Ficha bibliográfica
Titulo:
Pioneros de la edición en Colombia
Edición original: 2005-05-16
Edición en la biblioteca virtual: 2005-05-16
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: COBO BORDA, Juan Gustavo

 

Revista Credencial Historia


EDICIÓN 4 - ABRIL 1990



Pioneros de la edición en Colombia
Libreros, impresores y editores que hoy son clásicos de la bibliografía nacional. Un recuerdo para la III Feria Internacional del Libro
Por: Juan-Gustavo Cobo Borda

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 4
Abril de 1990

 


Alberto Lleras, en 1980, al entregar el Premio Simón Bolívar de Periodismo, dijo: “La pobreza de Colombia, desde su fundación como República, cuando se comenzaron a abrir las avenidas del pensamiento libre, no daba para editar libros. Los folletos, donde se recogía cierto material que se publicaba previamente y por entregas en los periódicos, o que no habían sido aceptados por éstos, por su extensión, es la otra fuente de la historia de nuestros primeras letras, y perdura con igual valor en todo el siglo XIX. Los libros son escasos y generalmente se editan costosa y oficialmente fuera de Colombia o, con grandes trabajos, dentro del territorio. Pero para saber qué pensaban, o qué decían los colombianos, o los neogranadinos, es preciso recurrir a los periódicos, mal impresos, en un papel que el tiempo ha amarillado rápidamente y la polilla y otros insectos han devorado sin compasión.”
 

Sin embargo, dentro de esa cultura de periódico que ha sido la nuestra, ciertos nombres han ido jalonando una secuencia de impresores-editores a los cuales hoy día ya podemos colocar en el nicho de pioneros de una industria vigorosa. La Imprenta a Vapor de Zalamea Hermanos o Medardo Rivas surgen así como hitos de una brumosa prehistoria.
La fundación, en 1982, de la Librería Colombiana de Salvador Camacho Roldán y Joaquín Emilio Tamayo logró, como lo ha recordado Laureano García Ortiz, que la ilustración dejara de ser patrimonio de quienes poseían buenas bibliotecas privadas. Importando libros y publicando algunos de los trabajos de los contertulios de la librería, estos hombres compaginaban (y desequilibraban, de seguro, económicamente) el negocio de vender libros con el gusto de hacer sus propios libros.
En ocasiones empresa ideológica, para imponer alguna verdad nueva, en otras simple y desinteresada aventura espiritual, como debe decirse, estos impresores —libreros—editores bien podrían encontrar su paradigma en el singular Jorge Roa quien, como lo ha recordado en una crónica Elisa Mújica, fundó en 1891, en Bogotá, la Librería Nueva enfrente de la Librería Colombiana, en la calle 12.
 


Medardo Rivas, escritor y editor del siglo XIX,
dibujado por Alberto Urdaneta



Portada de La Obsesión, de Daniel Samper Ortega, Biblioteca Aldeana de Colombia, Bogotá, Editorial Minerva. 1936


Contagiado también por el virus de hacer libros, Jorge Roa publicaría 170 tomos, entre 1894 y 1910, incluyendo los 25 célebres volúmenes de su Biblioteca Popular. De las fábulas de Rafael Pombo a los cuentos de Edgar Allan Poe, pasando por Anatole France traducido por José Asunción Silva, esta Biblioteca es un ejemplo notable de lo que los colombianos leían al terminarse un siglo y empezar el nuestro.
Allí conviven Ibsen con Miguel Antonio Caro, Dickens con el Azul Rubén Darío (1894), Campoamor y Larra con Balzac, Goethe y Milton traducidos por Aníbal Galindo. También Núñez y Santander con Bolívar y Napoleón. Incluso comprende curiosidades, como esos románticos menores que las editoriales españolas, rescatan con sofisticadas carátulas. Pongo por caso la Ondina de la Motte Fouqué o algún texto de Carlos Nodier, accesible ya en Bogotá en aquellos remotos tiempos.
Antro de conspiradores, políticos o literarios, cita con el destino, a través de un libro que nos estaba asignado: las librerías, con imprenta o sin ella, marcaron a muchos. Miguel Antonio Caro tuvo la suya, La Americana, que editó a Cordovez Moure, y el padre de Jorge Eliécer Gaitán una de viejo, La Universal.
De seguro ninguno de ellos se hizo rico vendiendo libros, o editándolos, pero otros sí quebraron con estrépito en el intento. Al parecer el único mal negocio que ha hecho en su vida Germán Arciniegas fueron las Ediciones Colombia, que alcanzaron los 26 títulos y que contaron como gerente a un manizalita entonces desconocido: Fernando Mazuera Villegas, autor, años después, de un singular libro de memorias. Los volúmenes de Ediciones Colombia comenzaron a aparecer en enero de 1925, a un promedio de doce libros por año, y tal como lo registra un aviso de la época, muchos de ellos se agotaron. Pero la empresa, ligada a la revista Universidad, consumió la herencia de Arciniegas y no confirmó las dotes de urbanizador que caracterizarían luego a Mazuera. Su lista permite saber qué leían los colombianos un cuarto de siglo después de la empresa de Roa.
 


