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R E V I S T A
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Credencial
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Historia
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EDICIÓN 88 - ABRIL 1997
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"En América, uno no se desespera
nunca"...
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GABRIEL VEYRE, UN DESENCANTADO PIONERO
DEL CINE EN COLOMBIA
Leila El'Gazi y Jorge Nieto
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Gabriel Veyre, 1896.
En el pueblo francés de
Saint-Alban-du-Rhône, al sur de Lyon, el joven estudiante de farmacia Gabriel Veyre
había quedado a cargo de su madre y hermanos a la muerte de su padre en 1892. Terminados
sus estudios, ve la oportunidad de salir adelante con los industriales Lumière, quienes a
comienzos de 1896 están reclutando operadores para el recién inventado cinematógrafo.
Dados sus conocimientos de química, su juventud, su espítitu aventurero y su gran
necesidad de ayudar a la familia en mala situación económica, Veyre era un candidato
ideal, y así fue entrenado para recorrer el mundo como filmador y exhibidor.
Un cinematógrafo, un trípode, un
soporte para el aparato y la lámpara, carretes de madera y de metal, juego de lentes,
rollos con "vistas" del repertorio Lumière, latas con película sin
impresionar, frascos de químicos, el recipiente esmaltado para revelar, una linterna o
lámpara de arco, una reserva de carbón y un reembobinador para película. Con esa
dotación, Veyre se embarcó en el puerto de Le Havre, el 11 de julio de 1896, en un
primer viaje hacia
América. Tenía como
misión presentar el cinematógrafo en México, Venezuela, Colombia y las islas del
Caribe, y además filmar nuevas "vistas" de esos países para enriquecer el
repertorio de la Casa Lumière.
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Gabriel Veyre en traje japonés, ca.
1898
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En el barco despliega su simpatía y
coquetea con la mujer más joven y bonita a bordo. Toma fotografías y escribe a su madre
las primeras cartas, que luego conformarán un largo epistolario que ha permitido conocer
mejor al personaje y reconstruir sus viajes. Desde la primera carta y en todas las
siguientes incluye descripciones de lo que ve, como si lo estuviera captando con el lente
de su aparato, forma de mirar que irá desarrollando con la práctica del oficio: "mi
única ocupación es la fotografía", escribe un mes más tarde.
El 18 de julio llega a Nueva York, y el
mismo día continúa viaje por tren hacia México. Durante el recorrido observa un
territorio que califica de "salvaje", habitado por "indios semidesnudos con
caras de bestias feroces". En la capital de México comenta que "en las calles
sucias y mal adoquinadas abundan cientos de indios descalzos y harapientos". Allí
presenta la primera función de cine ante mil quinientos invitados el 14 de agosto de
1896. "Velada de inauguración espléndida", le escribe a su madre. Durante los
seis meses que permaneció en ese país, filmó numerosas "vistas". El dictador
Porfirio Díaz, encantado de codearse en el celuloide, en los programas Lumière, con el
zar Nicolás II y con el presidente francés Félix Faure, permitió que lo filmara.
También registró peleas de gallos, lazadores de toros, caballos salvajes y escenas de la
vida de los indios, como danzas, comidas y mercados.
Veyre se diferencia de otros empresarios
de espectáculos y hombres de feria en que reflexiona acerca de su instrumento de trabajo
y del lenguaje que conlleva, se pregunta por los difusos límites entre realidad e imagen
de la misma en el nuevo medio, por el respeto hacia lo filmado, por los criterios de
selección y otros temas que desbordan el encargo de los industriales Lumière.
Dos de las vistas que filmó en México
resultaron demasiado polémicas. La ejecución de Antonio Navarro, un soldado
acusado de traición y condenado a muerte, provocó escándalo y rechazo en el público;
la película desapareció y Veyre ni la menciona en la correspondencia habitualmente
detallada con su madre. En Duelo con pistola entre dos diputados, el público se
sintió engañado porque no se le advirtió que se trataba de una reconstrucción ante la
cámara de un hecho real. Así, Veyre va conociendo en la práctica las
posibilidades y riesgos de manipulación del cine, y
con el tiempo asume con independencia una posición que no buscaría embellecer o trucar
la realidad.
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"Los lazadores de toros de
México",
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filme de Gabriel Veyre, 1896.
