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LOS GRANDES SEÑORES DEL TIEMPO
DE LA CONQUISTA
Por: Marta
Herrera Angel
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Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 44
Agosto de 1993
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El bautizo de
Aquimín Zaque. Oleo de Luis Alberto Acuña.
1950. Museo Nacional, Bogotá.
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Una de las
características distintivas del actual territorio colombiano a la llegada de los
españoles fue la alta concentración de cacicazgos, posiblemente una de las mayores de
América: sólo en el Valle del Cauca se contaron más de ochenta cacicazgos, y cuando
Jorge Robledo entró en la región ocupada por los quimbayas, un cacique afirmó que
había sesenta caciques y los contó por sus nombres y pueblos. En algunos casos estos
cacicazgos estuvieron integrados dentro de unidades más grandes, los señoríos, frente a
los cuales tuvieron diferentes grados de subordinación. Entre los quimbayas había cinco
o seis señores principales, que eran independientes entre sí y ninguno rendía
obediencia a los otros, aunque todos eran parientes y amigos, y había matrimonios que
unían unos señoríos con otros; estos seis señores, a su vez, sujetaban cada uno
alrededor de diez o doce caciques. En el altiplano cundiboyacense, el área controlada
políticamente por el zipa de Bogotá, éste subordinaba caciques tales como Chocontá,
Subasaque, Cajicá, Ubaté y Ubaque, entre otros. Ubaque, a su vez, sujetaba a otros
pueblos, entre ellos, Pausagá y Chiguachí.
La unidad política de
un señorío no dependía necesariamente de factores de índole cultural. Los muiscas que
habitaban el altiplano cundiboyacense y parte del actual departamento de Santander no
estaban integrados políticamente, a pesar de sus afinidades culturales. Por el contrario,
grupos como los llamados teguas, al oriente de Guatavita, que culturalmente no se
identificaban como muiscas, al parecer tributaban a algunos caciques muiscas. Aunque tal
sujeción podía significar, a mediano y largo plazo, un mayor nivel de identificación
cultural, ésta no era todavía un hecho en el momento en el que se produjo la sujeción
política.
Varios mecanismos se
utilizaban para lograr la integración: la guerra, las alianzas y el establecimiento de
vínculos de parentesco. Sin embargo, el establecimiento de mayores o menores niveles de
integración política no dependía únicamente del desarrollo de este tipo de
estrategias. La aceptación de poderes superiores, que se colocaban por encima de la
sociedad (llegando incluso a representarse a si mismos como dioses), dependía en gran
parte de los requerimientos de estructuras organizativas para el desarrollo de las
actividades productivas y para la supervivencia. Así, condiciones desfavorables exigían
una mayor organización de la producción, lo que favoreció el establecimiento de
jerarquías y poderes superiores. Por el contrario, unidades familiares que sin mayores
esfuerzos podían asegurar su supervivencia, mostraron una menor predisposición hacia el
sometimiento y el establecimiento de un control por parte de poderes superiores, que
frecuentemente obtuvieron ventajas derivadas de ese poder y actuaron en contra de los
intereses de los subordinados.
El término cacique no
era el utilizado usualmente por los indígenas del territorio colombiano; en realidad, se
trataba de una palabra arawak, que los españoles adoptaron en las Antillas y que
emplearon indistintamente en los territorios conquistados para designar a quienes tenían
el mando político de las comunidades. Cada lengua tenía sus propios términos para
denominar a sus dirigentes políticos. Así, por ejemplo, un grupo vecino a los chimilas,
llamado Caribe por los españoles, les daba el nombre de "camdara", que quería
decir señor, mientras que los llamados malebúes daban el nombre de "malebú"
al señor principal que controlaba a los demás caciques o dirigentes de los pueblos
pertenecientes a este señorío.
Las jerarquías de los
distintos poderes podían variar. Grupos con altos niveles de centralización política y
de estratificación jerárquica, como por ejemplo los muiscas sujetos al zaque de Tunja,
tenían en orden de mayor a menor, al zaque, al uzaque, al psihipqua, al sibyn y al uta.
Existía también entre algunos grupos indígenas otro cargo de gran importancia, el
segundo después del señor principal, aunque poco conocido: el pregonero. Este
funcionario, considerado como el vocero por el cual se expresaba la voluntad del máximo
dirigente, tuvo gran importancia entre los muiscas y también entre los indígenas que
habitaban la provincia de Betoma, en la Sierra Nevada de Santa Marta.
