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Pedro Nel Ospina, presidente de la República (1922 - 1926), durante cuya administración
se trajo la Misión Kemmerer.
El presidente Pedro Nel Ospina reunido con miembros de la Misión Kemmerer (a su derecha
Mr. Kemmerer) y los ministros del despacho.
Banquete de despedida en el Jockey Club a los miembros de la Misión Kemmerer, con motivo
de su regreso a Estados Unidos.
Julio de 1923. Diás de pánico. Una multitud de cuentahabientes trata de asaltar el Banco
López.
Febrero, 1923. Los miembros de la Misión financiera ameriana, al bajar, en la Estación
de La Sabana, del tren expreso que los condujo a Bogotá. Cromos - Biblioteca Nacional
de Colombia.
El ministro de Hacienda, Aristóbulo Archila, da la bienvenida a Mr. Kemmerer y a sus
otros compañeros, en la Estación de La Sabana. Cromos - Biblioteca Nacional de
Colombia.
Mr. Edwin Kemmerer en su oficina del recién inaugurado Banco de la República. El
Gráfico.
Los miembros de la Misión Kremmerer va de paseo al Salto del Tequendama. Los paseantes en
el mirador del Salto. El Gráfico
El anuncio de que el Banco López ha cesado sus pagos, desata en Bogotá, los días 21 y
22 de julio de 1923, una ola de pánico, precursora de la que se viviría en Nueva York y
en el mundo seis años después. Cromos - Biblioteca Nacional de Colombia.
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José Joaquín Pérez, primer presidente del Banco de la República. Carlos Adolfo Urueta
y Féliz Salazar, miembros de la Junta Directiva del Banco de la República.
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Gabriel Posada Villa, Manuel Casablancay Sam Koppel, miembros de la Junta Directiva del
Banco de la República.
1923. Edificio del Banco López, adquirido por el gobierno para las instalaciones del
Banco de la República, quew funcionaron allí hasta 1960. Cromos - Biblioteca
Nacional de Colombia.
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La crisis de 1921
D
espués de la terrible crisis comercial y
financiera de 1920-21, que obligó a renunciar al Presidente Marco Fidel Suárez, se
llegó al convencimiento de que la causa de esa, y de las anteriores crisis colombianas
desde 1886, residía en la carencia de un sistema administrativo y financiero. El Congreso
resolvió, por una Ley de 1922, crear el Banco de la República y facultar al gobierno
para traer una Misión de técnicos extranjeros que se le midiera al milagro de
estructurar nuestra organización administrativa mediante el destierro perpetuo del
satánico papel moneda, considerado el culpable principal de nuestras desgracias
económicas.
Aunque, en su momento, el Presidente Marco Fidel Suárez cargó con la responsabilidad de
la crisis de 1921, y no resistió el embate implacable de las presiones que exigían su
renuncia --motivada por la crisis y no por el hecho inocuo de haber garantizado un
préstamo con sus sueldos, según creen todavía muchos ingenuos-- es justo señalar que
el presidente paria, como él mismo se califica, no tuvo la menor culpa en ese episodio,
que encuadra en la curiosa categoría de crisis de prosperidad. Nicanor Restrepo
sintetizó las razones que precipitaron la retorcida económica de 1921:
"a) Una guerra de casi cinco años que conmovió al globo entero y trajo ruinas,
desigualdades y sorpresas nunca vistas" [la Primera Guerra Mundial, 1914-1918]
"b) Una alza de precios sin precedentes, seguida de una baja fatal".
"c) Una prosperidad súbita, como nos vino en 1919 y principios del 20. Llegó el oro
de Estados Unidos por millones, se amonedó el del país, trabajando día y noche la casa
de moneda. Sobraba el dinero y se invertía en negocios que dejaban siempre margen, sin
reparar en precios, lo que hizo más grande el desequilibrio de ellos"
"d) Halagados con esta repentina prosperidad, el país todo se lanzó en
especulaciones desatentadas. Surgieron compañías de aeroplanos; hoteles gigantes; alza
de la propiedad raíz sin justificación; y, síntesis de todo, un abuso del crédito, en
que no sabe uno que admirar más, si la audacia de los que contrajimos compromisos o la
confianza de los que concedieron esos créditos ".
"e) El gran pedido, la mala administración en la Aduana, y otras causas, produjeron
la demora de la carga en la Costa, por meses y hasta por años; no venía la mercancía;
se cumplían los cortos plazos que da el exterior; llegaban los artículos cuando ya se
tenía noticia de que valían la mitad o menos en los países de origen, y entonces hubo
que dar a menosprecio y perder en proporciones enormes.
