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EDICION 140
AGOSTO 2001
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DE LA PICARESCA
NACIONAL
Una
Semana Santa con curas falsos.
Por: Mario
Aguilera Peña.
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Tomado de:
Revista Credencial Historia
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(Bogotá -
Colombia). Edición 140,
Agosto 2001
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El
falso cura José Escobar Montoya durante
la Semana Santa de 1948. Libro de bautismos N°
41, Archivo Parroquial, Puente Nacional.
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En la crónica roja del siglo XX
colombiano es posible identificar diversas
historias de curas falsos. Sin embargo, la más
increíble de todas ocurrió en 1948 y fue
protagonizada por dos jóvenes "paisas"
que se atrevieron a realizar una Semana Santa en
la localidad santandereana de Puente Nacional,
ubicada a unos doscientos kilómetros de la
capital del país.
Los dos supuestos curas José
Escobar Montoya y Oscar Alvaro Robledo Mejía
tuvieron un rasgo común con otros famosos
sacerdotes falsos del siglo pasado: fueron ex
seminaristas y cargaron con la enorme
frustración personal de no haber podido ser
ordenados sacerdotes. En ese sentido, la historia
de estos personajes se parece a la del famoso
Juan Clímaco Arenas o a la de Jesús Rosemberg
Correa. El primero, un pereirano a quien el papa
Benedicto XV consideró que debía ser reducido
al estado laico porque con él ya no
"existía ni la más remota posibilidad de
volverlo a mejor vida". Arenas, que sólo en
pocas ocasiones se hizo pasar por sacerdote,
pasó el resto de su vida abrumado por procesos
penales de estafa y falsedad; no obstante, apenas
recibió una condena. El segundo, fue un joven de
origen caldense que hizo estudios en los
seminarios de Armenia y La Ceja; en 1967, sin ser
ordenado sacerdote, resultó de coadjutor en la
parroquia de un barrio capitalino, pero a
diferencia del anterior, Correa tuvo un
comportamiento intachable y ejerció con
pulcritud su labor de sacerdote de barrio, de
confesor y consejero espiritual de dos conventos
de monjas y de catedrático de filosofía de dos
colegios de secundaria.
PUENTE
NACIONAL EN ENTREDICHO
El engaño
colectivo ejercido por Escobar Montoya y Robledo
Mejía en la Semana Santa de 1948 pudo
configurarse debido a que la parroquia de Puente
Nacional había sido declarada en
"entredicho" por el obispo de Socorro y
San Gil, Angel María Ocampo. Por esa
declaración contemplada por las leyes
canónicas, se ordenó el retiro del sacerdote
por espacio de tres años y el sellamiento de las
puertas del templo parroquial.
Esa dura
sanción a una población católica en la que no
existían en la época otras religiones, se
explica por un lado en el contexto de un
acentuado sectarismo político, y de otro, por
las difíciles relaciones entre el sacerdote
Isaías Ardila y un sector de feligreses
pertenecientes al partido liberal. Las tensiones
partidistas provenían del dominio que por más
de dos décadas ejercía en el poblado un gamonal
liberal que cometía toda clase de tropelías
ante la vista gorda de las autoridades locales y
departamentales. En 1939, se denunciaba que ese
jefecillo, que había sido despedido por
cobardía de su empleo de guardaespalda de un ex
ministro liberal, manejaba una "cofradía de
malhechores" para amedrentar y flagelar a
sus enemigos en la plaza pública. Entre otras
acusaciones se le achacaba la autoría de varios
hechos de sangre; se decía que "se había
apoderado de todas las rentas de ese
municipio" y que las licitaciones eran una
farsa, porque nadie podía atreverse a hacer una
postura; se señalaba además que era el
responsable del éxodo de varias familias
conservadoras y de algunas liberales.
