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EDICION 160
ABRIL DE 2003
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LA CASA ARANA EN EL
PUTUMAYO.
El Caucho y el Proceso Esclavista
Por: Roberto Pineda Camacho
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Tomado
de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 160
Abril de 2003
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A mediados del siglo XIX, todos los
territorios localizados en el suroriente colombiano se encontraban cubiertos por
grandes selvas tropicales: el gran territorio del Caquetá surcado por grandes ríos
que descienden sinuosa y lentamente desde los Andes hasta verter sus aguas en el
majestuoso río de las Amazonasestaba en su mayoría habitado por comunidades
nativas que hablaban diversas lenguas.
Un censo del año 1849 estimaba la
población de "racionales" como se designaba a los funcionarios,
comerciantes y colonos de esta región en 242 personas; los indios
"civilizados", es decir aquellos en alguna forma influidos por las misiones
católicas, localizados sobre todo en el alto Putumayo, se estimaban en 16.549; la mayor
parte del territorio estaba habitado por gentes que los censos describían de forma
etnocéntrica como "salvajes", "antropófagos" e
"irracionales", grupos que vagaban por el bosque y cuyo número se desconocía.
Esta situación era palpable en la zona
más oriental del territorio, cuyas sociedades indígenas se encontraban en realidad casi
al margen de todo proyecto estatal y "civilizador". La Comarca de Araracuara
(definida como la región comprendida entre el salto de Araracuara y los chorros de
Cupatí, en las cercanías de la actual población de La Pedrera, en la frontera con el
Brasil) era un verdadero territorio de refugio, visitado esporádicamente por comerciantes
brasileros que ascendían el Yapurá (Caquetá) desde Tefé, en el Amazonas, en precarias
embarcaciones para capturar esclavos indígenas o rescatarlos, a cambio de hachas y otros
instrumentos de trabajo.
En el río Putumayo se
mantenía un precario comercio fluvial, alimentado por los productos que los indios de
Sibundoy llevaban por los estrechos senderos que cortaban el filo de las montañas y por
los comerciantes portugueses que ascendían este río practicando el comercio de esclavos
indígenas que luego vendían en las aldeas brasileras del medio Amazonas.
LA
FIEBRE DE LA QUINA
La relativa
"tranquilidad" de la región se vio afectada por la "fiebre de la
quina", que desde 1850 a 1882 se apoderó de diversas regiones de Colombia. En 1878,
la Casa Elías Reyes y Hermanos inició operaciones en el piedemonte colombiano, en una
vasta región que abarcaba parte de la bota caucana y los ríos Caquetá y Putumayo. Con
la ayuda de indígenas de la región y de trabajadores migrantes del Tolima, Nariño y
Boyacá, derribaban los árboles de quina y extraían su corteza. Mocoa era el epicentro
de su actividad; allí se concentraba la quina, antes de transportarla a "lomo de
indio" hasta Puerto Sofía, con el fin de enviarla en barcos de vapor con destino al
Amazonas.
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Pocos años antes, en
1874, uno de los socios de la Compañía, el futuro presidente Rafael Reyes, había
conseguido por parte del emperador del Brasil la concesión para navegar en buques
de vapor el Amazonas y de esta forma poder comercializar la corteza de la quina. Los
barcos regresaban del Brasil llenos de mercancía, y debían durante su recorrido por los
1.800 km del Putumayo detenerse en diversas localidades nativas para aprovisionarse de
leña, dejando a su paso mercancías, pero también epidemias desconocidas para los
indios.
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Julio César
Arana,
Jefe de la Casa Arana
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Lizardo Arana,
Hermano y socio de J. C. Arana.
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La caída del precio
internacional de la quina en 1884 fue una verdadera calamidad para la empresa: se vio
forzada a abandonar sus campamentos, trochas, puertos y existencia de quina a la voracidad
de la selva. Muchos de sus antiguos empleados migraron, pero de esta verdadera hojarasca
algunos permanecerían enmaniguados o atentos a la posibilidad de otra aventura, esta vez
alrededor de la explotación del caucho negro o Castilloa, que prometía ser de veras un
próspero negocio.
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EL
BOOM DEL CAUCHO
En el Amazonas, en
realidad, la fiebre del caucho había empezado algunas décadas atrás, cuando en el
Brasil se inició de forma sistemática la explotación del látex de Hevea brasiliensis,
o siringa, para suplir la creciente demanda de caucho natural por parte de grandes
industrias de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y otros países europeos. La
masificación del neumático para bicicletas y luego su aplicación a gran escala en la
industria automotriz, telecomunicaciones (cables submarinos), medicina y hasta en los
zepelines, dispararon, hasta enloquecer, su demanda.
