En esta forma, al presentarse ante las murallas de Cartagena la
Expedición Pacificadora del teniente general Pablo Morillo, las fuerzas independientistas
en la Nueva Granada fueron fácilmente derrotadas por las veteranas tropas peninsulares,
curtidas en la guerra que acaban de librar contra la invasión napoleónica, con lo cual
se inició una etapa de crueles retaliaciones contra la dirigencia criolla y sus familias,
conocida como la Noche del terror.
BOLIVAR Y SANTANDER. LAS GRANDES VICTORIAS
A finales de 1812 se habían hecho presentes en Cartagena algunos
oficiales venezolanos que habían escapado al derrumbamiento republicano en la Capitanía
General. Entre ellos comenzó a brillar con luz propia un coronel del regimiento colonial Blancos
de Aragua. En documentos electrizantes proponía la unificación de la lucha en su
patria y la Nueva Granada, señalando como objetivo la liberación de Caracas, su ciudad
natal, como protección del territorio granadino contra la amenaza de una invasión
realista. A comienzos de 1813, en virtual insubordinación contra su comandante, el
coronel francés Pedro Labatut, que adelantaba operaciones sobre Santa Marta con tropas de
Cartagena, inició la campaña que habría de recibir el nombre de Admirable, iniciada con
la liberación del Bajo Magdalena y culminada en Caracas en agosto de 1813.
Su efímera victoria al frente de tropas granadinas provistas por
Antonio Nariño en Cundinamarca, Camilo Torres en Tunja, Rodríguez Torices en Cartagena,
feneció el año siguiente. El realismo tenía poderoso aliento en Venezuela. José Tomás
Boves con sus siete mil lanzas llaneras y el mariscal Manuel de Cajigal con tropas
provenientes de Cuba y Puerto Rico, reconquistaron la antigua Capitanía. Los granadinos
desplegaron un valor sin límites, reconocido por Bolívar. Los sacrificios heroicos de
Atanasio Girardot en Bárbula y Antonio Ricaurte en San Mateo fueron ejemplo del
comportamiento granadino, exaltado por el Libertador.
Por segunda vez regresaba Simón Bolívar, derrotado y abatido, a la
Nueva Granada. Camilo Torres al recibirlo en Tunja le rindió tributo de admiración al
decirle: "Sois un militar derrotado pero sois un grande hombre". Lo nombró
comandante de las fuerzas del Congreso con las que tomó a Santafé, donde la ausencia de
Nariño, apresado en las goteras de Pasto, no permitió repetir el milagro de 1813. Un
vano intento de sitiar a Cartagena por no suministrarle tropas para atacar a Santa Marta
en misión confiada por el Congreso precedió a su renuncia al mando y migración a
Jamaica, donde escribiría su inmortal Carta premonitoria.
Reaparecía ahora por tercera vez en la Nueva Granada. En 1817, la
segunda expedición de Los Cayos haitianos le permitió sentar pie en Venezuela. Azarosas
campañas en su tierra natal, alternación de éxitos y derrotas, tres campañas
frustradas sobre Caracas en las que batió contra el Pacificador Morillo, signaron dos
años de empeños cuyo mayor éxito fue la liberación de Angostura en La Guayana,
convertida en capital provisoria de una república que aún pugnaba por nacer, fueron
antesala de la Campaña de Liberación de la Nueva Granada.
Entre los militares granadinos emigrados ante la reconquista de Morillo
a Casanare, que se unieron luego a Bolívar en el oriente venezolano, el coronel Francisco
de Paula Santander llegó a ocupar la subjefatura del Estado Mayor, más tarde encargado
de la cabeza de la entidad. No había sido fácil el comienzo de la relación entre los
dos personajes, en los albores de la Campaña Admirable de 1813. Ahora el entendimiento
fue completo. En agosto de 1818, ascendido a general de brigada, fue enviado a Casanare
con la misión de organizar las fuerzas dispersas emigradas del interior tras la
reconquista española.
