Ficha bibliográfica
Titulo:
Nuñez y Europa: sus ideas en el exilio
Edición original: 2005-05-16
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-16
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: POSADA-CARBÓ, Eduardo

 

Revista Credencial Historia


EDICIÓN 40 - ABRIL 1993

 





NUÑEZ Y EUROPA: SUS IDEAS EN EL EXILIO
Qué pensaba el futuro Regenerador sobre política, Iglesia, economía...
Por: Eduardo Posada-Carbó

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 40
Abril de 1993



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Eduardo Posada Carbó




En las elecciones presidenciales de 1875, Rafael Núñez se encontró luchando contra el apodo que le colocaron sus opositores políticos: "Amadeo". A diferencia del hijo de Víctor Manuel II que reinó en España entre 1870 y 1873, Núñez no era un extranjero que aspiraba a gobernar un país que le era ajeno. Sin embargo, sus contendores explotaron sus once años de residencia en Estados Unidos y Europa con el fin de negarle credenciales para manejar los destinos de Colombia. Con el apodo de "Amadeo", los radicales que se oponían a su candidatura quisieron exhibir a Núñez como un extranjero en su propia tierra.

 

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Rafael Wenceslao Núñez Moledo. Oleo de autor anónimo del siglo XIX,
Museo Nacional, Bogotá.


 

En 1863, Núñez había viajado a los Estados Unidos. Allí permaneció dos años antes de seguir hacia Europa, donde vivió hasta 1874, primero como cónsul en Le Havre y, más tarde, al frente del consulado colombiano en Liverpool. Núñez no perdió contacto con el país durante su larga ausencia: Además de sus actividades consulares, se ocupó como corresponsal de varios periódicos: La Opinión y El Tiempo de Bogotá, y El Comercio de Cúcuta. Algunos de sus artículos de prensa, también reproducidos en El Continental de Nueva York y El Nacional de Lima, fueron agrupados en su libro Ensayos de crítica social, publicado en Rouen en 1874, meses antes de que regresara a Colombia para participar como candidato en las elecciones presidenciales.

 

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Primera y última página del acta matrimonial de Rafael Núñez y Soledad Román.
Consulado general de Colombia en París, diciembre 31 de 1887. Archivo de la Cancillería, Bogotá.


 

Según uno de sus más connotados biógrafos, Indalecio Liévano Aguirre, la vivencia europea motivó en Núñez una profunda rectificación de sus ideas. En estos años de exilio voluntario, la experiencia de Rafael Núñez será de particular interés para el estudio de su evolución intelectual, para entender cómo quien había firmado la desamortización de bienes de manos muertas en 1861 se convirtió más tarde en defensor de los intereses de la Iglesia católica; quien había apoyado al federalismo en su juventud pasó a ser el padre de la Constitución centralista de 1886; quien había participado en la exclusiva convención liberal de Rionegro surgió después como el arquitecto de la Regeneración y puente para que los conservadores regresaran al poder. No obstante, una lectura de sus escritos en el exterior no revela una drástica e inmediata transformación intelectual. Tanto en sus artículos de prensa, recopilados en los Ensayos de crítica social, como en su correspondencia con el general Tomás Cipriano de Mosquera y con Salvador Camacho Roldán, pueden observarse aún las líneas de un Núñez anticatólico y adversario del centralismo, defensor del laissez-faire y simpatizante de los cambios revolucionarios. Su lenguaje, sin embargo, es con frecuencia moderado. Su razonamiento está, por lo general, libre de juicios absolutos. Lo que sí parece evidente en sus escritos es una clara apreciación del valor relativo, que fue descubriendo en las experiencias políticas de los distintos países que visitó durante estos once años.

 

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Portada de "Ensayos de crítica social", de Rafael Núñez. Rouen, E. Gagniard, 1874.
Biblioteca Nacional, Bogotá.


