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Un abigarrado calendario de devociones y de festividades religiosas
rigió la vida social de los colombianos en el siglo XIX. El complicado
ritual, mezcla de tradición y de liturgia, comprometía la vida oficial y
privada imponiendo papeles y funciones a toda la población. Esas fiestas
colectivas implicaban treguas dentro del intrincado laberinto de
ideologías políticas y religiosas, razas, clases y castas, e
invariablemente fomentaban los negocios de fermentación y de destilería.
Concluidos los ayunos, abstinencias y retiros de cuaresma que ocupaban a
párrocos, feligreses y asociaciones pías durante los primeros meses del
año, llegaba la Semana Santa con sus ocho procesiones, y el
indispensable aprovisionamiento de "rancho y licores" para servir el día
jueves un banquete que, en conmemoración de la Ultima Cena, debía
incluir "siete potajes".
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Salón comedor del muñequero de doña Rosa María Pontón y de su hija
Catalina Samper, iniciado en 1926. Contiene 17 habitaciones en 5
pisos
y más de 5 mil figuritas en miniatura. Museo Siglo XIX, Bogotá.
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Páginas de "El lenguaje gastronómico, con un oráculo respondón,
gastronómico, poético y romántico.
Escrito por una sociedad de gastrónomos hambrientos, y dedicado a
los cachacos
neogranadinos de ambos sexos". Bogotá, F. Torres Amaya, 1860.
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Inmediatamente después comenzaban los preparativos para la celebración
del Corpus, la fiesta más cautivadora, tanto en las poblaciones
apartadas como en la capital. En Bogotá, según José María Cordovez Moure,
se instalaban desde la víspera alrededor de la iglesia de la Tercera las
ventas de ajiacos, empanadas, longanizas, morcillas, rostros de cordero,
papas chorreadas, chicharrones, bollos de quiche, chicha y aguardiente.
Artesanos y campesinos se esmeraban en la construcción de vistosos
altares en número no inferior a cuatro, de arcos adornados con flores y
frutas, y de un paraíso ubicado en medio de la plaza, alrededor de cuyo
árbol central las figuras de Adán, Eva y la serpiente presenciaban la
solemne procesión. Cuando la ceremonia religiosa finalizaba, los
participantes en esa especie de exposición agropecuaria ponían en venta,
además de los productos vegetales, las curiosas especies de animales que
habían exhibido dentro de jaulas como complemento al paraíso terrenal.
Cada parroquia buscaba su protagonismo, instituyendo un santo de su
devoción, con lo cual se distribuían los festejos a lo largo del año.
Las devociones y promesas que implicaban un desplazamiento alcanzaron
gran auge; la romería de la Virgen de Chiquinquirá fue precursora de
agencias y movimientos turísticos masivos, recibiendo grupos
provenientes hasta de los países vecinos. Posadas, dueños de recuas,
fabricantes de recuerdos, músicos y vendedores de comestibles hacían su
"agosto" en diciembre, cuando se conmemora el milagro.
Las tradicionales fiestas llaneras de San Juan, con la corrida del
gallo, eran, y aún lo son, torneos deportivos. San Pedro y San Pablo, el
29 de junio, partía en dos el año con una serie de festejos dentro de
los cuales contaban mucho los atractivos gastronómicos. Lechonas
rellenas, condimentadas con ajos y cominos, pavos y pollos, envueltos y
arepas de distintas formas, bizcochos y bizcochuelos se pasaban con las
mistelas o con guarruz de maíz o de arroz; en botellas tapadas con
manojitos de claveles y de rosas se presentaban las orchatas, las aguas
de lulo, mora o piña, para refrescar a las parejas en los bailes de
tierra caliente. En el Valle aún se conserva la costumbre de que en esa
fecha los padrinos obsequien a sus ahijados una maceta fabricada en
balso, muy adornadas con papeles brillantes y repleta de animalitos
hechos de azúcar coloreada.
Con combustibles más fuertes se sucedían las celebraciones del 6 de
enero en Bogotá, cuyo epicentro era el barrio Egipto, que se
transformaba para recibir una multitud de visitantes durante los tres
días de devoción. Faroles, festones y grandes fogatas iluminaban la
noche; tiples, bandolas, guitarras, violines, panderetas y chuchos la
alegraban; la especialidad culinaria del sector fueron las fritangas,
cuya fama dió el apelativo de "chicharroneros" a los habitantes del
barrio, habilísimos en la preparación del cerdo.
Casi todas estas fechas siguen siendo días festivos en Colombia, aunque
más asociadas a playa, campo o deportes que con la asistencia a oficios
religiosos o con la preparación de comidas tradicionales. El traslado de
casi todas las celebraciones a los lunes dejó sin validez aquella vieja
estrofa que decía:
Tres jueves hay en el año
que causan admiración:
jueves Santo, Corpus Christi
y jueves de la Ascención
Mientras unas conmemoraciones van en retroceso, a otras, con el impulso
del comercio y también por influencias extranjeras, las van
sustituyendo. Pese a que en la celebración de la Navidad se han impuesto
costumbres que van conformando nuevas tradiciones, es quizá la fiesta
que más sabor autóctono conserva.
