Revista Credencial Historia


EDICIÓN 68 - AGOSTO 1995





LAS COLOMBIANAS DURANTE EL SIGLO XIX,
Derecho familiar, educación y participación política
Por: Patricia Londoño Vega

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 68
Agosto de 1995


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Campesina de Choachí. Acuarela de Edward W. Mark, ca. 1850.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.




  Eran tales los contrastes entre la vida de ricas y pobres, campesinas, pueblerinas y citadinas, entre blancas, negras e indígenas, entre casadas, solteras y monjas, entre aquellas de tierra caliente o de zonas montañosas templadas y frías, entre las que gozaron de años de paz y prosperidad o las que soportaron tiempos adversos, que resulta difícil hacer afirmaciones generales sobre las mujeres que vivieron en Colombia durante el siglo pasado. Poco tenían en común una señora de Bogotá o de alguna de las principales ciudades, por ejemplo, con una esclava negra de principios de siglo, con la tendera de un pueblo pequeño, con una criada doméstica, con una tejedora o una lavandera, para mencionar sólo algunos de los múltiples oficios desempeñados por la inmensa mayoría de las mujeres que tuvieron que ganarse el sustento o ayudar a sostener sus familias.

  Durante la Colonia, una dama entendía que su destino era dedicarse al buen manejo del hogar, a la oración y de pronto a la caridad. Bajo el influjo de la Ilustración, a fines del siglo XVIII, hubo un tímido intento de ampliar el horizonte de las aspiraciones femeninas. Luego, en la época de la Independencia, las circunstancias excepcionales derrumbaron momentáneamente algunas barreras en los roles asignados a cada sexo. Después del medio siglo, con el Romanticismo, y en el último cuarto de siglo, con el espíritu conservador y religioso que se impuso en la sociedad colombiana, volvieron a tomarse muy en serio algunas restricciones para el sexo femenino. En ello tuvieron ingerencia ideas importadas sobre todo de Francia, pero también de Inglaterra y, al cerrar el siglo, de Norteamérica. Recordemos que en estos dos últimos países los ideales Victorianos difundían en aquel entonces la imagen de la perfect lady. Todas estas influencias compartían la idealización del mundo doméstico, dentro del cual reinaba y ejercía su autoridad la mujer. Otro componente de la imagen femenina decimonónica fue el culto a la Virgen María que se renovó en el mundo católico. Todos estos ideales incumbían si acaso a una parte de las mujeres de los sectores más acomodados que habitaban los centros urbanos. Las demás llevaban una existencia muy distinta, marcada ante todo por el afán de ganarse la vida.

  El derecho civil, en lo concerniente al matrimonio y la familia, que es la rama del derecho que más tiene que ver con la vida diaria de las mujeres, varió poco una vez lograda la independencia de España. Como en el resto de América Latina, la ley hispánica continuó rigiendo hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando las nuevas repúblicas promulgaron sus propios códigos. En el derecho colonial, la mujer y el varón obtenían la mayoría de edad a los 25 años, aunque ellos desde los 14 y ellas desde los 12 eran considerados aptos para contraer matrimonio. Antes de obtener la mayoría de edad, las mujeres estaban bajo la tutela de su padre y al casarse -por lo regular antes de alcanzar la mayoría de edad- pasaban a la tutela del marido. Las casadas eran las que estaban sometidas a las mayores restricciones legales. El marido administraba la dote y los bienes conyugales, es decir, las propiedades obtenidas dentro del matrimonio por cualquiera de los cónyugues. Las esposas apenas podían poseer y administrar los bienes aportados al matrimonio, llamados bienes parafernales. Sin embargo, a través de las capitulaciones matrimoniales, los contrayentes podían pactar, bien la separación de bienes o la absoluta comunidad. Estudios efectuados en otros países han revelado que un buen número de mujeres usaron este recurso para eludir las desventajas que les imponía la ley. En Colombia faltan estudios para saber qué tanto se ajustaron las vidas reales de las distintas clases de mujeres a las normas civiles vigentes y si las casadas recurrieron o no a contratos matrimoniales para lograr un mejor manejo de sus bienes. Hay evidencia de que numerosas mujeres, sin importar su estado civil, vendieron, compraron y administraron propiedades rurales y urbanas, y negociaron con animales y mercancías. Además, entre las más pobres, predominaron las uniones libres y en muchas ocasiones, ante la ausencia de padre, ellas asumieron la jefatura de sus hogares.

