Ficha bibliográfica
Titulo:
Los libros en la hoguera
Edición original: 2005-05-16
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-16
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: PÉREZ SILVA Vicente

 

Revista Credencial Historia


EDICIÓN 52 - ABRIL 1994



LOS LIBROS EN LA HOGUERA, Una práctica que en Colombia se repite desde la Colonia
Por: Vicente Pérez Silva

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 52
Abril de 1994

 


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Quema de libros en el frontispicio de «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha».
Grabado de Antonio Carnicero y Fernando Solma. Madrid: Juan de Ibarra Impresor, 1780.




Las incineraciones de libros se remontan a lejanos tiempos de la humanidad. El tema es apasionante y la investigación trae sorpresas inimaginables. La destrucción de la Biblioteca de Alejandría, fundada por el sabio Tolomeo, según algunos, o por Alejandro Magno, según otros, rica en obras de filósofos, dramaturgos y científicos, principalmente griegos, marca un hito en esta historia siniestra: Fue incendiada dos veces, una por el califa Omar en el siglo VI DC., y otra, por los romanos, que además la saquearon, llevándose libros a Roma, donde enriquecieron el patrimonio literario latino.

En China, el primer emperador, que construyó la Gran Muralla, quemó también los libros de literatura y filosofía. Li Sau, hombre despiadado, ordenó que se quemaran las crónicas oficiales del imperio, excepto las relativas a las victorias del Estado... (Y pensar que lo mismo ocurrió en 1966, en pleno apogeo de la revolución de Mao). Se ha dicho con acierto que el libro, igual que el hombre, ha sufrido y padecido por sus ideas. No cabe duda. Resulta de veras increíble que la Divina Comedia hubiera sido condenada a las llamas en Francia, en 1318; y en Lisboa, en 1581. Ni qué decir de la infinidad de escritos llevados a la hoguera por fanatismo religioso, particularmente durante la época de la Inquisición, que «no perdonaba ni a los muertos». Pero limitémonos ahora a recordar algunas ocurrencias de esta especie que han tenido lugar en nuestra propia casa.

 

En la Colonia

El investigador Gerardo Andrade González me ha facilitado copias de los documentos que se transcriben a continuación, textos que se conservan en el Archivo General de la Nación (Colonia. Fondo Milicias y Marina). Estos documentos son quizás los más antiguos relacionados con el tema.

«Sobre estampas satíricas. Exmo Señor. Señor. He recibido la carta de V.E. de 29 del próximo vencido julio, con ella la copia del Real Orden de 14 de mayo último, en cuya vista, quedo reservadamente solicitando las estampas satíricas, de que trata, sobre que como corresponde, serán mis diligencias las más eficaces, y así mismo en cuanto a averiguar, llegado el caso, las personas por quienes, y a quienes se dirijan dichas estampas, que según se previene dispondré se quemen todas cuantas se encuentren y de las resueltas, pasar oportunamente a V.E. noticia. Dios guarde a V.E. muchos años. Cartagena, agosto 11 de 1772. Exmo Sr. Don Roque de Quiroga. Exmo Señor Baylo Erey Don Pedro Messia de la Cerda. Cartagena 11 de agosto de 1772 [...]» Las estampas satíricas aluden a Carlos III y la expulsión de los Jesuítas.

«Real Cédula sobre el libro Año dos mil cuatrocientos y cuarenta. El Rey. Por cuanto habiendo llegado a entender por muy seguros, e indubitables informes, que ha empezado a introducirse en mis Reales Dominios un libro en octavo mayor, escrito en lengua francesa, intitulado Año dos mil cuatrocientos y cuarenta, con la data de su impresión en Londres, año de mil setecientos y setenta y seis, sin nombre de autor, ni de impresor, y que no solo se combate en él la Religión Católica, y lo más sagrado de ella, sino que también se tira a destruir el orden del buen Gobierno [...] promoviendo la libertad e independencia de los súbditos a sus Monarcas, y Señores legítimos: He resuelto, que además de prohibirse por el Santo Oficio este perverso libro, se quemen públicamente por mano del verdugo todos los ejemplares que se encuentren [...] A cuyo fin he mandado igualmente, por Real Orden de doce de marzo de este año a mi Consejo de las Indias expida Cédula circular aquellos reinos para el cumplimiento de la expresada mi real resolución [...] Fecha en Aranjuez a veinte de abril de mil setecientos y setenta y ocho. Yo EL REY»