El sectarismo
político se acentuó con la proximidad de las
elecciones presidenciales de 1946. Blanco de la
persecución no sólo fueron los conservadores,
sino también los pocos liberales gaitanistas que
debieron de hacer proselitismo desde la
clandestinidad. En las elecciones para Congreso
del 16 de marzo de 1946, cerca de mil ochocientos
campesinos de las veredas conservadoras de Puente
Nacional se dirigieron hacia el casco urbano
dispuestos a pronunciarse en las urnas para
acabar con el monopolio liberal en el Concejo y
con los atropellos del cacique. Los liberales,
como en otras ocasiones, intentaron torpedear su
presencia en las urnas y los emboscaron en varios
sitios a la entrada de la población, lo cual
ocasionó la muerte a dos conservadores y más de
cincuenta heridos. La inusitada organización de
la militancia conservadora fue atribuida por los
liberales al recién llegado sacerdote Isaías
Ardila, quien ese día fue blanco de insultos y
amenazado con "revólver en mano". Por
esos hechos el obispo ordenó el primer cierre
del templo desde el 21 de marzo hasta el 1 de
junio.
Pese al ascenso
del conservador Mariano Ospina Pérez a la
presidencia, los liberales de Puente Nacional
siguieron manteniendo el dominio en el contexto
local, tanto porque los conservadores no
parecían interesados en disputarles el espacio
urbano, como porque se les ahuyentaba de las
urnas. La pelea con el cura Ardila continuó en
1947, pues durante un bazar liberal, el 7 de
septiembre, fue abaleada la casa cural. El punto
culminante del enfrentamiento se produjo el 28 de
septiembre de ese año, al concluir la fiesta del
Purísimo Corazón de María, en la que
recibieron la Comunión 340 niños. A las 9:30
p.m. estalló una bomba de dinamita en la casa
cural, volando una ventana y agrietando el muro.
De madrugada, el sacerdote Ardila y su ayudante
salieron de la población escoltados por el
ejército.
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Procesión
de Semana Santa en la plaza principal,
1948. Archivo parroquial, Puente nacional.
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El falso
cura Montoya administra la Comunión.
Archivo Parroquial, Puente Nacional.
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COMO CAIDOS DEL CIELO
En Puente Nacional, las
campanas no se volvieron a oír. Para los actos
religiosos los más fervientes creyentes debieron
desplazarse a poblados vecinos. Luego de cinco
meses sin sacerdote y ante la proximidad de la
Semana Santa se hizo generalizado el clamor para
que se oficiaran los ritos tradicionales. El
alcalde militar, teniente Benjamín Isaza,
oficial de la policía, hizo infructuosas
peticiones al obispo para que autorizara la
celebración. También fueron negativos los
contactos con las comunidades de la capital del
país y especialmente con el padre franciscano
Leonardo Restrepo.
Ni en la época
en que ocurrieron los hechos ni mucho menos ahora
se ha podido explicar cómo se enteraron los dos
falsos sacerdotes de las expectativas y de las
gestiones que las autoridades realizaron para
celebrar la Semana Santa. Lo cierto es que el
lunes santo, 22 de marzo de 1948, una comitiva de
parroquianos recibió en la estación del
ferrocarril a dos presuntos sacerdotes. Tan
pronto bajaron del tren, una tanda de voladores
anunció la buena nueva al vecindario, ubicado a
unos cinco kilómetros de distancia. Al poblado
entraron acompañados de dos señoritas del
comité de recepción en un automóvil rojo, el
más lujoso que había por entonces en el lugar;
dieron una vuelta de plaza en medio de la
algarabía y la expectativa general. El mercado
semanal que se realizaba ese día quedó
suspendido a la espera de las palabras de los
religiosos, amplificadas por el equipo de sonido
de la alcaldía. El sacerdote vestido de
franciscano dijo llamarse Mario Franco y el que
usaba sotana negra se presentó como Samuel
Botero, jesuíta. Luego de los saludos del
alcalde y del personero, Fernando Tapias, habló
el padre Franco. Indicó que habían sido
enviados por el padre Leonardo Restrepo, que a
duras penas había logrado el permiso para
realizar la Semana Santa, y que contaban con la
aprobación del arzobispo primado de Bogotá,
Ismael Perdomo; aclaró que no venían a abrir el
templo, porque la parroquia continuaba en
entredicho, que habían sido comisionados para
realizar los actos religiosos hasta el sábado
santo, y que el domingo debían de presentarse a
primera hora en la capital del país. Señalaron
que todo el ritual se desarrollaría en forma
campal, improvisando un altar en el atrio de la
iglesia. Ese mismo día, en las horas de la
tarde, el presidente del Concejo Municipal
despacharía dos urgentes telegramas de
agradecimiento para la comunidad franciscana y
para el padre Restrepo, quien de paso fue
invitado a la población para que se diera cuenta
del fervor religioso y de las consideraciones
para quienes llegaban a "predicar la
doctrina de Cristo".
