Las incineraciones de
libros se remontan a lejanos tiempos de la humanidad. El tema es apasionante y la
investigación trae sorpresas inimaginables. La destrucción de la Biblioteca de
Alejandría, fundada por el sabio Tolomeo, según algunos, o por Alejandro Magno, según
otros, rica en obras de filósofos, dramaturgos y científicos, principalmente griegos,
marca un hito en esta historia siniestra: Fue incendiada dos veces, una por el califa
Omar en el siglo VI DC., y otra, por los romanos, que además la saquearon, llevándose
libros a Roma, donde enriquecieron el patrimonio literario latino.
En China, el primer
emperador, que construyó la Gran Muralla, quemó también los libros de literatura y
filosofía. Li Sau, hombre despiadado, ordenó que se quemaran las crónicas oficiales del
imperio, excepto las relativas a las victorias del Estado... (Y pensar que lo mismo
ocurrió en 1966, en pleno apogeo de la revolución de Mao). Se ha dicho con acierto que
el libro, igual que el hombre, ha sufrido y padecido por sus ideas. No cabe duda. Resulta
de veras increíble que la Divina Comedia hubiera sido condenada a las llamas en
Francia, en 1318; y en Lisboa, en 1581. Ni qué decir de la infinidad de escritos llevados
a la hoguera por fanatismo religioso, particularmente durante la época de la
Inquisición, que «no perdonaba ni a los muertos». Pero limitémonos ahora a recordar
algunas ocurrencias de esta especie que han tenido lugar en nuestra propia casa.
En la Colonia
El investigador Gerardo
Andrade González me ha facilitado copias de los documentos que se transcriben a
continuación, textos que se conservan en el Archivo General de la Nación (Colonia. Fondo
Milicias y Marina). Estos documentos son quizás los más antiguos relacionados con el
tema.
«Sobre estampas
satíricas. Exmo Señor. Señor. He recibido la carta de V.E. de 29 del próximo vencido
julio, con ella la copia del Real Orden de 14 de mayo último, en cuya vista, quedo
reservadamente solicitando las estampas satíricas, de que trata, sobre que como
corresponde, serán mis diligencias las más eficaces, y así mismo en cuanto a averiguar,
llegado el caso, las personas por quienes, y a quienes se dirijan dichas estampas, que
según se previene dispondré se quemen todas cuantas se encuentren y de las resueltas,
pasar oportunamente a V.E. noticia. Dios guarde a V.E. muchos años. Cartagena, agosto 11
de 1772. Exmo Sr. Don Roque de Quiroga. Exmo Señor Baylo Erey Don Pedro Messia de la
Cerda. Cartagena 11 de agosto de 1772 [...]» Las estampas satíricas aluden a
Carlos III y la expulsión de los Jesuítas.
«Real Cédula sobre el
libro Año dos mil cuatrocientos y cuarenta. El Rey. Por cuanto habiendo llegado a
entender por muy seguros, e indubitables informes, que ha empezado a introducirse en mis
Reales Dominios un libro en octavo mayor, escrito en lengua francesa, intitulado Año
dos mil cuatrocientos y cuarenta, con la data de su impresión en Londres, año de mil
setecientos y setenta y seis, sin nombre de autor, ni de impresor, y que no solo se
combate en él la Religión Católica, y lo más sagrado de ella, sino que también se
tira a destruir el orden del buen Gobierno [...] promoviendo la libertad e independencia
de los súbditos a sus Monarcas, y Señores legítimos: He resuelto, que además de
prohibirse por el Santo Oficio este perverso libro, se quemen públicamente por mano del
verdugo todos los ejemplares que se encuentren [...] A cuyo fin he mandado igualmente, por
Real Orden de doce de marzo de este año a mi Consejo de las Indias expida Cédula
circular aquellos reinos para el cumplimiento de la expresada mi real resolución [...]
Fecha en Aranjuez a veinte de abril de mil setecientos y setenta y ocho. Yo EL REY»
«Libro de Guillermo
Robertson. Exmo Señor. Sr. A la Orden del Rey de 23 de diciembre último y de la V.E. de
20 de marzo que la acompaña he dado el debido obedecimiento, y en su virtud embarazaré
con el mayor celo la introducción en este puerto y demás de esta provincia de la Historia
del Descubrimiento de la América que ha escrito el Dr. Guillermo Robertson, Rector de
la Universidad de Edinburgo y para que igual cuidado se tenga en el de Santa Marta he
dirigido copia de dichas órdenes a aquellos oficiales encargándoles mucho la vigilancia
en este particular. Nuestro Señor guarde la importante vida de V.E. muchos años que
deseo. Río Hacha. Mayo 26 de 1779. Exmo Señor. Antonio de Narváez y la Torre. Exmo
Señor Don Manuel Antonio Flórez [...]».