"f) Bajó el café, de cinco pesos o más en que se pagó en algunas poblaciones, a
ochenta centavos la arroba. Faltó este valor de exportación; hubo que devolver el oro
que habíamos traído y todo el que producíamos y quedó el país exhausto, sin dinero y
sin créditos.
"g) Finalmente...coincidió nuestra crisis con la del mundo entero y los créditos se
cerraron para casi todos"
La Misión
Kemmerer
Convencido de que el caos monetario de
Colombia era la causa principal de sus desajustes fiscales, y del desorden general que
reinaba en la economía, el Presidente Carlos E. Restrepo contrató en agosto de 1913 los
servicios de la casa Dreyfus y Cia. de París para crear en Colombia un banco de emisión
que llevaría el nombre de Banco de la República. La oligarquía comercial y financiera
colombiana brincó contra esta decisión del Gobierno republicano, que calificó de
innecesaria, peligrosa y pavorosa, no obstante haberse
demostrado que la falta de un Banco Emisor era la causante de la usura que carcomía al
país, entre otras dolencias de tipo económico. A la postre la enorme presión de los
bancos y de los grandes usureros nacionales obligó al gobierno a rescindir los contratos
con la Casa Dreyfus y se archivó la creación del Banco de la República a comienzos de
1914.
Ocho más tarde, en cumplimiento de lo ordenado por el Congreso de 1922, el gobierno de
Pedro Nel Ospina nombró Ministro Plenipotenciario de Colombia en Washington a Enrique
Olaya Herrera, con el encargo de contratar una misión de técnicos financieros que
iniciara sus trabajos, de ser posible, a principios de 1923. Olaya Herrera, que conocía
al dedillo el ambiente financiero de los Estados Unidos, estableció contacto con el
profesor Edwin Walker Kemmerer, le propuso encabezar la misión e integrarla a su criterio
con otros cuatro profesores. Kemmerer sugirió a los expertos H. M. Jefferson, Fred Rogers
Fairchaild, Thomas Russell Lill y Frederick Bliss Luquiens, aceptados sin reparos por
Olaya Herrera. Este quinteto de técnicos norteamericanos en finanzas y administración
pública conformó la misión financiera conocida como Misión Kemmerer, por ser Kemmerer
su jefe (véase recuadro).
El carácter de
la Misión
Pocos días antes de partir para Colombia
la Misión de técnicos financieros, su jefe, el profesor Kemmerer, le escribió al
Ministro Colombiano en Washington una carta para precisar el carácter del equipo que
comandaba:
"Según entiendo --dice el profesor Kemmerer al doctor Olaya Herrera-- la Misión
debe tener un carácter únicamente consultivo, y carece en absoluto de poder para
comprometer al gobierno en la decisión de asunto alguno. Nuestra responsabilidad
terminará, a mi modo de ver, al dar al gobierno el mejor consejo que nos sea posible
sobre todos aquellos asuntos que él someta a nuestra consideración. Supongo que para
poder formarnos un criterio acertado, antes de aconsejar cosa alguna, la Misión estará
en libertad de consultar y tomar opiniones entre personas de todas clases y distintos
pareceres, sin tener en cuenta la naturaleza de sus negocios, sus nacionalidades o sus
filiaciones políticas. Y en tanto que estaremos dispuestos a escuchar todas las
indicaciones que se nos hagan, de cualquier fuente que ellas vengan, entiendo que
tendremos libertad absoluta de hacer al gobierno las indicaciones que creamos más
convenientes para Colombia, en vista de la información que podamos obtener. Colombia,
desde luego, quedará en completa libertad de aceptar o rechazar nuestras indicaciones,
parcial o totalmente".
Sin embargo, la Comisión refundió su carácter consultivo en un carácter legislativo.
Esta mutación proporcionó una de las armas favoritas a quienes en Colombia se oponían a
la Misión financiera por creerla innecesaria e incluso peligrosa.
A favor y en
contra
Aparte de la renuncia del Presidente
Suárez en 1921, ningún otro acontecimiento despertó en el país tantas expectativas
como la llegada de los técnicos de la Misión financiera norteamericana. En su edición
del 9 de febrero The New York Times opinó que "Kemmerer es la persona que mayores
conocimientos financieros posee hoy en día en los Estados Unidos y ha sido una verdadera
adquisición para Colombia conseguir los servicios de este notable técnico". La
misión partió de Nueva York el 14 de febrero y llegó a Bogotá el 10 de marzo de 1923.