En general, entre
grupos que contaban con ciertos niveles de centralización política, los cargos de
autoridad se obtenían en forma hereditaria. En algunos la herencia se establecía de
padre a hijo, mientras que en otros heredaba el hijo de la hermana mayor del dirigente.
Como, en general, entre los diferentes grupos indígenas los hombres tenían tantas
esposas como podían sostener, cuando la herencia se establecía de padre a hijo, heredaba
el hijo de la mujer principal, tal como sucedía entre los habitantes del valle de Lilí
(Cali). Con relación a la práctica de la poligamia, cabe anotar que para los jefes el
contar con varias esposas resultaba de gran importancia. De una parte, estas múltiples
uniones les permitían fortalecer su posición de poder, al establecer vínculos de
parentesco con otros dirigentes importantes de la comunidad. Así, por ejemplo, los
señores de las provincias de Umbra y Anserma tomaban por esposas a las hijas de otros
dirigentes de la comarca. De otra parte, tener varias esposas les permitía cumplir
adecuadamente con su obligación de agasajar a los súbditos como una forma de reforzar su
posición de prestigio. Sobre el particular, Pedro Siramuchegua, quien era cacique de
Chocontá en 1593, explicaba la presencia de varias mujeres en su casa por la necesidad de
preparar chicha, bollos y guisos para dar de comer a su gente. Aunque en este caso el
señor aclaraba que no eran sus esposas y que no tenía relaciones carnales con ellas, tal
observación obedecía a que la práctica de la poligamia fue prohibida por las
autoridades españolas.
Sin embargo, muchas
obras de importancia para la familia, tales como cultivar las sementeras o construir sus
casas, requerían en determinado momento una cantidad de mano de obra mayor que aquella
con que contaba la unidad familiar. Era necesario recurrir entonces a la ayuda de otras
familias y obtener su colaboración mediante la reciprocidad. Las familias recibían de
otras una cantidad de ayuda equivalente a la que ellas podían, a su vez, suministrar. De
esta forma, las familias que contaban con mayor número de miembros aptos para trabajar
podían proporcionar más ayuda laboral y, a un tiempo, recibir mayor ayuda en su momento.
Esto permitía a los núcleos numerosos vivir mejor y con mayor desahogo. Como con el
matrimonio se establecían vínculos de hermandad con los hermanos de la esposa, mientras
mas esposas se tuviera, mayor era el número de hermanos y de trabajo con que se contaba.
No se trataba únicamente de que el hombre que contaba con mayores recursos tuviera más
esposas, sino también que mientras más esposas tuviera, mayores recursos tendría.
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Batallas del
Boquerón y Portachuelos. Grabador de J. Mulder, "Historia general de las
conquistas del Nuevo Reino de Granada", de Lucas Fernández de Piedrahita. Amberes,
J.B. Verdussen, 1688.
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Una característica
frecuente entre los grupos centralizados y jerarquizados consistía en que los indígenas
prestaran ciertos servicios o proporcionaran algunos bienes a sus señores. Este pago, que
los españoles asimilaron al tributo que ellos cobraron a los indígenas, tenía un
carácter bien distinto entre las comunidades. Así, los malebúes que habitaban en el
área próxima a Tamalameque, cerca del río Magdalena, se reunían para hacerle las rozas
al malebú, su gran señor. En esa oportunidad, el cacique ofrecía fiestas, llamadas por
el los "entai", durante las cuales les suministraba alimentos y bebidas en
abundancia. Tales fiestas podían prolongarse hasta por quince días, y todos asistían
con sus mejores galas. Durante las celebraciones los indígenas llevaban a su jefe ovillos
de hilo, hamacas y diversos objetos tejidos. Como se puede observar, más que un pago de
tributo en servicios o en especie, lo que tenía lugar era una especie de intercambio en
el que el cacique, si bien se apropiaba de un excedente social, reforzaba su prestigio al
agasajar con generosidad a sus vasallos.
Los grupos indígenas
que no acostumbraban a efectuar estos pagos a un señor o cacique hereditario fueron
denominados "bahetrías" por los españoles. Este era el caso de los indígenas
Muzo, entre quienes no existía la tradición de pagar tributos y sólo surgían jefes
cuando había guerras, caso en el cual elegían a los indios más valientes y briosos para
que los acaudillasen. El que no existieran jefes permanentes no implicaba, sin embargo.,
una deficiente organización. Por el contrario, las normas compartidas por la comunidad
establecían una serie de pautas que regulaban las relaciones entre los miembros y entre
las familias o parentelas y que resultaban coherentes, si se consideran las continuas
guerras que mantenían con los muiscas, a quienes ganaban las tierras en que cultivaban
sus sementeras.
