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NUÑEZ Y EUROPA: SUS
IDEAS EN EL EXILIO
Qué pensaba el futuro Regenerador sobre política, Iglesia, economía...
Por: Eduardo
Posada-Carbó
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Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 40
Abril de 1993
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En las elecciones presidenciales de 1875, Rafael Núñez se encontró luchando contra el
apodo que le colocaron sus opositores políticos: "Amadeo". A diferencia del
hijo de Víctor Manuel II que reinó en España entre 1870 y 1873, Núñez no era un
extranjero que aspiraba a gobernar un país que le era ajeno. Sin embargo, sus contendores
explotaron sus once años de residencia en Estados Unidos y Europa con el fin de negarle
credenciales para manejar los destinos de Colombia. Con el apodo de "Amadeo",
los radicales que se oponían a su candidatura quisieron exhibir a Núñez como un
extranjero en su propia tierra.
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Rafael Wenceslao
Núñez Moledo. Oleo de autor anónimo del siglo XIX,
Museo Nacional, Bogotá.
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En 1863, Núñez había
viajado a los Estados Unidos. Allí permaneció dos años antes de seguir hacia Europa,
donde vivió hasta 1874, primero como cónsul en Le Havre y, más tarde, al frente del
consulado colombiano en Liverpool. Núñez no perdió contacto con el país durante su
larga ausencia: Además de sus actividades consulares, se ocupó como corresponsal de
varios periódicos: La Opinión y El Tiempo de Bogotá, y El
Comercio de Cúcuta. Algunos de sus artículos de prensa, también reproducidos en El
Continental de Nueva York y El Nacional de Lima, fueron agrupados en su
libro Ensayos de crítica social, publicado en Rouen en 1874, meses antes de que
regresara a Colombia para participar como candidato en las elecciones presidenciales.
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Primera y
última página del acta matrimonial de Rafael Núñez y Soledad Román.
Consulado general de Colombia en París, diciembre 31 de 1887. Archivo de la Cancillería,
Bogotá.
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Según uno de sus más
connotados biógrafos, Indalecio Liévano Aguirre, la vivencia europea motivó en Núñez
una profunda rectificación de sus ideas. En estos años de exilio voluntario, la
experiencia de Rafael Núñez será de particular interés para el estudio de su
evolución intelectual, para entender cómo quien había firmado la desamortización de
bienes de manos muertas en 1861 se convirtió más tarde en defensor de los intereses de
la Iglesia católica; quien había apoyado al federalismo en su juventud pasó a ser el
padre de la Constitución centralista de 1886; quien había participado en la exclusiva
convención liberal de Rionegro surgió después como el arquitecto de la Regeneración y
puente para que los conservadores regresaran al poder. No obstante, una lectura de sus
escritos en el exterior no revela una drástica e inmediata transformación intelectual.
Tanto en sus artículos de prensa, recopilados en los Ensayos de crítica social, como en
su correspondencia con el general Tomás Cipriano de Mosquera y con Salvador Camacho
Roldán, pueden observarse aún las líneas de un Núñez anticatólico y adversario del
centralismo, defensor del laissez-faire y simpatizante de los cambios
revolucionarios. Su lenguaje, sin embargo, es con frecuencia moderado. Su razonamiento
está, por lo general, libre de juicios absolutos. Lo que sí parece evidente en sus
escritos es una clara apreciación del valor relativo, que fue descubriendo en las
experiencias políticas de los distintos países que visitó durante estos once años.
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Portada de
"Ensayos de crítica social", de Rafael Núñez. Rouen, E. Gagniard,
1874.
Biblioteca Nacional, Bogotá.
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En los Estados Unidos,
Núñez pudo seguir de cerca las consecuencias de la guerra civil y el subsiguiente
fortalecimiento del gobierno de la Unión. En España coincidió con los vanos intentos
revolucionarios contra la monarquía. En Francia vivió la crisis del imperio y el
surgimiento de la Tercera República, cuando dedicó atención a las políticas de Adolphe
Thiers. Y en Inglaterra le correspondió la primera administración de William E.
Gladstone, aunque también fue testigo de su caída en 1874, cuando el líder liberal fue
sucedido por el gobierno conservador de Benjamín Disraeli. España, para Núñez, era el
país clásico de los malos gobiernos, donde la intolerancia religiosa y la persistencia
del elemento militar impedían cualquier progreso material o espiritual. Núñez no
encontró en el programa revolucionario de 1868 nada que no se hubiese experimentado en
Colombia desde las transformaciones del medio siglo. España iba a la zaga de América.
