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Simón Bolívar es sin duda el personaje histórico más importante que ha
producido América Latina, hasta el punto que casi todos los movimientos
políticos y sociales lo han reclamado como precursor o fundador. Cada
época y corriente ideológica han recreado a Bolívar de acuerdo con sus
propios afanes, así que han desfilado por las páginas de historia unos
Bolívares masónicos o beatos, derechistas o izquierdistas, gringófilos o
cerradamente antinorteamericanos... Ninguna visión encierra la verdad
entera, pero todas se fundamentan, por lo menos en parte, en lo que él
dijo e hizo.
El Libertador nació el 24 de julio de 1783 en Caracas, de una familia
latifundista y esclavista de la llamada aristocracia "mantuana". Casi no
tuvo educación formal, pero con ayuda de su maestro privado Simón
Rodríguez, de su pasión por la lectura y unos viajes tempranos a Europa
y Norteamérica, alcanzó un grado de instrucción general no
necesariamente inferior al que hubiera significado un grado de bachiller
o doctor. Se empapó del pensamiento de la Ilustración, en especial su
vertiente francesa (dominaba el idioma francés casi como el español), y
no faltan las descripciones de Bolívar estirado en su hamaca de campaña,
leyendo a Voltaire u otro semejante. Tal predilección por los filósofos
franceses no es realmente un rasgo definitorio de sus ideas, ya que la
compartían muchos de sus eventuales adversarios políticos. Significa
simplemente una tendencia de apertura a las "luces del siglo" y a las
innovaciones políticas y sociales, aunque no a todas, ni de una sola
vez.
Un rasgo que sí es definitorio de Bolívar es el que participara en la
lucha de emancipación durante todas sus etapas sin excepción, y en
múltipes teatros geográficos. Se diferencia del Libertador del Sur, José
de San Martín, quien llegó un poco tarde a la epopeya (en 1810 estaba en
España) y se autoexilió antes de la batalla final, y del angloamericano
George Washington, cuya actividad se restringió a su país. En los
comienzos del movimiento en Venezuela, Bolívar era una figura
secundaria, un agitador de los que promovían la declaración de
independencia absoluta (la primera de un país hispanoamericano, el 5 de
julio de 1811) y un militar subalterno a quien, en el colapso de la
Primera República de Venezuela, en 1812, le tocó perder la fortaleza
estratégica de Puerto Cabello. Sin embargo, al año siguiente se
convirtió en jefe indiscutido de la Segunda República, nacida de las
ruinas de su antecesora. Pudo restaurar el régimen patriota venezolano y
ascender a la dirección suprema, que no abandonaría nunca, gracias, no
sólo a las dotes de guerrero que demostró a lo largo de la Campaña
Admirable de 1813, que lo llevó de nuevo a Caracas, sino también al
apoyo de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, cuyo territorio le
sirvió de base para reconquistar Venezuela. Así quedó sellada otra
característica permanente de la carrera de Bolívar: su vinculación
estrecha con la Nueva Granada, donde más de una vez encontraría asilo
cuando la fortuna de la guerra le resultó adversa en Venezuela, y cuyos
hombres y recursos combinó indiscriminadamente con los del país vecino
hasta alcanzar la victoria final, y aun más allá.
La Segunda República venezolana también resultó efímera, por más que
Bolívar recurriera a una franca dictadura militar para defenderla. Cayó
en medio de rivalidades regionalistas y críticas legalistas, además de
unas tensiones de clase y raciales que atizaban los jefes realistas. Los
republicanos habían proclamado la igualdad jurídica de las razas desde
la Primera República, pero no habían tocado la institución de la
esclavitud y eran casi todos ellos miembros de la alta clase criolla,
cuyos intereses económicos y sociales no siempre se identificaban con
los de las masas venezolanas. A mediados de 1814, por consiguiente,
Bolívar se encontraba otra vez en Nueva Granada, aunque no por mucho
tiempo, ya que le incomodaban las luchas intestinas de los patriotas
granadinos y preveía claramente que la desunión allanaría el camino al
Pacificador Pablo Morillo.
Partió Bolívar a Antillas, donde redactó uno de sus documentos clásicos,
la Carta de Jamaica de septiembre de 1815, en que con prosa de gran
originalidad y lucidez analizó el pasado y futuro de la América Española
y proclamó su fe inquebrantable en la victoria. En seguida hizo
demostración práctica de esa fe obteniendo del gobierno de Haití el
apoyo para una expedición a Venezuela, y luego para otra más cuando la
primera fracasó. Hacia fines de 1816 regresó definitivamente a
Sudamérica, donde se dedicó a crear una base de operaciones en la cuenca
del Orinoco y también a dotar a la causa patriota de un mayor sabor
popular, por no decir populista, proclamando la abolición de la
esclavitud y ofreciéndoles a los veteranos de guerra una repartición de
bienes de los enemigos. De mucha importancia fue la colaboración que
recibió del jefe nato de los llaneros, José Antonio Paéz, quien había
consolidado un reducto patriota en el Apure.