En la Amazonía se
organizó una vasta red de extracción y distribución del látex a través del sistema de
endeude. Por lo general, una familia se encargaba de extraer el látex por medio de
incisiones en la corteza del árbol. Debido a las condiciones ecológicas del bosque, los
árboles de caucho se encontraban relativamente dispersos, de manera que el siringuero
recorría diariamente diversas trochas para obtener su producto. El trabajador debía
entregar la goma a un patrono, llamado siringalista, quien había asumido el riesgo de
adelantarle al trabajador alimentos, mercancías, medicamentos y herramientas con la
promesa de obtener en retorno el caucho. A su vez, este empresario se había financiado
mediante una deuda contraída con una Casa mayor, a la cual a su vez debía entregar el
producto. De esta forma, unas pocas Casas controlaban finalmente la operación y se
encargaban de vender el látex a ciertas empresas exportadoras localizadas en la ciudad de
Belém de Pará, en las bocas del Amazonas.
La bonanza del caucho
transformó la cuenca, al multiplicar los contactos y promover la formación de la ciudad
de Manaos y la modernización de la vieja ciudad de Belém. En el alto Amazonas, la
población de Iquitos se consolidó como el centro de los negocios del caucho peruano.
En este contexto, los
sobrevivientes de la crisis de la quina tenían buenas razones para explotar el caucho
negro, pero se vieron impelidos a talar los arboles del Castilloa, ya que su productividad
y rendimiento eran mucho menor que el Hevea brasiliensis. Cuando el gobierno colombiano
intentó prohibir la tala ecocida previéndose la desaparición física del
Castilloa en unos pocos años los caucheros argumentaron que era la única
forma de lograr cierta rentabilidad en el negocio, el cual, en efecto, se hacía más
costoso dadas las precarias vías de comunicación y las grandes distancias que debían
sobrepasar para remontar los Andes y vender, en la ciudad de Neiva, su producto.
Como se había
previsto, el Castilloa se agotó rápidamente; los inesperados efectos de la guerra de los
Mil Días paralizaron de forma definitiva el negocio al aumentar los costos de las
mercancías traídas de Neiva y los riesgos de transporte de la goma. Así que a finales
del siglo XIX, los caucheros no tenían otras opciones que migrar hacia el interior,
quedarse como colonos del Caquetá, o emprender una nueva ola de extracción de caucho en
las regiones más apartadas del oriente colombiano.
CONQUISTA
DE LOS UITOTOS
Al este del río
Caguán, entre los ríos Caquetá y Putumayo, algunos caucheros entrevieron la existencia
de una verdadera "tierra de promisión". Allí no sólo existían grandes
existencias de cierto tipo de cauchos, hasta la fecha inexplotados, sino un gran número
de comunidades indígenas con un mínimo lazo con la "civilización", que
podían ser enganchadas en la explotación del látex.
De esta forma, diversos
caucheros penetraron a los ríos Caráparaná, al alto Cahuinarí e Igaráparaná,
fundando barracas y campamentos para la explotación del caucho con la ayuda de los
indios.
En general, los
indígenas vivían en casas colectivas ó malocas, practicaban la agricultura de roza y
quema itinerante, cazaban y pescaban, y dedicaban gran parte de su actividad a la vida
ritual o ceremonial. Hablaban diversas lenguas uitoto, andoque, bora, nonuya,
etc. y desconocían el español. Por lo común, una maloca estaba dirigida por
un hombre cuya autoridad se basaba en el conocimiento del ritual y de la mitología. Como
la piedra era escasa en la región, estas gentes apetecían las hachas de acero con las
cuales se les posibilitaba abrir huertas o chagras más grandes. Los excedentes de la
producción los dedicaban a la realización de rituales y ceremoniales, de manera que bien
pudieron decirle al gran etnólogo alemán Theodoro Konrad Preuss, que visitó una
comunidad uitoto en 1914: "Trabajamos para bailar".
ORGANIZACIÓN
DE LA CASA ARANA
En 1901, el comerciante
peruano Julio César Arana entró en negocios con algunos caucheros colombianos de la
Colonia Indiana (La Chorrera) para explotar el caucho. Arana había conocido años atrás
el Putumayo, negociando y transportando el caucho hacia Iquitos y Manaos, los centros
como se dijo de la economía gomífera en Perú y Brasil. Sin duda, esto le
permitió hacerse a una idea del potencial del Putumayo en el contexto del Amazonas y le
abrió sus apetitos por controlar la región.