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José Francisco
Pereira, autor del incinerado «Devocionario de Ibagué»
(1813). Colección J.J. Herrera, Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
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El siglo XIX
Sin duda alguna, uno de
los antecedentes que más decididamente influyeron en el proceso de nuestra independencia
fue la traducción del francés por Antonio Nariño de Los Derechos del Hombre, declaración
aprobada por la Asamblea Nacional el 26 de agosto de 1789; motivo por el cual se siguió
juicio al Precursor. El 5 de septiembre el Virrey se dirigió a la Inquisición de
Cartagena ordenando se practicaran las indagaciones para averiguar quiénes habían hecho
circular el texto y por qué medios lo habían recibido. Dos semanas después, el mismo
don José de Ezpeleta pidió a todas las autoridades y dignatarios del reino que, «es
detenido el papel impreso y a quienes lo distribuyen o posean». Como fue inútil la
gestión, se dispuso incluir en el expediente el tomo tercero de la Historia de la
Revolución de mil setecientos ochenta y nueve y del establecimiento de una Constitución
francesa (París, 1790). Carlos IV aprobó y felicitó a las autoridades del
Virreinato por la causa y por «lo relativo a la quema por mano del verdugo en la Plaza
Mayor, del libro de donde se copió el referido de Los Derechos del Hombre [...]»
Uno de los motivos que más exasperaron a las autoridades españolas fueron las
publicaciones periódicas hechas entre 1810 y 1816, y que dieron origen a sumarios
criminosos contra sabios, políticos y literatos neogranadinos, publicaciones que eran
llevadas a la Plaza Mayor de Santafé y otras capitales provinciales, y con ellas se
hacían hogueras «como muestra de escarmiento a los curiosos habitantes neogranadinos de
que otro tanto les sucedería a ellos si persistían en leer nefastos periódicos que iban
contra la voluntad de los reyes de Dios», según refiere Andrade González.
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William
Robertson grabado por J. Reynolds. Su «Historia de América»
fue incinerada en la Costa en 1779.
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Devocionario de Ibagué en memoria de las hazañas, prodigios y virtudes
de la Lanza de Don Baltasar, que aún hoy día se conserva en la santa
iglesia matriz de aquella ciudad. Sin privilegio, en Ibagué, en la
Imprenta de Ambrosio Carabina, año de 1813: Esta curiosidad
bibliográfica se debe al ingenio del doctor José Francisco Pereira
(1789-1863), hombre de Estado, fervoroso patriota y luchador de la
independencia. El escritor Gustavo Otero Muñoz refiere que, cuando el
autor de esta festiva creación literaria visitó en Ibagué la iglesia de
San Bonifacio, «vio sobre el arco toral la lanza llamada de Don
Baltasar, especie de talismán supersticioso que atravesaron ahí los
conquistadores desde principios del siglo XVII, en virtud de exigencia
que hizo al morir aquel famoso capitán de una parcialidad de los pijaos,
a cuya traición se debió el gran parte de vencimiento de la indomable
tribu...» Más adelante informa: «Popularizada luego bajo el titulo
simplificado de Novena de la lanza, se propone esta arma por modelo,
según la magnitud de su cuchilla y lo largo del asta, para las que
debían usar los patriotas contra los realistas; en las oraciones se le
pide que infunda valor y fuerza a los americanos en la lucha que se
preparaba; en los gozos se cantan los milagros obtenidos por su
intercesión a favor de la libertad, y en el conjunto se ridiculiza la
sacrílega adoración que las gentes crédulas le tributaban. Cuatro años
después de editada la novena -que lo fue en la imprenta portátil que
llevaba Nariño en su funesta expedición al Sur, y que manejaban los
tipógrafos Ramón Rico y Francisco de Paula Castellanos-, cuando llegó la
época del terrorismo, un ejemplar se puso de cabeza de proceso contra el
autor, y los demás fueron quemados en la plaza pública, por orden del comandante
español Ramón Sicilia, quien comunicó, además, al vicario de Ibagué para que bajase
el arma de su sitial y la entregase a la autoridad». Encabeza la Novena la
siguiente estrofa:
Oh, lanza a quien
Baltazar
manejó con gran destreza,
y se puso por grandeza
en la iglesia del lugar,
para así recompensar
tus méritos señalaos.