 

En los Estados Unidos, Núñez pudo seguir de cerca las consecuencias de la guerra civil y el subsiguiente fortalecimiento del gobierno de la Unión. En España coincidió con los vanos intentos revolucionarios contra la monarquía. En Francia vivió la crisis del imperio y el surgimiento de la Tercera República, cuando dedicó atención a las políticas de Adolphe Thiers. Y en Inglaterra le correspondió la primera administración de William E. Gladstone, aunque también fue testigo de su caída en 1874, cuando el líder liberal fue sucedido por el gobierno conservador de Benjamín Disraeli. España, para Núñez, era el país clásico de los malos gobiernos, donde la intolerancia religiosa y la persistencia del elemento militar impedían cualquier progreso material o espiritual. Núñez no encontró en el programa revolucionario de 1868 nada que no se hubiese experimentado en Colombia desde las transformaciones del medio siglo. España iba a la zaga de América.

Sus paradigmas contrarios, siguiendo un generalizado estereotipo, fueron Francia e Inglaterra. "El francés carece de iniciativa", escribía Núñez en París en 1868, "y el espíritu de rutina obra sobre sus actos de una manera increíble para los observadores lejanos que no conocen a este pueblo sino en sus transitorias iras revolucionarias". El francés era incapaz de "gobernarse a sí mismo", incapacidad que Núñez atribuía a la organización centralista del Estado. Por el contrario, gracias a la descentralización administrativa, el pueblo inglés gozaba de esa "posesión de sí mismo que vale en todas circunstancias". Mientras Núñez no veía en Francia "convicciones seriamente formadas en materia de organización política", elogiaba la Constitución de la Gran Bretaña, "síntesis de su historia política". Núñez admiraba también el pragmatismo de los británicos y su habilidad para evitar la violencia extrema en la resolución de los conflictos, al tiempo que encontraba atractiva la tendencia contemporánea de vincular el libre cambio a la paz internacional. Sentía a la Gran Bretaña "más adherida a la memoria de Cobden que a la de Wellington; a la de Adam Smith que a la de Marlborough". Su admiración por las instituciones británicas no le impedía reconocer "la grande influencia que ejerce Francia en todo el mundo civilizado, inclusive en los pueblos hispanoamericanos". Por lo demás, no todo era elogio para los ingleses. Los niveles de pobreza en Londres le impresionaron. No veía nada ejemplar en la concentración de la propiedad de la tierra. La ignorancia del pueblo inglés contrastaba con los adelantos educativos de Alemania, Escandinavia, Holanda, Bélgica y Suiza. Los problemas de Irlanda constituían "el lado flaco de la Gran Bretaña".

Sus apreciaciones sobre los distintos países europeos parecen ser, a primera vista, las de un cronista de prensa. Ya se tratase del asesinato de Lincoln, de los problemas industriales de Francia, o de la discusión del presupuesto británico, Núñez manifestó en sus artículos un apego al dato y las estadísticas. No obstante, su intención como corresponsal no era exclusivamente narrativa. Como el telégrafo se le anticipaba en la transmisión de noticias, concebía su papel como el de un comentador, cuyos comentarios tuviesen "aplicación en el país a que van dirigidos". Y aunque abordó los más diversos temas, de alguna manera atados a las novedades del momento, los escritos de Núñez se desarrollaron alrededor de unas cuantas preocupaciones fundamentales, entre ellas: las formas alternativas de organización política, los problemas del orden, la cuestión religiosa y la economía política.

En los artículos que sobre la revolución española de 1868 escribió ese mismo año, Núñez rechazaba ya el valor absoluto de las instituciones republicanas. El que España adoptase la república o preservara la monarquía era secundario frente a las eventuales conquistas respecto de la libertad de enseñanza, la expansión del sufragio, o de algunas reformas económicas. Núñez reconocía la presencia de una fuerte tradición monarquista en España. Y aunque simpatizaba con la revolución, no encontraba, con la excepción de Emilio Castelar, un liderazgo que le infundiera optimismo. Núñez dudaba además de que la forma republicana de gobierno fuese la apropiada para España. "¿Qué república?", se preguntaba, "¿La anárquica y opresora de Roma, la de Rosas en Buenos Aires?" La república no podía ser ya "el gobierno de la minoría por la mayoría, sino el reinado pleno y entero del derecho". Estas convicciones se afianzaron aún más tras su residencia en Inglaterra, donde toda comparación "entre la república de Cromweil y la monarquía tal como ha venido funcionando tras la caída de los Estuardos" era "evidentemente favorable a la monarquía". Bajo los "ornamentos de la monarquía", Núñez respiraba allí "el oxigenado ambiente republicano".

