Ficha bibliográfica
Titulo:
La muerte de Silva, Sangre del poeta
Edición original: 2005-05-16
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-16
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: VALLEJO RENDÓN Fernando

 

Revista Credencial Historia


EDICIÓN 76 - ABRIL 1996



LA MUERTE DE SILVA, Sangre del poeta
Por: Fernando Vallejo Rendón

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 76
Abril de 1996

 

 
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MAUSOLEO DE JOSÉ ASUNCIÓN SILVA Y DE SU HERMANA ELVIRA. Cementerio Central de Bogotá. Fotografía de Ernesto Monsalve.


 

  Un siglo va a cumplirse el próximo 24 de mayo de la fría madrugada de domingo en que Silva se mató. Cuánta sangre no se ha derramado desde entonces en las ciudades y campos de Colombia, cuántos crímenes infames, desde el de Rafael Uribe Uribe muerto a hachazos a la salida del Capitolio hasta los 30 mil asesinados anónimos anuales que nos colocan en la delantera, invictos desde hace décadas, como el país más criminal de la tierra. De toda esa sangre es Colombia responsable con su leguleyismo, su burocratismo, su mezquindad de mala patria, pero de la de Silva no, así se sienta culpable de su muerte y no la haya podido olvidar después de tanto tiempo, de tantos reinados de belleza y partidos de fútbol, como si hubiera sido ella la responsable . ¡ Qué va! La muerte de Silva sí le queda muy grande a país tan chiquito. Silva se mató por su soberana voluntad, no porque no lo comprendiera la aldea de Bogotá: se mató porque entendió, con su lucidez incomparable, que la vida no vale la pena de vivirse ni aun en las mejores circunstancias. En prueba José Fernández, el protagonista de su novela De Sobremesa, que lo tiene todo -dinero, juventud, salud, mujeres, belleza- y que no sabe cómo terminar. De Sobremesa acaba como empieza, entre brocados preciosistas y medias luces y puntos suspensivos, y no con el suicidio del personaje-narrador, porque el narrador de primera persona no se puede suicidar. ¿Si no, quién cuenta su historia?

  Del suicidio de Silva en sí, de sus detalles, se sabe muy poca cosa. Desde el principio se dijo que se había matado con un revólver Smith & Wesson viejo, y que se encontró a la cabecera de su lecho El triunfo de la Muerte de D' Annunzio en una traducción francesa. Del revólver, viejo o nuevo y de la marca que sea, no me cabe ninguna duda, pues quedó el cadáver con la bala de prueba; ¿pero del libro ese? Laureano García Ortiz, amigo de Silva, fue el primero en hablar del libro de D'Annunzio, en un artículo escrito no bien acababa de pasar el entierro y publicado unos cuantos días después en el número inicial deLa Campana. Y yo me pregunto una cosa: ¿Con eso de que estaba «a la cabecera» de su lecho quería decir García Ortiz que estaba en una mesita de noche, o qué? Porque libros, lo que se dice libros. Silva tenía muchos. Casi tantos como deudas, y no digo qué tantos porque muchas de éstas las pagó con libros, según él. Y puede ser, porque en 1896 los prestamistas y comerciantes de Bogotá leían. Y ni se diga el presidente, que entonces era nadie menos que Miguel Antonio Caro. Hoy los presidentes de Colombia se enredan con los presuntos narcotraficantes a ver quién miente y lucra más. Quiero decir los «presuntos» presidentes, porque lo que se llama presidente aquí no hay. Por eso Colombia es un país de asesinados sin asesinos, cuyos entierros congregan a veces a una multitud: la misma que al día siguiente gritará en el estadio ¡Goool! En fin, qué le vamos a hacer, es lo que nos cupo en suerte, como los rasgos de la cara.

 

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JOSÉ ASUNCIÓN SILVA EN SU LECHO DE MUERTE, el 24 de mayo de 1896, a los 31 años de edad.