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Indios
cargadores uitotos en una colonia de la Casa Arana
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En 1903 fundó la Casa
Arana y Hermanos, sobre la base de la compra de las instalaciones de La Chorrera, e
inició la expansión de su empresa, utilizando incluso la fuerza con el apoyo del
ejército peruano. Por entonces, la zona estaba en disputa entre las repúblicas de
Colombia y del Perú, de manera que la ocupación de facto era también una manera de
reafirmar derechos de soberanía.
Arana organizó en dos
grandes distritos su compañía, cuyos centros principales era los barracones del Encanto
y La Chorrera. Del primero dependía la extraccción del caucho en el río Caráparaná y
sus principales afluentes. La Chorrera, a su vez, tenía jurisdicción sobre todos los
barracones de los ríos Igaráparaná y Cahuinarí y sus principales afluentes.
La explotación del
caucho natural se organizó en diferentes secciones vinculadas entre sí por trochas y
caminos, o por río. En cada una de estas secciones o barracones vivía un capataz con un
grupo de "racionales", y algunos "muchachos de servicio", jóvenes
indígenas al servicio de los caucheros. Existía también un pequeño grupo de gentes de
color traídas de Barbados, que hacían de vigilantes y cocineros, entre otras labores.
De cada una de estas
secciones dependían diversas comunidades indígenas, las cuales a través de su jefe o
capitán se encargaban de extraer el caucho y llevarlo cada 15 o 20 días a la sección.
El barracón estaba conformado por casas de pilotes con techos de palma, en las cuales
vivían los capataces y su personal. En la parte baja de la casa se guardaba el caucho,
mientras era transportado a La Chorrera o al Encanto, desde donde se desplazaba por río a
Iquitos o Manaos. En el ámbito del campamento también sobresalía el cepo, y la casa de
muchachos, una especie de maloca donde éstos residían.
Hacia 1907, La Casa
Arana era percibida como un modelo de empresa, y en efecto ese mismo año cambió su
razón social por Peruvian Amazon Company, con sede en Londres. Arana no sólo era un
prospero cauchero, sino un verdadero hombre de patria. En Colombia, sin embargo, la imagen
de la Compañía había sido cuestionada desde años atrás, cuando los caucheros
colombianos habían solicitado de forma reiterada la protección del gobierno colombiano
para defender sus intereses, vulnerados, según su punto de vista, por los atropellos de
la mencionada Casa, que no había escatimado esfuerzo alguno para forzarlos a vender sus
propiedades o a abandonar sus negocios.
Se dice, con razón,
que el gobierno, presidido por el general Reyes, miraba un poco despectivamente la
situación como "cosas de caucheros", y uno de sus altos funcionarios
representaba los intereses de la Casa en Bogotá.
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RÉGIMEN DE
ESCLAVITUD
En 1907, un joven
ingeniero norteamericano, W. Hardenburg, de paso por el Putumayo, presenció en el
Caráparaná el asalto a mano armada de un centro cauchero colombiano por las huestes de
Arana, secundadas por el ejército peruano. También fue testigo del trato que recibían
los indios y del régimen de tortura a que eran sometidos. En 1909, el periódico
londinense Truth publicó su testimonio, bajo el título "El paraíso del
diablo". Hardenburg relataba con detalle sus observaciones y otros testimonios que
había logrado recoger durante sus meses de estadía en Iquitos; denunció la existencia
de un verdadero régimen de esclavitud en el Putumayo, en el cual los indios eran forzados
a trabajar, sometidos a la tortura en el cepo y al látigo, expuestos a hambrunas y a las
pestes provocadas por las precarias condiciones de trabajo, entre otras formas de
represión. La publicación en el periódico londinense desató un escándalo
internacional y la apertura de una investigación sobre la situación de la Casa Arana por
parte del Foreign Office.
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Un cauchero y
sus intérpretes
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El gobierno
británico comisionó a Sir Roger Casement, cónsul inglés en Río de Janeiro, para que
investigara en el terreno los hechos. Casement viajó al Putumayo en 1910 y recorrió gran
parte del área de La Chorrera. Entrevistó directamente a los trabajadores negros
provenientes de Barbados, y constató la situación de los indígenas y el funcionamiento
de la Compañía. Presentó ante su gobierno un informe pormenorizado en el cual
corroboraba las afirmaciones de Hardenburg. Los indios, según su testimonio, eran
forzados a extraer el látex; si no entregaban las cuotas exigidas por los caucheros, eran
castigados en el cepo, flagelados y torturados.
