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La
obra de Orson Welles (como la de Erich von Stroheim y la de Abel Gance),
se vio condenada, con pocas excepciones, a convertirse en un museo de
torsos inacabados o intervenidos. El ciudadano Kane, sin duda la
más grande de esas excepciones, es una pieza completa, perfecta, creada
en absoluta e irrepetible libertad, marcada en cada uno de sus aspectos
por la mano de un demiurgo genial. El Orson Welles que llegó a Hollywood
iba ya precedido de fama "Cosmopolitan". El talento precoz que desde la
infancia montaba a Shakespeare en escenarios colegiales, que hacía
poesía y pintura, que tocaba el piano y encantaba con magia y que,
apenas salido de la adolescencia, le hizo entender al mundo el impacto
de los nuevos medios de comunicación con legendarias dramatizaciones
radiales, era un personaje envidiado y admirado en todos los círculos
sociales. Las Big Companies no podían querer otra cosa que aprovechar
para el cine todo este talento y, más todavía, toda esta publicidad.
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Orson Wellesw (Kenosha, Wisconsin, 1915 - Los Angeles, 1985). Con su
primera película,
"El ciudadano Kane" se convirtió en uno de los directores
consagrados del cine moderno norteamericano.
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Welles llevó a California su propia compañía teatral, el Mercury Theatre.
Sometió a Hollywood a la insólita prueba de una película sin ningún tipo
de controles burocráticos, sin estrellas conocidas, en la cual, a los
veintiséis años, el director era guionista e intérprete de un personaje
que pasaba de los veinte a los setenta a través de todos los períodos
intermedios. Un argumento original, basado claramente en personajes y
hechos de candente actualidad social y política, sería su entrada al
mundo del cine, un argumento que se constituyó en tema de escándalo y
habladurías ya desde el comienzo mismo de la producción y que, a pesar
de su duro calvario e incluso su parcial fracaso económico, sería
entendido desde el principio como un momento cimero de la historia de la
cinematografía. Tal vez ninguna otra primera película de un director ha
causado tanto impacto y sacudido tantas situaciones como el debut de
Welles, tal vez ninguna otra película haya influido tanto ni despertado
tantas vocaciones para el cine.
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Fotogramas de diferentes secuencias de "El ciudadano Kane" (1941),
sátira política contra
William Randolph Hearst, poderoso magnate de la prensa y la radio en
Estados Unidos.
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A
pesar de que su grandeza no necesitaba ayudas publicitarias, Welles
buscó siempre atribuirse el mérito total de sus películas. Su tendencia
a la mitomanía y a los grandes gestos teatrales lo movió con frecuencia
a desdeñar olímpicamente los aportes de sus colaboradores. Pero por
personal y grande que sea una obra como El ciudadano Kane, es
imposible llevarla a cabo sin un potente equipo de técnicos y artistas
de gran calibre. El papel de Charles Foster Kane domina toda la cinta,
pero la película tiene otros excelentes personajes, creados con
brillantez por miembros de su juvenil grupo de teatro, quienes a partir
de esta película se convirtieron en nombres de valor permanente: Joseph
Cotten, Agnes Moorehead, Dorothy Comingore, Ruth Warrick, Everett Sloane.
Por otra parte, Hollywood mismo no estuvo en la cinta como convidado de
piedra, dejando que el genio hiciera las cosas como él quisiera y que
jugara sin entrenamiento con los costosos juguetes puestos a su
disposición. Las potentes ideas de Welles acerca de puesta en escena,
iluminación, montaje, dirección de diálogos, hubieran sido sólo quimeras
si alguien no se hubiera puesto a diseñar una realización técnica.
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Hollywood aportó, por ejemplo, el arte y la seguridad absoluta en sus
medios del fotógrafo Gregg Toland. Toland había hecho cosas maravillosas
para directores clásicos del medio como John Ford (Las uvas de la ira
y El largo camino a casa) y William Wyler (Cumbres borrascosas).
El espléndido guión, por mucho que Welles se haya negado a reconocerlo,
debe gran parte de su impacto al talento y agudeza de Hermann J.
Mankiewicz. La música absolutamente efectiva e inteligente es obra del
gran compositor de Hollywood Bernard Herrmann. El preciso montaje de
Robert Wise, los bellísimos decorados de Van Nest Polglase y el
asombroso maquillaje de Maurice Seiderman fueron también contribuciones
indispensables a la obra.
Sin embargo, tampoco se puede caer en el extremo contrario, el de
minimizar la fuerza unificadora, el toque inconfundible, el alma de una
película que son, sin duda, los de Orson Welles. En su afán por
devolverle a Mankiewicz lo que era suyo, la escritora Pauline Kael casi
terminó diciendo que El ciudadano Kane había sido sólo un
brillante ejemplar más de un género hollywoodiano, definido ante todo
por la brillantez del guión. Este celo casi termina dejando a Welles
sólo en el papel de un inteligente bluff: Sin embargo, cualquiera que
tenga la oportunidad de comparar El ciudadano Kane con otras
películas escritas por Mankiewicz o similares en su temática, podrá
darse cuenta sin esfuerzo de que es la creación directorial lo que
verdaderamente la hace grande e incomparable.
El ciudadano Kane es innovadora estructuralmente y en el uso
avasallador de fotografía y sonido. Un nuevo realismo e integralidad de
la puesta en escena, obtenido por medio del uso del objetivo
gran-angular, de la profundidad decampo nítida y de las insólitas
angulaciones de cámara, la compleja banda sonora de ruidos, música y
diálogos veloces que se entrecruzan, son los elementos narrativos que,
no sólo en su momento, deslumbraron en la película. La compleja
estructura cronológica y las diversas perspectivas narrativas hicieron
que esta sinfonía audiovisual se convirtiera, más allá de lo anecdótico
de actualidad, en la depuración del medio cinematográfico para tareas
más profundas y analíticas que simplemente la de contar historias.