Sus paradigmas
contrarios, siguiendo un generalizado estereotipo, fueron Francia e Inglaterra. "El
francés carece de iniciativa", escribía Núñez en París en 1868, "y el
espíritu de rutina obra sobre sus actos de una manera increíble para los observadores
lejanos que no conocen a este pueblo sino en sus transitorias iras revolucionarias".
El francés era incapaz de "gobernarse a sí mismo", incapacidad que Núñez
atribuía a la organización centralista del Estado. Por el contrario, gracias a la
descentralización administrativa, el pueblo inglés gozaba de esa "posesión de sí
mismo que vale en todas circunstancias". Mientras Núñez no veía en Francia
"convicciones seriamente formadas en materia de organización política",
elogiaba la Constitución de la Gran Bretaña, "síntesis de su historia
política". Núñez admiraba también el pragmatismo de los británicos y su
habilidad para evitar la violencia extrema en la resolución de los conflictos, al tiempo
que encontraba atractiva la tendencia contemporánea de vincular el libre cambio a la paz
internacional. Sentía a la Gran Bretaña "más adherida a la memoria de Cobden que a
la de Wellington; a la de Adam Smith que a la de Marlborough". Su admiración por las
instituciones británicas no le impedía reconocer "la grande influencia que ejerce
Francia en todo el mundo civilizado, inclusive en los pueblos hispanoamericanos". Por
lo demás, no todo era elogio para los ingleses. Los niveles de pobreza en Londres le
impresionaron. No veía nada ejemplar en la concentración de la propiedad de la tierra.
La ignorancia del pueblo inglés contrastaba con los adelantos educativos de Alemania,
Escandinavia, Holanda, Bélgica y Suiza. Los problemas de Irlanda constituían "el
lado flaco de la Gran Bretaña".
Sus apreciaciones sobre
los distintos países europeos parecen ser, a primera vista, las de un cronista de prensa.
Ya se tratase del asesinato de Lincoln, de los problemas industriales de Francia, o de la
discusión del presupuesto británico, Núñez manifestó en sus artículos un apego al
dato y las estadísticas. No obstante, su intención como corresponsal no era
exclusivamente narrativa. Como el telégrafo se le anticipaba en la transmisión de
noticias, concebía su papel como el de un comentador, cuyos comentarios tuviesen
"aplicación en el país a que van dirigidos". Y aunque abordó los más
diversos temas, de alguna manera atados a las novedades del momento, los escritos de
Núñez se desarrollaron alrededor de unas cuantas preocupaciones fundamentales, entre
ellas: las formas alternativas de organización política, los problemas del orden, la
cuestión religiosa y la economía política.
En los artículos que
sobre la revolución española de 1868 escribió ese mismo año, Núñez rechazaba ya el
valor absoluto de las instituciones republicanas. El que España adoptase la república o
preservara la monarquía era secundario frente a las eventuales conquistas respecto de la
libertad de enseñanza, la expansión del sufragio, o de algunas reformas económicas.
Núñez reconocía la presencia de una fuerte tradición monarquista en España. Y aunque
simpatizaba con la revolución, no encontraba, con la excepción de Emilio Castelar, un
liderazgo que le infundiera optimismo. Núñez dudaba además de que la forma republicana
de gobierno fuese la apropiada para España. "¿Qué república?", se
preguntaba, "¿La anárquica y opresora de Roma, la de Rosas en Buenos Aires?"
La república no podía ser ya "el gobierno de la minoría por la mayoría, sino el
reinado pleno y entero del derecho". Estas convicciones se afianzaron aún más tras
su residencia en Inglaterra, donde toda comparación "entre la república de Cromweil
y la monarquía tal como ha venido funcionando tras la caída de los Estuardos" era
"evidentemente favorable a la monarquía". Bajo los "ornamentos de la
monarquía", Núñez respiraba allí "el oxigenado ambiente republicano".