Bolívar tuvo poco éxito frente a la infantería de Morillo en los Andes
venezolanos. Pero a mediados de 1819 abandonó su intento de liberar a
Caracas y dio un vuelco estratégico de gran alcance, emprendiendo la
campaña a través de los llanos hasta subir los Andes y apoderarse del
centro mismo del Nuevo Reino. Para ello renovó su estrecho contacto con
los patriotas granadinos, en especial con Francisco de Paula Santander,
quien después de organizar una base política y militar en los llanos de
Casanare comandó la división de vanguardia del ejército libertador. Por
su breve duración y corto número de combatientes, la batalla de Boyacá,
que coronó la campaña, no parecería sino una pequeña escaramuza. Sin
embargo, en sus consecuencias directas e indirectas, fue la más decisiva
de las victorias de Bolívar, porque abrió el camino de Bogotá, ocupado
días después sin mayor resistencia, y aseguró el control de un
territorio densamente poblado del que podía extraer reclutas y recursos
materiales. Si hasta la víspera de Boyacá la suerte de la guerra había
resultado incierta -habiendo perdido Bolívar casi tantas batallas como
ganó-, ya no volvería a perder sino por excepción. El balance de moral e
ímpetu político y militar había revertido a favor de los patriotas,
quienes registrarían una victoria tras otra a medida que llevaban la
lucha hasta la costa de Nueva Granada, a Venezuela otra vez, y más tarde
al Ecuador y Perú hasta la victoria final de Ayacucho en diciembre de
1824.
Mientras tanto se erigía un régimen republicano en todo el territorio
del antiguo virreinato de Nueva Granada, del Orinoco a Guayaquil, con el
nombre de República de Colombia (Congreso de Cúcuta, 1821). Esta unión
respondió al anhelo de Bolívar de crear en la América antes española, no
una sola nación -que desde su carta de Jamaica reconocía como cosa
inmanejable- pero sí unos Estados más grandes y fuertes que los que a la
larga surgieron. Anhelaba también que los nuevos Estados establecieran
por lo menos una estrecha alianza entre sí, para lo cual promovió
tratados de cooperación fraternal y la reunión del Congreso de Panamá de
1826, que de acuerdo con su plan habría sido un encuentro sólo de ex
colonias españolas. La cancillería colombiana invitó también al Brasil y
Estados Unidos, mas en la práctica no participaron sino
hispanoamericanos -y no todos ellos-, así que el Congreso tuvo
significación más bien como precedente para el futuro, que como un paso
real hacia la unidad latinoamericana.
Tampoco resultó viable en época de Bolívar la unión colombiana (o
grancolombiana, como la bautizaron retrospectivamente los
historiadores). Paradójicamente, el mayor escollo para la preservación
de la unión fue la misma patria chica del Libertador, Caracas , que en
última instancia no aceptaba supeditarse a la lejana y friolenta Bogotá.
La desafección venezolana se hizo sentir por primera vez en la rebelión
de Páez de 1826, que fue el primer reto político enfrentado por Bolívar
al regresar del Perú. Llegó a un arreglo con Páez, que no duró, y a
fines de 1829 éste encabezaba un nuevo movimiento autonomista que
desembocó en la separación de Venezuela y en la prohibición de que
Bolívar volviera a territorio venezolano.
La Nueva Granada se convirtió así en la última morada del Libertador.
Murió el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta, camino del exilio, que
fue voluntario, por más que muchos granadinos hubiesen deseado que
partiera. Sus enemigos principales eran los aliados políticos de
Santander, quien había sido colaborador eficaz como vicepresidente de
Colombia mientras Bolívar esta ausente de Bogotá. La ruptura posterior
con Santander y los suyos se debió, entre otros, a factores de rivalidad
personal, pero en el fondo existía también un desacuerdo político.
Santander propugnaba un republicanismo liberal de corte convencional y
además estaba identificado con la obra de su administración
vicepresidencial, marcada por un moderado reformismo en política
eclesiástica, hacendaria y otros campos, que le había acarreado la
oposición de muchos afectados. Bolívar creía que algunas medidas,
justificables en sí, habían sido prematuras, ya que el objetivo
prioritario debía ser la cimentación de un orden estable; y para este
efecto su "panacea" (como él mismo la denominaba) era el esquema de
Constitución que redactó para Bolivia, cuyo rasgo notorio era un
presidente vitalicio con facultad de nombrar sucesor. No carecía de
otras disposiciones eminentemente liberales, pero la presidencia
boliviana era de hecho una monarquía disfrazada y como tal no era del
agrado de los santanderistas. Estos se convencieron de que Bolívar tenía
en mente establecer una dictadura, y su tenaz oposición al Libertador
fortaleció su convicción de que en realidad no había otra manera de
afirmar el orden público. No fue una dictadura cruenta sino a partir del
intento frustrado de asesinar a Bolívar en septiembre de 1828, Cuando se
desató una racha de ejecuciones y exilios, incluso el destierro de
Santander. Pero fue una dictadura políticamente reaccionaria, sostenida
por militares, clero y sectores aristocráticos, mientras que derogaba
buena parte de la legislación reformista.
Bolívar sabía diagnosticado certeramente los problemas no sólo de
Colombia sino de Latinoamérica, y hacía hincapié en la necesidad de
elaborar instituciones acordes con la índole de las nuevas naciones, en
vez de tomarlas prestadas de modelos foráneos, a pesar de las bondades
intrínsecas de éstos. Sus análisis fueron casi siempre geniales. No lo
fueron, desafortunadamente, las soluciones concretas (tipo Constitución
boliviana) que él propuso. Sin embargo, había creado naciones y
proclamado ideales de libertad personal y solidaridad latinoamericana
que serían banderas de lucha en lo venidero. Si no logró todo lo que
anhelaba, tampoco lo pudieron los demás libertadores, ninguno de los
cuales intentó tanto como él.
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