Si bien se encontraba lejos de cualquier espíritu jacobino, Núñez siguió creyendo en el carácter progresista de las revoluciones, y hasta en su eventual necesidad. "La guerra", escribió en Nueva York en 1864, "es un elemento de renovación o civilización indispensable". Años más tarde, en 1871, comunicaba a sus lectores desde Liverpool: "El interés de la paz no es, por tanto, superior a todo [...] Si nuestros abuelos hubieran preferido la paz a todas las cosas, nosotros seríamos aún colonias de España". Su convencimiento sobre la necesidad del orden, que se convertiría en la base fundamental de su programa regenerador a partir de 1878, está aún ausente de sus reflexiones europeas.

Sus artículos en el exterior tampoco revelan un cambio drástico en su posición respecto de la Iglesia católica. "Hay que sacar de raíz esa mala yerba del catolicismo, cueste lo que cueste", le escribía Núñez a Camacho Roldán pocas semanas después de su salida del país, en 1863. Diez años más tarde, desde Liverpool, Núñez atacaba al Syllabus y al Vaticano, mientras afirmaba que el catolicismo, más una teocracia que una religión, representaba todo lo contrario a las fuerzas de la civilización y del progreso. Desde su temprana experiencia en los Estados Unidos, sin embargo, Núñez distinguió con claridad la diferencia entre la Iglesia católica, a la que combatía, y la presencia del espíritu religioso, cuyo dominio en las sociedades que visitó no encontraba repugnante. Más aún, Núñez consideraba que "la influencia clerical lejos de ser mala en absoluto es buena y necesaria cuando ella es ejercida libremente".


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Rafael Núñez, Soledad Román y un mausoleo gótico, grabados de Chevalier sobre ilustraciones de Alexandre de Bar para la edición de "Poesías" de Rafael Núñez, París, Hachette, 1889. Biblioteca Nacional, Bogotá.





Así como en relación con los problemas del orden, ni respecto de la Iglesia católica es posible identificar con claridad las bases de su programa regenerador, tampoco es evidente que Núñez hubiese comenzado a valorar las bondades del proteccionismo económico que defendió ya como presidente. Por el contrario, tal parece que sus ideas sobre las ventajas del libre cambio se vieron reforzadas durante su estadía en Europa. Al comentar el debate que se suscitó en Francia acerca de los resultados del tratado de comercio anglo-francés de 1860, Núñez criticó a los partidarios del "viejo régimen" proteccionista, Thiers a la cabeza, por desconocer el interés de los consumidores. Núñez compartía el criterio de quienes veían en el intercambio comercial la prueba de la prosperidad, y dicho intercambio debía estar basado en las ventajas que cada país tuviese para producir mejor y a más bajos precios. Consideró que las consecuencias de dicho tratado habían sido generalmente benéficas para Francia, así algunas industrias se hubiesen visto afectadas en el corto plazo. "Esta cuestión del libre cambio", escribió en 1868, "se parece en un todo a la cuestión de las máquinas. En un principio ellas desconciertan y perjudican a algunos; pero el beneficio general y permanente es tan grande que todos tienen al fin que sentirlo y reconocerlo".

Cualesquiera fuesen sus ideas sobre los distintos temas que atrajeron su atención en Europa, Núñez se apartó desde bien temprano del dogmatismo. Al discutir las perspectivas del republicanismo en España, había negado la existencia de las verdades absolutas, mientras que aseveraba que las verdades dependían "de circunstancias diversas con cuyo concurso no se puede contar en todo tiempo y país". Si la atmósfera política y social de España le invitaba a rechazar el dogmatismo, su experiencia en Inglaterra le acercó aún más al relativismo. Aunque nuevamente sus modelos contrarios fueron Francia e Inglaterra. En 1873, al analizar los problemas que sucedían a la expansión del sufragio, Núñez distinguía entre las actitudes de los radicales franceses y los ingleses. Mientras que en los primeros identificaba una "aspiración a lo absoluto [...] el culto de éste existe en ellos como un elemento moral dominante", encontraba en los radicales ingleses una "conducta sui generis" que revela hasta qué punto el amor a lo relativo es uno de los principios cardinales del carácter nacional británico".