El principal
obstáculo que sortearon los falsos curas lo
constituyó el sacerdote Francisco Martínez,
adscrito al vecino caserío de Guavatá, quien
recibió una comunicación telegráfica del
obispo de Socorro y San Gil que le instaba a
averiguar quiénes eran esos "extraños
sacerdotes" que habían llegado a la
parroquia en entredicho. Sólo bastó que algunos
piadosos feligreses hicieran conocer de los
"sacerdotes" Franco y Botero el
contenido del mencionado telegrama, para que
estos fingieran un arranque de "ira
santa". Pidiendo perdón anticipado,
expresaron que se sentían heridos en su amor
propio, mostraron credenciales que los
identificaban como "auténticos
sacerdotes" y se dispusieron inmediatamente
a abandonar la población. La actitud de los
padres sirvió para que numerosos fieles se
congregaran en torno de la casa cural y les
dieran un voto de confianza. Los feligreses le
dirían al sacerdote Martínez que lo que pasaba
era que estaba lleno de "envidia luterana
porque el obispo había preferido a los
padrecitos para darles la licencia".
SEMANA SANTA
INOLVIDABLE
El complejo de
culpa colectivo por la sanción que recaía sobre
la población y las insatisfechas necesidades
espirituales de los feligreses de Puente Nacional
permitieron que se expresara un gran fervor en
aquella tradicional celebración. Desde el lunes
por la noche, personas de diferentes edades y
condición social hicieron largas
"colas" en espera del turno para
confesar sus pecados.
Los falsarios
fueron supremamente cuidadosos en el
confesionario, prodigaron consejos a los
penitentes y fueron definidos como sacerdotes
jóvenes pero de gran sabiduría. El jueves
santo, ya cansados y ante el temor de no poder
atender a todos los feligreses, introdujeron la
novedad de la confesión colectiva y mental de
los pecados, pero ciñéndose a los pasos
esenciales del sacramento. Desde su llegada los
sacerdotes confesaron todas las noches y hasta
las madrugadas. Se calcula que atendieron a más
de 4.000 personas, es decir, que los dos
supuestos sacerdotes pudieron conocer por este
medio toda la vida privada de la localidad. Sólo
con posterioridad, los fieles se dieron cuenta de
un detalle significativo: las penitencias fueron
desiguales, pues a las personas de aspecto
citadino se les pidió rectificar sus conductas,
mientras que a los campesinos de fe ciega se les
impuso la "donación de limosnas para la
comunidad franciscana y destinadas para la
ejecución de imaginarias obras pías".
El vino de
consagrar que con fórmula especial elaboraban
las monjas de la diócesis y que de cuando en
cuando mandaban de San Gil, fue suplido por
vulgar vino Z de la tienda esquinera del poblado.
Las hostias para tanta gente las fabricaron con
premura los monaguillos con el molde
acostumbrado, durante dos tardes y casi dos
noches, por lo que el poblado inusitadamente
gozó de luz diurna suministrada por la vieja
planta que sólo tenía capacidad para funcionar
después de las 6 p.m. Para adornar el atrio y
altar, las beatas sacaron de sus baúles mantos
sagrados que sólo prestaban en ocasiones
especiales. Del cuarto de san Alejo de la casa
cural se rescató un antiguo sagrario, y de los
maletines de los estafadores salieron otros
ornamentos, una antigua copa de plata que fue
usada como cáliz y un Cristo desclavable que se
llevó en la procesiones alrededor de la plaza y
en las calles adyacentes. Algunos de esos
ornamentos, los falso sacerdotes los habían
exhibido un par de meses atrás durante una
"misión" que habían realizado por los
campos del municipio tolimense de Gualanday.
Para los curas
falsos fue una Semana Santa agitada. En los dos
primeros días hubo bautismos y primeras
comuniones, y aunque parezca increíble, también
algunos matrimonios. Los falsos sacerdotes
realizaron visita a una casa en que sus
habitantes ya no aguantaban los ruidos y las
voces extrañas, tanto de día como de noche.
