Revista Credencial Historia


EDICIÓN 48 - DICIEMBRE 1993

 





ANTONIO NARIÑO EN FAMILIA
Por: Eduardo Ruiz Martínez

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 48
Diciembre de 1993


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"ĦBendito sea para siempre aquel que
dio al hombre una compañera, y que
puso en ella el encanto irresistible
que tiembla a un mismo tiempo
nuestro carácter y nuestras desgracias!"

"Sueño", La Bagatela, No 3, julio 28 de 1811

 

Antonio Amador Joseph Nariño y Alvarez fue el tercero de ocho hermanos nacidos en Santafé, del matrimonio de la criolla Catalina Josefa Alvarez del Casal (hija del madrileño Manuel de Bernardo Alvarez, jurisconsulto graduado en Salamanca, quien se desempeñaba como oidor fiscal de la Real Audiencia y de María Josefa del Casal) con el gallego Vicente Nariño Vásquez, funcionario de la Corona, quien fungía como contador oficial real de las Cajas Matrices del Virreinato y del Tribunal de Cuentas en Santafé y quien, desde mediados de siglo, había llegado a estas tierras.

Nació pues Antonio el 9 de abril de 1765 en cuna sin mácula, pero algo enfermo del pecho, por lo cual fue niño consentido por progenitores y padrinos. El de bautismo, íntimo amigo de su padre, oriundo de Simancas, donde su familia trabajaba para el rey en el Archivo de España, fue Antonio de Ayala y Tamayo, tesorero oficial real, quien junto con el de confirmación, Pedro Escudero, obsequiaron al niño desde pequeño con magníficos regalos. Piénsese que recibió de chico una abotonadura de doce botones de oro fino y un reloj del mismo metal y, más grande, una espada toledana y una escopeta de cacería, y cuando su pasión por los caballos aumentó hasta convertirse en el más consumado chalán de Santafé, una silla de montar, con estribos y frenos de plata y fundas para las pistolas con cantoneras de cobre.

 

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Magdalena Ortega de Mesa, esposa de Nariño, con Gregorio, su hijo mayor.
Oleo de Joaquín Gutiérrez, 70x57cm. Casa Museo 20 de Julio, Bogotá.


 

De inteligencia superior, fue amado por toda su familia. Como no puede, a causa de su salud, ingresar al San Bartolomé de sus hermanos mayores José y Juan Nepomuceno, se queda en casa, embebido en la lectura de los libros de su anciano abuelo, el abogado madrileño. Este muere cuando Antonio tiene sólo nueve años, y hereda su biblioteca, que suma a los volúmenes abundantes que posee su propio padre, cuando éste fallece cuatro años después. De aquí en adelante desarrolla un raro frenesí por los libros, que lo toma bibliómano, bibliófilo, ratón de biblioteca, librero. Devora con pasión y sin método todo lo que llega a sus manos. Compra libros de segunda mano y los revende, y los importa de manera legal o de contrabando. Todo lo lee, y así se hace a una cultura. Aprende medicina y receta de balde los sábados. Estudia francés leyendo a Voltaire con el diccionario de Sobrino y el calepino de las 7 lenguas. Lee a los filósofos ingleses y los enciclopedistas lo convierten en un autodidacto ilustrado.

 

 

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Partida de matrimonio de Antonio Nariño y María Magdalena Ortega, marzo 27 de 1785.
Archivo Parroquial, Iglesia de las Nieves, Bogotá.


 

La vida transcurre tranquila en Santafé. Se vive la Pax Hipanica en este pequeño villorrio de quince mil habitantes, perdido en la inmensidad de los Andes, hasta cuando en El Socorro estalla una revolución contra los altos impuestos del gobierno. Es el Común, con Berbeo y Galán a la cabeza, que amenaza con tomarse el poder. La capital organiza la defensa y crea la Compañía de Caballeros Corazas de la cual Nariño, tal vez por buen jinete, es nombrado abanderado. Tiene sólo dieciséis años. Muy orondo caracolea por las calles, mientras el arzobispo-virrey pacta con los del Común unas capitulaciones que después desconoce. Cuando Nariño contempla la cabeza de Galán en una pica, sufre un impacto tal que su madre tiene que pedir de inmediato su retiro de la milicia del rey.

 

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Antonio Nariño.
Oleo de Franco, Montoya y Rubiano, ca. 1880.
Museo Nacional, Bogotá.


 

A raíz de la muerte de su padre, colabora en forma estrecha con sus hermanos y su madre en el hogar. Piensa entonces en el comercio como recurso económico y busca la manera de ganar algún dinero en él, necesario para su casa: se dirige a Honda en convalecencia y también a explorar posibilidades. Más tarde, viaja a Cartagena con el mismo propósito y comienza a estudiar la manera de exportar productos a la Metrópoli. Es cuando su madre se ve obligada a vender la casa familiar de la Calle de la Carrera, para reducir los gastos.