«Libro de Guillermo Robertson. Exmo Señor. Sr. A la Orden del Rey de 23 de diciembre último y de la V.E. de 20 de marzo que la acompaña he dado el debido obedecimiento, y en su virtud embarazaré con el mayor celo la introducción en este puerto y demás de esta provincia de la Historia del Descubrimiento de la América que ha escrito el Dr. Guillermo Robertson, Rector de la Universidad de Edinburgo y para que igual cuidado se tenga en el de Santa Marta he dirigido copia de dichas órdenes a aquellos oficiales encargándoles mucho la vigilancia en este particular. Nuestro Señor guarde la importante vida de V.E. muchos años que deseo. Río Hacha. Mayo 26 de 1779. Exmo Señor. Antonio de Narváez y la Torre. Exmo Señor Don Manuel Antonio Flórez [...]».

 

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José Francisco Pereira, autor del incinerado «Devocionario de Ibagué»
(1813). Colección J.J. Herrera, Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


 

El siglo XIX

Sin duda alguna, uno de los antecedentes que más decididamente influyeron en el proceso de nuestra independencia fue la traducción del francés por Antonio Nariño de Los Derechos del Hombre, declaración aprobada por la Asamblea Nacional el 26 de agosto de 1789; motivo por el cual se siguió juicio al Precursor. El 5 de septiembre el Virrey se dirigió a la Inquisición de Cartagena ordenando se practicaran las indagaciones para averiguar quiénes habían hecho circular el texto y por qué medios lo habían recibido. Dos semanas después, el mismo don José de Ezpeleta pidió a todas las autoridades y dignatarios del reino que, «es detenido el papel impreso y a quienes lo distribuyen o posean». Como fue inútil la gestión, se dispuso incluir en el expediente el tomo tercero de la Historia de la Revolución de mil setecientos ochenta y nueve y del establecimiento de una Constitución francesa (París, 1790). Carlos IV aprobó y felicitó a las autoridades del Virreinato por la causa y por «lo relativo a la quema por mano del verdugo en la Plaza Mayor, del libro de donde se copió el referido de Los Derechos del Hombre [...]» Uno de los motivos que más exasperaron a las autoridades españolas fueron las publicaciones periódicas hechas entre 1810 y 1816, y que dieron origen a sumarios criminosos contra sabios, políticos y literatos neogranadinos, publicaciones que eran llevadas a la Plaza Mayor de Santafé y otras capitales provinciales, y con ellas se hacían hogueras «como muestra de escarmiento a los curiosos habitantes neogranadinos de que otro tanto les sucedería a ellos si persistían en leer nefastos periódicos que iban contra la voluntad de los reyes de Dios», según refiere Andrade González.

 

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William Robertson grabado por J. Reynolds. Su «Historia de América»
fue incinerada en la Costa en 1779.


