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Don Pepe Sierra, fotografía de Melitón Rodríguez, hacia 1920.
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José María Sierra Sierra, más conocido como don Pepe Sierra, "El Becerro
de Oro" o "El Campesino Millonario" es junto con Marco A. Restrepo "El
Rey de la Leña", Carlos Coriolano Amador "El Burro de Oro", y Gonzalo
Mejía "El Fabricante de Sueños'; miembro del selecto grupo de personajes
que ha dado vida al mítico prototipo del empresario antioqueño,
pragmático, hábil e ingenioso para hacer dinero. Caso único en la
historia de Colombia, se dice que llegó a ser más solvente que todo el
gobierno de su época. La manera sencilla como un campesino de origen
humilde acumuló y administró una de las mayores fortunas del siglo XIX y
principios del XX, lo ha convertido en un personaje de leyenda.
Don Pepe Sierra nació en 1848 en Girardota, bella población situada al
norte de Medellín, famosa por sus trapiches, el aguardiente de
contrabando, los gallos de pelea y el santuario del Señor Caído. A la
endogamia entre los Sierra se atribuyeron los desequilibrios mentales en
varios miembros de la familia. La educación de don Pepe no sobrepasó el
silabario, la suma y la resta. Pero eso no importó. Ya anciano y rico,
contestó a quien pretendió enseñarle la ortografía de la palabra
"hacienda": "Mire, joven, yo tengo setenta haciendas sin h, ży usted,
cuántas tiene con h?".
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Don Pepe Sierra y su consuegro, el ex presidente Rafael Reyes, en
Bogotá, 1919.
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Según
su nieto y biógrafo Bernardo Jaramillo Sierra (Medellín: Bedout, 1947),
inició la acumulación de fortuna en la juventud, trabajando duro en el
campo en la cría de ganado, siembra de caña y fabricación de panela; la
consolidó en la madurez con el remate de las rentas; y finalmente la
invirtió en bienes raíces. La expansión de su patrimonio se dio en el
siguiente orden: Valle de Aburrá, Calle Real (Carrera 7a.), Sabana de
Bogotá y Valle del Cauca. Don Pepe siempre tuvo claro que con una
economía inflacionaria como la colombiana, lo único que engordaba eran
los lotes de terreno y el ganado que pastaba en ellos.
A los catorce años tuvo su primera parcela. La araba de día y en las
noches de luna. Sábados y domingos era arriero; subía panela a San
Pedro, porque en tierra fría la pagaban mejor, y bajaba papa a Girardota
y Copacabana. La yunta fue su único juguete; los gallos de pelea y los
bueyes se convirtieron en su símbolo del lucro. "Hasta ya viejos los
bueyes dan plata engordándolos", repetía. A los veinte años contrajo
matrimonio con Zoraida Cadavid y a los veintiocho tenía en su haber
varios hijos naturales y cuatro legítimos, muchas haciendas que se
extendían entre Itagüí y Barbosa, y el control de los precios de la
panela y de la vara de tierra en el Valle del Aburrá.
En 1886 pasó a residir en Medellín. Allí fundó varias sociedades como
"La Cuarta Compañía", dedicada a la cría de ganado y a la siembra de
extensos cañaduzales para abastecer de melaza a sus fábricas de
aguardiente, ya prósperas en todo el departamento. La sobreproducción de
los alambiques se evacuaba a través de la organización de intempestivas
fiestas en los pueblos, concertadas con los curas y los alcaldes,
quienes prestaban santo para procesión y plaza para la corrida de toros,
a cambio de participación en las ganancias. El eficiente manejo que hizo
de esta compañía le dio renombre a don Pepe en Antioquia como negociante
creativo y habilidoso.
El primer viaje a Bogotá lo realizó en 1888. Fue el principio de una
residencia de 26 años en la capital, donde se inició como apostador y
gallero en los bajos fondos de San Victorino y terminó en la Calle Real,
en medio de los bancos y de los opulentos. Casó a su hija. Clara con un
hijo del ex presidente Rafael Reyes, pisó con frecuencia las alfombras
del Palacio de San Carlos y llegó a ser el mayor propietario de tierras
y ganado de la Sabana. Rápidamente desapareció la timidez del campesino,
convencido de ser el único capaz de sacar de apuros a los paupérrimos
gobiernos de su época. Los presidentes Rafael Núñez, Miguel Antonio
Caro, Carlos y Jorge Holguín, José Manuel Marroquín, Rafael Reyes, Ramón
González Valencia y Carlos E. Restrepo estuvieron en su lista de
clientes. Don Pepe nunca participó abiertamente en la política
partidista, pero en la primera página de su libreta de cuentas y apuntes
estampó el lema del régimen nuñista: "Regeneración o catástrofe".
