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Alberto Lleras, en 1980, al entregar el Premio Simón Bolívar de
Periodismo, dijo: “La pobreza de Colombia, desde su fundación como
República, cuando se comenzaron a abrir las avenidas del pensamiento
libre, no daba para editar libros. Los folletos, donde se recogía cierto
material que se publicaba previamente y por entregas en los periódicos,
o que no habían sido aceptados por éstos, por su extensión, es la otra
fuente de la historia de nuestros primeras letras, y perdura con igual
valor en todo el siglo XIX. Los libros son escasos y generalmente se
editan costosa y oficialmente fuera de Colombia o, con grandes trabajos,
dentro del territorio. Pero para saber qué pensaban, o qué decían los
colombianos, o los neogranadinos, es preciso recurrir a los periódicos,
mal impresos, en un papel que el tiempo ha amarillado rápidamente y la
polilla y otros insectos han devorado sin compasión.”
Sin
embargo, dentro de esa cultura de periódico que ha sido la nuestra,
ciertos nombres han ido jalonando una secuencia de impresores-editores a
los cuales hoy día ya podemos colocar en el nicho de pioneros de una
industria vigorosa. La Imprenta a Vapor de Zalamea Hermanos o Medardo
Rivas surgen así como hitos de una brumosa prehistoria.
La fundación, en 1982, de la Librería Colombiana de Salvador Camacho
Roldán y Joaquín Emilio Tamayo logró, como lo ha recordado Laureano
García Ortiz, que la ilustración dejara de ser patrimonio de quienes
poseían buenas bibliotecas privadas. Importando libros y publicando
algunos de los trabajos de los contertulios de la librería, estos
hombres compaginaban (y desequilibraban, de seguro, económicamente) el
negocio de vender libros con el gusto de hacer sus propios libros.
En ocasiones empresa ideológica, para imponer alguna verdad nueva, en
otras simple y desinteresada aventura espiritual, como debe decirse,
estos impresores —libreros—editores bien podrían encontrar su paradigma
en el singular Jorge Roa quien, como lo ha recordado en una crónica
Elisa Mújica, fundó en 1891, en Bogotá, la Librería Nueva enfrente de la
Librería Colombiana, en la calle 12.
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Medardo Rivas, escritor y editor del siglo XIX,
dibujado por Alberto Urdaneta
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Portada de La Obsesión, de Daniel Samper Ortega, Biblioteca Aldeana
de Colombia, Bogotá, Editorial Minerva. 1936
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Contagiado también por el virus de hacer libros, Jorge Roa publicaría
170 tomos, entre 1894 y 1910, incluyendo los 25 célebres volúmenes de su
Biblioteca Popular. De las fábulas de Rafael Pombo a los cuentos de
Edgar Allan Poe, pasando por Anatole France traducido por José Asunción
Silva, esta Biblioteca es un ejemplo notable de lo que los colombianos
leían al terminarse un siglo y empezar el nuestro.
Allí conviven Ibsen con Miguel Antonio Caro, Dickens con el Azul
Rubén Darío (1894), Campoamor y Larra con Balzac, Goethe y Milton
traducidos por Aníbal Galindo. También Núñez y Santander con Bolívar y
Napoleón. Incluso comprende curiosidades, como esos románticos menores
que las editoriales españolas, rescatan con sofisticadas carátulas.
Pongo por caso la Ondina de la Motte Fouqué o algún texto de
Carlos Nodier, accesible ya en Bogotá en aquellos remotos tiempos.
Antro de conspiradores, políticos o literarios, cita con el destino, a
través de un libro que nos estaba asignado: las librerías, con imprenta
o sin ella, marcaron a muchos. Miguel Antonio Caro tuvo la suya, La
Americana, que editó a Cordovez Moure, y el padre de Jorge Eliécer
Gaitán una de viejo, La Universal.