 

Devocionario de Ibagué en memoria de las hazañas, prodigios y virtudes de la Lanza de Don Baltasar, que aún hoy día se conserva en la santa iglesia matriz de aquella ciudad. Sin privilegio, en Ibagué, en la Imprenta de Ambrosio Carabina, año de 1813: Esta curiosidad bibliográfica se debe al ingenio del doctor José Francisco Pereira (1789-1863), hombre de Estado, fervoroso patriota y luchador de la independencia. El escritor Gustavo Otero Muñoz refiere que, cuando el autor de esta festiva creación literaria visitó en Ibagué la iglesia de San Bonifacio, «vio sobre el arco toral la lanza llamada de Don Baltasar, especie de talismán supersticioso que atravesaron ahí los conquistadores desde principios del siglo XVII, en virtud de exigencia que hizo al morir aquel famoso capitán de una parcialidad de los pijaos, a cuya traición se debió el gran parte de vencimiento de la indomable tribu...» Más adelante informa: «Popularizada luego bajo el titulo simplificado de Novena de la lanza, se propone esta arma por modelo, según la magnitud de su cuchilla y lo largo del asta, para las que debían usar los patriotas contra los realistas; en las oraciones se le pide que infunda valor y fuerza a los americanos en la lucha que se preparaba; en los gozos se cantan los milagros obtenidos por su intercesión a favor de la libertad, y en el conjunto se ridiculiza la sacrílega adoración que las gentes crédulas le tributaban. Cuatro años después de editada la novena -que lo fue en la imprenta portátil que llevaba Nariño en su funesta expedición al Sur, y que manejaban los tipógrafos Ramón Rico y Francisco de Paula Castellanos-, cuando llegó la época del terrorismo, un ejemplar se puso de cabeza de proceso contra el autor, y los demás fueron quemados en la plaza pública, por orden del comandante español Ramón Sicilia, quien comunicó, además, al vicario de Ibagué para que bajase el arma de su sitial y la entregase a la autoridad». Encabeza la Novena la siguiente estrofa:

 

Oh, lanza a quien Baltazar
manejó con gran destreza,
y se puso por grandeza
en la iglesia del lugar,
para así recompensar
tus méritos señalaos.

¡Lanza, no caigas al suelo
porque vuelven los pijaos!.

 

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Felipe Pérez y su «Geografía general»,
que fue a la hoguera en 1866


 

De la incineración de la obra Geografía general de los Estados Unidos de Colombia, por Felipe Pérez, nos da cuenta Camilo Domínguez, en el artículo «Felipe Pérez (1836-1891) Geógrafo e iniciador de la novela histórica en Colombia» (Credencial Historia, No 21): «A raíz de la reimpresión de los obra, en 1865, por la casa Rosa & Bouret de París, se desató una agria polémica entre Tomás Cipriano de Mosquera y Felipe Pérez. Mosquera, quien había tenido desavenencias con el Olimpo Radical, descargó sus iras contra Pérez y contra la obra de Codazzi, tachándola de estar llena de falsedades y absurdos. El conflicto llegó al extremo de haberse ordenado la incineración de la Geografía, en 1866, después del violento panfleto que escribió Felipe Pérez con el significativo título: Repúblicas geográficas. El Gran General Mosquera y Felipe Pérez. Aunque la disputa se centró sobre minucias topográficas locales e historia lugareña, en el transfondo, se encontraba el problema de la definición de fronteras con Brasil, al cual se habían dado argumentos definitivos para ganar sus pretensiones sobre amplios territorios amazónicos».

Cabe recordar que en 1865 el general Mosquera desempeñaba el cargo de ministro legatario de los Estados Unidos de Colombia en Londres, lugar desde donde dirigió el oficio No 33, en abril de dicho año, al Secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores, que dice: «En contestación a la carta oficial de Ud. de 15 de febrero debo informar que el trabajo ejecutado por el Sr. Pérez sobre la Geografía General de Colombia, es tan defectuoso que no puede reputarse como un documento oficial [...] Ciertamente para publicar un libro con el nombre Geografía general de los Estados Unidos se necesita poco, pero no es eso lo que necesita la nación y al gastar diez mil pesos además de las inmensas sumas pagadas al general Codazzi y al mismo Sr. Pérez no es regular que se reparta como documento oficial aquel librito». Tales fueron las razones que animaron al Gran General para haber llegado al extremo de condenar al fuego la Geografía de Felipe Pérez, sin reparar que la suya. Compendio de Geografía General, Política, Física y Especial de los Estados Unidos de Colombia, Londres, 1866, tampoco estaba exenta de errores. Con anterioridad, en 1862, el presidente Mosquera había prohibido la circulación de la Geografía encomendada a Codazzi y Pérez.