Inició la conquista de Bogotá con el remate de la renta de degüello de
ganado y el cuero de Cundinamarca, pero luego se sintió casi con
derechos perpetuos sobre las rentas, lo cual le granjeó enemigos y
problemas. Don Pepe aprovechó la coyuntura económica de su época,
caracterizada por la permanente crisis que al fisco nacional produjeron
las rebeliones internas. Durante la Regeneración, luego de la guerra
civil de 1885, el problema tocó fondo. Rafael Núñez intentó solventar
las finanzas públicas a través de la reactivación del remate y
monopolios estatales, de abundante emisión de papel moneda de curso
forzoso y de la colocación de bonos y libranzas en el mercado. Los
remates eran el medio para procurarse anticipos de individuos
particulares. Estos generalmente eran muy solventes, dado que se les
exigían garantías económicas (hipotecas, fianzas, depósitos monetarios
anticipados) a cambio del privilegio de gozar de las seguras utilidades
producidas por tales monopolios. Vertiginosamente él se convirtió en el
más fuerte rematador y prestamista a nivel nacional, con base en un
simple sistema administrativo de negocios, pero con una intrincada red
de agentes diseminada por todo el país, encargados de negociar -con
especuladores particulares y gobiernos locales- la adjudicación de las
apetecidas, jugosas y hasta insólitas rentas, como aquella del monopolio
del hielo en Panamá, establecida en el gobierno de Reyes.
Extendió el negocio del aguardiente al Valle del Cauca junto con
Apolinar, uno de sus hermanos esquizofrénicos. En la hacienda San José
de Palmira y en otras de Cali y Yumbo, creó uno de los imperios
agroindustriales de la región, comparable sólo con los de la familia
Eder. Las siembras tecnificadas de caña y la maquinaria francesa "Egrot"
produjeron por muchos años el mejor licor del país. También en el Cauca
remató la hacienda Salento y otros bienes del ciudadano italiano Ernesto
Cerruti, puestos en subasta por el gobierno de Popayán (ello dio origen
al célebre conflicto Cerruti durante las décadas de 1880-90, que trajo
como consecuencia un escándalo internacional, el bloqueo de la costa
norte colombiana por parte de la armada de Italia y una fuerte multa
para resarcir los perjuicios a ese empresario extranjero).
Parece que su parecido físico con Bismarck era asombroso. Sin embargo, a
causa de un accidente de coche cerca a San Victorino, quedó descaderado
de por vida y ligeramente desfigurado. Gustaba de los paseos a caballo
por Medellín y los potreros de las fincas, y en carroza por la capital.
Las contrariedades diarias de la administración de los negocios, junto
con los cotidianos problemas de la casa, acentuaban su acostumbrado mal
humor. Desde su juventud fue un apostador empedernido en las galleras de
Girardota, Itagüí, Medellín y Bogotá. Se enojaba con los hijos, no
porque jugaban mucho sino porque siempre perdían.
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Zoraida Cadavid
de Sierra, con su hija Isabel Sierra de Osorio, hacia 1895.
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El hombre más rico de Colombia vivía de manera franciscana: nada de
lujos ni cosas superfluas; su fama de mujeriego iba acompañada por
la de egoísta y tacaño; consideraba el ahorro como el valor
fundamental. Cuando arribó a las altas esferas bogotanas, no aumentó
en lo más mínimo los gastos de representación social de su familia.
Las residencias en Medellín y Bogotá, hoy desaparecidas, eran
amplias y austeras, más dispuestas para tratar negocios que para
ostentar. Su despacho constaba de sólida mesa de varios puestos,
cómodo sofá para la siesta y desvencijada máquina de escribir. Esa
era la escenografía donde don Pepe, apoyado en sus altas dotes
histriónicas, representaba al desesperado e incauto auditorio de
vendedores de inmuebles, magistrales libretos escritos por él mismo
en los papeles de cuentas. Tratándose de negocios, era implacable;
su rigidez y fingido desinterés no tenían consideración: el cliente
era un enemigo que, en la farsa, siempre llevaba la peor parte.
Don Pepe fue empresario financista de la última etapa de los
ferrocarriles en Colombia. A él se debió la terminación del
Ferrocarril de Amagá y parte del Ferrocarril del Pacífico. Fue
fundador del Banco de Sucre, del Banco Central y de la Compañía del
Hielo en Panamá. Pero en todos fracasó: así comprobó su principio de
que sólo la propiedad raíz era la única y verdadera generadora de
riqueza segura.
Al final de sus días, fue atacado por crisis nerviosas y fuerte
arterioesclerosis, acompañadas de crónico desinterés por los
negocios. La familia empeoró la situación: gastaba a manos llenas en
Europa, sin prestar atención a la administración de las fincas, en
muchas de las cuales se construyeron lujosos palacetes, como el del
Chicó, al norte de Bogotá, convertido hoy en museo.
En la biografía sobre su abuelo, Bernardo Jaramillo anotó que las
negociaciones de Pepe Sierra serían vistas hoy como irregulares;
pero fue el débil sistema económico colombiano lo que dejó al Estado
en manos de prestamistas como única forma de garantizar su
funcionamiento. Entonces no existían medios como el control de
cambios, ni un emisor sistemático y acreditado, y sí graves
problemas como una tasa de cambio entre el diezmil y el quincemil
por ciento y fuerte inestabilidad política. La comercialización
anticipada de los ingresos fiscales del Estado se mantuvo a
disposición del mejor postor.
Pepe Sierra murió en 1921 en su casa de la plazuela de San Ignacio
de Medellín y la fortuna que creó, a pesar de las múltiples
subdivisiones, sigue siendo sólida. Su nombre es recordado por uno
de los más ricos y jocosos anecdotarios populares, y su vida y obra
son temas de trabajo de los especialistas, como que resulta básico
para comprender muchos aspectos de la historia social y empresarial
del país.
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