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Transcurrían los días y los meses en medio de la mayor monotonía, sin
que ningún suceso alterara el curso lógico de la política colombiana,
hasta cuando en forma sorpresiva llegó un cable en clave cuyo texto
decía: “El 1 de septiembre un grupo de civiles peruanos al mando del
ingeniero Oscar Ordónez y el alférez Juan de la Rosa, asaltó la
población colombiana de Leticia…” Así rezaba el comunicado en que el
gobierno colombiano daba cuenta del episodio que dió origen a una guerra
internacional no declarada en el trapecio amazónico, la porción de
territorio colombiano gracias a la cual nuestro país tiene acceso al río
Amazonas, la mayor arteria fluvial de Suramérica y del mundo entero.
Pocos eran nuestros compatriotas que habían oído hablar de Leticia hasta
entonces, y el cable del Ministerio, que cayó como una bomba en la
Legación de Londres, no agregaba ningún pormenor. La opinión que había
quedado circulando entre el público era la de que se trataba de un caso
de policía en el que un grupo de particulares adversos al Tratado
Lozano-Salomón, que se había aprobado hacía apenas diez años, estaba
actuando en forma espontánea para dar un golpe de mano sin mayores
consecuencias. Un “caso de policía”, como desde sus inicios comenzó a
calificarse el incidente. Sin embargo, a la vuelta de pocas semanas, las
autoridades peruanas, inspiradas por el presidente de facto, el general
Sánchez Cerro, le brindaron todo su apoyo a los invasores, secundando el
sofisma de que el convenio de 1922, por haber sido negociado y
ratificado durante la dictadura de Leguía, carecía de validez y podía
ser desconocido por el nuevo régimen, en aras de la reivindicación de
supuestos derechos del ocupante al norte del Amazonas.
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Una manifestación en Bogotá al conocerse noticias de la guerra en el
Amazonas
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En
efecto, el último enfrentamiento entre tropas peruanas y colombianas
había tenido ocurrencia en el punto llamado La Pedrera, situado sobre la
orilla izquierda del río Caquetá, afluente del Amazonas, a mediados de
1911. La suerte no había favorecido a nuestra armas, dada la
superioridad numérica de los peruanos que, al mando del teniente coronel
Oscar Benavides, obligaron a los nuestros, comandados por el general
Isaías Gamboa, a emprender la retirada. Con este antecedente, que no
pasó a mayores, se abrió carrera entre los peruanos de todos los
niveles, la creencia de que de hecho se había creado un título para
desalojar a Colombia del Amazonas y extender la frontera peruana a
territorios que, por tradición y en virtud de los títulos españoles,
siempre nos habían pertenecido. Mediaba la peculiar circunstancia de que
el Brasil jamás había querido acogerse al principio del Uti
possidetis juris de 1810 (mantener las divisiones administrativas
españolas tal como estaban en ese año), sino que invocaba el principio
del Uti possidetis facti (como estaba la ocupación de hecho en el
momento de la delimitación), que le resultaba más favorable, gracias a
su mayor capacidad de expansión frente a países como Colombia, Perú,
Bolivia, Paraguay, etc., que mal podían emular con su gigantesco vecino.
La mentalidad que hacía de la ocupación un título al territorio se había
generalizado de tal modo en la región amazónica, que el Perú, que por
años había sido una potencia militar frente a Colombia, no desdeñaba
echar su cuarto a espadas trayendo a cuenta sus presuntos derechos de
ocupante.
La explotación del caucho había sido uno de los grandes rubros de
exportación a principios del siglo y una firma peruana, la Casa Arana,
había establecido sus reales desde Iquitos hasta bien entrados los
afluentes del Amazonas en el actual territorio colombiano.
A medida que avanzaba la polémica entre los dos gobiernos acerca de la
naturaleza del episodio ocurrido en la madrugada del 1 de septiembre de
1932, con la captura de Leticia, se hicieron patentes las dos posiciones
encontradas. Para el Gobierno de Colombia se trataba de un caso de
policía, de un problema estrictamente doméstico, como era la toma por
unos particulares de una población colombiana, mientras que, para el
Perú, el golpe de mano, que había sido, en sus inicios, según sus
propias palabras, una perturbación provocada por los comunistas, poco a
poco se fue convirtiendo en una cuestión internacional, que el propio
dictador calificaba como la expresión de “incontenibles aspiraciones” de
la nacionalidad, herida por el Tratado. Era la revisión del instrumento
de 1922, con lo cual Sánchez Cerro se proponía recuperar para el Perú el
exclusivo dominio sobre el Amazonas en el sector comprendido entre el
Ecuador y el Brasil.
Recuerdo que en nuestras conversaciones privadas, durante las largas
noches de espera, traduciendo los cables en clave provenientes de
Bogotá, yo hacía la observación de que la mayor parte de las guerras se
iniciaban con un problema doméstico, empezando por la guerra de Troya, y
terminaban en un conflicto internacional.