¡Lanza, no caigas al
suelo
porque vuelven los pijaos!.
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Felipe
Pérez y su «Geografía general»,
que fue a la hoguera en 1866
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De la incineración de
la obra Geografía general de los Estados Unidos de Colombia, por Felipe Pérez,
nos da cuenta Camilo Domínguez, en el artículo «Felipe Pérez (1836-1891) Geógrafo e
iniciador de la novela histórica en Colombia» (Credencial Historia, No 21): «A
raíz de la reimpresión de los obra, en 1865, por la casa Rosa & Bouret de París, se
desató una agria polémica entre Tomás Cipriano de Mosquera y Felipe Pérez. Mosquera,
quien había tenido desavenencias con el Olimpo Radical, descargó sus iras contra Pérez
y contra la obra de Codazzi, tachándola de estar llena de falsedades y absurdos. El
conflicto llegó al extremo de haberse ordenado la incineración de la Geografía,
en 1866, después del violento panfleto que escribió Felipe Pérez con el significativo
título: Repúblicas geográficas. El Gran General Mosquera y Felipe Pérez. Aunque
la disputa se centró sobre minucias topográficas locales e historia lugareña, en el
transfondo, se encontraba el problema de la definición de fronteras con Brasil, al cual
se habían dado argumentos definitivos para ganar sus pretensiones sobre amplios
territorios amazónicos».
Cabe recordar que en
1865 el general Mosquera desempeñaba el cargo de ministro legatario de los Estados Unidos
de Colombia en Londres, lugar desde donde dirigió el oficio No 33, en abril de dicho
año, al Secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores, que dice: «En contestación a
la carta oficial de Ud. de 15 de febrero debo informar que el trabajo ejecutado por el Sr.
Pérez sobre la Geografía General de Colombia, es tan defectuoso que no puede reputarse
como un documento oficial [...] Ciertamente para publicar un libro con el nombre
Geografía general de los Estados Unidos se necesita poco, pero no es eso lo que necesita
la nación y al gastar diez mil pesos además de las inmensas sumas pagadas al general
Codazzi y al mismo Sr. Pérez no es regular que se reparta como documento oficial aquel
librito». Tales fueron las razones que animaron al Gran General para haber llegado al
extremo de condenar al fuego la Geografía de Felipe Pérez, sin reparar que la
suya. Compendio de Geografía General, Política, Física y Especial de los Estados
Unidos de Colombia, Londres, 1866, tampoco estaba exenta de errores. Con anterioridad,
en 1862, el presidente Mosquera había prohibido la circulación de la Geografía encomendada
a Codazzi y Pérez.
Lo mismo sucedió con La
Amazonía colombiana. Estudio geográfico, histórico y jurídico en defensa del derecho
territorial de Colombia, Vol. 2, 767 págs., Bogotá, Imprenta Nacional, 1916. Esta
obra, prologada por el historiador Eduardo Posada y considerada como la mayor rareza
bibliográfica de Colombia, fue incinerada por orden expresa del ministro de Relaciones
Exteriores, Marco Fidel Suárez. Su autor fue Demetrio Salamanca Torres (1854-1925),
erudito amazonólogo, que vivió en el Putumayo y en otros lugares del alto Amazonas
durante veintiocho años, desde 1875 hasta 1903. De los tres ejemplares que se salvaron
para la posteridad, uno reposa en la Biblioteca Luis Angel Arango, el cual perteneció al
Dr. Laureano García Ortiz. De su puño y letra escribió al comienzo de la obra: «Este
volumen segundo de La Amazonía Colombiana, impreso en 1916, lo encontró el
ministro de Relaciones Exteriores, de conformidad con el concepto de la Comisión de
Asesores, inconveniente para la situación de entonces, apoyado en pruebas, o dudosas o
inexactas, y contraproducentes para la acción diplomática que la Cancillería colombiana
tenia en mente. El Ministerio obtuvo del señor Salamanca la incineración de la edición
de este volumen segundo, hecha en la imprenta oficial de la Nación, restando de ella tan
solo tres ejemplares: uno en la biblioteca del Ministerio y dos en poder del autor. Uno de
éstos es el presente, compuesto de capillas o pruebas de imprenta y obsequiado por la
familia Salamanca al suscrito García Ortiz».
