Revista Credencial Historia


EDICIÓN 28 - ABRIL 1992

 




SANTANDER Y LAS EJECUCIONES,
39 españoles y 21 patriotas fueron fusilados por orden del Hombre de las Leyes.
Por: Eduardo Ruíz Martínez

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 28
Abril de 1992

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Orden de ejecución de oficiales españoles firmada por Santander en Santa fe,
octubre II de 1819. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.



Este capítulo de nuestra historia, por demás espinoso y sobre el cual el ímpetu partidista ha señalado opiniones radicalmente opuestas, apasiona aún a los estudiosos.

Como se sabe, la ferocidad española se asienta en el virreinato de la Nueva Granada a partir del 20 de julio de 1810, como tremenda reacción al grito de independencia. Cuando Cartagena -atiborrada de cadáveres- es ocupada por Morillo a fines de 1815, el Pacificador comienza a ahorcar a los republicanos revolucionarios, se inicia entonces "el terror", que se extiende y viola todos los principios del Derecho de Gentes.

Camilo Torres excita desde Tunja a los venezolanos a la venganza en terrible proclama. Les pide que exterminen a los españoles que: "asaltan las ciudades, saquean vuestras casas, asesinan a vuestros ciudadanos... mientras que los impíos se pasean por sobre montones de cadáveres, mostrando una impavidez orgullosa en desprecio a la Divinidad... El odio debe haberse encendido en vuestros corazones para perseguir hasta el escarmiento y la muerte misma a los que hacen profesión de tiranizar pueblos que la distancia parecía poner al abrigo de sus persecuciones". Más tarde, Bolívar expedirá el decreto de "Guerra a muerte". Recordemos sus palabras finales: "Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente, en obsequio de la libertad de Venezuela. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables".

 

Primeras sentencias

En el campo de Boyacá, Bolívar asciende a Santander a general de división. Como vicepresidente, le encarga el gobierno de la Nueva Granada. Los libertadores se dirigen a Santafé. A las tres de la mañana del 9 de agosto Sámano, como lo anota Ibáñez, se fuga de la ciudad con algunos oidores, por el camino de Honda. Va disfrazado "con una ruana verde y ancho sombrero grande de hule rojo". El 10 entra el Libertador, Santander el 11 y luego los prisioneros. Santander escribe: "Son tratados con decencia y generosidad, beneficiados y mirados con los ojos con que no les habrían podido mirar en su misma nación". Acto seguido. Bolívar lo designa gobernador comandante general de la provincia. Pero "un suceso -escribe Santander en sus Motivos y razones- que entonces fue ensalzado por todos los patriotas, como que sin él quizá habría sido estéril la victoria de Boyacá, ha estado sirviendo posteriormente para herir mi conducta". Se refiere a los primeros fusilamientos.

El Libertador, por el correo de los capuchinos, propone canje de prisioneros al ex virrey, pero éste ha decretado ya la pena capital para los patriotas presos en Panamá y Riohacha: "El ejército español que defendía el partido del rey en la Nueva Granada -escribe Bolívar al Hombre de las Leyes- está todo en nuestro poder, por consecuencia de la gloriosa jornada de Boyacá. El derecho de guerra nos autoriza para tomar justas represalias: nos autoriza para destruir a los destructores de nuestros prisioneros, y de nuestros pacíficos conciudadanos; pero yo, lejos de competir en maleficencia con nuestros enemigos, quiero colmarlos de generosidad por la centésima vez. Propongo un canje de prisioneros para libertar al general Barreiro, y a toda su oficialidad y soldados". Sámano nunca respondió. Tal vez no recibió el oficio. Entre tanto. Bolívar aplaude a Santander por "los conocimientos, celo y talentos políticos y militares de Ud", le augura la "conservación y seguridad de vivir bajo un gobierno benéfico, justo y paternal", y de inmediato regresa a Venezuela para proseguir la guerra.