El farsante más
sobresaliente fue el que se hizo pasar por
franciscano, es decir, José Escobar Montoya,
quien mostró un excelente manejo del latín y no
despertó en los oficios religiosos la mas
mínima sospecha. El que se hacia llamar padre
Botero, en cambio, tuvo un notable desliz al
oficiar una misa en la capilla del hospital San
Antonio, accediendo al ruego de las monjitas de
la Presentación: quizás por el nerviosismo de
encontrarse celebrando ante auditorio tan
cualificado, se saltó parte del ritual, lo que
produjo desfases y confusiones en los
acompañantes, el corista David Silva y el
monaguillo Evaristo Suárez. Los dos comentaron
al concluir la ceremonia: "¡O este
sacerdote es muy bruto, o es que ahora los están
sacando muy mal preparados!"
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Los
"padres" José Escobar Montoya y
Oscar Robledo Mejía con
feligresas de Semana Santa. Archivo Parroquial,
Puente Nacional.
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El
"cura" Montoya en el cementerio
municipal. Archivo Parroquial, Puente
Nacional.
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La más impresionante de las
procesiones fue la del viernes santo: cerca de
ocho mil personas colmaron la plaza y las calles
adyacentes. Siguiendo la costumbre de representar
la agonía de Jesús en el monte del Calvario,
casi todos los campesinos trajeron ramas de
sauce; por eso cuando la procesión hizo su
recorrido, a muchos les pareció que lo que
andaba era un apretado bosque tras la imagen del
Cristo crucificado. Ese viernes, los falsos
sacerdotes lograron robarse definitivamente el
cariño y la admiración de los fieles: primero,
porque todo el día se mantuvieron arrodillados e
incluso así recibieron los alimentos, y en
segundo lugar, porque el padre Franco mostró
extraordinarias dotes de orador litúrgico. En el
sermón de las Siete Palabras, el
"padrecito" abogó por la caridad y por
la necesidad del perdón frente a las faltas de
los semejantes; censuró la chismografía y el
consumo de bebidas embriagantes y condenó
duramente la violencia política, a los malos
políticos y al odio partidista. Nadie olvidó en
Puente Nacional ese sermón. Todavía se recuerda
que fue tanta la elocuencia y el poder de
convicción con que habló Escobar Montoya, que
la mitad de los presentes no pudieron contener
las lágrimas.
LOS FARSANTES
Los curas falsos
fueron descubiertos cuando algunos vecinos de
Puente Nacional decidieron visitarlos en la
iglesia de La Porciúncula de Bogotá, donde
habían dicho que los encontrarían. Allí, al
mostrar las fotos de la Semana Santa que les
llevaban de regalo, los franciscanos reconocieron
a José Escobar Montoya, porque anteriormente se
había "hecho pasar por religioso a fin de
estafar a las comunidades, especialmente de
mujeres". El escándalo sólo salió a flote
en la prensa en el mes de mayo, debido a los
sucesos del 9 de abril de 1948.
José Escobar
Montoya o el "padre Franco" y Oscar
Robledo Mejía o el "padre Botero"
fueron aprehendidos a mediados de mayo. Antes de
comparecer ante el juez 52 de instrucción
criminal, Escobar Montoya se fugó dos veces;
primero fue detenido en Cartagena cuando se
alistaba para viajar a Panamá, y después
escapó de las instalaciones de Barrancabermeja
cuando se disponía su traslado a Bogotá.
Finalmente fue capturado en Medellín.
Escobar y
Robledo se habían conocido en el seminario. El
primero nació en 1925, unas veces dijo ser
oriundo de Medellín y otras, de Manizalez.
Según su versión, había estudiado con los
padres eudistas y luego en el seminario mayor de
Bogotá. Al recibir las órdenes menores se
retiró porque, según él, no pudo soportar más
la claustrofobia; otra interpretación indicaba
que había sido "expulsado por sus numerosas
faltas". Decía que sabía seis idiomas y
dos lenguas muertas, el latín y el griego. Por
su manejo del inglés, alcanzó a trabajar en las
oficinas de la IX Conferencia Panamericana de
Bogotá, en ese mismo mes de abril del 48.