Si bien se encontraba
lejos de cualquier espíritu jacobino, Núñez siguió creyendo en el carácter
progresista de las revoluciones, y hasta en su eventual necesidad. "La guerra",
escribió en Nueva York en 1864, "es un elemento de renovación o civilización
indispensable". Años más tarde, en 1871, comunicaba a sus lectores desde Liverpool:
"El interés de la paz no es, por tanto, superior a todo [...] Si nuestros abuelos
hubieran preferido la paz a todas las cosas, nosotros seríamos aún colonias de
España". Su convencimiento sobre la necesidad del orden, que se convertiría en la
base fundamental de su programa regenerador a partir de 1878, está aún ausente de sus
reflexiones europeas.
Sus artículos en el
exterior tampoco revelan un cambio drástico en su posición respecto de la Iglesia
católica. "Hay que sacar de raíz esa mala yerba del catolicismo, cueste lo que
cueste", le escribía Núñez a Camacho Roldán pocas semanas después de su salida
del país, en 1863. Diez años más tarde, desde Liverpool, Núñez atacaba al Syllabus
y al Vaticano, mientras afirmaba que el catolicismo, más una teocracia que una religión,
representaba todo lo contrario a las fuerzas de la civilización y del progreso. Desde su
temprana experiencia en los Estados Unidos, sin embargo, Núñez distinguió con claridad
la diferencia entre la Iglesia católica, a la que combatía, y la presencia del espíritu
religioso, cuyo dominio en las sociedades que visitó no encontraba repugnante. Más aún,
Núñez consideraba que "la influencia clerical lejos de ser mala en absoluto es
buena y necesaria cuando ella es ejercida libremente".
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Rafael Núñez,
Soledad Román y un mausoleo gótico, grabados de Chevalier sobre
ilustraciones de Alexandre de Bar para la edición de "Poesías" de Rafael
Núñez, París, Hachette, 1889. Biblioteca Nacional, Bogotá.
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Así como en relación con los problemas del orden, ni respecto de la Iglesia católica es
posible identificar con claridad las bases de su programa regenerador, tampoco es evidente
que Núñez hubiese comenzado a valorar las bondades del proteccionismo económico que
defendió ya como presidente. Por el contrario, tal parece que sus ideas sobre las
ventajas del libre cambio se vieron reforzadas durante su estadía en Europa. Al comentar
el debate que se suscitó en Francia acerca de los resultados del tratado de comercio
anglo-francés de 1860, Núñez criticó a los partidarios del "viejo régimen"
proteccionista, Thiers a la cabeza, por desconocer el interés de los consumidores.
Núñez compartía el criterio de quienes veían en el intercambio comercial la prueba de
la prosperidad, y dicho intercambio debía estar basado en las ventajas que cada país
tuviese para producir mejor y a más bajos precios. Consideró que las consecuencias de
dicho tratado habían sido generalmente benéficas para Francia, así algunas industrias
se hubiesen visto afectadas en el corto plazo. "Esta cuestión del libre
cambio", escribió en 1868, "se parece en un todo a la cuestión de las
máquinas. En un principio ellas desconciertan y perjudican a algunos; pero el beneficio
general y permanente es tan grande que todos tienen al fin que sentirlo y
reconocerlo".
Cualesquiera fuesen sus
ideas sobre los distintos temas que atrajeron su atención en Europa, Núñez se apartó
desde bien temprano del dogmatismo. Al discutir las perspectivas del republicanismo en
España, había negado la existencia de las verdades absolutas, mientras que aseveraba que
las verdades dependían "de circunstancias diversas con cuyo concurso no se puede
contar en todo tiempo y país". Si la atmósfera política y social de España le
invitaba a rechazar el dogmatismo, su experiencia en Inglaterra le acercó aún más al
relativismo. Aunque nuevamente sus modelos contrarios fueron Francia e Inglaterra. En
1873, al analizar los problemas que sucedían a la expansión del sufragio, Núñez
distinguía entre las actitudes de los radicales franceses y los ingleses. Mientras que en
los primeros identificaba una "aspiración a lo absoluto [...] el culto de éste
existe en ellos como un elemento moral dominante", encontraba en los radicales
ingleses una "conducta sui generis" que revela hasta qué punto el amor
a lo relativo es uno de los principios cardinales del carácter nacional británico".