En el ínterin de su viaje entre Nueva York y la capital de Colombia, se expresaron los
partidarios y los enemigos de la Misión Kemmerer, los que esperaban de ella el milagro de
enderezar la economía del país, y los que le negaban cualquier posibilidad de obrar ese
milagro. En los editoriales de la prensa, orientada entonces por los jóvenes, brillantes
pensadores de la generación del centenario, encontramos el reflejo preciso de lo que se
debatía en el país acerca de la Misión financiera.
Eduardo Santos, en El Tiempo, utiliza su prudencia característica y dice con sabiduría
que está bien el optimismo despertado por los técnicos americanos, pero sin caer en la
creencia exagerada de que la Misión financiera es la panacea que va a curar nuestros
centenarios males económicos. "Ah, la misión financiera. El país ha fincado en
ella muchas ilusiones, con razón aguarda grandes resultados de su actividad... Sin
embargo, es de suponerse que la misión, más que altos principios de finanzas, nos
aconseje sanos métodos de administración... Las dolencias económicas y fiscales del
país, en grandísima parte, no provienen de falta de ciencia, sino de malos hábitos, de
falta de energía para combatir vicios que nadie defiende a la luz pública, pero que se
imponen en la sombra. La Misión financiera tropezará con ellos desde un principio, en la
base misma de los trabajos que debe acometer, y veremos si puede desalojar lo que ha
resistido a los clamores nacionales de medio siglo"
Luis del Corral, en Gil Blas, comparte las apreciaciones anteriores de su colega, si bien
le estrecha el margen al optimismo. "Ignoramos cual haya de ser la obra benéfica que
la Misión cumpla aquí. Para nosotros tenemos que está condenada a un ineluctable
fracaso. En realidad no viene ella a resolver cuestiones puramente técnicas, aunque así
lo entienda, sino cuestiones morales, que son las que nos afectan. Trazará, sin duda
alguna, un vasto, simétrico, sólido y hasta hermoso programa de reformas. Estimulará,
también lo esperamos, la afición por los estudios económicos, quizá su único
beneficio. Pero a la hora en que vaya a implantar sus ideas, el mismo suelo se alzará
para oponérsele. En torno a la desorganización del sistema fiscal del país medran
millares de influyentes compatriotas. El contrabando y el peculado burocrático están tan
íntimamente ligados a nuestras entrañas, que quien pretenda arrancarlos parecerá que
nos las arranca. Depurar la administración equivale a invertir el orden social que
diríase sólo se conserva en beneficio de los traficantes con los caudales del erario, y
esto es un sueño tanto más generoso cuanto más irrealizable.
Luis cano, en El Espectador, se muestra más entusiasta que analítico y confía en los
poderes milagrosos de la Misión financiera. "La obra que están llamados a acometer
y llevar hasta el final el doctor Kemmerer y sus distinguidos compañeros, tiene una
significación imposible de pasar por alto. Era necesidad inaplazable el procurar poner
orden y método en las finanzas nacionales para corregir la desorganización
consuetudinaria que ha presidido esa rama de la administración pública que, salvo
excepcionales y cortos paréntesis, ha ido de mal en peor desde la iniciación de la
República".
Y Miguel Arroyo Díez, en El Nuevo Tiempo, reitera lo expuesto por Santos y Del Corral:
"Dentro de pocos días arribará a nuestras costas la Misión financiera americana,
contratada por el gobierno con el objeto de que estudie los sistemas de hacienda del país
e indique las reformas necesarias y convenientes. De cuantas medidas se han tomado en los
últimos años en orden al mejoramiento de la Administración pública, pocas más bien
meditadas y de más seguro provecho que ésta de transfundirle savias de vida nueva a las
normas del gobierno. Empero, los resultados no serán satisfactorios si de parte nuestra
no se ponen los medios para allanar la tarea encomendada a los Expertos".
La vieja guardia, comandada por los expresidentes Carlos E Restrepo y Jorge Holguín; por
los exministros Tomás O Eastman y Simón Araújo, y por el escritor Antonio José
Restrepo, se declaró en contra de la misión financiera, a la que consideró poco menos
que atentatoria de la soberanía nacional y heraldo de los designios conquistadores del
imperialismo norteamericano.