Santander es la máxima autoridad. "Desde el día que me separe yo de esa capital entrará V.S. en ejercicio de sus funciones", le ordena Bolívar, quien ya ha dicho: "Yo no me separo de vosotros, yo os dejo en Santander otro Bolívar". La noche del 10 de octubre recibe graves noticias de insurrección, pues los 38 oficiales españoles prisioneros tratan de seducir al pueblo, con la colaboración de realistas de Santafé. El 11, alegando la no respuesta de Sámano, Santander, sin previo consejo de guerra se juega todo su prestigio y da la orden de "pasar por las armas a todos los oficiales prisioneros del ejército del rey", basado en los continuos "clamores del pueblo contra los prisioneros y siendo justo tomar con ellos el partido que acostumbran tomar con los nuestros". José Manuel Groot escribe: "Barreiro quiso hablar con el general Santander, pero éste se denegó. Entonces le envió su diploma e insignias de masón de alto grado, sabiendo que el general Santander era hermano; pero éste dijo que primero estaba la patria que la masonería". Son las siete de la mañana. De inmediato se procede a fusilar. Barreiro, Jiménez, Pía y Galluso, los primeros. Entre las descargas, el subteniente Labrador queda vivo. Pide la gracia. No se le concede, y muere de un bayonetazo. Un paisano, Juan Francisco Malpica, español y realista furibundo, protesta desde el atrio de la catedral y grita: "Atrás viene quien las endereza", refiriéndose a Morillo. Santander ordena en el acto su fusilamiento. Se alcanza a confesar. Es ejecutado con los tres últimos reos. La mala puntería de los soldados causa en ellos muchas heridas. Varios son ultimados a sablazos. Con Malpica, el número de cadáveres aumenta a 39. "Corría la sangre mezclada con el agua del caño que baja por la calle de la iglesia de La Concepción -escribe Juan Francisco Ortiz en sus Reminiscencias- cuando el vicepresidente montó a caballo y, seguido de una gran multitud con una banda de música, dio vuelta a la plaza". Todos son sepultados en fosa común. El comandante José Arce, capitán mayor del batallón de Milicia de Infantería de Santafé, certifica la ejecución. Y el 21 de abril de 1820, en posdata a Bolívar, que esta en San Cristóbal, le escribe Santander: "Por allá anda un Molinos, a quien mandé fusilar; es muy digno de ello por ingrato a la consideración con que le he tratado aquí". En carta privada, previene a Bolívar sobre la ejecución pública de los prisioneros: "Al fin fue preciso salir de Barreiro y sus 38 compañeros. Los chispas me teman loco, el pueblo estaba resfriado y yo no esperaba nada, nada favorable de mantenerlos arrestados. El expediente está bien cubierto; pero como ni Ud. (por desgracia de la América) es eterno, ni yo puedo ser siempre gobernante, es menester que su contestación me cubra para todo tiempo". Y en forma oficial, el mismo día le escribe que ha tomado la decisión porque "engreídos con el generoso tratamiento que recibían, comenzaron a difundir especies subversivas, con que no sólo desalentaron el ánimo de los patriotas, sino que fijaban la opinión en favor del partido del rey". Y adelante: "Preveían que Sámano no podía efectuar el canje propuesto por V.E., ya porque todos los jefes españoles han declarado no entrar jamás en contestaciones con los insurgentes, ya porque Sámano dio orden expresa al gobernador del Istmo de Panamá para fusilar todos los extranjeros prisioneros en Portobelo".

 

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General Francisco de Paula Santander. Oleo de Ignacio de Beltrán, ca 1825.
Museo Nacional, Bogotá.


 

Leonardo Infante

Infante cojea por una herida de guerra. Es de Cumaná. Comenzó de soldado raso y ya es coronel. En Bogotá, un teniente caraqueño de apellido Perdomo se enamora de los quince años de Marcela Espejo, pero la madre de ésta prefiere venderla al negro Infante en cinco escudos. Viven en San Victorino. Una noche acompañado por su amigo Jacinto Riera Infante sorprende a Marcela con Perdomo, quien, la mañana siguiente, aparece en el río, muerto de un sablazo en la cabeza. Se condena a Riera, aunque se rumora que el autor material es Infante. Se ordena su captura y se le conduce a prisión.

El procedimiento castrense es el aplicable y un consejo de guerra le condena a muerte el 13 de agosto de 1824. Sin embargo, por errores procedimentales se anula el proceso. Se inicia otro con un jurado compuesto por dos venezolanos (que absuelven) y tres granadinos (dos condenan y uno vota por el presidio). Se nombra a José Joaquín Gori conjuez y éste condena a Infante a muerte. El presidente del tribunal, Miguel Peña, venezolano, se niega a firmar la sentencia. Se acude a Santander, quien expresa que la actitud de Peña es ilegal y ordena que los autos pasen a la Cámara de Representantes que lo suspende del cargo. Lleno de odio hacia los granadinos. Peña se va a Venezuela a conspirar contra Colombia como consejero de Páez. Infante pide autorización en Bogotá para casarse in articulo mortis con Dolores Caicedo. Se le otorga, y pocos días después, el 26 de marzo de 1825, es fusilado. Santander arenga a las tropas justificando el hecho. Sus enemigos políticos lo responsabilizan de la muerte de Infante. Carlos Augusto Noriega cree que este suceso fue el principio de la disolución de la República de Colombia.