Tiene 20 años. Llega el amor y se enamora de manera profunda. La agraciada es una distinguidísima muchacha santafereña, criolla como él, nacida el 22 de julio de 1762, es decir, tres años mayor que Nariño. Los padres de la novia son también criollos. José Ignacio de Ortega y Gómez de Salazar, administrador principal de la Renta de Aguardientes, viudo de doña Petrona de la Mesa Moreno de Rojas, dota a su hija con esplendor. El ilustrísimo obispo de Comayagua, en Honduras, monseñor José de Isabella, de paso por la ciudad, los casa en la iglesia de las Nieves el 27 de marzo de 1785 y se van a vivir a la casa que ha tomado en arriendo doña Catalina, en Santa Bárbara.

Momento estelar en la vida del Prócer. Todo le sonríe. En enero siguiente nace Gregorio, su primogénito, a quien tanto querrá y quien tanto le hará sufrir. Los negocios mejoran de manera notoria. Funda entonces el Arcano Sublime dé la Filantropía, y en el 87 nace Francisco. En mayo del año siguiente compra una casa en la Plaza de las Hierbas -después de San Francisco y hoy de Santander-, pero su madre, a quien tanto ha amado, muere en diciembre, dejándolo desolado. Se refugia en el amor sublime de su esposa, sin imaginar siquiera las tragedias por venir.

Nariño es bien serio en materia de faldas. Hombre de una sola mujer, parece extraño espécimen en el medio, si se le compara, por ejemplo, con Bolívar o Santander. Es el anti-Don Juan. Es uno de aquellos que, por ser monógamos en toda la extensión de la palabra, Marañón consideró como varones del amor perfecto y de la real virilidad.

Todo le sonríe. Está profundamente enamorado de Magdalena, que lo adora. Ya son padres de dos hijos sanos y hermosos. Tiene 24 años cuando encabeza en Santafé el famoso Círculo Literario. Está compuesto por un grupo de intelectuales que, a ejemplo de algunos Casinos de Venecia, donde los suscriptores se reúnen y, sacados los gastos, leen ejemplares de los mejores diarios y gacetas extranjeras, hablan de libertad y de emancipación. Es un club liberal como los franceses de la revolución. Nariño es el personaje de moda en la ciudad. Resume carisma. El pueblo lo adora. Es el caudillo que se perfila. El cabildo lo elige alcalde de segundo voto. El virrey lo encarga de la Tesorería de Diezmos. Ha adquirido una imprenta, y a pesar de que el Consejo de Indias los ha prohibido, traduce e imprime de manera clandestina los 17 artículos de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, proclamados por la Asamblea Francesa, que le van a costar 17 años de prisión.

Las relaciones de amistad con sus hermanos son óptimas. Juntos le compran a Francisco de Vargas, hermano de Pedro Fermín, su íntimo amigo, las tierras denominadas Barbosa y Castilla en jurisdicción de Sopó. Se cartea con Mutis y es ferviente amigo de Zea. Sus inquietudes científicas van en aumento y continúa leyendo libros y más libros. En julio de 1791 nace Antonio, su tercer hijo.

El año siguiente inicia la exportación de quinas. En el 93, ya imprime en la Patriótica el Papel Periódico de Santafé, y nace su cuarto hijo, Vicente, cuando es denunciado y se le encarcela por esa traducción de los Derechos del Hombre. Incomunicado, quiebra en sus negocios. Las mercancías en puertos extranjeros se pierden. No se pagan los dineros que le deben. Todo se le embarga, hasta 700 títulos que en ese momento posee en su biblioteca. Con su esposo en la cárcel, Magdalena, su amada "Matica", su "Emma", tiene que mendigar por las calles con sus hijos para poder comer.

Sentenciado a diez años de presidio en Africa, se le confiscan los bienes y se le prohíbe de por vida regresar al Nuevo Reino. En Cádiz logra escapar -tal vez ayudado por hermanos masones- y busca con los poderosos de Europa, sin éxito, ayuda para la revolución. Magdalena envía cartas dolorosas a la reina: "Que se me devuelva, Señora, mi esposo, que mis hijos recobren su padre!". No obtiene ningún resultado. Desde Madrid le escribe en abril de 1796 a su amada "Matica" refiriéndole sus adversidades. Nariño regresa a Santafé y es encarcelado de nuevo. En la sordidez del calabozo del Cuartel de Caballería va a concebir a sus dos hijas Mercedes e Isabel. Es que el amor de Antonio y Magdalena es más fuerte que la adversidad. Pero la enfermedad del Prócer se agrava. La tuberculosis lo está acabando. El virrey Ezpeleta no quiere mártires y, con base en dictámenes médicos, previa fianza y con centinela de vista, lo envía a "Montes", una propiedad de la Corona en la Sabana, sobre el Fucha, que antes fuera de los jesuítas, para que se acabe de morir.

 

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Mercedes Nariño de Ibáñez, hija del Precursor.
Casa Museo 20 de Julio, Bogotá.