Núñez sugería que el Nuevo Mundo debía seguir atentamente las lecciones de la economía política que dominaba en Inglaterra. También consideraba que, dados los vínculos aún sobrevivientes entre España y América, los sucesos de la península debían tener "para los pueblos de allende el carácter de domésticos". Su relativismo, sin embargo, le permitía apreciar las diferentes circunstancias que determinaban el curso distinto de los eventos entre Europa y América. La antigua condición colonial, según Núñez, había determinado el que las tradiciones en América fuesen "menos inveteradas y menos implacables" que en Europa, mientras que los intereses vulnerados por las transformaciones fundamentales eran "'infinitamente menos valiosos". Pero además no todas las transformaciones europeas habían producido efectos deseables. Así lo expresó con claridad cuando se refirió al llamado "problema social" que estaba a "la orden del día en Inglaterra": "Cuando por allá en nuestra América tratamos de implantar sin criterio las instituciones de aquende, podemos inocentemente preparar los elementos de un porvenir lleno de [...] dificultades casi insolubles".

Un corolario de rechazo de las verdades absolutas fue la aceptación de la "recíproca tolerancia" como una de las "principales exigencias sociales". El tema de la tolerancia, tanto religiosa como política, aparece de manera recurrente en los escritos de Núñez. Algunos intérpretes atribuyen su relativismo, así como su valoración de la tolerancia, a la influencia que Herbert Spencer ejerció en su pensamiento. En su condición de presidente, Núñez contribuyó a la difusión de las doctrinas spencerianas hasta el punto de recomendar su lectura a los estudiantes de la Universidad Nacional en 1881. Años más tarde, Julio H. Palacio, un representante del movimiento intelectual que promovió la conciliación nacional -la llamada generación del Centenario-, reconocía la influencia de Núñez en su formación spenceriana. Sin embargo, no existen referencias explícitas a Spencer en sus corresponsalías desde Europa, aunque pueden identificarse allí trazos spencerianos. La formación intelectual de Núñez puede enmarcarse dentro de la corriente del liberalismo colombiano que adoptó las doctrinas utilitaristas de Jeremías Bentham en los primeros años de la República. El nombre de Bentham aparece en sus Ensayos. Pero son más frecuentes las citas de su discípulo John Stuart Mill, a quien Núñez rindió tributo días después de su muerte en 1873. Con todo, era un "gran ecléctico". Al lado de los liberales británicos, aparecen citas de los autores franceses como Louis Blanc y Joseph Proudhon. Sin lugar a dudas, era un gran lector; más aún, un gran lector de publicaciones periódicas que le mantenían informado: The Spectator, The Economista, The Times, Daily News, Morning Post, Saturday Review, Journal de la Societé de Statistique o Journal des Debats.

 

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Retrato y autógrafo de Rafael Núñez,
grabado por Chevalier, 1889.



"La nuñología", expresó Gerardo Molina, "es parte de nuestra vida cultural". A pesar del interés nacional por Núñez, la "nuñología" es aún en muchos aspectos un campo inexplorado. Como lo anotó recientemente Nicolás del Castillo Mathieu, la experiencia de Núñez en Estados Unidos y Europa, tanto sus actividades como sus escritos, han sido poco estudiados. Este período de la vida de Núñez sigue siendo crucial para entender las aparentes contradicciones de su pensamiento. Durante sus años de residencia en el exterior, como bien lo demuestran sus Ensayos de crítica social, Núñez siguió convencido de sus anteriores posturas anticlericales, de los beneficios del libre cambio para el progreso económico, y de su antipatía a la organización centralista del Estado. Sus corresponsalías de prensa representaron ciertamente una Europa diversa, de la que se sirvió para discutir temas que consideró de interés en el debate colombiano. Recurrió a varios arquetipos nacionales para denunciar algunos problemas como la intolerancia religiosa, los efectos del centralismo y de las políticas proteccionistas. Si alguna imagen nacional en Europa le sirvió de paradigma, fue la de Inglaterra, aunque el ejemplo lo utilizó sobre todo para manifestar su apego a la tolerancia y al relativismo. Este relativismo podría explicar en parte las transformaciones intelectuales de Núñez tras su regreso de Europa, que comenzarían quizá con la misma transformación de la imagen que Núñez, como buen ausente, tuvo que crear de Colombia en sus largos años de exilio voluntario.