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Eran tales los contrastes entre la
vida de ricas y pobres, campesinas, pueblerinas y citadinas, entre blancas, negras e
indígenas, entre casadas, solteras y monjas, entre aquellas de tierra caliente o de zonas
montañosas templadas y frías, entre las que gozaron de años de paz y prosperidad o las
que soportaron tiempos adversos, que resulta difícil hacer afirmaciones generales sobre
las mujeres que vivieron en Colombia durante el siglo pasado. Poco tenían en común una
señora de Bogotá o de alguna de las principales ciudades, por ejemplo, con una esclava
negra de principios de siglo, con la tendera de un pueblo pequeño, con una criada
doméstica, con una tejedora o una lavandera, para mencionar sólo algunos de los
múltiples oficios desempeñados por la inmensa mayoría de las mujeres que tuvieron que
ganarse el sustento o ayudar a sostener sus familias.
Durante la Colonia, una dama entendía
que su destino era dedicarse al buen manejo del hogar, a la oración y de pronto a la
caridad. Bajo el influjo de la Ilustración, a fines del siglo XVIII, hubo un tímido
intento de ampliar el horizonte de las aspiraciones femeninas. Luego, en la época de la
Independencia, las circunstancias excepcionales derrumbaron momentáneamente algunas
barreras en los roles asignados a cada sexo. Después del medio siglo, con el
Romanticismo, y en el último cuarto de siglo, con el espíritu conservador y religioso
que se impuso en la sociedad colombiana, volvieron a tomarse muy en serio algunas
restricciones para el sexo femenino. En ello tuvieron ingerencia ideas importadas sobre
todo de Francia, pero también de Inglaterra y, al cerrar el siglo, de Norteamérica.
Recordemos que en estos dos últimos países los ideales Victorianos difundían en aquel
entonces la imagen de la perfect lady. Todas estas influencias compartían la
idealización del mundo doméstico, dentro del cual reinaba y ejercía su autoridad la
mujer. Otro componente de la imagen femenina decimonónica fue el culto a la Virgen María
que se renovó en el mundo católico. Todos estos ideales incumbían si acaso a una parte
de las mujeres de los sectores más acomodados que habitaban los centros urbanos. Las
demás llevaban una existencia muy distinta, marcada ante todo por el afán de ganarse la
vida.
El derecho
civil, en lo concerniente al matrimonio y la familia, que es la rama del derecho que más
tiene que ver con la vida diaria de las mujeres, varió poco una vez lograda la
independencia de España. Como en el resto de América Latina, la ley hispánica continuó
rigiendo hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando las nuevas repúblicas promulgaron
sus propios códigos. En el derecho colonial, la mujer y el varón obtenían la mayoría
de edad a los 25 años, aunque ellos desde los 14 y ellas desde los 12 eran considerados
aptos para contraer matrimonio. Antes de obtener la mayoría de edad, las mujeres estaban
bajo la tutela de su padre y al casarse -por lo regular antes de alcanzar la mayoría de
edad- pasaban a la tutela del marido. Las casadas eran las que estaban sometidas a las
mayores restricciones legales. El marido administraba la dote y los bienes conyugales, es
decir, las propiedades obtenidas dentro del matrimonio por cualquiera de los cónyugues.
Las esposas apenas podían poseer y administrar los bienes aportados al matrimonio,
llamados bienes parafernales. Sin embargo, a través de las capitulaciones matrimoniales,
los contrayentes podían pactar, bien la separación de bienes o la absoluta comunidad.
Estudios efectuados en otros países han revelado que un buen número de mujeres usaron
este recurso para eludir las desventajas que les imponía la ley. En Colombia faltan
estudios para saber qué tanto se ajustaron las vidas reales de las distintas clases de
mujeres a las normas civiles vigentes y si las casadas recurrieron o no a contratos
matrimoniales para lograr un mejor manejo de sus bienes. Hay evidencia de que numerosas
mujeres, sin importar su estado civil, vendieron, compraron y administraron propiedades
rurales y urbanas, y negociaron con animales y mercancías. Además, entre las más
pobres, predominaron las uniones libres y en muchas ocasiones, ante la ausencia de padre,
ellas asumieron la jefatura de sus hogares.
En 1858 Colombia
adoptó un régimen federal y cada Estado Soberano tuvo la facultad de expedir sus propios
códigos. En el derecho privado los Estados cambiaron la legislación española antes de
que la Unión tomara esta iniciativa. El Estado de Cundinamarca en 1859 fue el primero en
adoptar su código civil, seguido por el Cauca. El Estado de Antioquia se demoró hasta
1864. Los nuevos códigos se inspiraron en el que había sido aprobado en Chile en 1855,
que a su vez conservaba algunos elementos del derecho común español y del código civil
francés de 1804, más conocido como Código Napoleónico. Este, basado en gran parte en
el derecho romano, le negaba toda capacidad legal a la mujer casada, equiparándola a la
categoría de los menores y de los locos. En mayo de 1873 se expidió el código civil de
los Estados Unidos de Colombia, similar al de Cundinamarca, aunque con algunos cambios,
entre ellos el que le otorgaba a la casada unos mínimos derechos patrimoniales en cuanto
a la administración y usufructo de sus bienes de uso personal (ropa, joyas e instrumentos
de su profesión u oficio). Este código estuvo vigente hasta 1885, cuando desapareció el
federalismo en el país. En 1887 fue promulgado el nuevo código civil nacional que, en
términos generales, acentuó la supremacía del varón respecto de la esposa y los hijos.