Edición de Jovellanos en la Biblioteca Popular, publicado por Jorge Roa, en Bogotá, Librería Nueva, 1900



La Cosecha, de J. A. Osorio Lizarazo. Editorial Arturo Zapata, Manizález, 1935. Dibujo de Alberto Mango



Hotel de vagabundos, de Manuel
Zapata Olivella, Premio Espiral, 1954. Bogotá, Ediciones Espiral, 1955


Es bien sabido que el mayor beneficio cierto que produjo la guerra civil española fue el exilio, a América, de los trasterrados. Gracias a ellos, en Buenos Aires, se fundaron editoriales como Losada y Sudamericana, y poetas o críticos como Rafael Alberti y Guillermo de Torre dirigieron afamadas colecciones. Igual sucedió en México, con el equipo de traductores agrupados en torno al Fondo de Cultura Económica y las empresas editoriales animadas por Joaquín Díaz Canedo.
En medida más modesta, pero no por ello menos entusiasta, también Colombia contó con Clemente Airó y sus Ediciones Espiral, revista y editorial que no sólo publicaba traducciones de Claudel sino los ensayos de Jorge Zalamea (Minerva en la rueca, 1949) o antologías de nueva poesía armadas por Jorge Gaitán Durán y el español Airó.
También es pertinente señalar cómo estas empresas editoriales animadas por particulares no eran fruto exclusivo de la capital. Por el contrario: en Manizales, Arturo Zapata, durante la década del 30 y 40, editó magníficos libros, de limpia factura y resistentes carátulas, que fueron representativos de la literatura, con inclinación social, de la época: novelas de Osorio Lizarazo y cuentos de Antonio García aparecían junto con los más reposados ensayos de Baldomero Sanín Cano. Sus cubiertas, ilustradas por Alberto Arango, confirman la calidad artesanal del momento.
La Librería Siglo XX, de Naranjo Villegas, que editó a Hernando Téllez, los cuadernos Cántico, animados por Jaime Ibáñez, la fusión Antares-Mito, para publicar, entre otros, La casa grande de Cepeda Samudio y El museo vacío, de Marta Traba, las Ediciones Papel Sobrante que desde Medellín, a partir de 1967, propulsó Mejía Vallejo publicando primeros libros de Eduardo Escobar y Oscar Collazos, demuestran cómo, desde la iniciativa privada, se han complementado las conocidas colecciones oficiales, trátese de los 100 volúmenes de la Colección Samper Ortega, de los 160 de la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, o de los 111 de la Biblioteca de Autores Colombianos que entre 1952 y 1958 Rafael Maya coordinó junto con la revista Bolívar.
Precaria y espasmódica, si se quiere, nuestra tradición editorial no empieza hoy: así lo confirman estos pioneros. Aquellos que pusieron su fe en la capacidad de sus compatriotas para leer los libros hechos en Colombia. Esa misma apuesta que hoy hacen tantos y tan flamantes editores colombianos, apostando aún más alto y corriendo riesgos aún mayores. Pero sin ellos, la comunicación literaria no existiría.