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"La
Amazonía colombiana", de Demetrio Salamanca
Sólo se salvaron tres ejemplares.
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Doble
retrato de Guillermo Valencia y Baldomero Sanín Cano.
Oleo de Efraím Martínez, 1932. 120x150 cm. Biblioteca Nacional, Bogotá.
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Siglo XX
La Obra Poética
de Guillermo Valencia fue incinerada a petición de la familia Valencia, a raíz de la
divulgación del prólogo escrito por el maestro Rafael Maya, el cual se publicó en el
número 10 de la revista Bolívar, del Ministerio de Educación Nacional, de junio
de 1952. El 16 de agosto siguiente Josefina Valencia, hija del poeta, dirigió una carta
al maestro Maya, director de la revista, desautorizando la circulación ya impresa de la Obra
Poética de su padre con el referido prólogo. «Con el profundo respeto que me han
inspirado siempre las ideas ajenas me informé ampliamente del contenido de su brillante y
erudito estudio sobre el cual nada tendría que decir si al comienzo no se leyera: «La
Biblioteca de Autores Colombianos tiene en prensa dos volúmenes de Guillermo Valencia. El
primero contiene una selección de sus discursos y el segundo una antología de su obra
poética. El material de ambas obras ha sido escogido por la Dirección de la revista Bolívar...»
Luego agrega: «Al conceder esta autorización pensábamos que el señor Ministro y
naturalmente el Gobierno creían que la obra de Guillermo Valencia era suficientemente
conocida y apreciada como para merecer ser lanzada al público sin necesidad de quién la
presentara, como que ya había recibido el veredicto de dos generaciones. No suponíamos
que tendría un prólogo, menos aun el presunto suyo que nos ha sorprendido no como
estudio que viene de usted, que no ha perdido la oportunidad de expresar su pensamiento y
sus sentimientos con relación al poeta, sino como acompañamiento a un libro que
esperábamos sería un homenaje al Maestro; porque para escribir sobre él con la acerbía
con que usted lo hace le ha sobrado tiempo y oportunidad aun en vida del Maestro que hace
apenas nueve años dejó de existir [...] Puede estar seguro de que un libro publicado con
la aquiescencia de sus hijos, únicos herederos de su propiedad literaria, no aparecerá
con el artículo de usted [...]». Resta decir que Rafael Maya no dio respuesta a la carta
comentada ni a ninguno de sus críticos. Se limitó a guardar el más absoluto silencio.
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Eduardo
Santa y el único ejemplar que quedó de su incinerada novela
«El girasol» Fotografía de Ernesto Monsalve.
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Poesía y Novelas
Quizás nadie pudiera
imaginar que algunos frutos de la inspiración poética también han ido a parar -como
seres inocentes- al suplicio de las llamas inclementes. Así aconteció con los poemarios El
árbol del alba de Germán Pardo García y Sonoro Zarzal del escritor Eduardo
Santa. Del primero nos da cuenta la pluma temprana de Germán Arciniegas en su comentario
al libro Los Júbilos Ilesos de su tocayo Pardo García y publicado en El
Gráfico de Bogotá, hace sesenta años. Dice así: «Germán Pardo García escribe
sus versos de espaldas a sus lectores. Ha escrito tres libros: El árbol del alba
(Bogotá, Ediciones Colombia, 1928), cuya edición quemó íntegramente, hecho ignorado
del cual creo que sólo yo fui testigo (...)» Fue cuando Arciniegas profetizó sobre
Pardo García: «No tiene sino un punto de referencia en la vida: la eternidad». La quema
voluntaria de Sonoro Zarzal según testimonio del autor tuvo lugar en la tarde de
un sábado, después del trágico 9 de abril de 1948, cuando Eduardo Santa cursaba el
primer año en la Facultad de Derecho. Como en la época de los grandes duelos, la
incineración del poemario primigenio "y quizás último" de Eduardo Santa
también tuvo padrinos: José Félix Castro y Carlos Holmes Trujillo. Este libro, que
pasó a mejor vida, hizo parte de las Ediciones Espiral de Clemente Airó y fue prologado
por Elíseo Pérez Cadalso, embajador de Honduras.
