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Al sur de Cartagena se extendía el
territorio de los zenúes, el cual se dividía en tres señoríos: Finzenú, Panzenú y
Zenufana, que dominaban las hoyas de los ríos Sinú, San Jorge, bajo Cauca y Nechí. Esta
división del territorio se había originado tiempo atrás, cuando gobernaron durante
mucho tiempo tres señores, de los cuales el más importante era Zenufana. Este señor
tenía el control del área donde se pobló Zaragoza y parte de las riberas del río
Cauca, hasta las sabanas de Aburra, que eran las tierras más ricas. En el Finzenú,
ubicado treinta leguas al sur de Cartagena, en la hoya del río Sinú, gobernaba su
hermana, a quien Zenufana quería que todos los vasallos le rindieran gran pleitesía. Por
este motivo ordenó que los señores más importantes de los tres señoríos hicieran sus
sepulturas en Finzenú, que adquirió gran importancia como centro ceremonial. Por su
parte, Panzenú gobernaba en la hoya del río San Jorge, cuya área inundable fue adecuada
con extensos sistemas de drenaje en los primeros siglos de nuestra era, los cuales
permitían el permanente aprovechamiento de los suelos para la agricultura, así como la
supervivencia de una rica fauna acuática. La tradición instaurada por estos gobernantes
se continuó hasta la llegada de los españoles, de tal forma que el territorio de
Finzenú seguía siendo gobernado por una mujer, que mantenía una gran preeminencia
política y religiosa y en cuyo territorio se sepultaba a los dirigentes más importantes
de los zenúes.
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Las regiones del
Zenú. B. Leroy Gordón.
"El Sinú, geografía humana y ecológica",
Bogotá, Carlos Valencia, 1983.
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REQUERIMIENTO
Entre los numerosos
caciques sujetos a Finzenú, dos de ellos fueron requeridos por el conquistador Martín
Fernández de Enciso en 1509, para que se sometiesen al rey de Castilla. Les indicó que
había un solo Dios, les habló de los poderes que el Papa tenía y de cómo éste era
señor del universo en lugar de Dios. El Papa, añadió el conquistador, usando sus
poderes, había hecho merced de toda esa tierra al rey de Castilla, por lo cual se la
debían dar. Si aceptaban rendirle obediencia al rey y le daban en cumplimiento alguna
cosa cada año, los protegería y les haría algunas otras mercedes. Los caciques
contestaron que les parecía bien lo que decían sobre la existencia de un solo Dios que
gobernaba el cielo y la tierra, "...pero en lo que decía que el Papa era señor de
todo el universo en lugar de Dios, y que había hecho merced de aquella tierra al rey de
Castilla, dijeron que el Papa debiera estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no
era suyo, y que el rey que pedía y tomaba tal merced debía ser algún loco, pues pedía
lo que era de otros, y que fuese allá a tomarla, que ellos le pondrían la cabeza en un
palo, como tenían otras |...| de enemigos suyos".
LA SEÑORA TOTO
Esta señora ejercía
su control sobre el Finzenú, cuando Pedro de Heredia ingresó a su territorio, alrededor
de 1535. Para esta época había muy pocos moradores en el poblado en el que residía la
señora Toto, aunque por las ruinas y vestigios que allí había parecía haber tenido
muchos habitantes. Al ser interrogados sobre la destrucción del pueblo, los indígenas
les informaron que años atrás habían sido atacados por gran número de españoles, a
los que dieron muerte, teniendo ellos también muchas bajas. Después, habían sobrevenido
grandes enfermedades que habían reducido drásticamente la población.
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Enterramiento de
un cacique, como lo describen los cronistas en tumbas del Zenú.
Grabado de Theodoro de Bry. "América moralis Indiae", Frankfurt, 1602.
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YAPEL
Después de realizar
varios intentos para ingresar al territorio de Panzenú, donde gobernaba el señor Yapel,
alrededor de 1535, Alonso de Heredia logró llegar y saquear un poblado de su territorio.
Sus habitantes dieron aviso al señor Yapel, quien rápidamente reunió a dos mil
guerreros que hicieron frente a los españoles, pero fueron derrotados. El dirigente,
considerando la derrota de sus guerreros, dio orden de evacuar el poblado donde residía.
Cuando los españoles llegaron allí, encontraron, al igual que en Finzenú, que las
calles, plazas y casas estaban muy bien trazadas y limpias. También había huertas muy
bien cultivadas y llenas de frutales y extensas labranzas. Las tropas de Heredia, luego de
saquear el lugar, se dirigieron a otros pueblos tributarios de Yapel, que también habían
sido desocupados por los indígenas. Continuaron su camino hacia el oriente, hasta llegar
al río Cauca. En una isla que allí se formaba había un pueblo dividido por barrios y
calles, que fue quemado por sus habitantes cuando los españoles trataban de atravesar el
río para llegar a él. Como resultado de esta estrategia, el hambre empezó a hacer
estragos entre los españoles, quienes tuvieron que regresar sin lograr controlar a Yapel.
NUTIBARA
Los hijos de Anunaibe:
Nutibara y Quinuchu, gobernaban desde las sierras del Abibe hasta el Valle de Nori, en la
provincia de Guaca (señorío de Zenufana). Mientras Nutibara era el señor mayor, su
hermano, Quinuchu, actuaba como su lugarteniente, gobernando a los indios de las montañas
que vivían en las sierras de Abibe y en los valles de los alrededores. Quinuchu proveía
a Nutibara de puercos, pescados, aves y otros frutos que se daban en las sierras y le
tributaba mantas y joyas de oro. En el valle de Guaca había muchas y muy grandes casas de
madera, cubiertas de una paja larga. Todos los campos estaban cultivados y en las riberas
de los ríos crecían palmeras, de cuyos frutos se hacía pan y vino. Los dioses les
avisaron sobre la llegada de los invasores. Por ello, cuando llegó Francisco César los
indios lo llevaron al templo, donde cavaron hasta hallar una bóveda muy bien labrada, que
tenía la entrada en dirección al nacimiento del sol. En ella había muchas ollas llenas
de joyas de oro muy fino. No era la única, aseguraron los indios, adelante había otra
casa donde había un tesoro mayor y en el valle había otras mayores y más ricas.
Posiblemente los dioses indígenas conocían la debilidad de los españoles por el oro y
la utilizaron para distraerlos y dar a sus protegidos la oportunidad de atacarlos en forma
exitosa. Más de veinte mil indios buscaron repeler a los extraños, pero fueron
derrotados. El templo fue quemado y César regresó a Cartagena con gran cantidad de oro.
Como consecuencia de la
derrota, los principales y señores de los valles se reunieron para hacerle sacrificios y
ceremonias a Guaca, su dios. Este se les apareció en la forma de un tigre muy fiero y les
anunció que vendrían más cristianos de la otra parte del mar buscando ocupar y
señorear la tierra, por lo cual debían armarse para enfrentarlos. Meses después llegó
la expedición de Juan Vadillo, y sus integrantes se sorprendieron de las prácticas
caníbales que se utilizaban durante las guerras. El señor Nutibara y sus capitanes
tenían en las puertas de sus casas muchas cabezas de enemigos, a los que se habían
comido en señal de triunfo. Posteriormente, en 1542, otro grupo de españoles, al mando
de Jorge Robledo, se sorprendió de que estas poblaciones, las mejores que había en la
comarca, hubieran sufrido tal destrozo al paso de las tropas de Vadillo. Estaban
prácticamente despobladas y todo-arboledas, frutales, asientos de bohíos y fuentes
hechas a mano-, había sido destruido.
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