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Guerrilla de Eliseo Velásquez. Óleo de
Fernando Botero, 1988. 154 x 201 cm. Colección Banco de la República. Museo Botero,
Bogotá.
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Masacre de Mejor Esquina. Óleo de
Fernando Botero, 1997. 35.56 x 45.72 cm. Colección Banco de la República. Museo Botero,
Bogotá.
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A comienzos
de noviembre de 1916 y sin antecedente inmediato, un grupo de indígenas, liderado por
Quintín Lame, irrumpió en la localidad caucana de Inzá reivindicando la posesión de
sus tierras y negando a los blancos cualquier título de propiedad distinto al que les
hubiese otorgado a éstos últimos la Corona española. Observado retrospectivamente este
hecho de insurgencia, un analista podría concluir que para los indígenas no había
existido Declaración de Independencia y mucho menos sus supuestos beneficios: les era
preferible la vigencia del antiguo ordenamiento real.
Al año siguiente, coincidente con la Revolución Rusa, pero sin
relación alguna con ésta, campesinos araucanos y huilenses expresaron violentamente sus
inconformidades frente a la injusticia social; se trataba en ambos casos de protestas en
contra de esa "civilización dominante" a que se refirió Lievano Aguirre para
señalar a quienes, ajenos a las necesidades sentidas del sector indígena y rural,
ejercían un continuismo colonial. Para 1918, trabajadores de las plantaciones de banano
en el Magdalena, organizados en sindicatos calificados como anarquistas, y caficultores de
Cundinamarca ubicados en Viotá, exigieron mejores salarios y condiciones de vida más
dignas. Estos hechos constituyeron embriones de las situaciones críticas que
acontecerían en los años subsiguientes.
El siglo XX, que apenas iniciaba su agitada vida, mostraba desde
entonces que el inacabable conflicto colombiano tendría entre sus motivaciones, quizás
la principal, la injusticia social. A la postre, el comunismo se apropiaría del
inconformismo que crecía en la medida que aumentaba los problemas socioeconómicos.
Paralela con esta situación corrió desbocada la violencia política estimulada por el
sectarismo; todo ello con la complicidad de las autoridades policiales de entonces, que en
los niveles departamental y municipal ejercípan la más violenta represión. El resultado
no podía ser distinto al de oponer a la violencia oficial, la violencia de los
particulares, asociados éstos en grupos de resistencia que optaron por prácticas
delincuenciales de igual o superior calibre a la de sus agresores. La violencia, pues, ha
sido consustancial a las costumbres políticas, como lo indicara el historiador Arturo
Alape.
Apareció entonces, y sin el menor asomo de objetividad política ni
razonamiento estratégico, la socorrida solución de los gobernantes de turno: el empleo
de la fuerza pública para restaurar el orden alterado; un orden que, soportado en la
legalidad vigente, no consultaba las aspiraciones de algunos sectores de la población. Y
¿a cuál fuerza pública se recurrió para restablecer el orden público convulsionado
por la violencia surgida de la insatisfacción rural de una parte, y de la represión
política de otra? En primer lugar, a una policía municipal o departamental, arbitraria y
parcializada políticamente. Cuando esta supuesta autoridad fue desbordada por la
rebelión, se acudió al Ejército Nacional. He ahí el origen y las causas de la
participación en el conflicto de una institución como el Ejército Nacional que,
inspirado en los más altos ideales patrios, inició su tarea a modo de "apaga
incendios" y la cual, a estas alturas de nuestra tragedia, algunos señalan de manera
absurda como un "actor" de ella, pretendiendo trasladarle una responsabilidad
histórica que le corresponde a la dirigencia política, ausente de las realidades
sociales y económicas del país.
Para la época en que afloraron tan graves problemas, el Ejército Nacional se hallaba
asimilando su reciente reestructuración, producto de la reforma militar dispuesta en
1907. En realidad, más que de un reajuste a la pobre organización existente, de lo que
se trató fue de crear un nuevo Ejército. El anterior, el depositario de las glorias
militares de la Guerra Magna, había prácticamente desaparecido dentro del aluvión de
las guerras civiles del siglo XIX y las consiguientes reformas constitucionales. Así, por
ejemplo, una de las consecuencias de los embrollos federalistas de 1858 y 1863 fue la
reducción del Ejército a su mínima expresión: 583 efectivos.
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Tirofijo. Óleo de Fernando Botero,
1999. 45.72 x 33.02 cm. Colección Banco de la República, Museo Botero. Bogotá.