El 11 de enero de 1897 sale por el puerto
de Veracruz hacia La Habana. El 24 de enero presenta allí la primera función, y la
prensa proclama "la victoria del Cinematógrafo sobre todos los demás
inventos". Cuba está en plena guerra de independencia, pero Veyre escribe que
"los negocios no van nada mal"; aunque "el país se encuentra casi
arruinado, si hubiese venido antes de la guerra, habría podido ganar aquí hasta mil
francos por día". En Cuba, como en México, su empresa resulta relativamente fácil
y exitosa. Ya ha aprendido algo del idioma y maneja con habilidad la publicidad y las
relaciones, en todo lo cual le ayuda, además de la calidad de su aparato y de sus vistas,
su personalidad sociable, su buen nivel cultural, su condición de francés y hasta un
físico atractivo para deslumbradas jóvenes que a menudo menciona en sus cartas. Sin
embargo, las epidemias de fiebre amarilla y de viruela que azotan la región en ese año,
minan su economía, frustran sus planes y lo enfrentan a la muerte misma.
Desventuras
El 8 de mayo se embarca en Santiago de
Cuba con destino a Venezuela, pero el vapor es obligado a regresar al puerto de origen
debido a un caso de viruela que se presenta a bordo. Una cuarentena forzosa de casi un mes
es el primero de una serie de contratiempos en su viaje por el Caribe. Antes de llegar a
Venezuela pasa por el puerto de Colón, Panamá, entonces territorio colombiano. Allí
visita la zona de las obras del Canal que muchos años antes había emprendido el francés
Ferdinand Lesseps: "Todo está abandonado y desierto. Cuántas ruinas amontonadas y
podridas. Casas, máquinas, vagones, todo perdido a consecuencia del abandono del trabajo
[...] Tomé algunas fotografías de esa gran obra reducida a la nada".
En Colón sueña con un recorrido por el
interior del país y escribe lo que se imagina: "Es un viaje precioso por el río
Magdalena, por el cual uno sube durante ocho días. A todo lo largo de la travesía hay un
paisaje digno de verse, pues según parece, da una verdadera idea de la América salvaje:
selva virgen, micos, loros, cocodrilos, todo se ve allí en abundancia. Después del barco
hay que ir a Bogotá a caballo. Son dos días de viaje por las montañas". Todo un
festín para un camarógrafo Lumière.
Pero en esa oportunidad no cumple los
planes, pues sale para Venezuela, donde permanece casi dos meses. En agosto, en Caracas,
se topa con "un abominable tramposo" que lo acusa ante autoridades judiciales y
lo obliga a huir en el primer barco que sale de La Guaira con destino a Fort de France,
donde una nueva cuarentena por fiebre amarilla lo confina en el lazareto local.
Finalmente, toma rumbo a Colombia y a
comienzos de septiembre llega a Cartagena, sigue a Calamar y en medio de una tormenta
tropical emprende al soñado viaje por el Magdalena. De su diario de viaje a bordo del
vapor Díez Hernando sólo existen fragmentos, y en ellos se queja de las molestias
de la travesía: "¡Qué mala noche pasé! Los mosquitos me devoraron literalmente
[...] No nos dan más que un catre para dormir". El desayuno que describe con detalle
le disgusta hasta el punto de no poder probar bocado. El barco le parece "una inmensa
tortuga" por su lento avance: cuatro kilómetros por hora. Es difícil no imaginar a
Veyre filmando, durante los once días de travesía, la naturaleza que tantos viajeros
maravillados pintaron y describieron. Dada su sensibilidad visual, explícita en
frecuentes descripciones de lo que lo rodea, ¿cómo no especular acerca de las que
hubieran podido ser las primeras imágenes de cine filmadas en Colombia? Quizás no tenía
película virgen, o tal vez después de las cuarentenas y del incidente de Venezuela su
ánimo no fuera el mismo, estaba cansado y quizás arruinado.