  En 1858 Colombia adoptó un régimen federal y cada Estado Soberano tuvo la facultad de expedir sus propios códigos. En el derecho privado los Estados cambiaron la legislación española antes de que la Unión tomara esta iniciativa. El Estado de Cundinamarca en 1859 fue el primero en adoptar su código civil, seguido por el Cauca. El Estado de Antioquia se demoró hasta 1864. Los nuevos códigos se inspiraron en el que había sido aprobado en Chile en 1855, que a su vez conservaba algunos elementos del derecho común español y del código civil francés de 1804, más conocido como Código Napoleónico. Este, basado en gran parte en el derecho romano, le negaba toda capacidad legal a la mujer casada, equiparándola a la categoría de los menores y de los locos. En mayo de 1873 se expidió el código civil de los Estados Unidos de Colombia, similar al de Cundinamarca, aunque con algunos cambios, entre ellos el que le otorgaba a la casada unos mínimos derechos patrimoniales en cuanto a la administración y usufructo de sus bienes de uso personal (ropa, joyas e instrumentos de su profesión u oficio). Este código estuvo vigente hasta 1885, cuando desapareció el federalismo en el país. En 1887 fue promulgado el nuevo código civil nacional que, en términos generales, acentuó la supremacía del varón respecto de la esposa y los hijos. La ley 95 de 1890 fue un primer paso hacia la protección de los bienes de las casadas, pues les reconoció el derecho de solicitar medidas preventivas para evitar perjuicios en el manejo de sus bienes. Sin embargo, fue en el segundo decenio del presente siglo cuando, poco a poco, la legislación colombiana reconoció los derechos civiles de la mujer.

 

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Soledad Acosta de Samper Oleo de R. Díaz Picón, 1952.
Academia Colombiana de Historia, Bogotá.



  En el campo de la educación, los cambios a lo largo del siglo pasado fueron más alentadores. En 1833 las mujeres representaban cerca del 10% de los educandos en el país y al cerrar el siglo eran un poco más del 40%. Durante la época colonial se le había prestado poca atención a la educación femenina. A veces en las familias más pudientes las jovencitas aprendían a leer, a contar, a bordar y a rezar. Con la Ilustración, al menos en los propósitos, se esbozó la idea de que era importante educar mejor a las mujeres para que pudieran formar buenos ciudadanos. La tendencia continuó después de la Independe-cia, pues educar a los colombianos fue una de las primeras preocupaciones de los gobernantes. Desafortunadamente, en los hechos fue poco lo que la joven y pobre República logró hacer, y menos aún en el caso de las escuelas femeninas, no consideradas tan urgentes como las masculinas. Los adelantos en la instrucción de las mujeres en general fueron producto de esfuerzos privados, con excepciones, como el caso del célebre Colegio de la Merced, fundado en Bogotá en 1832 por Rufino Cuervo, gobernador de Cundinamarca.

  Después de la guerra de los Supremos (1839-41), gracias a la reforma educativa liderada por el dirigente conservador Mariano Ospina Rodríguez, hubo un aumento en el número de alumnas y de planteles femeninos, pero el progreso más notable en todo el siglo se dio bajo los gobiernos radicales en el decenio de 1870, cuando la cantidad de establecimientos educativos para ambos sexos creció a un ritmo mayor que nunca antes en el país. La proporción de niñas en las escuelas paso del 16% al 34% entre 1847 y 1870. Los Estados más beneficiados en este aspecto fueron los de Cundinamarca, Santander y Antioquia, que en el decenio de 1870 presentaron las tasas más altas de escolaridad en Colombia.

  Las realizaciones encendieron una intensa polémica sobre la conveniencia o no de educar a las mujeres, y sobre el tipo de instrucción que debían recibir, debate que se prolongó hasta los primeros años del presente siglo. Los enemigos tildaron a las alumnas de «bachilleras» y las consideraron inclinadas a las novelas «perniciosas», y a otros saberes dañinos. El otro bando respondía que moralizarlas a ellas era una forma de velar por la moral pública, moldeada en el hogar. Otros alegaron que además de las consabidas «labores propias de su sexo» y de otras novedades, como francés o piano, también se debía pensar en prepararlas para ganarse la vida: que aprendieran asuntos prácticos como teneduría de libros y hasta ciencias, si fuere el caso.

  En el decenio de 1840 se planteó la conveniencia de formar maestras para encargarlas de las escuelas primarias. Luego, en los setentas, cuando el gobierno empezó a capacitar maestros en las Normales establecidas en cada Estado Soberano, algunas de ellas fueron abiertas para señoritas, con muy buena acogida. En el Estado de Antioquia una tercera parte de los maestros registrados entre 1865 y 1880 eran mujeres, muchas de ellas nombradas como directoras de escuela, y en Bogotá, entre 1871 y 1880, se graduaron 128 maestros y 120 maestras. Durante todo este tiempo la educación se impartió por separado para ambos sexos, pues la sociedad, y sobre todo la Iglesia, veía con malos ojos la coeducación. Y la enseñanza para ellas no pasó de la primaria y una secundaria que a los sumo les llevaba a obtener el título de maestras. En el decenio de 1930, en medio del cuestionamiento a la subordinación jurídica y política de la mujer, un decreto presidencial les permitiría ser bachilleres y unos pocos años más tarde pudieron ingresar a la universidad.

 

 

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Lavanderas en las afueras de Bogotá,
ca. 1830. Litografía de Ackerman.