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Orson Welles en una
fotografía tomada durante la filmación de
"El ciudadano Kane" en los estudios de la RKO de Hollywood.
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Pero
también habría que mencionar lo anecdótico. ¿Por qué la película causó
tanto revuelo, sobre todo entre gente que no entendía mayor cosa de
estructuras de lenguaje cinematográfico o de innovaciones fotográficas?
Orson Welles no era sólo un artista sino, ante todo, un hombre de
espectáculo y El ciudadano Kane no es una tesis de grado sino una
pieza de delicioso entretenimiento; en realidad una verdadera comedia,
una comedia que lanzaba dardos concretos a personajes importantes de la
sociedad americana de comienzos de 1941, particularmente a uno. Es aquí
donde entra la figura de William Randolph Hearst, el modelo que
Mankiewicz y Welles tomaron (y a veces calcaron) para crear su personaje
de ficción Charles Foster Kane. Hearst quedó ligado indisolublemente a
la historia de esta película y es probable que, con los años, ella sea
la única razón de recordarlo.
Era comprensible que dos inteligencias agudas y críticas como las de
Orson Welles y Herman Mankiewicz se sintieran tentados a hacer
comentarios cinematográficos sobre una figura como la de William
Randolph Hearst. Durante muchos años este hombre detentó un enorme poder
en los Estados Unidos y muchas de sus actuaciones públicas y privadas
estaban siempre ante los ojos de los norteamericanos. Dueño, entre otras
cosas, de una gran cadena de periódicos y estaciones de radio, Hearst
supo utilizar con mano de hierro el control de la opinión, el
sensacionalismo e, incluso, la manipulación de decisiones políticas
estatales. Hearst forzó, por ejemplo, a los Estados Unidos a la guerra
contra España, porque se esperaba de esa guerra un aumento de
circulación de sus diarios, y las candidaturas tanto de Theodor como de
Franklin Delano Roosevelt recibieron una parte considerable de su
impulso debido a su influencia.
En 1917 Hearst conoció y se enamoró de una joven actriz, Marion Davies,
y decidió demostrarle su amor y su poder intentando convertirla en la
mayor estrella de Hollywood. Para ella creó la compañía Cosmopolitan
Pictures y movilizó las fuerzas de sus periódicos con el fin de crear
una publicidad permanente, que la mencionara sin cesar y alabara todas
las películas en las que ella apareciera. Sin embargo, la fuerza de esta
manipulación no se tradujo en el éxito esperado. La figura paralela que
El ciudadano Kane nos presenta es una cantante de ópera sin el
menor talento, para quien el magnate construye un lujoso teatro en
Chicago y a quien busca imponer en todo el mundo con publicidad y
reseñas compradas.
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Orson Welles en
1938, cuando produjo sensación en la radio con su
dramatizado sobre "La guerra de los mundos" de H. C. Wells.
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Welles, naturalmente, negó siempre haber tomado a Hearst como modelo de
su ciudadano. Pero no se necesita ser especialmente agudo para descubrir
en la película, no sólo coincidencias, sino una profusión enorme de
detalles e incluso frases estrictamente calcados de la vida pública y
privada del potentado. Sin embargo, Hearst y su gente pensaron,
obtusamente, que el interés de El ciudadano Kane residía
exclusivamente en las afirmaciones, calumnias o descréditos acerca del
personaje político y social que inspiraba su argumento. De ahí que su
absurda campaña para destruir la película, para aniquilarla a cualquier
precio, parece desde la perspectiva actual particularmente patética.
Hoy, cuando se celebra el cincuentenario de la cinta, la figura de
Hearst está infinitamente más alejada de la conciencia pública que la
del personaje ficticio Charles Foster Kane y que, por supuesto, la de
Orson Welles.
Ya antes de su estreno, El ciudadano Kane puso al rojo vivo los
ánimos. De los violentos ataques de la prensa de Hearst, se pasó a un
silencio en las reseñas y en la publicidad, que perjudicó fuertemente la
taquilla de la película. La columnista de chismes cinematográficos
Louella Parsons, que escribía para todos los diarios de Hearst, recibió
el encargo de perjudicar por cualquier medio la difusión de la cinta o,
por lo menos, no hablar de ella. Hearst mismo y Louis B. Mayer, el jefe
de la Metro Goldwyn Mayer, le ofrecieron a la RKO pagar no sólo todos
los gastos de la película, sino una gran suma como indemnización, si se
mostraban dispuestos a entregar el negativo y todas las copias para
destruirlos. Es de alabar que la compañía productora no aceptara la
propuesta y que se hubiera decidido a estrenarla a pesar de todo.
Desde el momento mismo de su aparición, El ciudadano Kane fue
saludado por la crítica (la que no trabajaba para Hearst) como obra
maestra. Pero el boicot publicitario, por una parte, y por otra la
complejidad estructural de la obra, hicieron que la acogida del público
resultara, más bien, decepcionante. No obstante, fueron precisamente la
estructura y la brillantez de elementos lo que, desde el instante mismo
del estreno, apareció como una revelación insospechada. La película no
es sátira, y mucho menos un retrato negativo. Es mucho más que eso: un
fresco de la condición humana y sus contradicciones, del idealismo y el
poder, del amor y la soledad, de la búsqueda de metas y la corrupción de
los mejores sueños. Si Hearst hubiera entendido la película, habría
debido de sentirse halagado
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