Lo mismo sucedió con La Amazonía colombiana. Estudio geográfico, histórico y jurídico en defensa del derecho territorial de Colombia, Vol. 2, 767 págs., Bogotá, Imprenta Nacional, 1916. Esta obra, prologada por el historiador Eduardo Posada y considerada como la mayor rareza bibliográfica de Colombia, fue incinerada por orden expresa del ministro de Relaciones Exteriores, Marco Fidel Suárez. Su autor fue Demetrio Salamanca Torres (1854-1925), erudito amazonólogo, que vivió en el Putumayo y en otros lugares del alto Amazonas durante veintiocho años, desde 1875 hasta 1903. De los tres ejemplares que se salvaron para la posteridad, uno reposa en la Biblioteca Luis Angel Arango, el cual perteneció al Dr. Laureano García Ortiz. De su puño y letra escribió al comienzo de la obra: «Este volumen segundo de La Amazonía Colombiana, impreso en 1916, lo encontró el ministro de Relaciones Exteriores, de conformidad con el concepto de la Comisión de Asesores, inconveniente para la situación de entonces, apoyado en pruebas, o dudosas o inexactas, y contraproducentes para la acción diplomática que la Cancillería colombiana tenia en mente. El Ministerio obtuvo del señor Salamanca la incineración de la edición de este volumen segundo, hecha en la imprenta oficial de la Nación, restando de ella tan solo tres ejemplares: uno en la biblioteca del Ministerio y dos en poder del autor. Uno de éstos es el presente, compuesto de capillas o pruebas de imprenta y obsequiado por la familia Salamanca al suscrito García Ortiz».

 

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"La Amazonía colombiana",  de Demetrio Salamanca
Sólo se salvaron tres ejemplares.



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Doble retrato de Guillermo Valencia y Baldomero Sanín Cano.
Oleo de Efraím Martínez, 1932. 120x150 cm. Biblioteca Nacional, Bogotá.


 

 

Siglo XX

La Obra Poética de Guillermo Valencia fue incinerada a petición de la familia Valencia, a raíz de la divulgación del prólogo escrito por el maestro Rafael Maya, el cual se publicó en el número 10 de la revista Bolívar, del Ministerio de Educación Nacional, de junio de 1952. El 16 de agosto siguiente Josefina Valencia, hija del poeta, dirigió una carta al maestro Maya, director de la revista, desautorizando la circulación ya impresa de la Obra Poética de su padre con el referido prólogo. «Con el profundo respeto que me han inspirado siempre las ideas ajenas me informé ampliamente del contenido de su brillante y erudito estudio sobre el cual nada tendría que decir si al comienzo no se leyera: «La Biblioteca de Autores Colombianos tiene en prensa dos volúmenes de Guillermo Valencia. El primero contiene una selección de sus discursos y el segundo una antología de su obra poética. El material de ambas obras ha sido escogido por la Dirección de la revista Bolívar...» Luego agrega: «Al conceder esta autorización pensábamos que el señor Ministro y naturalmente el Gobierno creían que la obra de Guillermo Valencia era suficientemente conocida y apreciada como para merecer ser lanzada al público sin necesidad de quién la presentara, como que ya había recibido el veredicto de dos generaciones. No suponíamos que tendría un prólogo, menos aun el presunto suyo que nos ha sorprendido no como estudio que viene de usted, que no ha perdido la oportunidad de expresar su pensamiento y sus sentimientos con relación al poeta, sino como acompañamiento a un libro que esperábamos sería un homenaje al Maestro; porque para escribir sobre él con la acerbía con que usted lo hace le ha sobrado tiempo y oportunidad aun en vida del Maestro que hace apenas nueve años dejó de existir [...] Puede estar seguro de que un libro publicado con la aquiescencia de sus hijos, únicos herederos de su propiedad literaria, no aparecerá con el artículo de usted [...]». Resta decir que Rafael Maya no dio respuesta a la carta comentada ni a ninguno de sus críticos. Se limitó a guardar el más absoluto silencio.