Entre 1945 y
1947, Escobar Montoya había sido condenado a
tres años de prisión en la penitenciería
Central. Allí escribió un libro de versos
titulado Retazos, al parecer prologado por
el padre jesuita Félix Restrepo. La imprenta de
la penitenciería le había publicado el libro Caminos
de juventud, con consejos para jóvenes, que
fue prologado por su compinche Robledo Mejía.
Tenía además otro texto inédito,
"Secretos de un secretario", sobre la
niñez abandonada de Bogotá, producto de su
experiencia de dos años como secretario del
Reformatorio de Menores de Fagua, en Cajicá. Al
salir de la cárcel, haciéndose pasar por
periodista, logró hacerse invitar a la Colonia
del Araracuara por las señoras del Patronato de
Presos de Bogotá. Escribió varios artículos
que fueron publicados como informes especiales
por el periódico El Tiempo, en enero y
febrero de 1948. En ellos denunció la mala
administración de la cárcel y las penalidades
de los reclusos; de sus entrevistas con los
penados concluyó que estos preferían la pena de
muerte a la vida que llevaban en la colonia
penal.
Por los sucesos
de Puente Nacional, Escobar y Robledo fueron
condenados a cinco años de prisión en
Araracuara. De allí ambos se fugaron. Robledo
Mejía salió hacia el sur del país y nunca fue
recapturado (el propio Montoya cuenta que se
residenció en Argentina); Montoya fue detenido
de nuevo e instalado en la colonia de Acacías,
de donde también se fugó. Reapareció en 1953,
en Cúcuta, como el "reverendo padre Jesús
Naranjo Villegas".
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Iglesia
de Santa Bárbara y casa cural de Puente
Nacional. Fotografía de Ricardo
Rivadeneira.
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Falsos
sacerdotes. Portada de
"Clarin", junio 3 de 1948. Biblioteca
Luis Angel Arango, Bogotá.
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CONSECUENCIAS
El hecho fue nefasto para
la vida política posterior de Puente Nacional,
pues el episodio contribuyó a ampliar las
enemistades partidistas al ser interpretado por
los sectores conservadores locales como una burla
colectiva en la que algo tenían que ver algunos
liberales. Las sospechas las motivaron la
oportuna llegada de los sacerdotes falsos y el
conocimiento que ellos manifestaron de las
gestiones realizadas para lograr celebrar la
Semana Santa. Lo que los conservadores hablaban
en voz baja también pudo provenir de la versión
difundida por el periódico El Deber, de
Bucaramanga, en su edición del 26 junio de 1948,
cuando se informó sobre la primera evasión de
la cárcel de sumariados de Bogotá de José
Escobar Montoya. Se dijo que el principal
sindicado de la farsa le había comentado a
varios presos que "tenía urgencia de ir a
Puente Nacional, a cobrar algunos dineros que
allí le quedaron a deber algunos jefes
políticos, quienes lo llevaron allí para que
hiciera las veces de sacerdote, mediante el pago
de una suma de pesos que aún no ha sido
cubierta". Sea esto cierto o no, lo que
queda claro es que hubo un motivo más para el
odio partidista en la localidad. En esa historia
de odio vendría posteriormente la revancha
conservadora y la apropiación del poder local
por parte de los militantes de ese partido. Con
ello estallaría la dura persecución contra los
liberales que se extendió por casi dos décadas
y que culminó con una etapa bastante trágica a
comienzos de los años sesenta, cuando se hizo
tristemente célebre el bandido conservador
Efraín González.
Aquella semana
santa afectó también la arquitectura o el
patrimonio histórico de la localidad, por cuanto
el nuevo párroco Antonio María Rangel desechó
la idea de restaurar el antiguo templo colonial y
se propuso construir otro de tamaño monumental.
Sin embargo, después de cincuenta años de
iniciada la obra, aún no ha sido terminado y la
falta de torres hace que Puente Nacional posea el
único templo de forma cuadrada del país.
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"El
falso clérigo de Bucaramanga dice que
escribirá tres libros sobre moral". Titular
de "El Tiempo", marzo 3 de 1953.
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"El
cura Montoya dejó ayer la cárcel Modelo". Titular
de "Vanguardia Liberal". febrero 9 de
1973.
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