 

 

  Al hablar de las maestras, hay que tener en cuenta la labor cumplida por las madres en muchos hogares. Según consta en algunas memorias autobiográficas y en relatos costumbristas, ellas solían leerle en voz alta a sus hijos y les enseñaban las primeras letras. Y, hacia fines del siglo, también hay que tener presente la labor educativa de las comunidades religiosas. Se mantuvo abierto el Colegio de la Enseñanza, fundado en Bogotá en 1783 con apoyo de la orden francesa de la Compañía de María. Pero sin duda el aporte más grande en materia educativa y asistencial se debió a las Hermanas de la Presentación o de la Caridad, de origen francés, quienes abrieron colegios en treinta y tres poblaciones colombianas entre 1873 y 1900. Durante el último cuarto de siglo llegaron también al país la congregación del Buen Pastor (Francia), las Hijas de la Caridad (Francia), las Bethlemitas (Guatemala) y, en 1880, se fundaron en Villa de Leyva las Terciarias Dominicas colombianas.

  En cuanto a los derechos políticos femeninos, durante todo el siglo se mantuvo la idea de que no era adecuado extenderlos a las mujeres. En Colombia, según el Congreso de Angostura y las Constituciones de 1821 y 1830, algunas mujeres teóricamente llenaban los requisitos para ejercer la ciudadanía y el voto, pero esto era tan mal visto, que a nadie se le ocurrió que podía hacerlo. En 1853, durante el régimen federal, la Constitución de la provincia de Vélez reconoció el sufragio universal, sin distingo de sexo, medida que estuvo vigente hasta 1860. Pero tampoco en esta ocasión ninguna mujer votó. Téngase en cuenta que las primeras mujeres que sufragaron en Occidente lo hicieron en el Estado de Wyoming, en 1890, y que las luchas sufragistas datan del segundo y el tercer decenio del siglo XX.

  En Colombia, las mujeres tuvieron que esperar hasta los años treinta del presente siglo para que sus derechos políticos empezaran a ser reconocidos, y hasta mediados del siglo para poder votar, siendo el país uno de los últimos en Occidente en reconocer el sufragio femenino. Pero desde antes las mujeres habían encontrado maneras informales y variada de tener ingerencia en la política, pues muchas de ellas se interesaron por el manejo de los asuntos públicos. Quedan huellas sobre todo de su participación durante períodos conflictivos. Por ejemplo, durante las guerras de Independencia, cuando además de la confección de banderas, escudos, cuadros alegóricos, bandas y banderolas para propagar la causa, sirvieron de apoyo logístico para el ejército libertador, hicieron de espías, cosieron uniformes, escondieron patriotas, reunieron víveres, caballos y armas. Algunas de clase alta elevaron peticiones a los gobernantes y asistieron a tertulias donde se debatieron las nuevas ideas. Sin embargo, al retornar la normalidad, sus vidas volvieron a girar en tomo a sus hogares.

  Durante el resto del siglo las mujeres tomaron parte activa en las guerras civiles y en los principales acontecimientos políticos. La correspondencia de algunas de las esposas de los dirigentes revelan un claro interés y un buen conocimiento de los eventos del momento. En los acalorados debates sobre la orientación de la educación, o sobre la relación de la Iglesia con el Estado, ellas se expresaron con vehemencia a través de peticiones a las autoridades nacionales y regionales, y en sus propias localidades apoyaron de distintas formas al clero perseguido. En 1851, cuando José Hilario López expulsó a los jesuítas, un grupo de doscientas damas santafereñas visitó al presidente para pedirle que revocara la medida, y días después ochenta niñas vestidas de blanco visitaron a su hija pequeña para que intercediera ante su padre. En esta ocasión los esfuerzos fueron en vano. Pero a veces las súplicas femeninas surtían efecto y lograban, por ejemplo, evitar alguna ejecución o modificar alguna decisión. En el tenso ambiente político del decenio de 1870, las antioqueñas, las vallecaucanas y las bogotanas participaron en asociaciones devotas como las del Sagrado Corazón de Jesús, desde las cuales se hizo oposición a algunas de las medidas anticlericales de los liberales radicales.

  Como en el resto de América Latina, en Colombia la prensa de mediados del siglo pasado en adelante registró los avances del feminismo en Estados Unidos y en algunos países europeos. Predominaron los argumentos contra la emancipación femenina. En 1845, el periódico El Día de Bogotá comentaba: «No queremos una mujer varonil y sin femeniles encantos, una compañera parlanchina y sabionda...» Pero algunos escritos cuestionaron la subordinación femenina existente en Colombia. El Diario de Cundinamarca anotó en 1875: «...Creemos que no muy tarde la delicada mitad del género humano obtendrá el puesto que le corresponde en el santuario de la vida civil...» A medida que avanzó el siglo se fue intensificando el interés por los asuntos relacionados con la mujer y la familia. Esto se nota en la proliferación de escritos, tanto en verso como en prosa, dirigidos a las mujeres, en los que se las comparaba con delicadas flores y criaturas celestes, o se les atribuía el encargo de ejercer una especie de custodia moral de la sociedad. Otros recopilaban consejos, por lo regular bastante conservadores, aunque hubo una que otra voz disidente. Además, entre 1858 y 1900 se publicaron cerca de treinta periódicos y revistas dedicados al 'bello sexo», una cifra relativamente elevada en comparación con lo ocurrido en otros países latinoamericanos.