Muchos años después llegó a mi conocimiento el verdadero origen del
desafortunado episodio que tantos dolores de cabeza le produjo al
gobierno de Olaya, pero que, en último término, le sirvió a Colombia
para interesarse en nuestra frontera sur y construir de emergencia los
caminos que hoy nos permiten llegar por tierra hasta algunos de los
grandes ríos afluentes del Amazonas.
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Generales Balcazar y Vázquez Cobo. Olaya Herrera y
el capitán Carlos Uribe Liavirla. ministro de guerra
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"Se hizo necesario improvisar todo,
menos el ardor patriótico"
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El símil de la guerra de Troya es más fiel de lo que yo imaginaba,
mientras le dictaba, letra por letra, a Bernardo Samper, las palabras
que iban surgiendo de la clave rudimentaria con que nuestra Cancillería
daba órdenes para negociar armamentos. Una mestiza de nombre Pilar,
conocida como “La Pila”, era la amante del alférez peruano Juan de la
Rosa, encargado de la guarnición de Caballo de Cocha, en las vecindades
de Leticia, y, como en el caso de la guerra de Troya, también requería
sus favores otro pretendiente, que era nada menos que el intendente
colombiano del Amazonas don Alfredo Villamil Fajardo, uno de aquellos
cachacos bogotanos de la época del Centenario. Dicharachero y galante, a
pesar de sus atributos Villamil fue, en la competencia con el rudo
soldado, quien perdió la partida, porque “La Pila” prefirió la compañía
de De la Rosa y se estableció en forma definitiva en Caballo de Cocha.
¿Cómo iba a resignarse a tan afrentosa derrota nuestro compatriota? Sin
parar mientes en que hacía apenas cuatro años que se nos había
entregando el Trapecio Amazónico, y que era grande el descontento entre
los peruanos, optó por raptarse a la bella, acompañado de tres o cuatro
agentes de policía que la obligaron a volver a Leticia.
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Certificado provisional del Empréstito Patriótico y La Defensa
Nacional,
emitido en 1932. Museo Casa de la Moneda, Bogotá
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Generales Roberto Payán y Alfredo Vázquez Cobo, jefe de Estado Mayor
y comandante de la expedición al Amazonas, a bordo del transportador
de guerra Mosquera, enero de 1933. Atrás, viejos cañones Krupp
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Eran
muchos los incidentes que, por una u otra razón, tenían ocurrencia en la
frontera que aún estaba en trance de consolidarse. Una gran hacienda, La
Victoria, de propiedad de Oscar Vigil y de su sobrino el ingeniero Oscar
Ordóñez, quien la administraba, se estaba negociando con el gobierno de
Colombia, que se negaba a pagar el elevado precio que los peruanos
demandaban. Si a lo anterior se agrega que el mismo ingeniero tenía
algunos contratos de ejecución de obras en Leticia, cuando todavía
estaba bajo el dominio peruano, y que el gobierno de Colombia con
inexcusable ligereza intentó desconocerlos, se explica el encadenamiento
de los hechos que culminaron en la toma de nuestro puerto sobre el
Amazonas. Indignado el ingeniero Ordóñez con el tratamiento de que era
objeto resolvió, por sí y ante sí, dar un golpe sobre Leticia, y para
tal efecto armó a sus peones con machetes y escopetas de fisto,
dispuesto a recurrir a la fuerza si llegaba a encontrar resistencia de
parte de los pocos agentes de policía que estaban al mando de Villamil
Fajardo. Desfilaba Ordóñez con sus agentes por Caballo de Cocha, al caer
de la tarde, cuando tropezó de manos a boca con el alférez Juan de la
Rosa, la primera autoridad política y militar del lugar, quien, al
inquirir sobre los propósitos que animaban a la temeraria avanzadilla,
se enteró de lo que se trataba y, ni corto ni perezoso, se sumó con sus
efectivos militares a la expedición improvisada de Oscar Ordóñez. Fue
así como, al amanecer del día siguiente, los peruanos se tomaron a
Leticia por la conjunción de los intereses sentimentales del alférez y
los intereses económicos del ingeniero. Días después, a través del
Brasil, el Gobierno Nacional se enteró de que la población estaba en
poder de los peruanos y que el intendente Villamil, después de haber
sido encuerado, había sido embarcado en una canoa y puesto en territorio
brasilero. Cualquier semejanza con la guerra de Troya y el rapto de
Helena es pura coincidencia.