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Batalla de las
Vueltas Grabado de J. Mulder, 1688.
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En todo caso,
independientemente de qué tan jerarquizada estaba una determinada comunidad, su
subsistencia exigía que se mantuvieran importantes niveles de solidaridad y de cohesión.
Para el logro de este objetivo, era importante reforzar permanentemente las tradiciones
culturales de la comunidad y solidificar la unión que podía surgir mediante la
rememoración de la historia de la colectividad, que se constituía en una posesión
compartida. Una de las actividades más difundidas entre los indígenas, como ya se vio,
fueron las Fiestas. En ellas los participantes bailaban y cantaban al son de sus
instrumentos musicales, al tiempo que consumían alimentos y bebidas embriagantes en
abundancia. Por lo general, los cánticos que se entonaban rememoraban la historia de la
comunidad, relataban los hechos de los héroes míticos y culturales, y condenaban las
acciones encarnadas en personajes considerados censurables. Los muiscas, por ejemplo,
cantaban sucesos presentes y pasados, en que vituperaban o engrandecían el honor de sus
protagonistas, al tiempo que danzaban siguiendo un estricto compás. Por su parte, los
quimbayas bailaban, bebían y cantaban a un mismo tiempo, y en sus canciones recitaban los
trabajos presentes y recontaban los sucesos pasados. De esta forma, los cánticos
mantenían viva la historia de la comunidad e inculcaban a sus miembros los valores que se
consideraban deseables, al tiempo que criticaban los actos definidos como censurables.
También se evidencia
en algunas de las descripciones que se hicieron de estas Fiestas su carácter sacralizado.
En las fiestas llamadas "entai" siempre estaba presente el o la mayhan (mohán)
o sacerdote, quien encendía el sahumerio que debía arder durante todo el tiempo que
duraba la celebración. El mayhan hacia "parlamentos", además de "otras
muchas idolatrías y ceremonias". Entre los muiscas, beber "fapqua"
(chicha) daba a la celebración un carácter sagrado, pues se ofrendaba al dios Nemcatacoa
quien bebía junto con ellos. Fue precisamente la asociación entre estas fiestas y el uso
de bebidas fermentadas, unido al rechazo de los españoles por las creencias nativas, lo
que hizo que generalmente se refirieran a ellas con el calificativo de
"borracheras" y las prohibieran.
El hecho de que algunas
de las Fiestas fuesen organizadas por el señor, quien reforzaba así su poder y su
prestigio, no implicaba que la celebración perdiera su carácter sacro. Frecuentemente, a
la actividad del cacique se unía la de sacerdote o persona encargada de establecer el
contacto con la divinidad. Este fue el caso del cacique Calarcá, entre los pijaos, quien
a la vez fue un famoso guerrero, además de "gran mohán, hechicero y adivino".
Elegido para dirigir el ataque que protagonizarían las provincias de Otaima, Cacataima,
Mola, Anaitoma y parte de Amoyá contra los españoles, debió quemar un palo de balsa
para adivinar, según el color de la ceniza, cuál sería el resultado de la acción
contra el invasor, lo que ratificaría o no la decisión de llevar a cabo la guerra. Una
situación similar se presentaba entre los hondas, de la Sierra Nevada de Santa Marta:
allí el "adivino y hechicero" Xebo fue el encargado de capitanear a los cientos
de guerreros que enfrentarían a los españoles.
La escasez de
información sobre caciques, al igual que sobre los pueblos que ellos aglutinaban, obedece
a varios factores, entre los cuales se encuentra el de la multiplicidad de culturas. Dado
que no había un poder centralizado cuyo sometimiento asegurara el dominio de vastas
extensiones, los invasores tuvieron que guerrear contra las diferentes unidades políticas
que iban encontrando al paso. Por tal motivo se adelantaron innumerables guerras, que no
sólo dificultaron el conocimiento de las partes entre sí, sino que frecuentemente
extinguieron o debilitaron en forma extrema a los grupos étnicos nativos. Así, las
supervivencias culturales luego de las guerras proporcionaron pocos elementos a quienes
años después buscaron recopilar y transmitir la historia del contacto. Las reseñas que
se presentan en esta edición de Credencial Historia recogen algunos testimonios dejados
por los cronistas sobre gobernantes aborígenes del siglo XVI, y otros que aún se
mantenían vivos en la memoria de sus pueblos.
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