Por medio de las "correrías" eran
enganchados por la fuerza y la huída era penalizada con la muerte. No se les permitía
sembrar sus cultivos tradicionales, sus armas habían sido confiscadas; debían hacer
penosas travesías llevando grandes y excesivos cargamentos de caucho hacia los centros de
acopio. A cambio se les entregaban ciertas mercancías a precios exorbitantes, e incluso
recibían una lata de carne por todo el trabajo de un fábrico (temporada de trabajo del
caucho). Los capataces contaban con un grupo de jóvenes indígenas a su servicio,
quienes coadyudaban a la supervisión del trabajo y participaban de forma activa en la
captura de los fugitivos. El régimen de trabajo insistía Casement era un
verdadero sistema social fundado en el terror, y provocaría el genocidio total de los
indios, si no se tomaban las medidas correctivas adecuadas lo antes posible.
El gobierno británico
comisionó a Sir Roger Casement, cónsul inglés en Río de Janeiro, para que investigara
en el terreno los hechos. Casement viajó al Putumayo en 1910 y recorrió gran parte del
área de La Chorrera. Entrevistó directamente a los trabajadores negros provenientes de
Barbados, y constató la situación de los indígenas y el funcionamiento de la
Compañía. Presentó ante su gobierno un informe pormenorizado en el cual corroboraba las
afirmaciones de Hardenburg. Los indios, según su testimonio, eran forzados a extraer el
látex; si no entregaban las cuotas exigidas por los caucheros, eran castigados en el
cepo, flagelados y torturados. Por medio de las "correrías" eran enganchados
por la fuerza y la huída era penalizada con la muerte. No se les permitía sembrar sus
cultivos tradicionales, sus armas habían sido confiscadas; debían hacer penosas
travesías llevando grandes y excesivos cargamentos de caucho hacia los centros de acopio.
A cambio se les entregaban ciertas mercancías a precios exorbitantes, e incluso recibían
una lata de carne por todo el trabajo de un fábrico (temporada de trabajo del
caucho). Los capataces contaban con un grupo de jóvenes indígenas a su servicio,
quienes coadyudaban a la supervisión del trabajo y participaban de forma activa en la
captura de los fugitivos. El régimen de trabajo insistía Casement era un
verdadero sistema social fundado en el terror, y provocaría el genocidio total de los
indios, si no se tomaban las medidas correctivas adecuadas lo antes posible.
Arana y la junta
directiva de la Peruvian Amazon Company reaccionaron airadamente, negando los hechos o
atribuyéndolos a los antiguos caucheros de procedencia colombiana, aunque con el paso de
los meses las nuevas evidencias los llevaron a aceptar los hechos, pero negando su
responsabilidad en lo acontecido.
A pesar de las promesas
del gobierno peruano de intervenir en el asunto, la situación del Putumayo a principios
de la primera década del siglo XX parecía seguir igual. Entonces el gobierno británico,
junto con el de Estados Unidos, decidieron publicar sendos dossiers sobre lo acaecido en
la región, dando así a la luz pública las investigaciones de Casement y de los
cónsules norteamericanos en Iquitos.
En 1912, así mismo,
una comisión del Parlamento británico abrió una investigación pública para determinar
el grado de responsabilidad de los directivos de la Peruvian Amazon Company.Uno a uno los
grandes protagonistas del Putumayo fueron llamados a declarar, entre ellos el gerente
general de la misma, Julio César Arana. También fueron convocados Sir Roger Casement, W.
Hardenburg y funcionarios y directivos de la Compañía. Pero el estallido de la segunda
Guerra Mundial desvió la atención de la opinión pública internacional hacia otras
latitudes.
La Casa Arana
subsistió hasta finales de la década del treinta, a pesar de las denuncias de José
Eustasio Rivera, quien escribiera La vorágine precisamente para denunciar el régimen de
opresión que continuaba afectando seriamente la vida de los indios y de muchos caucheros
rasos. Pocos años antes del conflicto colombo-peruano (1932), la compañía cauchera
peruana desplazó compulsivamenre la población indígena sobreviviente de la hecatombe
cauchera hacia el Perú, dejando prácticamente vacío el gran territorio localizado en el
actual departamento del Amazonas
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"El
liberal",uno de los vapores de la flota Arana.
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José Eustasio
Rivera.Denunció la crisis cauchera
en su novela "La vorágine" (1924).
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