 

El caso Sardá

Caída la dictadura de Rafael Urdaneta en abril de 1831, el general Obando, ministro de Guerra y Marina y encargado del poder ejecutivo, destituye a muchos oficiales del bando del dictador y los borra del escalafón militar. Entre ellos Figura el nombre del aventurero español José Sarda, ex general de brigada, adicto a la causa patriota, hombre rudo y conflictivo, quien amargado se dedica a conspirar contra el gobierno de Santander, junto con el distinguido bogotano José María de la Serna y Ricaurte y su primo el ex coronel Mariano París Ricaurte. Están involucrados también el ex coronel José Arjona, su hijo el alférez Pedro Arjona, el imberbe teniente Manuel Anguiano, hijo del patriota del mismo nombre fusilado por Morillo en Cartagena, y otro más. Son tantos los conspiradores que el mismo Santander ironiza: lo único que sabe es que él no está comprometido. El plan debe ejecutarse el 23 de julio de 1833. Ese día, el presidente recibe un anónimo denunciando en detalle la revolución. Se traslada, acompañado entre otros por el coronel José Manuel Montoya, al cuartel de Húsares, donde se hace reconocer de la tropa y ordena detener a Arjona. El teniente Anguiano logra escapar y avisa a Sarda, quien con sus compañeros se da a la fuga. Arjona, al tratar de huir, mata a Montoya y se esconde. Santander encarga entonces del mando al general José Hilario López y ordena a los coroneles José Maria Barriga y Joaquín Posada Gutiérrez perseguir a los prófugos.

 

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Portada de "Los motivos y razones que le obligaron a ordenar la ejecución de 38 oficiales españoles..." de Santander. Bogotá, Imprenta de Bruno Espinosa, 1820. Biblioteca Nacional, Bogotá.


 

A París lo capturan en Une y al intentar cerca a Chipaque la fuga a caballo, es muerto por la espalda de los disparos del cabo Muñoz y del sargento Velásquez. A Sarda, junto con seis compañeros más, lo apresan cerca a Santa Rosa de Viterbo. Traído a Bogotá, es condenado a muerte, pero cuatro días antes de la ejecución logra fugarse. Un año dura oculto y conspirando, pero esto lo pierde. El gobierno ha ofrecido recompensas por su captura. Unos frailes lo han escondido en una casita a sólo una cuadra de donde vive el mismo Santander. El 6 de octubre de 1833, en la Plaza Mayor de Bogotá, se fusila a 17 conspiradores. Han sido condenados a muerte 46, otros a presidio y algunos han sido absueltos. Sarda intenta convencer a los oficiales Torrente y Ortiz para continuar la conspiración. Santander se entera y ordena su captura, vivo o muerto. En la pequeña pieza donde se escondía, creyendo que los oficiales estaban de su lado, fue herido de un mortal disparo a quemarropa que le descerraja Ortiz. Un mes más tarde éste es ascendido. Santander escribe en sus Memorias:"No hubo absolutamente más arbitrio que ejecutar la sentencia de muerte en la misma pieza que servía de guarida a Sarda, porque de no hacerlo así, habría quedado impune y las revoluciones no se habrían acabado... Sarda murió en virtud de una sentencia legítimamente pronunciada, pagando así el crimen que había cometido una vez, y que pensaba cometer nuevamente". De la Serna es capturado y el tribunal le dicta sentencia de muerte el 7 de abril de 1835. Es fusilado el 24. Anguiano, de sólo 22 años, aunque se decía que tenía 17, es encontrado en los Llanos. El tribunal propone la conmutación de la pena de muerte. La sociedad bogotana implora clemencia. Santander convoca a un grupo de oficiales de toda confianza y les expone el caso. López, González, Forero y Acosta le expresan que si no se cumple la pena capital en Anguiano, ellos no pueden responder de la disciplina del ejército. El 17 de diciembre del mismo año Santander confirma la sentencia de muerte. Se le fusila dos días más tarde en Bogotá.

Al expresar su última voluntad, el 2 de enero de 1838, Santander se disculpa de la muerte de Mariano París: "No tuve ni la más indiscreta parte en ella", y, entre otras cosas, declara: "Si he hecho ejecutar la pena de muerte de algunos conspiradores, ha sido porque lo creí un deber indispensable en bien de la estabilidad del país, víctima por largo tiempo de conspiradores criminales, cuya impunidad había desterrado la confianza pública y minado la estabilidad del gobierno constitucional; me queda el consuelo de que los reos ejecutados fueron juzgados y sentenciados por tribunales ordinarios, con todas las fórmulas protectoras del acusado y por leyes preexistentes al delito, expedidas por la autoridad". Así escribía el general que, diez años antes de testar, había sido fusilado en efigie por orden de Manuela Sáenz, un 24 de julio, cumpleaños del Libertador, quien hubo de disculparse de las locuras que hacían sus amigos.