Por su parte el gobierno de Pedro Nel Ospina no escatimó esfuerzos para brindarle a la
Misión financiera el apoyo requerido, y para asistirla nombró a un grupo de asesores
colombianos encabezados por el grande hacendista Esteban Jaramillo. La verdad es que
Esteban Jaramillo tuvo un papel axial en el éxito de la Misión Kemmerer, y que él solo
hubiera podido hacer lo mismo que hizo el quinteto financiero norteamericano; pero como
ningún profeta lo es en su tierra, y Esteban Jaramillo era colombiano, no les merecía a
sus compatriotas la credibilidad, ni el prestigio que se les otorgaba a los técnicos
extranjeros.
La protesta de
los Bancos
El profesor Kemmerer y sus muchachos
trabajaron sin prisa y sin descanso desde el 15 de marzo hasta el 15 de agosto de 1923.
Sus recomendaciones se convirtieron en leyes de la República y dieron origen a diferentes
organismos a través de los cuales se inició la reestructuración administrativa
nacional. El más controvertido y el que suscitó mayores protestas, entre ellas una muy
encendida de un grupo de bancos, fue el proyecto de ley sobre Establecimientos Bancarios,
que propició la creación de la Superintendencia Bancaria, ya propuesta durante el
gobierno de José Manuel Marroquín, en 1901, cuando el país ardía en la más cruenta de
sus guerras civiles, y desechada entonces "por innecesaria".
Los bancos consideraron ofensiva para su honorabilidad la sustentación del proyecto de
Establecimientos Bancarios, según la cual debía establecerse la Superintendencia
Bancaria como una garantía de buen manejo en los dineros que el público les confiaba a
los bancos . Estos adujeron que, en más de cincuenta años, y en medio de los peores
conflictos sociales, económicos, políticos y militares ocurridos en ese período, jamás
se había presentado por parte de la clientela la menor queja respecto al manejo de los
depósitos confiados al cuidado de la banca. Los gerentes de los bancos Central, G.
González Lince; Hipotecario de Colombia, Jaime Holguín; López, Eduardo López Pumarejo,
y el subgerente del Bogotá, Vicente A. Vargas, enviaron un memorial al Congreso para
sentar su protesta vehemente por la forma y el fondo del proyecto sobre Establecimientos
Bancarios.
No les faltaba razón a los bancos para sentirse incómodos con el proyecto sobre
Establecimientos Bancarios. Instituía un encaje del 60% sobre los depósitos disponibles,
y del 30% sobre los depósitos a término, y la autorización casi obligatoria de
suscribirse como accionistas del Banco de la República, por el 15% de su capital, para
poder gozar de las ventajas del redescuento. A los bancos que no suscribieran acciones en
el Emisor, se les duplicaría el encaje.
La filosofía de la Misión, que aspiraba a establecer una moneda sana, la antítesis del
papel moneda, se basaba en el control del crédito como la disciplina indicada para educar
la inflación y garantizar la estabilidad de la moneda, y en consecuencia, su protección
contra la pérdida de poder adquisitivo. Muy buena la teoría, pero la experiencia ha
demostrado que, en la práctica, la inflación se ríe de la disciplina monetaria.
Qué hizo la
Misión
El trabajo de la misión Kemmerer se
concretó en los siguientes proyectos, convertidos en leyes por el Congreso de la
República:
1. Ley del Banco de la República, por la cual se organizó el Banco Emisor.
2. Ley sobre Establecimientos Bancarios, por la cual se creó la Superintendencia
Bancaria.
3. Ley de Timbre, que reorganizó el funcionamiento de las Aduanas y estableció la
Recaudación de Rentas Nacionales.
4. Ley de impuesto sobre la renta, que organizó el recaudo tributario.
5. Ley de Contraloría, que transformó la antigua Corte de Cuentas en la Contraloría
General de la República
6. Ley sobre fuerza restrictiva del presupuesto, que limitó las facultades del Parlamento
para ordenar el gasto público y dejó esta iniciativa en manos del Poder Ejecutivo.
Una de las críticas principales sostenía que estas leyes eran copia servil de las
instituciones norteamericanas, de donde resultaría difícil, si no imposible, que se
aclimataran en la idiosincrasia colombiana, tan diferente de la que caracteriza a nuestros
hermanos del Norte. Esteban Jaramillo se encargó de refutar a los críticos y de explicar
las bondades de la legislación económica recomendada por la Misión Kemmerer.
