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El "chino bogotano" es una realidad a comienzo de siglo y desde ese
momento es ya objeto de estudios especiales, de reflexiones, de poemas y
de novelas cortas en las cuales se narran sus aventuras. "El niño
Agapito y el chino de Bogotá", de Januario Salgar, "La niña Agueda" de
Manuel Pombo, el "Chino Lázaro", de Fermín Pimentel y Vargas, son
expresión de esta realidad capitalina. Los "chinos bogotanos" son niños
huérfanos y abandonados que tienen que buscar formas propias de
supervivencia, que realizan pequeños trabajos y que se ven abocados a
formar parte de pandillas callejeras.
El "chino bogotano" existe desde el siglo XIX y posiblemente desde
antes. En la revista El Domingo de marzo 19 de 1899 apareció la historia
de un chino afortunado: "Lucas Vargas". Escrita por José María Samper,
esta narración permite seguir de cerca el contacto entre un chino
embolador y su cliente, un hombre solitario que se encariña con el
muchacho y le brinda la oportunidad de "culturizarse" y convertirse en
un buen cristiano. Describe en forma muy elocuente el contacto entre el
mundo culto del hombre solitario y el mundo de los "chinos de la calle",
con su lenguaje propio y su forma de vivir. Entre los dos personajes se
halla la madre del niño, que lo explota permanentemente.
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"Negrito embolador", acuarela de Ricardo Moros Urbina, 1905. Museo
Nacional, Bogotá.
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“Miserias de Bogotá”, fotografía de Erwin Schottlaender
publicada por Cromos en 1935.
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"Entierro de un colega", fotografía publicada
por la Revista Ilustrada en 1990.
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En
los múltiples aspectos que esta historia narra, encontramos la
vinculación de Lucas Vargas y otros "chinos de la calle" a las fiestas
religiosas. Es un extraordinario relato que nos deja ver con lujo de
detalles el mundo gamín, ya existente en Bogotá hacia finales del siglo
pasado y cuyo origen se confunde con la historia misma de la ciudad.
A principio de siglo, el "chino" estaba en todos los lugares de la
ciudad y en todo tipo de acontecimientos. Cuando el orden público se
turbaba, él era elemento fundamental de las contiendas. "Nadie era más
ligero para recoger piedras, que fueron las armas de aquellos
revolucionarios...", nos dice Osorio Lizarazo. En una remembranza del
"chino bogotano" publicada en Mundo al Día, noviembre 13 de 1926,
resalta la preciosa y anónima colaboración que ellos desempeñaron en las
guerras civiles como pequeños combatientes: "...Era (el "chino") el
único medio de información y no era deficiente. Había ido a todas
partes, se había enterado de todos los movimientos, sabía dónde y quién
resultaba vencedor... Lo mismo acontecía en las campañas bélicas. Cuando
llegaban los partes de los hechos de armas de los beligerantes, se
encargaba de propagarlos, citando con precisión el sitio donde se
encontraban los más renombrados jefes, sus victorias respectivas y sus
derrotas. Con frecuencia fue enviado a llevar noticias a los sitios de
campaña y, burlando hábilmente todas las vigilancias y todas las
persecuciones, terminaba con honra su comisión..."
En 1903, cuando se produjo la separación de Panamá, los "chinos"
vendedores de periódicos de la capital, no ajenos a la realidad nacional
y bajo el lema "Por la Unión y por la Patria", organizaron una
manifestación ante Marroquín, vicepresidente de la República. La prensa
aprovecha el hecho para exaltar el nacionalismo: "...Ese cuerpo de
pilluelos, al ver que manos extrañas quieren apoderarse de un pedazo de
nuestro suelo, sienten hervir la sangre de chicos libres y se ofrecen en
masa a tomar un fusil para salvar el nombre de la Patria. Han dado el
grito de ¡Viva nuestra República libre!, ¡Viva nuestro amor nacional!"
Los
chinos bogotanos
Revienta en los aires un férvido grito:
—¡El Tiempo y Especia! ¿Le embolo, mesito?
Y en calles y plazas, vibrante y risueño,
el chino sonoro la mirla sin dueño —
de pronto aparece saltando veloz.
Calzones de manta que el suelo le alisa,
la vida en los ojos y el alma en la voz.
¿Su padre? No tiene. ¿Su madre? Lo ignora...
Nó, no es la viejita que tose y que llora
en rancho que guarda la hostil soledad:
de aquellos gamines las rudas legiones
nacieron, lo mismo que los copetones,
del alma doliente de nuestra ciudad...