De seguro ninguno de ellos se hizo rico vendiendo libros, o editándolos,
pero otros sí quebraron con estrépito en el intento. Al parecer el único
mal negocio que ha hecho en su vida Germán Arciniegas fueron las
Ediciones Colombia, que alcanzaron los 26 títulos y que contaron como
gerente a un manizalita entonces desconocido: Fernando Mazuera Villegas,
autor, años después, de un singular libro de memorias. Los volúmenes de
Ediciones Colombia comenzaron a aparecer en enero de 1925, a un promedio
de doce libros por año, y tal como lo registra un aviso de la época,
muchos de ellos se agotaron. Pero la empresa, ligada a la revista
Universidad, consumió la herencia de Arciniegas y no confirmó las
dotes de urbanizador que caracterizarían luego a Mazuera. Su lista
permite saber qué leían los colombianos un cuarto de siglo después de la
empresa de Roa.
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Edición de
Jovellanos en la Biblioteca Popular, publicado por Jorge Roa, en
Bogotá, Librería Nueva, 1900
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La Cosecha, de J. A.
Osorio Lizarazo. Editorial Arturo Zapata, Manizález, 1935. Dibujo de
Alberto Mango
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Hotel de vagabundos,
de Manuel
Zapata Olivella, Premio Espiral, 1954. Bogotá, Ediciones Espiral,
1955
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Es
bien sabido que el mayor beneficio cierto que produjo la guerra civil
española fue el exilio, a América, de los trasterrados. Gracias a ellos,
en Buenos Aires, se fundaron editoriales como Losada y Sudamericana, y
poetas o críticos como Rafael Alberti y Guillermo de Torre dirigieron
afamadas colecciones. Igual sucedió en México, con el equipo de
traductores agrupados en torno al Fondo de Cultura Económica y las
empresas editoriales animadas por Joaquín Díaz Canedo.
En medida más modesta, pero no por ello menos entusiasta, también
Colombia contó con Clemente Airó y sus Ediciones Espiral, revista y
editorial que no sólo publicaba traducciones de Claudel sino los ensayos
de Jorge Zalamea (Minerva en la rueca, 1949) o antologías de
nueva poesía armadas por Jorge Gaitán Durán y el español Airó.
También es pertinente señalar cómo estas empresas editoriales animadas
por particulares no eran fruto exclusivo de la capital. Por el
contrario: en Manizales, Arturo Zapata, durante la década del 30 y 40,
editó magníficos libros, de limpia factura y resistentes carátulas, que
fueron representativos de la literatura, con inclinación social, de la
época: novelas de Osorio Lizarazo y cuentos de Antonio García aparecían
junto con los más reposados ensayos de Baldomero Sanín Cano. Sus
cubiertas, ilustradas por Alberto Arango, confirman la calidad artesanal
del momento.
La Librería Siglo XX, de Naranjo Villegas, que editó a Hernando Téllez,
los cuadernos Cántico, animados por Jaime Ibáñez, la fusión
Antares-Mito, para publicar, entre otros, La casa grande de
Cepeda Samudio y El museo vacío, de Marta Traba, las Ediciones
Papel Sobrante que desde Medellín, a partir de 1967, propulsó Mejía
Vallejo publicando primeros libros de Eduardo Escobar y Oscar Collazos,
demuestran cómo, desde la iniciativa privada, se han complementado las
conocidas colecciones oficiales, trátese de los 100 volúmenes de la
Colección Samper Ortega, de los 160 de la Biblioteca Popular de Cultura
Colombiana, o de los 111 de la Biblioteca de Autores Colombianos que
entre 1952 y 1958 Rafael Maya coordinó junto con la revista Bolívar.
Precaria y espasmódica, si se quiere, nuestra tradición editorial no
empieza hoy: así lo confirman estos pioneros. Aquellos que pusieron su
fe en la capacidad de sus compatriotas para leer los libros hechos en
Colombia. Esa misma apuesta que hoy hacen tantos y tan flamantes
editores colombianos, apostando aún más alto y corriendo riesgos aún
mayores. Pero sin ellos, la comunicación literaria no existiría.
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