El talento organizador de Santander y su exitosa estrategia dilatoria
ante la invasión de los llanos por el coronel José María Barreiro al frente del la
Tercera División, unidos al fracaso de su tercera arremetida sobre Caracas, convencieron
a Bolívar de que en la Nueva Granada se hallaba el destino de la emancipación de ambos
territorios. El 4 de agosto cruzaba el río Arauca. Unidas las dos fuerzas, con Santander
al mando de la División de Vanguardia y José Antonio Anzoátegui en la retaguardia, se
remontó la imponente cordillera por el abrupto páramo de Pisba. Maniobras preliminares
de los dos ejércitos condujeron a la sangrienta batalla del Pantano de Vargas, seguida de
una hábil maniobra independientista sobre la retaguardia de Barreiro que permitió la
toma incruenta de Tunja, base de operaciones realista en su retaguardia. Estos dos
episodios signaron la suerte de la campaña. Barreiro, golpeado psicológicamente, sólo
pensó en recuperar su línea de comunicaciones interponiéndose entre Bolívar y
Santafé.
El 7 de agosto de 1819, a orillas del río Teatinos acrecido por el
invierno, la victoria de las armas patriotas definía la liberación de la Nueva Granada.
Bolívar, ocupaba Santafé el 10, inició de inmediato operaciones para batir las fuerzas
realistas en el territorio granadino y abrir operaciones sobre su tierra natal. La
victoria de Carabobo el 24 de junio de 1821 aseguró la independencia venezolana.
Seguirían Pichincha en el Ecuador, Junín y Ayacucho en Perú, librada esta gran batalla
el 9 de diciembre de 1824. La gran obra libertaria quedaba cumplida. Convocado el Congreso
Anfictiónico de Panamá, creada la república de Bolivia en Alto Perú, llegaba a su
cenit la gloria del Libertador, mientras Santander, al frente del gobierno en Santafé
como vicepresidente, realizaba prodigiosa obra administrativa en la nación asolada por la
guerra y realizaba el milagro de abastecer las demandas logísticas de la formidable
empresa militar.
LA PENUNBROSA ERA DE LAS GUERRAS CIVILES
Disuelta en 1830 con la muerte del Libertador su gran obra
política conformada por las tres antiguas parcelas del Virreinato Neogranadino, cada una
siguió su propio y áspero camino de construir su existencia política. Nacidas
repentinamente del absolutismo borbónico, no les fue fácil adaptarse a los moldes
republicanos. Catorce años de guerra, un fuerte liderazgo militar surgido de los campos
de batalla, la carencia de partidos políticos y dirigentes civiles preparados, dieron
lugar a los caudillos militares y al intervencionismo armado en la existencia política de
las colonias emancipadas.
La Nueva Granada constituyó notable excepción en Hispanoamérica. La
recia personalidad de Santander logró en sus siete años de gobierno como vicepresidente
instaurar una república de leyes, y a su alrededor se formó una clase dirigente joven,
compenetrada con sus ideas. El Código Constitucional de 1811 había establecido la no
deliberación de los militares, que persistiría en todas las cartas fundamentales del
siglo XIX. La guerra de Independencia, sin embargo, había grabado en el subconsciente
nacional la noción de dirimir las discrepancias políticas por medio de las armas, lo que
condujo a guerras civiles recurrentes.
Tan sólo en 1854, el golpe de Estado del general José María Melo,
comandante del Ejército, produjo una intrusión militar en el poder, debelada por tres
generales y ex presidentes, Pedro Alcántara Herrán, Tomás Cipriano de Mosquera y José
Hilario López. Cumplido este propósito, los vencedores, lejos de adueñarse de poder,
aseguraron la constitucionalidad llamando al vicepresidente, mientras el Congreso eligió
al nuevo mandatario según ordenaba la Constitución de 1853.
Desaparecidos los generales de la Independencia, las guerras civiles
degeneraron en choques de montoneras, en las que triunfaba el gobierno sostenido por el
Ejército. La excepción fue la revolución radical del 1859, emprendida por Mosquera
contra el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez, que culminó con la Constitución
federalista de 1863.
Concluyó el siglo con la guerra de los Mil Días (1899-1902). Los
generales surgían las más de las veces de la política partidista. No existía
escalafón ni carrera militar estable. La inspiración sustituía a la estrategia y la voz
de mando, con el intrépido ejemplo de los comandantes, a la táctica. Las contiendas
retardaron el desarrollo del país, empobrecieron los campos de donde se reclutaban las
tropas y muchas veces las peonadas de las haciendas, bajo mando de sus amos convertidos en
oficiales de alto rango, se tornaban en formaciones de combate en confrontaciones
pasionales, sangrientas y heroicas.