Núñez sugería que el
Nuevo Mundo debía seguir atentamente las lecciones de la economía política que dominaba
en Inglaterra. También consideraba que, dados los vínculos aún sobrevivientes entre
España y América, los sucesos de la península debían tener "para los pueblos de
allende el carácter de domésticos". Su relativismo, sin embargo, le permitía
apreciar las diferentes circunstancias que determinaban el curso distinto de los eventos
entre Europa y América. La antigua condición colonial, según Núñez, había
determinado el que las tradiciones en América fuesen "menos inveteradas y menos
implacables" que en Europa, mientras que los intereses vulnerados por las
transformaciones fundamentales eran "'infinitamente menos valiosos". Pero
además no todas las transformaciones europeas habían producido efectos deseables. Así
lo expresó con claridad cuando se refirió al llamado "problema social" que
estaba a "la orden del día en Inglaterra": "Cuando por allá en nuestra
América tratamos de implantar sin criterio las instituciones de aquende, podemos
inocentemente preparar los elementos de un porvenir lleno de [...] dificultades casi
insolubles".
Un corolario de rechazo
de las verdades absolutas fue la aceptación de la "recíproca tolerancia" como
una de las "principales exigencias sociales". El tema de la tolerancia, tanto
religiosa como política, aparece de manera recurrente en los escritos de Núñez. Algunos
intérpretes atribuyen su relativismo, así como su valoración de la tolerancia, a la
influencia que Herbert Spencer ejerció en su pensamiento. En su condición de presidente,
Núñez contribuyó a la difusión de las doctrinas spencerianas hasta el punto de
recomendar su lectura a los estudiantes de la Universidad Nacional en 1881. Años más
tarde, Julio H. Palacio, un representante del movimiento intelectual que promovió la
conciliación nacional -la llamada generación del Centenario-, reconocía la influencia
de Núñez en su formación spenceriana. Sin embargo, no existen referencias explícitas a
Spencer en sus corresponsalías desde Europa, aunque pueden identificarse allí trazos
spencerianos. La formación intelectual de Núñez puede enmarcarse dentro de la corriente
del liberalismo colombiano que adoptó las doctrinas utilitaristas de Jeremías Bentham en
los primeros años de la República. El nombre de Bentham aparece en sus Ensayos.
Pero son más frecuentes las citas de su discípulo John Stuart Mill, a quien Núñez
rindió tributo días después de su muerte en 1873. Con todo, era un "gran
ecléctico". Al lado de los liberales británicos, aparecen citas de los autores
franceses como Louis Blanc y Joseph Proudhon. Sin lugar a dudas, era un gran lector; más
aún, un gran lector de publicaciones periódicas que le mantenían informado: The
Spectator, The Economista, The Times, Daily News, Morning Post, Saturday Review, Journal
de la Societé de Statistique o Journal des Debats.
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Retrato y
autógrafo de Rafael Núñez,
grabado por Chevalier, 1889.
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"La
nuñología", expresó Gerardo Molina, "es parte de nuestra vida cultural".
A pesar del interés nacional por Núñez, la "nuñología" es aún en muchos
aspectos un campo inexplorado. Como lo anotó recientemente Nicolás del Castillo Mathieu,
la experiencia de Núñez en Estados Unidos y Europa, tanto sus actividades como sus
escritos, han sido poco estudiados. Este período de la vida de Núñez sigue siendo
crucial para entender las aparentes contradicciones de su pensamiento. Durante sus años
de residencia en el exterior, como bien lo demuestran sus Ensayos de crítica social,
Núñez siguió convencido de sus anteriores posturas anticlericales, de los beneficios
del libre cambio para el progreso económico, y de su antipatía a la organización
centralista del Estado. Sus corresponsalías de prensa representaron ciertamente una
Europa diversa, de la que se sirvió para discutir temas que consideró de interés en el
debate colombiano. Recurrió a varios arquetipos nacionales para denunciar algunos
problemas como la intolerancia religiosa, los efectos del centralismo y de las políticas
proteccionistas. Si alguna imagen nacional en Europa le sirvió de paradigma, fue la de
Inglaterra, aunque el ejemplo lo utilizó sobre todo para manifestar su apego a la
tolerancia y al relativismo. Este relativismo podría explicar en parte las
transformaciones intelectuales de Núñez tras su regreso de Europa, que comenzarían
quizá con la misma transformación de la imagen que Núñez, como buen ausente, tuvo que
crear de Colombia en sus largos años de exilio voluntario.
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