Nochebuena y Navidad
La fecha que se conmemoraba era el día 25 de diciembre y, aunque no era
la más destacada del santoral, no dejaba por ello de imponer tareas muy
concretas para todas las edades: las apuestas de aguinaldos, la
confección de los pesebres, los bailecitos, las comparsas de matachines,
las misas, las novenas, el ensayo de villancicos que entonaban pastores
y pastoras de variados pelambres llenaban todo el mes de diciembre.
Obviamente, también llegaba a las cocinas el piadoso frenesí, que
disminuía con la Misa de Gallo en el amanecer del 25 de diciembre, pero
sólo se consideraba totalmente cancelado el 6 de enero con la llegada de
los Reyes Magos. En la región antioqueña, se acostumbraban el cerdo y la
natilla. En el Cauca, la torta de pastores, el dulce de limón y las
rosquillas. Hacia 1840, el ajiaco de "papas con gallina" ya era de rigor
para las cenas de la novena de aguinaldos y de la Nochebuena, según
consta en artículo publicado en El Bien Social, No. 38 (Bogotá, 1880).
También, según lo informa en 1872 la revista El Rocío, eran
imprescindibles el arroz de leche, manjar blanco, caspiroletas y huevos
chimbos.
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Jarra de
porcelana con la efigie del presidente Manuel Murillo Toro
sancionando la ley del Ferrocarril del Cauca. Museo del Siglo XIX,
Fondo Cultural Cafetero, Bogotá.
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Por
otra parte, don José Manuel Groot recuerda que en el día de nochebuena
se cruzaban por las calles las criadas y criados con bandejas de
empanadas y buñuelos que constituían el "emblema de la época". Bajo la
servilleta de lino muy almidonada, buñuelos dorados, recién hechos,
navegaban en almíbar o en miel venida de las haciendas de tierra
caliente. Se recibían y enviaban en un intercambio similar al que
practicamos ahora con las canastas llenas de licores "importados". Sin
embargo, la sorpresa era posible porque en cada casa se guardaba
celosamente una receta que constituía "secreto de familia".
Según el Nuevo Cocinero Americano publicado en Paris en 1858, "buñuelo
es una masa de harina y huevo preparada de distintos modos y mezclada
muchas veces con varios ingredientes, dividida en pequeñas fracciones
que se fríen en manteca, aceite o mantequilla y se comen con azúcar o
almíbar", o sea que buñuelo era entonces lo mismo que ahora, lo cual en
este mundo cambiante es buena muestra de la estabilidad de las
instituciones culinarias.
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Como un eco de nochebuenas centenarias, tomamos del Manual práctico
de Cocina para la ciudad y el campo, tomo II, de Elisa Hernández,
editado en Medellín por la Librería Restrepo en 1914, una de las
recetas de:
BUÑUELOS DE NAVIDAD
Se hace un batido de miga de bizcochuelo con huevos batidos,
canela, vino, nuez moscada y un poco de almíbar. Aparte se dividen
en cuadritos pequeños otros bizcochuelos. Se envuelven en el batido
y se fríen; luego se sacan de la fritura, se envuelven de nuevo en
batido y se vuelven a freir; esto se repite de la misma manera hasta
que queden del tamaño que se quiera. Después de fritos todos los
buñuelos se ponen a calar en almíbar sacándoles la manteca que vayan
soltando por encima con una cuchara. Se sacan y se ponen a escurrir
en un cedazo para servirlos con otro almíbar perfumado con vino y
canela.
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En
busca de su historia, encontramos que Francisco Martínez Mortiño,
cocinero de Felipe III, incluía en la lista de casi cuarenta platos
servidos en los banquetes de Navidad, buñuelos de viento; es decir que
ya desde el siglo XVII, una y otro, Navidad y buñuelo, venían juntos; en
América se multiplicaron sus posibilidades en prolífico mestizaje, y en
los recetarios colombianos del siglo pasado, además de los buñuelos
comunes, se encuentran los de queso fresco, de queso añejo, de jeringa
con canela y mantequilla, de chirimoya, los sabrosos, los de viento con
leche o de viento sin leche. Otras variedades eran los buñuelos pícaros,
los de molde, de rodilla, de maíz, los buñuelos labrados de almendra,
rellenos, estriados, de fríjoles, de rábano, de arroz, hervidos,
tendidos, de camote, de pasas, de requesón, de huevo, de cuchara,
transparentes, de almidón, de lima, esmerados. Algunas variedades podían
ser regionales: antioqueños, marinillos, americanos, valencianos; los
había también de connotaciones políticas y sociales —españoles,
republicanos, blancos, negros, humildes, de chicha y, naturalmente,
buñuelos navideños.
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Portada de la edición facsimilar de la Novena de Aguinaldo de fray
Fernando de J. Larrea, que se rezó durante las fiestas navideñas
durante
todo el siglo XIX y es la fuente de las novenas que aún hoy tienen
vigencia.
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Dentro del complejo juego que cultivaban las relaciones sociales en la
época, tan dada al uso de los símbolos y de lenguajes secretos, no sería
raro que cada tipo de buñuelo tuviera un significado, y su envío, un
mensaje oculto. Según un librito publicado en Bogotá en 1869, titulado
Lenguaje gastronómico con un oráculo, buñuelo significa dulces
recuerdos.
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