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En tan solo
pocos años el naciente Ejército, inadecuadamente dotado, debió atender --y lo hizo con
éxito-- graves problemas en los campos interno y externo; en este último, su actuación
en el conflicto amazónico en 1932 recogería los laureles de la victoria. Los nefastos
acontecimientos acaecidos el 9 de abril de 1948 tras el repudiable asesinato del líder
popular, controlados por el Ejército Nacional, gracias al cual se impidió la
consumación del caos, fueron la resultante de un proceso de violencia que venía
gestándose de tiempo atrás. Y que, desafortunadamente, no terminó allí; por el
contrario, se incrementó, adquiriendo proporciones dantescas. El Ejercito hubo de
multiplicarse para intentar apagar ese incendio nacional que había provocado al unísono
la intolerancia política y la represión oficial, como si los problemas sociales, ellos
sí de vital importancia y siempre latentes, no merecieran la atención prioritaria de
todos los colombianos, sin excepción alguna. La guerra de los Llanos (1951-1953) fue una
expresión de ese clímax de violencia. Harto de sufrimientos, el país recibió con
alborozo el llamado "golpe de opinión", y con éste, un breve paréntesis en la
guerra.
Con el acceso al poder del general Gustavo Rojas Pinilla termina la
primera fase del conflicto partidista. El receso en la guerra escasamente duraría un
año. Desde 1949, el partido comunista había lanzado la consigna de las
"autodefensas de masas". En una de sus conclusiones, la Segunda Conferencia
Regional del Sur (octubre de 1953) patrocinada por los asentamientos comunistas del Sur de
Tolima, anota: "
El gobierno militar se ha propuesto, de un lado, ganarse la
simpatía de las masas, aislar el movimiento guerrillero de su base social, mientras de
otro lado, se ha dirigido a utilizar a algunos caudillos y jefes guerrilleros liberales
ilusionados por el gobierno militar en su lucha contra el Partido Comunista
" El
pretexto había sido hallado; de ahí en adelante, incluida la fase del bandolerismo,
extirpado por el Ejército, las siguientes etapas del conflicto tendrían un denominador
común: la insurgencia revolucionaria comunista, en particular las futuras FARC, que con
el aval de ese partido o en veces sin éste por receso estratégico de su aparato
directivo, mantendría al país en permanente estado de agitación. Otros grupos como el
ELN (1964-1965), el EPL (1965), disidentes de la orientación ortodoxa comunista, y el
M-19 (1974) se sumarían al esfuerzo insurgente.
Al desatarse formalmente la guerra contra los reductos guerrilleros en
Yacopí, Sumapaz y el Tolima en 1954 y siguientes, el Ejército Nacional carecía de la
estructura y el entrenamiento necesarios para acometer un tipo de guerra como el que se
planteaba. Si bien poseía una apropiada capacidad para la guerra convencional, como lo
había demostrado durante la guerra de Corea, su fortaleza para la guerra irregular era
limitada. Esta falencia, aunque aminorada por efectos de la experiencia, habría de
perdurar algún tiempo con el agravante de que, si bien podían obtenerse éxitos
parciales en el campo militar, éstos se consiguieron a un costo político muy alto, pues
las causas del conflicto y sus efectos no se podían eliminar con el empleo exclusivo del
elemento militar.
Para superar ese y otros factores, que eran más del resorte político,
la institución entró en un proceso de renovación doctrinaria y ajuste organizacional.
Se desarrolló la inventiva, se produjeron nuevas doctrinas y con ellas organizaciones
más funcionales; "Marquetalia, Huila" (1964) fue una operación militar que en
sus fases de planteamiento y ejecución para la toma del objetivo cumplió con estrictos
parámetros del arte militar. No tuvo la continuidad que se imponía, pues la falta de
visión política, al igual que ocurriría con "Anorí, Antioquia" años más
tarde (1973) y "Colombia, Meta" (1990), dejó incompleto el proceso de
consolidación. Los éxitos militares no tuvieron correspondencia en el campo político.
Las FARC y ELN, no derrotados en el campo táctico, se oxigenaron en lo político y lo
estratégico; fue la consecuencia de la ausencia de una política del Estado.
Así las cosas, la insurgencia, supuesta reinvindicadora que decía ser de viejas
insatisfacciones y que, como en el caso de las FARC, logró reestructurar en 1993 un
proyecto político con la denominada "Plataforma para un gobierno de
reestructuración nacional", reciclando las teorías marxistas, se envalentonó
gracias a la falta de una política de Estado y a su fortalecimiento económico, producto
de prácticas delincuenciales. En contradicción con los objetivos expuestos, la
subversión se criminalizó convirtiéndose en el primer enemigo de la sociedad. No
obstante, la insurgencia quiere acceder al poder por cualquier medio, incluyendo el
terrorismo, para gobernar o en último caso para cogobernar. Así no lo alcanzará.
Mientras existan y se cumplan los principios constitucionales que nos rigen, el imperio
del orden deberá imponerse y el medio para lograrlo es el instrumento militar del Estado,
que en esta etapa del conflicto se presenta fuerte y victorioso, dotado de una alta moral
y adecuado entrenamiento, excepcionalmente liderado y plenamente consciente de su misión
histórica.
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