La ley 95 de 1890 fue un primer paso hacia la protección de los bienes de las casadas,
pues les reconoció el derecho de solicitar medidas preventivas para evitar perjuicios en
el manejo de sus bienes. Sin embargo, fue en el segundo decenio del presente siglo cuando,
poco a poco, la legislación colombiana reconoció los derechos civiles de la mujer.
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Soledad Acosta de
Samper Oleo de R. Díaz Picón, 1952.
Academia Colombiana de Historia, Bogotá.
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En el campo de
la educación, los cambios a lo largo del siglo pasado fueron más alentadores. En 1833
las mujeres representaban cerca del 10% de los educandos en el país y al cerrar el siglo
eran un poco más del 40%. Durante la época colonial se le había prestado poca atención
a la educación femenina. A veces en las familias más pudientes las jovencitas aprendían
a leer, a contar, a bordar y a rezar. Con la Ilustración, al menos en los propósitos, se
esbozó la idea de que era importante educar mejor a las mujeres para que pudieran formar
buenos ciudadanos. La tendencia continuó después de la Independe-cia, pues educar a los
colombianos fue una de las primeras preocupaciones de los gobernantes. Desafortunadamente,
en los hechos fue poco lo que la joven y pobre República logró hacer, y menos aún en el
caso de las escuelas femeninas, no consideradas tan urgentes como las masculinas. Los
adelantos en la instrucción de las mujeres en general fueron producto de esfuerzos
privados, con excepciones, como el caso del célebre Colegio de la Merced, fundado en
Bogotá en 1832 por Rufino Cuervo, gobernador de Cundinamarca.
Después de la
guerra de los Supremos (1839-41), gracias a la reforma educativa liderada por el dirigente
conservador Mariano Ospina Rodríguez, hubo un aumento en el número de alumnas y de
planteles femeninos, pero el progreso más notable en todo el siglo se dio bajo los
gobiernos radicales en el decenio de 1870, cuando la cantidad de establecimientos
educativos para ambos sexos creció a un ritmo mayor que nunca antes en el país. La
proporción de niñas en las escuelas paso del 16% al 34% entre 1847 y 1870. Los Estados
más beneficiados en este aspecto fueron los de Cundinamarca, Santander y Antioquia, que
en el decenio de 1870 presentaron las tasas más altas de escolaridad en Colombia.
Las
realizaciones encendieron una intensa polémica sobre la conveniencia o no de educar a las
mujeres, y sobre el tipo de instrucción que debían recibir, debate que se prolongó
hasta los primeros años del presente siglo. Los enemigos tildaron a las alumnas de
«bachilleras» y las consideraron inclinadas a las novelas «perniciosas», y a otros
saberes dañinos. El otro bando respondía que moralizarlas a ellas era una forma de velar
por la moral pública, moldeada en el hogar. Otros alegaron que además de las consabidas
«labores propias de su sexo» y de otras novedades, como francés o piano, también se
debía pensar en prepararlas para ganarse la vida: que aprendieran asuntos prácticos como
teneduría de libros y hasta ciencias, si fuere el caso.
En el decenio de
1840 se planteó la conveniencia de formar maestras para encargarlas de las escuelas
primarias. Luego, en los setentas, cuando el gobierno empezó a capacitar maestros en las
Normales establecidas en cada Estado Soberano, algunas de ellas fueron abiertas para
señoritas, con muy buena acogida. En el Estado de Antioquia una tercera parte de los
maestros registrados entre 1865 y 1880 eran mujeres, muchas de ellas nombradas como
directoras de escuela, y en Bogotá, entre 1871 y 1880, se graduaron 128 maestros y 120
maestras. Durante todo este tiempo la educación se impartió por separado para ambos
sexos, pues la sociedad, y sobre todo la Iglesia, veía con malos ojos la coeducación. Y
la enseñanza para ellas no pasó de la primaria y una secundaria que a los sumo les
llevaba a obtener el título de maestras. En el decenio de 1930, en medio del
cuestionamiento a la subordinación jurídica y política de la mujer, un decreto
presidencial les permitiría ser bachilleres y unos pocos años más tarde pudieron
ingresar a la universidad.
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Al hablar de las
maestras, hay que tener en cuenta la labor cumplida por las madres en muchos hogares.