"Leyes de protectorado y de conquista -dice el célebre
hacendista- se han llamado las propuestas de la Misión americana. Fuerza es reconocer que
es éste un hábil recurso empleado por los enemigos de aquella Misión, puesto que toca
las delicadas fibras del sentimiento patrio. Mas es preciso hacer resaltar lo infundado y
absurdo de semejante afirmación. Ni por los efectos que aquellas leyes están llamadas a
producir, ni por el sentido de ellas, ni por la índole de sus autores, puede pensarse por
un momento que hayan sido propuestas con fines distintos de fomentar los altos intereses
nacionales.
"żDe cuándo acá unas leyes que tienen por objeto establecer orden en la
administración pública, consolidar el crédito del país y mejorar todo su sistema
financiero pueden ser leyes de protectorado y de conquista? żA quién se le ha ocurrido,
con mediana razón, llamar leyes de protectorado a las que tienden a realizar la
independencia económica de un pueblo? Esto es darles a las palabras un sentido
absolutamente contrario al que deben tener.
"Aquellas leyes no pueden tener fines de dominación, puesto que todas ellas tienden
a fomentar el bien público y pudiera decirse que son esencialmente democráticas. Un
ligero análisis del espíritu que informa esa legislación hace palpable la evidencia de
este aserto. En la ley del Banco de la República los financistas americanos, apartándose
de lo que rige en su país, abrieron las puertas de este Banco al público en general,
permitiéndole la suscripción de acciones en forma casi ilimitada y otorgándole el
derecho de obtener del establecimiento préstamos y descuentos; lo que quiere decir que la
institución no fue un Banco de Bancos simplemente, como en los Estados Unidos, sino un
Banco para los Bancos y para el público.
"La Ley sobre Establecimientos Bancarios llena fines de interés público de la mayor
importancia. Los bancos son establecimientos de carácter cuasi público, en donde
deposita el pueblo sus ahorros y el pan de cada día. El individuo que hace un depósito
no sabe la inversión que a su dinero haya de darle el banco. El sólo mira una gran casa,
oficinas lujosamente amuebladas, rejas de hierro al través de las cuales se miran caras
frescas y afeitadas de empleados que con ágiles manos reciben el dinero que se les
entrega y expiden una constancia. Pero una vez que el depositante ha salido del banco, no
sabe en que momento el afán de lucro o la fiebre de especulación pueda llevar a aquellos
empleados a disponer indebidamente o en forma insegura de los fondos que se les depositan.
Es necesario que el Estado, cuya misión fundamental es velar por los intereses públicos,
constituya un representante, dotado de amplias facultades, que correspondan a la magnitud
de las tentaciones que tiene el uso del crédito, para que en todo momento vigile el
manejo e inversión de los fondos de los bancos y pueda, llegado el caso, evitar los
inmensos perjuicios a que están expuestos los que han depositado sus dineros y su
confianza en aquellos establecimientos. Es éste el Superintendente Bancario, que tan
violentas e injustas censuras ha despertado".
Se le contestó al doctor Jaramillo que, en medio siglo de operar sin Superintendente
Bancario, no se había presentado una sola queja contra los bancos por manejo inadecuado o
ineficiente de los fondos que se les depositaban. Los defensores de la Superintendencia
Bancaria replicaron que la Ley no se hacía para el pasado, sino para el futuro, es decir,
que nadie ponía en duda la honorabilidad con que los bancos se comportaron en el pasado,
sino su capacidad para resistir las tentaciones no honorables del futuro, teniendo en
cuenta que una cosa era la economía modesta de los años anteriores, y otra la danza de
los millones que comenzó a vivirse a partir de la llegada de los dineros de la
indemnización por Panamá y de los que se esperaban por el plan de empréstitos. De la
noche a la mañana habíamos pasado de la pobreza a la prosperidad y esta situación nueva
requería instituciones especiales de vigilancia como la Superintendencia Bancaria.
"La Ley de Contraloría--continúa Esteban Jaramillo-- tan acremente atacada por
quienes no conocen, o no quieren conocer su verdadero sentido, obedece a un principio
análogo al de la superintendencia bancaria. El pueblo, que contribuye con su dinero para
los gastos del Estado, muchas veces a costa de grandes privaciones, tiene el derecho de
saber en todo momento cómo se recauda, maneja y administra ese dinero, que garantía de
honorabilidad y competencia dan los empleados responsables del Erario y cómo se hacen
efectivas las disposiciones fiscales dictadas por el Congreso para garantizar esos fondos.
