas más profundas y analíticas que simplemente la de contar historias.
 


Orson Welles en una fotografía tomada durante la filmación de
"El ciudadano Kane" en los estudios de la RKO de Hollywood.
 


Pero también habría que mencionar lo anecdótico. ¿Por qué la película causó tanto revuelo, sobre todo entre gente que no entendía mayor cosa de estructuras de lenguaje cinematográfico o de innovaciones fotográficas? Orson Welles no era sólo un artista sino, ante todo, un hombre de espectáculo y El ciudadano Kane no es una tesis de grado sino una pieza de delicioso entretenimiento; en realidad una verdadera comedia, una comedia que lanzaba dardos concretos a personajes importantes de la sociedad americana de comienzos de 1941, particularmente a uno. Es aquí donde entra la figura de William Randolph Hearst, el modelo que Mankiewicz y Welles tomaron (y a veces calcaron) para crear su personaje de ficción Charles Foster Kane. Hearst quedó ligado indisolublemente a la historia de esta película y es probable que, con los años, ella sea la única razón de recordarlo.
Era comprensible que dos inteligencias agudas y críticas como las de Orson Welles y Herman Mankiewicz se sintieran tentados a hacer comentarios cinematográficos sobre una figura como la de William Randolph Hearst. Durante muchos años este hombre detentó un enorme poder en los Estados Unidos y muchas de sus actuaciones públicas y privadas estaban siempre ante los ojos de los norteamericanos. Dueño, entre otras cosas, de una gran cadena de periódicos y estaciones de radio, Hearst supo utilizar con mano de hierro el control de la opinión, el sensacionalismo e, incluso, la manipulación de decisiones políticas estatales. Hearst forzó, por ejemplo, a los Estados Unidos a la guerra contra España, porque se esperaba de esa guerra un aumento de circulación de sus diarios, y las candidaturas tanto de Theodor como de Franklin Delano Roosevelt recibieron una parte considerable de su impulso debido a su influencia.
En 1917 Hearst conoció y se enamoró de una joven actriz, Marion Davies, y decidió demostrarle su amor y su poder intentando convertirla en la mayor estrella de Hollywood. Para ella creó la compañía Cosmopolitan Pictures y movilizó las fuerzas de sus periódicos con el fin de crear una publicidad permanente, que la mencionara sin cesar y alabara todas las películas en las que ella apareciera. Sin embargo, la fuerza de esta manipulación no se tradujo en el éxito esperado. La figura paralela que El ciudadano Kane nos presenta es una cantante de ópera sin el menor talento, para quien el magnate construye un lujoso teatro en Chicago y a quien busca imponer en todo el mundo con publicidad y reseñas compradas.
 


Orson Welles en 1938, cuando produjo sensación en la radio con su
dramatizado sobre "La guerra de los mundos" de H. C. Wells.



Welles, naturalmente, negó siempre haber tomado a Hearst como modelo de su ciudadano. Pero no se necesita ser especialmente agudo para descubrir en la película, no sólo coincidencias, sino una profusión enorme de detalles e incluso frases estrictamente calcados de la vida pública y privada del potentado. Sin embargo, Hearst y su gente pensaron, obtusamente, que el interés de El ciudadano Kane residía exclusivamente en las afirmaciones, calumnias o descréditos acerca del personaje político y social que inspiraba su argumento. De ahí que su absurda campaña para destruir la película, para aniquilarla a cualquier precio, parece desde la perspectiva actual particularmente patética. Hoy, cuando se celebra el cincuentenario de la cinta, la figura de Hearst está infinitamente más alejada de la conciencia pública que la del personaje ficticio Charles Foster Kane y que, por supuesto, la de Orson Welles.
Ya antes de su estreno, El ciudadano Kane puso al rojo vivo los ánimos. De los violentos ataques de la prensa de Hearst, se pasó a un silencio en las reseñas y en la publicidad, que perjudicó fuertemente la taquilla de la película. La columnista de chismes cinematográficos Louella Parsons, que escribía para todos los diarios de Hearst, recibió el encargo de perjudicar por cualquier medio la difusión de la cinta o, por lo menos, no hablar de ella. Hearst mismo y Louis B. Mayer, el jefe de la Metro Goldwyn Mayer, le ofrecieron a la RKO pagar no sólo todos los gastos de la película, sino una gran suma como indemnización, si se mostraban dispuestos a entregar el negativo y todas las copias para destruirlos. Es de alabar que la compañía productora no aceptara la propuesta y que se hubiera decidido a estrenarla a pesar de todo.
Desde el momento mismo de su aparición, El ciudadano Kane fue saludado por la crítica (la que no trabajaba para Hearst) como obra maestra. Pero el boicot publicitario, por una parte, y por otra la complejidad estructural de la obra, hicieron que la acogida del público resultara, más bien, decepcionante. No obstante, fueron precisamente la estructura y la brillantez de elementos lo que, desde el instante mismo del estreno, apareció como una revelación insospechada. La película no es sátira, y mucho menos un retrato negativo. Es mucho más que eso: un fresco de la condición humana y sus contradicciones, del idealismo y el poder, del amor y la soledad, de la búsqueda de metas y la corrupción de los mejores sueños. Si Hearst hubiera entendido la película, habría debido de sentirse halagado