Según consta en algunas memorias autobiográficas y en relatos costumbristas, ellas
solían leerle en voz alta a sus hijos y les enseñaban las primeras letras. Y, hacia
fines del siglo, también hay que tener presente la labor educativa de las comunidades
religiosas. Se mantuvo abierto el Colegio de la Enseñanza, fundado en Bogotá en 1783 con
apoyo de la orden francesa de la Compañía de María. Pero sin duda el aporte más grande
en materia educativa y asistencial se debió a las Hermanas de la Presentación o de la
Caridad, de origen francés, quienes abrieron colegios en treinta y tres poblaciones
colombianas entre 1873 y 1900. Durante el último cuarto de siglo llegaron también al
país la congregación del Buen Pastor (Francia), las Hijas de la Caridad (Francia), las
Bethlemitas (Guatemala) y, en 1880, se fundaron en Villa de Leyva las Terciarias Dominicas
colombianas.
En cuanto a los
derechos políticos femeninos, durante todo el siglo se mantuvo la idea de que no era
adecuado extenderlos a las mujeres. En Colombia, según el Congreso de Angostura y las
Constituciones de 1821 y 1830, algunas mujeres teóricamente llenaban los requisitos para
ejercer la ciudadanía y el voto, pero esto era tan mal visto, que a nadie se le ocurrió
que podía hacerlo. En 1853, durante el régimen federal, la Constitución de la provincia
de Vélez reconoció el sufragio universal, sin distingo de sexo, medida que estuvo
vigente hasta 1860. Pero tampoco en esta ocasión ninguna mujer votó. Téngase en cuenta
que las primeras mujeres que sufragaron en Occidente lo hicieron en el Estado de Wyoming,
en 1890, y que las luchas sufragistas datan del segundo y el tercer decenio del siglo XX.
En Colombia, las mujeres tuvieron que esperar hasta los años treinta del presente
siglo para que sus derechos políticos empezaran a ser reconocidos, y hasta mediados del
siglo para poder votar, siendo el país uno de los últimos en Occidente en reconocer el
sufragio femenino. Pero desde antes las mujeres habían encontrado maneras informales y
variada de tener ingerencia en la política, pues muchas de ellas se interesaron por el
manejo de los asuntos públicos. Quedan huellas sobre todo de su participación durante
períodos conflictivos. Por ejemplo, durante las guerras de Independencia, cuando además
de la confección de banderas, escudos, cuadros alegóricos, bandas y banderolas para
propagar la causa, sirvieron de apoyo logístico para el ejército libertador, hicieron de
espías, cosieron uniformes, escondieron patriotas, reunieron víveres, caballos y armas.
Algunas de clase alta elevaron peticiones a los gobernantes y asistieron a tertulias donde
se debatieron las nuevas ideas. Sin embargo, al retornar la normalidad, sus vidas
volvieron a girar en tomo a sus hogares.
Durante el resto
del siglo las mujeres tomaron parte activa en las guerras civiles y en los principales
acontecimientos políticos. La correspondencia de algunas de las esposas de los dirigentes
revelan un claro interés y un buen conocimiento de los eventos del momento. En los
acalorados debates sobre la orientación de la educación, o sobre la relación de la
Iglesia con el Estado, ellas se expresaron con vehemencia a través de peticiones a las
autoridades nacionales y regionales, y en sus propias localidades apoyaron de distintas
formas al clero perseguido. En 1851, cuando José Hilario López expulsó a los jesuítas,
un grupo de doscientas damas santafereñas visitó al presidente para pedirle que revocara
la medida, y días después ochenta niñas vestidas de blanco visitaron a su hija pequeña
para que intercediera ante su padre. En esta ocasión los esfuerzos fueron en vano. Pero a
veces las súplicas femeninas surtían efecto y lograban, por ejemplo, evitar alguna
ejecución o modificar alguna decisión. En el tenso ambiente político del decenio de
1870, las antioqueñas, las vallecaucanas y las bogotanas participaron en asociaciones
devotas como las del Sagrado Corazón de Jesús, desde las cuales se hizo oposición a
algunas de las medidas anticlericales de los liberales radicales.
Como en el resto
de América Latina, en Colombia la prensa de mediados del siglo pasado en adelante
registró los avances del feminismo en Estados Unidos y en algunos países europeos.
Predominaron los argumentos contra la emancipación femenina. En 1845, el periódico El
Día de Bogotá comentaba: «No queremos una mujer varonil y sin femeniles encantos,
una compañera parlanchina y sabionda...» Pero algunos escritos cuestionaron la
subordinación femenina existente en Colombia. El Diario de Cundinamarca anotó en
1875: «...Creemos que no muy tarde la delicada mitad del género humano obtendrá el
puesto que le corresponde en el santuario de la vida civil...» A medida que avanzó el
siglo se fue intensificando el interés por los asuntos relacionados con la mujer y la
familia. Esto se nota en la proliferación de escritos, tanto en verso como en prosa,
dirigidos a las mujeres, en los que se las comparaba con delicadas flores y criaturas
celestes, o se les atribuía el encargo de ejercer una especie de custodia moral de la
sociedad. Otros recopilaban consejos, por lo regular bastante conservadores, aunque hubo
una que otra voz disidente. Además, entre 1858 y 1900 se publicaron cerca de treinta
periódicos y revistas dedicados al 'bello sexo», una cifra relativamente elevada en
comparación con lo ocurrido en otros países latinoamericanos.
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