Y como el pueblo por sí mismo no puede ejercer esa fiscalización y supervigilancia,
necesita un delegado suyo constituido por medio de sus representantes autorizados, que es
el Contralor General de la República, para que ejerza aquellas importantes funciones. Si
a ese funcionario no se le reviste de las facultades necesarias para llevar a cabo una
verdadera fiscalización, será imposible que ésta se haga de manera conveniente y
eficaz.
Regina Kemmerer
La oposición a los proyectos de la Misión
fue grande, pero no logró conmover la decisión del gobierno de adoptar las
recomendaciones formuladas por Kemmerer. El Tiempo, que se manifestó escéptico al
principio, terminó por respaldar con argumentos sólidos las propuestas de la misión
financiera y formó con los aliados del gobierno. Gil Blas resume las reservas que la
oposición mantuvo en lo concerniente a la bondad de los trabajos de la Misión:
"No sólo la misión halla estúpido nuestro sistema económico y fiscal, sino que
también se da mañas para inmiscuirse en otros ramos de la administración pública. Y
por poco justificará aquello que dijo alguno: la base de sus estudios ha debido ser el
Concordato. Lo triste es que las ideas de la Misión son ideas de vecindario quejoso. Nada
ha traído que antes no hubiera estado en la mente de los eternos arbitristas, de los
clásicos descontentos que hacen de las mesas del café y de los guardacantones fragua
para transformar a la nación, yunque donde se cambia su figura de acuerdo con la
contorsionada fantasía.
"Se ha dado el fenómeno, ya acaecido, de que nos están vendiendo lo nuestro a
precio de oro, porque lleva el sello de lo extranjero. Es el ansia de colonización que
nos domina en lo político como antes nos dominó en lo social. Y contra ella no se
levantan las protestas que la postergan sino la voz de aliento que la vigoriza. El
sentimiento de resistencia al dogma yanqui carece aún de la esperanza de que en su
servicio militen los partidos llamados a una oposición tenaz. En Colombia podemos
hallarnos en pugna por cuestiones religiosas, pero todos inclinamos la cabeza ante el
ídolo de los ojos azules. En su honor celébrase ahora una especie de Congreso
Eucarístico, mucho más solemne que el de 1913, sin indiferencia por parte alguna, y
hasta con holocaustos propicios a la nueva divinidad.
"En 1913 se estampaba en los muros callejeros ingenuas leyendas que decían
Cristo Reina. Y ahora en los hemiciclos legislativos, en lugar soberano y
dominante, debiera inscribirse esta verdad, que corresponde al anhelo de los legisladores
carneriles: Kemmerer reina ".
En
síntesis
Hay, sin duda, no poco de pasión, y no poco de razón, en lo escrito por ese enfant
terrible de la prensa colombiana. Los trabajos de la Misión Kemmerer tuvieron grande,
decisiva importancia en el manejo de la economía colombiana a partir de 1923, pero sus
propuestas estaban planteadas desde hacía muchos años. El Banco Nacional erigido por el
Presidente Rafael Núñez en 1880 era idéntico al Banco de la República organizado por
Kemmerer en 1923. La legislación tributaria ordenada por la administración Caro, dentro
del programa económico de La Regeneración, no le iba en zaga a la formulada por la
misión norteamericana. La ley del timbre también fue presentada por el señor Caro y
sirvió para que la oposición lo calificara como el peor de los tiranos jamás nacido. El
general Reyes estructuró métodos de eficacia probada en el control de la inflación y en
el saneamiento de la moneda. Y la abolición del papel moneda merced a la adopción del
patrón oro, y a una supuesta convertibilidad del billete bancario ("el Banco de la
república pagará al portador un peso oro") era apenas una ficción. El papel moneda
reinaba antes de Kemmerer y siguió reinando después de Kemmerer, no sólo en Colombia,
sino en el mundo entero. Antes y después de la sustitución del patrón oro por el
patrón dólar, ningún país ha emitido tanto papel moneda como los Estados Unidos.
Repetimos que una misión de técnicos criollos hubiera podido hacer el trabajo que
efectuó la de técnicos extranjeros. Sin embargo el atributo de criollo [Esteban
Jaramillo] era un impedimento para imponer las leyes de reforma administrativa, mientras
que el atributo de extranjero [Edwin W. Kemmerer] facilitó su pronta expedición y puesta
en marcha.
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