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De la historia del pesebre sabemos, y no sobra repetirlo, que San
Francisco de Asís inició en Greccio, en el siglo XII, la costumbre de
reproducir a lo vivo el nacimiento de Cristo, cada año, el 24 de
diciembre. La práctica se propagó en Italia. En ocasiones, las personas
y los animales verdaderos se reemplazarían por imágenes. Poco a poco
éstas se reducirían de tamaño, para hacerlas más fácilmente
transportables y que su precio no excediera las posibilidades de los
simples fieles. Ya adelantada la centuria del XVIII, una mujer, María
Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III de España, anteriormente rey de
Nápoles, que había adquirido allí la devoción franciscana, aprovechó la
industria de porcelana Capo di Monte, floreciente entonces en Nápoles
gracias a la protección real, para que se elaboraran en ese material las
figuras queridas. De ese modo, su papel en la celebración se popularizó
aún más y, al trasladarse los reyes a España, donde establecieron cerca
de Madrid otra fábrica de porcelana la de La Granja—, María Amalia
consiguió que los conjuntos navideños se regaran por la Península, de
donde pasaron rápidamente a América. El crítico de arte Francisco Gil
Tovar ha estimado que de Quito se difundieron a las demás colonias, en
primer término a Popayán y Santafé de Bogotá, ya fuera en las frágiles
porcelanas de María Amalia, ya en tallas de gran expresividad y belleza
producidas por los maestros quiteños.
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Antiguas figuritas de trapo que, según tradición familiar,
pertenecieron a
un pesebre del oidor Juan Hernández de Alba, a fines del siglo
XVIII.
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Pesebre
confeccionado por Emérita Malo en Popayán, ca. 1960.
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Es
claro que en ese tiempo el pesebre no se llamaba pesebre sino
“nacimiento” o “belén” “Pesebre”, como extensión del nombre de la artesa
que sirvió de cuna al Niño Dios, para aplicarlo a la totalidad de la
escena bíblica, es un colombianismo, aunque según don Rufino José Cuervo
se usó antiguamente en Cataluña. Aceptado el término por la Real
Academia, desde hace rato se emplea en España, y en la próxima edición
del Diccionario se incluirá igualmente el término "pesebrista", a
petición de un académico colombiano.
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Producción de
Rosa Cardona, de Palmira, una notable creadora de
figuritas de trapo para pesebres en los años 60 de este siglo.
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Figura de pesebre
atribuida al pintor Ramón Torres Méndez (1809-1885) y encontrada
junto a algunos dibujos del artista.
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Niña con el uniforme del Colegio
de la Enseñanza,
de Bogotá,
de fines de siglo XIX.
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Entre
un pesebre y un árbol de navidad, que sólo requiere un gajo de pino y
unas luces —olvidado el sentido religioso que lo caracterizó en su
origen—, hay mucha distancia. El pesebre es cada año el mismo y sin
embargo distinto. Vinculado a la tradición de los países, participa de
su idiosincracia. En Europa las imágenes se elaboran de preferencia en
materiales preciosos: maderas finas, porcelana, marfil, incluso oro. En
el monasterio de las Descalzas Reales, en Madrid, abierto últimamente al
público, se exhiben algunos ejemplares admirables en coral y oro, en
filigrana de plata, en jade. En Colombia, aunque también se labró la
madera como en Quito y se realizaron maravillas en marfil vegetal o
tagua, seguramente por el interés de los pobres de contar con uno de su
propiedad, se apeló pronto a la arcilla y al recurso universal del
trapo. Así surgieron —aparte de la Sagrada Familia con su acompañamiento
de la mula y el buey (animales que, por cierto, no se mencionan en el
relato evangélico, pero que Francisco de Asís colocó en el establo como
connaturales a éste), de los pastores que acuden a adorar al Niño y de
los reyes magos con su séquito, guiados por la estrella— muchos y
variados personajes. En opinión de Gil Tovar, los pueblos americanos, en
particular el nuestro, se han valido del pesebre a fin de incorporar
escenas "ajenas en absoluto al hecho del nacimiento de Jesús (...) a
menudo descriptivas de su sociedad y hasta con intención de denuncia
social o humorística, transformando la conmemoración en una variada,
anacrónica y divertida expresión popular artesanal y a veces artística,
donde la devoción se hace folclore y testimonio de una época". Esta
visión del mundo trasmitida a un pesebre "a la colombiana", le confiere
su fisonomía peculiar, sin que signifique desviación del sentimiento
religioso, como teme Gil Tovar.