La guerra de los Mil Días dejó la nación exhausta. En 1903, la
pérdida de Panamá en sombrío episodio de traiciones, miopía política y claudicación
situó a Colombia en el nadir de su postración moral. En 1904 llegó a la Presidencia el
general Rafael Reyes, uno de los grandes estadistas de la historia nacional. Su formidable
tarea de reconstrucción nacional física y moral generó como uno de sus más grandes y
perdurables aciertos la reforma militar, que profesionalizó el Ejército con la
fundación de la moderna Escuela Militar, la Escuela Naval y la Escuela Superior de
Guerra, convirtiéndolo en fuerza apolítica, al servicio de la Constitución y la ley.
En 1932, la invasión peruana del Trapecio Amazónico violando el
Tratado Lozano Salomón de 1928, halló a Colombia en lamentable estado de indefensión.
La reciedumbre moral del Ejército de Reyes no contaba con los medios requeridos para una
contienda internacional. El liderazgo del presidente Enrique Olaya Herrera electrizó la
nación. Se improvisó una flotilla de guerra que penetró por el Amazonas, recapturó a
Tarapacá de donde huyó la guarnición peruana sin presentar combate, al paso que el
Destacamento del Alto Putumayo que alcanzó el teatro de la guerra por vías
apresuradamente abiertas de Neiva a Florencia y de Pasto a Puerto Asís, tomaba la
guarnición peruana de Güepí en brillante acción táctica. El conflicto atrió el
camino a la segunda reforma militar del siglo. Se crearon el Arma Aérea del Ejército y
la Marina de Guerra, orígenes de la Armada y la Fuerza Aérea, y se modernizó el
Ejército con base en las experiencias adquiridas.
El acelerado deterioro de la situación política llevó a los dos
partidos tradicionales a una confrontación que resucitó los odios políticos del siglo
XIX, que se creían extinguidos desde la reconciliación del general Reyes. El sectarismo
llegó a su clímax, y de la oratoria encendida de los caudillos políticos se pasó bien
pronto a la violencia física, hasta producir una virtual guerra civil no declarada que,
al comprometer a las Fuerzas Militares en apoyo de la constitucionalidad, las convirtió
en acelerador del conflicto. Aquella reyerta feral fragmentó el Ejército en puestos de
"orden público". Frente a las guerrillas surgidas del enfrentamiento con la
antigua policía sectaria, no se diseño una estrategia, ni la preparación del Ejército
para la guerra convencional se adaptó a las peculiaridades de la lucha de guerrillas.
Cuando el 13 de junio de 1953 el general Gustavo Rojas Pinilla llegó a la Presidencia, en
lo que se llamó entonces un "golpe de opinión", las Fuerzas Militares
recuperaron su prestigio y un año de paz, con entregas masivas de las guerrillas: sólo
fue interregno en la reyerta que a partir de 1954 cobró renovado ímpetu.
La creación del Frente Nacional, alianza de los dos partidos
tradicionales, puso fin al impropiamente llamado gobierno militar -se apoyó en un
solo partido político- pero no pudo acabar con la violencia rural que había
adquirido dinámica propia. Muchas guerrillas degeneraron en bandolerismo y a la sombra de
la lucha se engendraron guerrillas comunistas, parte de la llamada Guerra Fría entre
Estados Unidos y la Unión Soviética con sus respectivas alianzas.
En 1951, en plena contienda fratricida, Colombia había enviado a la guerra de Corea un
batallón de infantería y una fragata de guerra, que ganaron renombre mundial por su
eficiencia y comportamiento heroico. Las enseñanzas y experiencias al lado del ejércitos
de larga tradición bélica, unidas a las que se derivaron de la desastrosa contienda
interna, dieron lugar a la tercera reforma militar del siglo. La paz retornó a los
campos, pero las fracciones comunistas temporalmente inactivas reanudaron la
"combinación de todas las formas de lucha" dentro de los patrones de la guerra
revolucionaria marxista.