La mención de una "desgracia"
que le ocurrió en Honda y su pronto regreso a Barranquilla son indicios para concluir que
nunca pudo llegar a Bogotá. De vuelta a Barranquilla, en los primeros días de octubre,
se encontró con otro joven francés con quien había entablado amistad en la cuarentena
de Santiago de Cuba. El amigo está enfermo con fiebres altas y Veyre permanece a su lado
para cuidarlo, aun a riesgo de contagiarse. Luego de una semana viajan juntos a Cartagena
con la intención de volver pronto a Francia: "Recién llegado el 4 de este mes,
caigo enfermo preso de una fiebre terrible. El médico venía tres veces por día [...]
durante dos días estuve delirando. ¡No creí volver a ver Francia! Me parecía que todo
había acabado para mí. ¡Oh, cómo sufrí de sentirme tan lejos de todos ustedes, solo,
moribundo! [...] Cuántas desgracias se suceden todos los días. ¡Ah, sí, me harté de
América! Mejor vale morir cien veces de hambre en Francia que sufrir en estos países
perdidos [...] Diré de buen grado adiós a esta América cuando parta de Colón. ¡Sufrí
demasiado aquí y nunca volveré!
Está moralmente quebrado, débil y
asustado, cuando escribe a su madre: "Dios quiera que pueda vender mi aparato y que
retome rápido, rápido, el camino de Francia para arrojarme entre tus brazos y no dejarte
jamás". Muy lejos de lo escrito desde Colón en el mes de junio: "En América,
uno no se desespera nunca".
Otros destinos
En agosto de 1898 está de nuevo en la
itinerancia, tras un descanso en el hogar familiar. Va a Canadá, donde permanece dos
meses, y luego sigue para Oriente. En octubre llega a Japón, y a partir de marzo de 1899
viaja por China, Hanoi, el país de Annam, la Cochinchina, el río
Mekong, las ruinas de Angkor Wat, Saigón y Colombo.
A fines de febrero de 1900 regresa a Francia llevando quinientas vistas para ser exhibidas
en la Exposición Universal de París de ese año.
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Gabriel Veyre, en Shangai.
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Fotografía de Pow Kleeglo, 1899.
Con la madurez adquirida en dieciseis
meses de aventura americana, el antes joven farmaceuta de la provincia francesa se ha
convertido en experimentado operador. Durante el viaje por Oriente escribe unas
"Notas sobre el Japón" que constituyen un ensayo sobre esa cultura y demuestran
una visión compleja del Japón Meiji, con críticas a la modernización que destruye las
tradiciones. No filmó las "japoneserías" que esperaban sus patrones para los
públicos europeos. Sus vistas resultaron más realistas que "exóticas", y la
mayoría no fueron exhibidas en París, porque mostraban un Japón demasiado pobre y
cotidiano, que no respondía a las expectativas de los asistentes a la Exposición
Universal, donde los Lumière habían instalado una pantalla gigante. Esto significó el
fin de su contrato con la Casa de Lyon.
Decepcionado, abandona al cine. En 1901
se casa en Francia y se establece en Marruecos como fotógrafo del joven sultán Abd El
Aziz. Allí muere su mujer en 1902 al dar a luz una niña. En 1905 publica el libro Marruecos,
en la intimidad del Sultán, contra la intromisión de la cultura francesa en el mundo
árabe. Al abdicar el sultán, Veyre se retira a una finca como colono.
Poco antes de morir en 1936, a la edad de
65 años, retoma una cámara y filma un documental-testamento, de una hora de duración.
El cineasta japonés Kiju Yoshida, quien prepara una película sobre Veyre, afirma acerca
de esa obra: "Fiel a su concepción del cine, muestra a los marroquíes en las calles
de Fez y de Marruecos. Estos marroquíes ofrecen a la cámara una mirada llena de vida y
en estas imágenes se siente una igualdad infinita entre las gentes filmadas y quien las
filma". Veyre dejó además, como testimonio de esta actitud, una serie de retratos
suyos tomados en los lugares por donde pasó, vestido con atuendos de los distintos
países.
Fuentes
BAECQUE, ANTOINE. "Yoshida, Rêves
de Japon". Cahiers du Cinéma, Nº 504.
JACQUIER, PHILIPPE Y MARION PRANAL. Gabriel
Veyre, operateur Lumière. Institut Lumière, Actes Sud, 1996.
Gabriel Veyre, representante de
Lumière. México: Unam, 1996.
PINEL, VINCENT. Le siècle du cinéma.
París, E. Bordas, 1994.
RITTAUD-HUTINET, JACQUES. Le cinéma
des origins. Ed. Champ Vallon, 1985.
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