Y el grito se eleva férvido y fuerte:
¡Es la última, mesio!¿No compra la suerte?
¡La suerte!... Con ellos qué dura y sombría...
ya busca la lata, dejando el portón.
¡El Tiempo! ¿Le embolo?... No saben —arcanos
que llevan la patria vibrando en las manos
y toda una raza prendida al cajón.
¡Y qué! ¡Son felices! Amable y chirriada
por ellos tan sólo se tarda la criada
que empieza a abrasarse por fiebre sin fin.
El cuarto vestido con rotas postales,
mejillas lo mismo que vivos corales...
Después... que los mesios le compren carmín...
Y saltan los chinos lo mismo que gnomos:
– ¡El Gráfico y Mundo! ¡Revista de Cromos!
Nicolás Bayona Posada
El alma de Bogotá, Antología seleccionada y comentada por
Nicolás Bayona Posada. Bogotá, Imprenta Municipal, 1938.
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El
"chino" bogotano es objeto de estudio y reflexión. Un artículo de Julián
Páez, aparecido en Bogotá Ilustrado de 1907, sobre los "chinos", y sobre
una de sus modalidades, los emboladores, nos permite seguir de cerca sus
actividades y su origen: “...No es exagerado decir que un chino, solo,
hace leer más que todos los maestros de escuela de Colombia reunidos...
grita y pregona por las calles y plazas El Correo, y El Comercio,
El
Nuevo Tiempo y El Porvenir, La Revista de la Paz y Bogotá Ilustrado
(...) Desde entonces viene (...) creciendo y engordando en nuestra
sociedad, como rueda indispensable, ese infeliz gremio que antes moría
de inanición, sin fuerzas para la lucha de la vida, sin más techo que el
cielo, ni otra vivienda que la calle, ni más alojamiento que el
Hospicio; sin otro maestro que el déspota severo, dueño del tenducho en
donde el desgraciado había venido al mundo; sin otro pan que el que daba
la caridad, y sin otra esperanza que la de entrar a los cuarteles a
cursar en la escuela de la carne de cañón..."
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"La chiquillería durmiendo en los andenes de una calle bogotana."
Cromos, junio de 1918.
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"Gamines",
fotografía tomada a principios de siglo por Ernst Rothlisberger e
incluída en su libro "El Dorado".
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Julián Páez, en Bogotá Ilustrado de febrero de 1907, se pregunta en
dónde nace el chino y quiénes son sus padres, y así responde: "...Nadie
lo sabe; él mismo lo ignora; quizá en un cuchitril sucio y desmantelado,
quizá en los negros calabozos de la prisión, lo arrojó su madre sobre el
mundo... pasó presto su vida de lactancia y cuna, porque presto pasa
todo para él... Cuando la madre (...) iba al mercado, a la fuente
pública, o a servir por días en la casa donde se hallaba concentrada,
dejaba, abandonado y solo, al chiquitín sufriendo las crueldades del
hambre, del silencio y de la oscuridad de la pieza inmunda que tuvo por
albergue, si fue que tuvo alguna; lloró todas las lágrimas que sus ojos
tuvieron, por eso ríe desde que llegó a grande y ríe en todas partes y a
toda hora, con una risa sarcástica y temible... Así que pudo andar fue
habilitado como muchacho de servicio, y ora traía el agua del chorro
vecino, ora los comestibles de la tienda de la esquina y desgraciado si
se tardaba, si rompía la vasija o si perdía el dinero que le habían dado
para las compras, porque una mano colérica y brutal, impulsada con
frecuencia por el estúpido alcohol, se dejaba caer cruel y desgarrante
sobre sus carnes indefensas ... Una tarde (...) fue mandado el chino a
traer el diario de la venta más afamada que por su barrio había (...) el
pan se exhibía en los cajones de la estantería,(...) el chino cogió el
pan aquella noche, sació su hambre y en su vivienda se quedaron
esperándolo hasta el día de hoy.... El mandadero jamás volvió a ella
..."
El "chino" bogotano no es un niño aislado. Forma parte de grupos
callejeros. Julián Páez describe cómo se vincula el "chino de la calle"
a estos grupos: "...Ya libre (...) sin techo y sin sujeción... no teme
ya al látigo del colérico patrón, pero el hambre lo acosa...¿Qué hacer?