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Isabel Nariño de Sáiz, hija menor del Precursor.
Casa Museo 20 de Julio, Bogotá.


 

El aire puro y el ejercicio lo mejoran. Su pariente, el cura Francisco Mesa, se convierte en un ángel guardián. "Mi cura: -le dice en 1802- Siete millones de gracias porque contribuye con los costales a que una u otra noche se coma pollito en lugar de ajiaco". Y más tarde: "Magdalena que está con dolor de cabeza y por eso no le escribe; que le agradeció mucho su encargo, que estuvo muy bueno, y que lo recibió".

Preso en Cartagena, escribe a sus hijos Gregorio y Francisco, en La Habana: "Gregorio mío: ésta la escribo con la incertidumbre de tu paradero y de Pachito; y así donde quiera que os halle, volveos a Cuba a arreglar los asuntos de Mariano [...] Tu madre y tus hermanos viven y están buenos. Portaos siempre con honor, y no olvidéis el amor invariable que os profesa Vuestro Padre". A finales de 1810, después del 20 de julio, logra una precaria libertad. Regresa a Santafé. Vuelve a la política y cuando ya ve una luz en el horizonte, recibe el golpe más duro de su vida: Magdalena, agotada por adversidades y privaciones y tal vez contagiada de tuberculosis, muere dejándolo en la más absoluta desolación el 16 de junio de 1811. La sepulta en La Candelaria.

"Este recinto en que la Cruz simple se levanta al lado del mausoleo, -escribe en el número 2° de
La Bagatela, periódico político que funda en el aniversario de la toma de la Bastilla, un mes después de la muerte de su esposa- en donde viene a acabar igualmente la infancia y la vejez, la felicidad y la desgracia, los temores y las alhagüeñas esperanzas: este recinto; último asilo del hombre... ĦOh mi Emma!, tú lo habitas ya en un eterno silencio, y tu alma, aquella bella alma que partía mis penas y mi placer, voló al seno de su criador. ĦQuantas veces en este mismo lugar a donde ahora vengo a regar con mis lágrimas tus cenizas, te oí anunciarme este terrible momento de nuestra separación! Ahora solo, en medio de las sombras de la noche, rodeado de un pavoroso silencio, levanto mi voz trémula... Emma...Emma... querida mitad de mi mismo, respóndeme, o haz que se entreabra la loza que te oculta y me reciba en su seno. Pero todo en vano. Emma ya no existe, y yo solo vivo para llorarla".

Cuando organiza la Campaña del Sur, piensa llegar a Quito para desalojar por siempre de esta parte de América al poder español. De haberlo logrado (si no hubiera sido traicionado en los ejidos de Pasto) y con los hados propicios, sin duda este Antonio Nariño bueno, tierno, cariñoso y único como padre y esposo, hubiera sido entonces el Libertador de Colombia, y nuestra historia se habría desarrollado de manera diferente. Preso de nuevo, por el cabo de Hornos, desde El Callao lo envían a las mazmorras de la Cárcel Real de Cádiz, donde permanece encerrado casi seis años.

A la salida de la prisión escribe, lleno de ilusiones, al hijo: "Antonio mío: [...] Te harás cargo de cuánto me costará cada día que paso sin volar a abrazarte con tus hermanitas, Vicente y toda la chusma, con la vieja de tu tía Dolores; pero los años y los trabajos tan repetidos me hacen violentarme y tener más circunspección de la que piden mis deseos de veros a todos. Aquí nada me falta hasta ahora, y según el poco tiempo que creo he de permanecer aquí, nada me faltará; pues si no hay algún contratiempo, antes de que se acabe el año nos hemos de haber visto. ĦQue día, hijo mío, será éste para tu padre! Dios me lo ha de conceder"

Y más adelante, rebosante de ternura: "Remito dos pañuelos y un librito para que Isabel y Mercedes se entretengan mientras llega su padre a darles mil, dos mil, un millón de abrazos. Podría haber mandado algunas cositas para todos, pero una librancilla de lo poco que tengo no me ha llegado; y así he sacado esto del baúl para mandar algo. Supón que sigue aquí una letanía de todos los que pienso y saludo: el picaro de tu tío. Pepe, Benita, todos y cada uno de sus hijos; tu tía Luisa con todos los suyos; la tía Chepa; las Olanos, con Luis; Groot, con Manuela; la Chepa Pinzón y Mariquita. A la Chepa Barco, que en Cádiz me dieron un susto sobre su persona, y que me alegro que no haya hecho de heroína; a Sábala, si existe; a Antonio; a la niña Carmen; y hasta Roque y Bárbara... No hay tiempo para más; recibe, Antonio mío, toda la efusión del amor que tú sabes que te profesa tu Padre".

Este era el Nariño humano. El buen miembro de familia, el padre devotísimo. Es evidente que el sino y la tragedia que lo persiguieron con saña durante toda su existencia, y aún más allá de la muerte, nunca pudieron modificar su distinguido talante de esposo, padre y amigo amorosísimo.


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