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La
Cañonera Cartagena anclada en Caucaya, enero 1933
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Comisión de vigilancia colombo-peruana, 1932
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En Bogotá, la noticia de la invasión prendió la llama patriótica con
inusitado fervor y, en el curso de pocos días, el país entero se
movilizó en apoyo del gobierno para desalojar por la fuerza un puñado de
peruanos que habían hollado nuestro suelo. En el Senado de la República
el jefe de la oposición, Laureano Gómez, que tan pronto como regresó a
Colombia se había convertido en el más virulento crítico de Olaya,
aprovechó para pronunciar su histórica frase: “¡Paz, paz en el interior,
y guerra en las fronteras!” Vázquez Cobo, el candidato minoritario en el
debate presidencial, ofreció sus servicios, como militar retirado, para
encabezar “una expedición punitiva”, y Guillermo Valencia, el otro
conservador perdidoso, puso en el altar de la Patria “los restos
supérstites de su personalidad abolida”, añadiendo el clásico apotema de
que “bella cosa es la paz, pero nada vale sin el honor.” Otros, con poco
sentido del ridículo, como Augusto Ramírez Moreno, proclamaba a voz en
cuello su optimismo bélico al reclamar para sí la alcaldía de Lima
durante la inminente ocupación colombiana de la capital del Perú. Los
periódicos de Bogotá patrocinaron la iniciativa de entregar al Banco de
la República las argollas matrimoniales para la adquisición de armas en
el extranjero y el propio doctor Eduardo Santos y su esposa, doña
Lorencita, se pusieron a la cabeza de los donantes en medio del
entusiasmo nacionalista que no conocía límites. Sólo una voz desentonaba
en el concierto: la de Alfonso López, quien, desde las primeras horas
vislumbró la desproporción entre el fervor patriótico de las
muchedumbres capitalinas y los recursos disponibles para librar una
batalla en la selva amazónica. Sin subestimar las corrientes de opinión
que abogaban por el pronto restablecimiento de nuestra soberanía, le
pidió al gobierno que lo relevara de su encargo en Londres y optó por
regresar a Colombia a trabajar por una solución pacífica. Carecía
Colombia de una fuerza naval que, todavía, a estas fechas, no existe en
el Pacífico; la aviación militar estaba en sus comienzos, y las
comunicaciones terrestres con el sur del país apenas llegaban, por
caminos de herradura, hasta Florencia, población que en la época de la
explotación de la quina había cobrado alguna importancia como centro de
distribución. La empresa militar y económica de hacer llegar y mantener
un ejército colombiano en la frontera revestía dimensiones titánicas.
Han transcurrido cincuenta y cinco años desde el conflicto con el Perú,
se ha desarrollado la aviación en forma que nadie podía soñar con las
aeronaves de propulsión a chorro, los recursos económicos de la Nación
se han centuplicado y, sin embargo, el acceso a nuestro puerto
amazónico, para abastecer siquiera a sus habitantes, sigue siendo magno
problema que interesa a nuestra propia soberanía política, económica y
cultural. ¿Cómo sería la cuestión logística en 1932, para comprometerse
en una guerra de veras? Se hizo necesario improvisar todo, menos el
ardor patriótico, que suplía nuestras deficiencias en armas, en vías de
comunicación, en experiencia bélica en aquellas regiones inhóspitas. Fue
así como surgió la idea de la ‘expedición punitiva’ que, remontando el
Amazonas desde Belén del Pará, aspiraba a llegar por agua a Leticia, sin
contar con la posible neutralidad, casi hostil, del Brasil, y las
mayores facilidades de que disponía el Perú en su nororiente, cuya
capital, Iquitos, se ha contado siempre como un próspero centro de
intercambio de productos en el departamento de Loreto, en contraste con
nuestra Leticia, aislada del resto de Colombia, y dependiendo en gran
manera del comercio con sus vecinos.
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Encuentro del
presidente Olaya Herrera y el general Vázquez Cobo, en La Capilla,
marzo 1933 (Cromos)
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Dos modestas
embarcaciones, artilladas de carrera, y tripuladas por marinos
mercenarios, salieron de los puertos franceses en dirección a la
desembocadura del Amazonas y llegaron sin tropiezos a su destino. Fue,
quizás, la más hermosa página en la vida del general Alfredo Vázquez
Cobo, protagonista de tantos episodios históricos desde su más temprana
juventud. Ya viejo y desencantado de las inconsecuencias de su partido
político, sin ambición distinta de la de servir a su patria, asumió
todos los riesgos de una empresa para la cual ni Colombia ni el propio
general Vázquez estaban preparados. De regreso de su expedición, que
corrió con mejor suerte de lo que era dable esperar, lo ví en el
veraneadero de La Esperanza, tan jovial como siempre, pero con diez o
quince años más de los que representaba en París, al punto que la gente
atribuía su decadencia física a que había dejado de pintarse el cabello,
porque lucía unas canas que nadie la había visto antes, y varios kilos
menos.
El presente escrito es
extracto de un libro de Memorias que escribe el Ex presidente López
Michelsen, quien en 1932 se encontraba en la Legación de Londres,
desempeñada por su padre, Alfonso López Pumarejo.
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