(En realidad, y aunque la atención puede distraerse momentáneamente del
tema escencial, lo que se busca es que nadie quede fuera del misterio,
que todos participen en él. Sin duda, con el mismo propósito los
artistas flamencos de los siglos XVI y XVII pintaron en sus cuadros
religiosos a los burgueses, mercaderes y encajeras de Bruselas y
Amberes, para asociarlos al santo patrón reproducido en el lienzo y
acentuar aún más su relación con él).
En nuestro siglo pasado y principios del actual, las abuelas, ya
licenciadas de sus funciones de madres y educadoras, y recluidas en los
oratorios, las cocinas y los cuartos de costura, se entregaron
alegremente a la tarea de copiar lo que las rodeaba: campesinos en sus
sembrados, arrieros con sus caballerías, revendedoras del mercado,
serenateros con sus instrumentos, cuanto les pareció adecuado y de mayor
colorido. Los retazos que sobraban de los trajes de la familia suplían
sus necesidades, junto con las medias de seda retiradas de la
circulación, que servían para confeccionar brazos y caras, y cuyos hilos
estirados formaban los cabellos (lo que ahora resulta imposible: el
nylon no se presta para ese resultado). Con carbón de palo se reteñían
los ojos y los picos de las aves de corral. Sembrarlas de plumas no era
empresa fácil. Exigía horas seleccionar las saraviadas, negras
tornasoles o amarillas brillantes, de curva apropiada para incrustarlas
en el preciso lugar anatómico, pegándolas cuidadosamente con almidón a
fin de tapar los menudos cañoncitos. Y estaban las ovejas de algodón
apelmazado, con el inevitable cordero perdido y hallado, abrazado
tiernamente al cuello de su pastor.
Como en todo proceso creativo, en éste se consolidaron varios estilos.
El más notable fue el de Popayán, cultivado por Emérita Malo y sus
hermanas de aguja y dedal. De las arrugadas manos de las artistas
criollas brotaron pastorcillos y zagales que parecen de porcelana, tal
es su grado de perfección y finura. Habrían conquistado a María Amalia.
Jaime Paredes les dedicó un hermoso libro. Desde Palmira, en el Valle,
Rosa
Cardona y compañeras competían con las popayanejas confeccionando
figurillas estilizadas en las que basta una puntada en los ojos como dos
líneas, para indicar la intención exacta, subrayada por el ademán
resuelto de las manos de alambre.
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Figurita de Charlot, de un pesebre bogotano de los años 20, y un
bebé de artesanía de Popayán, hacia 1960.
El pesebre Colombiano
incorpora elementos de la vida contemporánea a los personajes más
convencionales
del belén tradicional.
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Pavo y patos confeccionados con trapo
y plumas para un pesebre de
comienzos del siglo XX.
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Una "muchacha del servicio" y una "niña de familia",
figuritas de un
pesebre de comienzos de siglo.
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El trapo... Elemento de fácil consecución, pero también perecedero. Ya
no quedan sino contadas muestras de aquellas producciones. Los
coleccionistas las guardan celosamente. Sus autoras no las trabajaban en
serie y su valor en monedas nunca compensó la entrega que pedían. No
rígidas como las de Lency, sino flexibles y adaptables, a cualquier
posición, cambiantes de expresión según el peinado y el vestido, en su
humildad eran únicas, irrepetibles, como las personas y las obras de
arte. Hacían juego con las casas de La Candelaria, que fueron su reino
en la Nochebuena.
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