 

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Eduardo Santa y el único ejemplar que quedó de su incinerada novela
«El girasol» Fotografía de Ernesto Monsalve.


 

Poesía y Novelas

Quizás nadie pudiera imaginar que algunos frutos de la inspiración poética también han ido a parar -como seres inocentes- al suplicio de las llamas inclementes. Así aconteció con los poemarios El árbol del alba de Germán Pardo García y Sonoro Zarzal del escritor Eduardo Santa. Del primero nos da cuenta la pluma temprana de Germán Arciniegas en su comentario al libro Los Júbilos Ilesos de su tocayo Pardo García y publicado en El Gráfico de Bogotá, hace sesenta años. Dice así: «Germán Pardo García escribe sus versos de espaldas a sus lectores. Ha escrito tres libros: El árbol del alba (Bogotá, Ediciones Colombia, 1928), cuya edición quemó íntegramente, hecho ignorado del cual creo que sólo yo fui testigo (...)» Fue cuando Arciniegas profetizó sobre Pardo García: «No tiene sino un punto de referencia en la vida: la eternidad». La quema voluntaria de Sonoro Zarzal según testimonio del autor tuvo lugar en la tarde de un sábado, después del trágico 9 de abril de 1948, cuando Eduardo Santa cursaba el primer año en la Facultad de Derecho. Como en la época de los grandes duelos, la incineración del poemario primigenio "y quizás último" de Eduardo Santa también tuvo padrinos: José Félix Castro y Carlos Holmes Trujillo. Este libro, que pasó a mejor vida, hizo parte de las Ediciones Espiral de Clemente Airó y fue prologado por Elíseo Pérez Cadalso, embajador de Honduras.

Viene a la memoria un suceso de inaudita ocurrencia en los anales de la libertad de expresión. En 1955, Carlos Alvarez Alvarez había dado a luz, en Pasto, un poema dialogado en cuatro actos, con el título de Alma y patrias. Con motivo de esta publicación, el autor estuvo detenido en los cuarteles del Servicio de Inteligencia Colombiano (SIC), cuarenta días y cuarenta noches, como en el pasaje bíblico, por la sencilla razón de que en ella «dizque ultrajaba al dictador Gustavo Rojas Pinilla».

 

Porfirio y Virginia

Acudimos al testimonio autorizado de Alfonso Mora Naranjo, quien en su ensayo Mi Maestro «era una llama al viento» nos hace partícipes de esta novedad sobre Porfirio Barba-Jacob: «Y este mismo individuo es quien en el año de 1902, cuando vivía en La Romera, hacienda de ganado e ingenio de caña de azúcar al mismo tiempo, situada en las montañas de San Pablo, entre los municipios de Angostura y Anorí, escribió la bellísima novela Virginia, cuyos originales, en dos copias, parece que desaparecieron desgraciadamente. Pasaron los originales de esta novela, de mano en mano, entre las gentes del pueblo en aquella época (...) Todos estos amigos se deleitaban leyendo u oyendo leer, bajo el naranjo familiar de la plaza del pueblo a don Gregorio Cardona, director de la escuela, esas nobles páginas, tersas y candorosas, llenas de encanto y sencillez, plenas de belleza, escritas con estilo magistral y repletas de una vaga emoción imponderable. Mi madre, quien leyó la novela de «pasta a pasta», como decía ella, logró copiar algunos párrafos que después me regaló y que yo me aprendí de memoria porque, ¡era yo un niño!, pero me sonaba tan exquisitamente. Todavía al través de tantos años, tengo por allá en los meandros del recuerdo párrafos sugestivos, un poco romanticoides y grandilocuentes. Para mí en aquellos días eso constituía el vértice de la belleza literaria: «Tú eres, Virginia, un himno viviente al ideal del amor. Oye mi súplica: sé una brasa en el incensario augusto de mi fe; sé un férvido rito extrahumano que llene de sagradas músicas el templo de mi alma; sé, en el recóndito templo del alma mía, la sibila que augura el noble advenimiento de un amor ardiente y casto (...)».

