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Cosía con primor los jubones de su real marido; leía de corrido en
latín, francés, inglés, portugués; odiaba la frivolidad de los torneos y
el espectáculo de los toros. La educación rígida que recibió en la
infancia hizo de Isabel, hija de Juan II de Castilla y de Isabel de
Portugal, una de las más ortodoxas, atractivas y codiciadas princesas
europeas. Así se puede explicar que su fanatismo monárquico y religioso
fuera en su momento prenda de singular valía, cuando la geografía
política de España entraba en considerables mutaciones.
A los nueve años la prometieron a su primo Fernando, apenas un año
mayor, y todo porque el rey de Aragón y Navarra ambicionaba la anexión a
Castilla, asunto que no convenía a Juan II. También se pensó en casarla
con el príncipe Carlos de Aragón, luego con Alfonso V rey de Portugal,
de 33 años, o con Pedro Girón, de 39, rico, noble, depravado y de
pésimas costumbres. Asustada, Isabel de Castilla confió su angustia a su
fiel amiga Beatriz de Bobadilla, quien con su anuencia prometió eliminar
Girón, crimen que no pudo consumarse porque antes murió envenenado,
según se dijo, por los émulos de su fortuna. Por si fuera poco, otros
príncipes aspirantes seguían disputándose los honores de la codiciada
mano castellana: Ricardo, duque de Gloucester, el duque de Guyena y el
duque de Berry hicieron fila sin éxito. Ella debió someterse a los
molestos arreglos de la época y, como el aragonés no era bien visto en
Castilla, debió sufrir los inconvenientes de una boda modesta que
trataba de evitar su hermano Enrique IV, ahora rey. Antes de que
ascendiera al trono este Enrique, le fue ofrecida la corona a Isabel,
pero la rechazó por considerar ilegítimo el procedimiento. Tenía sólo 17
años y su actitud le significó notable popularidad. Así que al casarse
con Fernando, un año después, fue vista por toda España como la sucesora
ideal de Castilla y como la oportunidad excepcional para fusionar las
dos monarquías, hecho que tuvo lugar en 1474 para Castilla, y para
Aragón en 1479; sin embargo, nunca fue soberana de Aragón sino reina
consorte. Con su primo hermano mantuvo una relación de conveniencia: se
distribuyeron las cargas administrativas, aunque acordaron firmar los
dos los documentos reales, como los que crearon la Santa Hermandad, una
verdadera milicia rural para acabar con los maleantes, como las
"Ordenanzas de Montalvo", leyes que protegían al Estado de la
omnipotencia de los nobles, y como las célebres capitulaciones de Santa
Fe entre los reyes y Cristóbal Colón, convenio para repartir los
beneficios que pudiera aportar el descubrimiento de islas y tierra firme
al otro lado del Atlántico. Contratos como éste se firmaron muchos (se
conservan alrededor de setenta), pero sólo se llevaron a la práctica los
de Colón, Ojeda y unos quince más.
La reina se interesó un poco más que Fernando por la suerte del Nuevo
Mundo. Pero no demasiado. Se ha dicho que Isabel estuvo dispuesta a
empeñar sus joyas para costear la expedición colombina. Pero no es
cierto, porque entonces las pocas joyas que todavía poseía estaban
pignoradas en Valencia. En cambio, los reyes reservaron para la Corona
las minas, las maderas de tinte y las piedras preciosas que se
descubrieran, y aunque consintieron en que los particulares buscaran oro
y plata, los gravaron fuertemente, primero con el 66% de impuesto y
después con el 20%, el famoso "quinto real". En 1495, cuando no había
concluido el segundo viaje de Colón, autorizaron los viajes privados al
Nuevo Mundo, de suerte que la exploración y la conquista que siguió se
hicieron con empresas no estatales, especialmente en lo relativo a la
agricultura y el comercio exterior. Tampoco pudieron o quisieron los
Reyes Católicos impedir el surgimiento del modo de producción de las
encomiendas, que fue, de hecho, la implantación de un plan de
servidumbre. Y aunque dictaron leyes protectoras de los indios, lo
hicieron a costa de la importación masiva de negros, trasladando la
esclavitud de una raza a otra. Si agregamos que los árabes y los judíos
fueron expulsados de España y sus dominios en 1492, caracterizando así
su gobierno por un absolutismo "racista", parece difícil incluir a
Isabel en el santoral (29 gruesos volúmenes se han reunido en el proceso
de su beatificación y, de hecho, ya tiene el título de Sierva de Dios),
en la celebración de los 500 años del descubrimiento.
Isabel dictó testamento tres meses antes de morir, en 1504, a los 55
años. Ninguno de sus biógrafos (Monjellas, Comines, Erasmo, Prescott,
Clemencín, Ramírez de Villaescusa, entre otros) censuró sus acciones ni
la fanática ortodoxia de sus decisiones, explicadas como hechos de
necesidad política. Sin embargo, su reinado fue de trascendencia para el
futuro de España y del mundo.
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