Viene a la memoria un
suceso de inaudita ocurrencia en los anales de la libertad de expresión. En 1955, Carlos
Alvarez Alvarez había dado a luz, en Pasto, un poema dialogado en cuatro actos, con el
título de Alma y patrias. Con motivo de esta publicación, el autor estuvo
detenido en los cuarteles del Servicio de Inteligencia Colombiano (SIC), cuarenta días y
cuarenta noches, como en el pasaje bíblico, por la sencilla razón de que en ella
«dizque ultrajaba al dictador Gustavo Rojas Pinilla».
Porfirio y Virginia
Acudimos al testimonio
autorizado de Alfonso Mora Naranjo, quien en su ensayo Mi Maestro «era una llama al
viento» nos hace partícipes de esta novedad sobre Porfirio Barba-Jacob: «Y este
mismo individuo es quien en el año de 1902, cuando vivía en La Romera, hacienda de
ganado e ingenio de caña de azúcar al mismo tiempo, situada en las montañas de San
Pablo, entre los municipios de Angostura y Anorí, escribió la bellísima novela Virginia,
cuyos originales, en dos copias, parece que desaparecieron desgraciadamente. Pasaron los
originales de esta novela, de mano en mano, entre las gentes del pueblo en aquella época
(...) Todos estos amigos se deleitaban leyendo u oyendo leer, bajo el naranjo familiar de
la plaza del pueblo a don Gregorio Cardona, director de la escuela, esas nobles páginas,
tersas y candorosas, llenas de encanto y sencillez, plenas de belleza, escritas con estilo
magistral y repletas de una vaga emoción imponderable. Mi madre, quien leyó la novela de
«pasta a pasta», como decía ella, logró copiar algunos párrafos que después me
regaló y que yo me aprendí de memoria porque, ¡era yo un niño!, pero me sonaba tan
exquisitamente. Todavía al través de tantos años, tengo por allá en los meandros del
recuerdo párrafos sugestivos, un poco romanticoides y grandilocuentes. Para mí en
aquellos días eso constituía el vértice de la belleza literaria: «Tú eres, Virginia,
un himno viviente al ideal del amor. Oye mi súplica: sé una brasa en el incensario
augusto de mi fe; sé un férvido rito extrahumano que llene de sagradas músicas el
templo de mi alma; sé, en el recóndito templo del alma mía, la sibila que augura el
noble advenimiento de un amor ardiente y casto (...)».
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Ilustración de R. Vásquez
para la desaparecida novela
«Virginia» (1902), de Porfirio Barba-Jacob.
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Gritaba la noche y
María
En el Pórtico
de la segunda edición de Gritaba la noche, publicada en Pasto, en junio de 1962,
el autor de esta novela, Juan Alvarez Garzón escribe lo siguiente: «La primera edición
de esta obra que se imprimía por Ordenanza de la Asamblea Departamental de Nariño fue
incinerada por orden del gobernador de ese entonces (1960) Carlos Moncayo
Quiñónez,
«dizque por inmoral y porque entraba a saco en vidas privadas con fines políticos».
¡Falso! Ante tan insólito hecho protestaron los intelectuales nariñenses y la prensa
hablada y escrita nacionales. Ahora se publica la obra por cuenta del autor, sin quitarle
una sola coma de la que hizo quemar el sujeto aquel... Pasto, 24 del mes de mi Gran Santo;
al año, diez meses, dieciocho días, siete horas, treinta y cinco minutos, cincuenta y
nueve segundos, de la quemazón aquella en el propio Palacio de Gobierno».
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«Gritaba la
noche» fue quemada en 1960 por un gobernador de Nariño.
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No es todo. María,
la gran novela de Jorge Isaacs, considerada como la depositaría del más auténtico y
depurado romanticismo de su tiempo, no solamente fue embargada y luego condenada en sonado
proceso adelantado en 1957 por distinguidos intelectuales, en la televisión nacional,
sino que también fue llevada a la hoguera en episodio ocurrido en Cali. Al pie del
monumento erigido a María y al cantor del paisaje del Valle del Cauca, los nadaístas
caleños, movimiento creado por Gonzalo Arango, quemaron ejemplares de Mana y la
efigie del autor, «en una actitud muy propia de quienes evidentemente no conocían el
texto sino que habían oído hablar de él desde niños por profesores ineptos que no
provocaban el amor a la literatura», según la apreciación de Umberto Valverde. Este
hecho aconteció cuando el país se acercaba a la celebración del centenario de la
aparición de María, en junio de 1967, cuando el poeta Eduardo Carranza dijo:
«Vamos a ver si sus detractores son capaces de escribir una novela que dure siquiera diez
años».
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