 

 

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Ilustración de R. Vásquez para la desaparecida novela
«Virginia» (1902), de Porfirio Barba-Jacob.


 

 

Gritaba la noche y María

En el Pórtico de la segunda edición de Gritaba la noche, publicada en Pasto, en junio de 1962, el autor de esta novela, Juan Alvarez Garzón escribe lo siguiente: «La primera edición de esta obra que se imprimía por Ordenanza de la Asamblea Departamental de Nariño fue incinerada por orden del gobernador de ese entonces (1960) Carlos Moncayo Quiñónez, «dizque por inmoral y porque entraba a saco en vidas privadas con fines políticos». ¡Falso! Ante tan insólito hecho protestaron los intelectuales nariñenses y la prensa hablada y escrita nacionales. Ahora se publica la obra por cuenta del autor, sin quitarle una sola coma de la que hizo quemar el sujeto aquel... Pasto, 24 del mes de mi Gran Santo; al año, diez meses, dieciocho días, siete horas, treinta y cinco minutos, cincuenta y nueve segundos, de la quemazón aquella en el propio Palacio de Gobierno».

 

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«Gritaba la noche» fue quemada en 1960 por un gobernador de Nariño.


 

 

No es todo. María, la gran novela de Jorge Isaacs, considerada como la depositaría del más auténtico y depurado romanticismo de su tiempo, no solamente fue embargada y luego condenada en sonado proceso adelantado en 1957 por distinguidos intelectuales, en la televisión nacional, sino que también fue llevada a la hoguera en episodio ocurrido en Cali. Al pie del monumento erigido a María y al cantor del paisaje del Valle del Cauca, los nadaístas caleños, movimiento creado por Gonzalo Arango, quemaron ejemplares de Mana y la efigie del autor, «en una actitud muy propia de quienes evidentemente no conocían el texto sino que habían oído hablar de él desde niños por profesores ineptos que no provocaban el amor a la literatura», según la apreciación de Umberto Valverde. Este hecho aconteció cuando el país se acercaba a la celebración del centenario de la aparición de María, en junio de 1967, cuando el poeta Eduardo Carranza dijo: «Vamos a ver si sus detractores son capaces de escribir una novela que dure siquiera diez años».

 

 

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Ni María se salvó de la hoguera... Portada de la 6a. edición, Madrid:
Casa Editorial Mateu, 1899. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


 

 

Belisario y Sábato

Hablando de novelas, creemos oportuno recordar que a raíz de la elección presidencial de Belisario Betancur, el escultor Rodrigo Arenas Betancourt, su amigo y coterráneo, concedió un reportaje a El Espectador junio 17 y 18 de 1982, en el cual hace esta revelación: «Yo conocí de muy niño en Fredonia a Doloritas Cuartas y Ana Cuartas, que son primas o algo así de la madre de Belisario, y tengo entendido que también de niño, él vivió en una finca de Fredonia, pero su nombre -que además le dio título a una novela suya que terminó por quemar- se me escapa». Nada extraño. Cuando los directivos de la Academia Sueca repararon que la producción de Ernesto Sábato era escasa, él se limitó a responder: «Si supieran que al menos tres cuartas partes de mi obra han terminado incineradas...».