Pasa por el parque Santander, en donde, en estrepitosa bullanga, hállase
el gremio chinesco, reunión de harapos y alegría... y de aquel grupo
surge su redención: un chino amigo, su vecino y compañero, que le sale
al encuentro, y entre risas y burlas se informa de sus suerte, se duele
de ella, le da de comer de lo que come... y lo toma orgulloso bajo su
amparo y protección. El anfitrión sigue dispensando su protección al
recién venido, procura hombrearlo, iniciarlo en el modus vivendi de la
cofradía chinesca; le enseña los sitios de reunión, las ventas más a la
moda entre ellos, las ventorras que los tratan con más consideración, el
punto donde miden mejor los alimentos, y procede a presentarlo a sus
compañeros (...) el recién venido no tiene un centavo, le falta un
cajón, una caja de betún y un cepillo. ¿Qué hacen? Uno de ellos presenta
su gorra a los demás, y en ella va depositando cada uno su contribución;
muchas veces no se reúne la suma que necesita..."
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Voceador de prensa, dibujo de Coriolano Leudo, 1916.
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Niños
combatientes de la guerra de los Mil Días, fotografía publicada por
L'Ilustration de París, julio de 1902.
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Niños vendedores
de prensa frente a las oficinas de la revista Cromos, de Bogotá, en
septiembre de 1816.
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Estos
grupos los conforman niños, muchachos y uno que otro perro. Los nombres
de los emboladores y "chinos de la calle" son similares a los de tantos
gamines que encontramos a lo largo del siglo. Son muchos los Diablos,
Cuchucos, Patichuecos, Pucheros y Muñecos que han vivido en las calles
de Bogotá...
El gamín era un elemento característico del paisaje aldeano de Bogotá.
El "chino de la calle", trabajador, simpático, travieso, ingenuo,
libertino y recursivo, realiza trabajos de voceador de prensa,
lustrabotas y carbonero. Poco a poco se convierte en "chino
delincuente". Aparece el gamín atracador y ladrón, el pequeño limosnero
y asesino que se convierte en una de las mayores pestes de la ciudad.
Osorio Lizarazo describe muy bien el "chino bogotano", pero ya en el año
26 se refiere a él como un personaje del pasado: "...El limpiabotas
auténtico, aquel que constituyó un tipo inseparable de las calles de
Bogotá, está a punto de desaparecer... Aquel "chino" típico, que se
cubría con un destrozado vestido de "cachaco", cuyas mangas de saco y de
pantalón había doblado veinte o treinta veces a fin de permitir el libre
uso de pies y manos (...) con el rostro picaresco lleno de betún, se ha
extinguido casi del todo con sus frases picantes, sus ocurrencias
originales y sus actos admirables. Era pícaro, medio ladrón y
aventurero, como uno de los personajes descritos en clásicos cronicones.
Dormía en las puertas, al amparo de los templos, bajo los puentes y en
los parques. Su ingenio, de precocidad desconcertante, era el
depositario de todo el ingenio bogotano (...) Compartió fraternalmente
su miseria con todos sus compañeros... Comía lo que hallaba a mano, y
desconocía todos los principios de higiene que han sido la preocupación
del siglo... Casi siempre se hacía acompañar de un perro. Desde que
salía a ganarse la vida, a los tres o cuatro años, dos eran sus
preocupaciones: adquirir un cajón de limpiabotas, profesión a que estaba
predestinado, y conseguir un perro" (Mundo al Día, noviembre 13).
Osorio Lizarazo habla en pasado. Su escrito refleja la evolución del
proceso de los niños que viven en la calle. El "chino bogotano" empieza
a desaparecer hacia finales de la década del veinte y va dando lugar al
niño "gamín" que conocemos hoy. Comparten características, se enfrentan
a situaciones parecidas y las solucionan de manera análoga.
El "gamín" adquiere características nuevas que nos hablan, ya no del
personaje de un pequeño pueblo como era Bogotá a principios de siglo,
sino del inquilino de las calles de una Bogotá moderna y populosa. El
gamín hace parte de la ciudad en crecimiento. La supervivencia en la
calle tiende a hacerse cada vez más dificil y peligrosa, y la gallada
como elemento identificatorio del "gamín" adquiere una presencia más
importante que la de sus mismos miembros.
Este trabajo hace parte de una investigación mayor iniciada en 1987 con
el patrocinio de la Fundación para la Promoción de la Ciencia y la
Tecnología del Banco de la República, sobre La historia de la infancia
en Bogotá: 1900-1989.
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