  De la noche que precede a la madrugada del tiro hay más testimonios que cualquier otro momento de la vida del poeta. Así pasa, lo que nunca olvida nadie del difunto es la última vez que lo vio. Hubo en la noche del sábado 23 de mayo de 1896 un refrigerio en esa casa número 13 de la Calle 14 donde vivió Silva su último año de vida, hoy convertida en un santuario de la poesía, por lo menos en las intenciones, ya que en la práctica es un recitadero de malos poetas. Y es que en Colombia, como en todas partes, la poesía hecha en versos se acabó. Se acabó porque se acabaron las rimas buenas: las últimas que nos quedaban sin chotear Silva se las gastó. Como esas de su «Paisaje tropical» en que «agua» rima con «fragua» y con «piragua», o como las de «Serenata» en que «narra» rima con «barra» y con «guitarra». Cuatro de los trece asistentes al refrigerio de esa noche, que con la llegada de Daniel Arias Argáez al final se convirtieron en catorce (al final, cuando ya no había nada qué hacer y la mala suerte estaba convocada), en el curso de cincuenta anos fueron contando sus recuerdos: primero el mismo Arias Argáez en un artículo que recogió en su libro Perfiles de antaño, de 1921, pero que apareció inicialmente antes de 1917 ya no se sabe en qué publicación. Luego Tomás Rueda Vargas en un artículo de ese año de 1917 paraEl Gráfico, en que alude al de Arias Argáez para confirmar la lista que el otro izo antes que nadie de los asistentes al refrigerio. Luego Hernando Villa en un artículo al que alude Alberto Miramón en su biografía de Silva de 1937, también perdido, pero que el propio Hernando Villa transcribió en el libro Homenaje a Silva que publicó Alejandro Vallejo en 1946, con ocasión del cincuentenario de la muerte del poeta. Y en fin, Domingo Esguerra en una entrevista de 1961, que quedó grabada y en la que se oye su voz como desde ultratumba, resonando tumbal sobre el scratch del disco, concedida a Joaquín Pineros Corpas y al padre Félix Restrepo, y luego en otra, de 1968, concedida a Arturo Abella para El Tiempo. Testimonios todos estos llenos de pequeños detalles sin importancia, como el de que Silva mismo sirvió la mesa para que no se sentaran a ella trece, pues el asistente número 14, Arias Argáez, sólo llegó al final, cuando se despedían todos en la puerta de la calle. O que fue el embajador de España, el barón de la Barre de Flandes, el que observó que eran trece. O que a pedido de sus invitados Silva recitó su «Don Juan de Covadonga» y «Los maderos de San Juan»... Nada que permita suponer que unas horas después, en la soledad de su cuarto y su conciencia, el poeta se iba a pegar el tiro en el corazón que hoy sigue repercutiendo sobre la conciencia de Colombia. Pero no. Colombia puede estar tranquila respecto a esta muerte. Nada tuvo que ver en ella, el mérito fue todo de Silva, de Silva a sus 30 años, en muy buen momento, cuando ya se le habían agotado las rimas y los acreedores y empezaba a perder la belleza. Un hombre de 30 años a fines del siglo XIX era un viejo. Hoy, menos que eso, nada, una simple carga más para el planeta.

 
 

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«NOCTURNO», de José Asunción Silva, dibujo de Domingo Moreno Otero. Tarjeta postal de Aristides Ariza. Colección Pilar Moreno de Angel, Bogotá.




  De lo que sí no se sabe casi nada es del entierro. Nadie escribió de él en su momento, y después por lo visto a todos se les olvidó. En una conferencia que dio en París y en La Sorbona en 1935 sobre el poeta, Emilio Cuervo Márquez, sobrino de don Rufino José y amigo cercano de Silva (si es que se podía ser amigo cercano de Silva), algo contó: que fue a mediodía de un día luminoso. Que lo metieron en el ataúd con la ropa que tenía puesta cuando se mató, un pantalón negro de rayas blancas, medias punzó de seda y zapatos charolados... Que paró el cortejo camino del cementerio en el Palacio de la Gobernación para que llenaran sus burócratas el papeleo de la autopsia... Pero ni siquiera dice quiénes integraban el cortejo. ¿Iría la madre, doña Vicenta Gómez viuda de Silva, en él? ¿E iría Julia, la hermana del poeta? Hoy ya nadie lo puede asegurar. Dicen que doña Vicenta les dijo a los que enterados de la noticia llegaron de primeros a la casa la mañana de ese domingo siniestro: «Vean ustedes la situación en que nos ha dejado ese zoquete». Vaya Dios a saber. Ese zoquete ya estaba muerto y frío en uno de los cuartos de enfrente del comedor, en el que dizque la señora estaba desayunando. Y sí puede ser. Los vivos tenemos que seguir viviendo y comiendo.

 

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PEREGRINACIÓN A LA TUMBA DE SILVA, hacia 1915: Tomás Carrasquilla, Miguel Rasch Isla,
Luis Cano, Luis Eduardo Nieto Caballero, Roberto Liévano, Max Grillo y Alfredo Barcenas.
Fotografía de Pedro Ostau de Lafont.



  Termina Cuervo Márquez su conferencia recordando que lo enterraron en el cementerio de los suicidas (en realidad en el «muro» de los suicidas del cementerio común), que estaba cerca al basurero de la ciudad. Y que la última vez que vio a Silva «fue cuando el enterrador, antes de sepultarlo, levantó la tapa del ataúd para extender una capa de cal sobre el rostro». Pero en las líneas inmediatamente anteriores comentó: «Ignoro si deba calificarse de inmoral el derecho que el hombre tenga de disponer de sí mismo; pero con Baudelaire pienso que en ciertas circunstancias de la vida el suicidio es el acto más razonable que pueda ejecutar el hombre». Muy presente lo debía de tener por los días de la conferencia, porque dos años después, siguiendo la misma vía noble y encomiable que Silva nos señaló, aunque sin dejar deudas, se mató.



MIRADAS SOBRE SILVA

Patrocinadas por el Banco de la República, el 24 de mayo se inauguran en Bogotá seis exposiciones simultáneas dedicadas al poeta:


Biblioteca Luis Angel Arango
El poeta, el artista, el hombre

Casa de Poesía Silva
Iconografía del poeta

Biblioteca Nacional
Selección bibliográfica

Casa Caro y Cuervo (Calle 10)
El poeta y sus cartas

Museo del siglo XIX Fondo Cultural
Cafetero Silva y su época

Fundación Santillana
Exposición itinerante (Síntesis gráfica y documental)